domingo, 27 de enero de 2013

Con la lengua hemos topado



Antes de que el lenguaje oral se extinga completamente y los humanos pasemos a comunicarnos sólo a través de consonantes gruñidas vía guasap y similares, repasemos unos cuantos vicios, errores y deslices comunes de esa cosa llamada lengua.
 

Con un par (o tres)
 
Oigo con demasiada frecuencia la expresión “Un par o tres de”. No sé si es que yo me fijo más por el motivo que sea, o bien si es que el mencionado vicio lingüístico se ha puesto realmente de moda.
Es más que probable que a la mayoría de vosotros ni siquiera os chirríe esta forma gramatical incorrecta cuando la escucháis o incluso la utilizáis (ni yo mismo estoy seguro de no haberla empleado en más de una ocasión).
Fijaos que cuando alguien dice “Un par o tres de días” o “Un par o tres de veces”, lo que quiere expresar es “Dos o tres días”, o bien “Dos o tres veces”. Sin embargo, al escoger la palabra “par” para sustituirla por “dos”, está condicionando el significado posterior de la frase, pues hace necesario incluir la preposición “de”, y allá donde quería decir “Dos o tres”, termina diciendo “Dos o seis”.
Porque “Un par o tres de veces” significa “Un par o tres pares de veces”, y tres pares, si mi escaso talento matemático no me falla, siempre suman seis unidades.
Dicho esto, la forma correcta sería “Un par de veces o tres” (que viene a significar “Un par de veces o tres veces”). Es tan fácil como cambiar dos palabras (un par de palabras) de sitio, y de esta manera estaremos especificando correctamente la intención real de aclarar que son dos o tres las veces, o los días, o los cigarros, o los euros, o los besos, o los años, o los hijos, o las hostias, o lo que sea.
Por si esto fuera poco, para mí la fórmula “tres pares” siempre ha estado asociada a cierta expresión enfática, coloquial y castiza (y también soez) que sirve más o menos como calificativo para referirnos a lo excesivo o superlativo, o sea, “Hace un frío de tres pares de cojones”, o “Se va a montar un lío de tres pares de cojones”.
La consolidación de este vulgarismo en el habla cotidiana es tal, que a estas alturas admite incluso ya la construcción elíptica, y basta con decir “Tengo un sueño de tres pares”, para que nuestros interlocutores se hagan cargo de la envergadura de nuestro cansancio sin necesidad de tener que nombrar explícitamente los genitales masculinos.
De hecho, no siempre hacen falta los tres pares. A veces, aludiendo simplemente al par de rigor que le viene de fábrica a cualquier espécimen masculino (hay excepciones, pero raras, como ésta), se consigue igualmente el efecto pretendido. Si decimos “Con un par”, cualquiera sabe lo que viene después y lo que ello significa (valentía, arrojo, atrevimiento).
Los niños solían tener la costumbre de echar a suerte las cosas por medio del sencillo juego conocido como “pares o nones”. Siempre me intrigó el porqué del éxito de esta fórmula, en lugar de la que por lógica y por inercia nos saldría a cualquiera: “pares o impares”. ¿Será porque nones rima con cojones? Visto todo lo anterior, yo diría que tal vez…
Bueno, me estoy desviando. Hoy tan sólo quería advertir sobre este desliz verbal tan corriente, más que nada por si algún día os encontráis con alguien que lo entiende en sentido literal, y cuando le prometáis tener un par o tres de hijos se imagine que aspiráis a fabricar una réplica de la familia Ruiz-Mateos.
 
 
Recochineo
 
Ocho de cada diez personas con las que hablo emplean el vocablo rintintín para referirse a algo que ha sido dicho con sorna o recochineo.
La palabra correcta que nuestro idioma posee para dicho significado es retintín, si bien el eco de cierta celebridad canina del siglo pasado se ha acabado por imponer asombrosamente en el lenguaje popular.
Porque Rin Tin Tin fue un pastor alemán que protagonizó una serie televisiva de cierto éxito (además de varias películas), sobre todo en los años 50 y 60.
Es verdad que su fama no llega al nivel de la de otros compañeros de especie, como Lassie, Pluto o Milú, pero de lo que sí puede presumir la mascota del cabo Rusty es de estar en boca de un gran número de hispanohablantes, que intuyo cada vez es mayor.
Al contrario de otros jocosos deslices del tipo “Quedarse delgado como una sífilis”, “Ponerse hecho un obelisco” o “Encontrar la hormona de su zapato”, este uso extendido y bastardo de rintintín no induce a la corrección ni al choteo del interlocutor, ya que, como he apuntado al principio, empiezo a pensar que la inmensa mayoría de los castellanoparlantes desconoce la existencia del término correcto, retintín, y de ahí que dé por buena la mutación perruna.
Sabemos que la lengua es como un organismo vivo y dinámico que evoluciona y se adapta progresivamente a las condiciones y demandas de su entorno, aunque no por ello deje de estar regido o mínimamente tutelado por unas normas que velen por facilitar la comunicación.
En este sentido, existen casos de normas aconsejadas por la Real Academia que resultan inútiles por puro rechazo popular (el caso, por ejemplo, de la feísima expresión cederrón, que nadie utiliza, pues a todos nos parece más apropiado y estético emplear la originaria CD Rom).
De ahí que me atreva a vaticinar que en el futuro se acabe acuñando la palabra rintintín como válida para definir la ironía o el recochineo, producto de este masivo desprecio por el hasta ahora oficial retintín.
La democracia es lo que tiene.
 
 
Papel de fumar
 
Ya se sabe. No mentar la soga en casa del ahorcado, y esas cosas. ¿Superstición? Sí, de acuerdo, pero lo que practican periodistas y comentaristas diversos es otra cosa. Me refiero a la costumbre —supuestamente digna, higiénica, elegante— de recurrir a la elipsis y otros retorcidos atajos retóricos para eludir la mención directa a una marca publicitaria o a un medio de la competencia.
Se esfuerzan tanto a veces en sortear la elocuencia que la pretendida discreción termina tornándose burda comedia. Pero lo más gracioso, sin duda, es que dicho afán elíptico o eufemístico consigue con frecuencia el resultado opuesto, es decir, se induce al espectador a adivinar la respuesta omitida en lugar de disuadirle de cualquier interés hacia la misma.
Los publicitarios saben bien que la sugerencia es el mejor recurso para seducir al consumidor. También comprobamos a menudo que la insinuación erótica nos activa y enciende mucho más que la pornografía explícita.
Por eso, cuando oigo salir de la boca de algún presentador, invitado o tertuliano frases como “Estaban comprando en unos conocidos grandes almacenes del centro de Madrid”, no puedo evitar pensar en El Corte Inglés; y cuando se refieren a “Tomaban una bebida refrescante con burbujas”, mi subconsciente reproduce una Coca Cola efervescente y obscenamente helada y no tengo más remedio que ir corriendo a la nevera o, en su defecto, bajar a la taberna de guardia más cercana. Y lo mismo, ya digo, cuando un individuo en Telecinco dice “Esto o aquello salió o se dijo en una cadena de la competencia”; parece que nos esté invitando a que compongamos en nuestra mente el logotipo de Antena 3 (ídem cuando el que menta la bicha es de Antena 3, que se le viene a uno a la cabeza el imperio Vasile, nