jueves, 17 de enero de 2013

El lector jumento



El fin de semana pasado me entretuve leyendo La literatura explicada a los asnos, del novelista José Ángel Mañas, autor de obras como Historias del Kronen, Mensaka, Soy un escritor frustrado, Ciudad rayada, Caso Karen o Sospecha. Sin ningún tipo de intención antológica ni ambición académica, Mañas hace un recorrido por la historia de la literatura española, dividiéndola en géneros y adoptando el tono de alguien que se sienta con nosotros a compartir sus conocimientos mientras nos tomamos unas cañas.
El libro es más una curiosidad literaria que un manual al uso; de hecho, cualquier erudito en la materia (cosa que servidor no es) echará en falta la alusión a determinados autores y seguramente también un mayor rigor en ciertos análisis. Pero es evidente que Mañas no va por ahí. Bien al contrario, parece buscar un acercamiento al lector que no suele abundar entre los escritores consagrados y, aunque no siempre lo consiga (en el texto hay terminologías y referencias que no están al alcance de cualquiera), al menos por mi parte tiene reconocido el mérito de intentarlo.

Por ejemplo, resulta interesante que en el capítulo dedicado a la poesía incluya un apartado final sobre la música popular, reivindicando la figura de Joaquín Sabina como máximo exponente de una forma de lírica contemporánea (¿los trovadores del siglo XXI?) tan valiosa como la que se plasma sobre un papel para ser leída. Esto no es tan extraño, sabiendo que desde hace tiempo el nombre de Bob Dylan figura entre los eternos candidatos al premio Nobel de Literatura.

Del mismo modo, hay un capítulo en el libro dedicado a tratar las relaciones entre cine y literatura, y cómo el uno y la otra se influyen y complementan mutuamente. Como no podía ser de otro modo, Mañas destaca aquí la obra y la personalidad de alguien como Rafael Azcona, el guionista por antonomasia del cine español, tan buen escritor (o mejor) como otros que cuentan sus obras por libros. Azcona, de hecho (y esto lo añado yo, porque Mañas no lo cita), defendió más de una vez la idea del premio Nobel de Literatura para Woody Allen.

Cuando habla de la posible influencia que la cultura audiovisual ejerce sobre la narrativa moderna, el autor de La literatura explicada a los asnos opina que ello no se traduce, como quizás piensen muchos, en que los novelistas contemporáneos se caractericen por el empleo de una prosa más “visual”. Estoy de acuerdo. Mañas cita el Lazarillo de Tormes y La Regenta como dos posibles ejemplos (de los cientos que habría) de que la novela ha aspirado siempre, desde sus inicios, a que el lector visualice o imagine de la forma más nítida lo que se le narra a través del lenguaje escrito. No se trata de eso. En lo que sí ve una clara influencia del cine en la manera actual de escribir, es en una mayor tendencia hacia la síntesis y la elipsis, un más ir al grano y menos andarse por las ramas. Quizá sea cierto.

No obstante, creo que hay otros posibles síntomas de este predominio de lo audiovisual en la formación narrativa tanto de los autores como de los lectores contemporáneos. Es algo que solemos comentar en los talleres del Aula de Escritores, ya que a veces surge el debate tras la lectura de un relato o un texto creativo.
Por ejemplo, me parece sintomática la tendencia a escribir diálogos menos elaborados, menos sofisticados tanto en su construcción gramatical como en la elección del vocabulario. Esto puede deberse a la simple voluntad de reflejar la realidad, de sonar coherentes con lo que nuestros oídos están acostumbrados a registrar, y si ahora hablamos peor, si es cierto que hemos empobrecido nuestro léxico respecto a generaciones anteriores, sería normal que demandáramos un vocabulario similar a los personajes literarios para que nos resulten cercanos y creíbles. La duda surge cuando esta simplificación de la manera de expresarse aparece también en novelas ambientadas en otras épocas, en esas en las que aparentemente todo el mundo trataba mejor el idioma. Será cosa mía, pero diría que lo que hoy prima es un uso del diálogo más cinematográfico, esto es, más directo, más llano, más sencillo en sus formas , menos “literario” si queréis. Y ojo, no me parece mal. La cuestión es determinar si ese cambio se debe o no a la influencia del séptimo arte y la televisión o si se trata de una evolución natural del estilo narrativo.
Otra duda que me planteo a este respecto es si quizá el predominio de los narradores en primera persona en los textos literarios de hoy se deba también al hecho de habernos acostumbrado a recibir las historias de ficción directamente de los personajes. En las películas y series de televisión no necesitamos el narrador omnisciente tradicional, esa voz en tercera persona que nos sitúa en la escena y nos describe los detalles, hasta el punto de que el uso de la voz en off suele despreciarse como recurso cinematográfico por considerarse innecesariamente reiterativo (si podemos mostrar las imágenes, para qué explicarlas).

Admirable también me parece que un novelista reconozca sin ambages que la adaptación cinematográfica de una de sus novelas esté más lograda que la propia obra original. Así es. La novela Mensaka, segunda que Mañas publicó tras el éxito de Historias del Kronen, no es mucho más que un ejercicio de buen oído callejero (que corrobora, eso sí, la opinión sobre la transformación de los diálogos expresada unas líneas más arriba). Sin embargo, la película que Salvador García Ruiz consiguió partiendo de dicho texto es una de las mejores operas primas del cine español reciente.

Hay otras cosas curiosas en el libro, como su entrañable referencia a Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón, cuya obra se cita en el apartado denominado “Géneros menores”, donde, junto a los comics, también se incluyen las fábulas, los aforismos o las greguerías. Comparto asimismo el recelo de Mañas hacia el género epistolar, al que este peatón ha denominado sarcásticamente en alguna ocasión como “la prensa del corazón de la gente culta”, para asombro o aun escándalo de ciertas naturalezas sensibles (o sencillamente pedantes y carentes de sentido del humor). Y por si alguien se preguntaba de dónde procede la expresión coloquial “A ver si suena la flauta”, que sepa que su origen está en la fábula El burro flautista, de Iriarte.

Finalmente, y como simple anécdota, señalar que en un libro que lleva la palabra asno en su título y la foto de un burro en su portada, el capítulo dedicado a Juan Ramón Jiménez no hace ni una sola referencia a su obra más popular, Platero y yo (por supuesto, ni palabra de Rucio en las múltiples alusiones al Quijote). Viniendo del autor de Historias del Kronen, no me extrañaría que fuese una ausencia provocada.

4 comentarios:

Raquel Hdez dijo...

Hace unos años hice un viaje de varios meses con un grupo de universitarios 20 años más joven que yo. Recuerdo un día que me hicieron una confesión sorprendente, no veían el telediario porque no lo comprendían, lo tildaron de usar un vocabulario complejo y culto. Esa misma sensación tengo yo cuando escucho disertar a mis ilustres profesores de carrera. Por eso creo que esa tendencia a la síntesis de la que hablas es en mi opinión más producto de una pobreza generalizada en el léxico, que de la influencia de los medios audiovisuales. Simplemente hablamos peor. Y ¿por qué? Porque hablar bien requiere prestar atención a lo que se dice o a cómo se dice. Ampliar vocabulario exige leer y buscar palabras al diccionario. En definitiva, hace falta esfuerzo y el ser humano como cualquier otro animal de la faz de la tierra, es un animal cómodo.

El último peatón dijo...

Si los más jóvenes piensan que el telediario usa un lenguaje culto, entonces va a ser verdad que tenemos un problema...

Jose Angel Mañas dijo...

Gracias por tu amable reseña, amigo. La vocación del libro no es más que provocar una reacción en los lectores. Seguramente me habré equivocado en casos, y habré sido injusto en otros, pero si he conseguido provocar otra opinión, aunque sea a través del desacuerdo, entiendo que he cumplido con mi trabajo.
En mi blog Masvalemañas tengo un apartado dedicado a "El clásico de los viernes". ¡Para quién no tenga tiempo de leerse el libro! Me alegro que os haya interesado.

El último peatón dijo...

Gracias a ti por la visita. Y tomo nota para acudir mañana a la cita con el clásico de los viernes. Un placer tenerte caminando por esta acera.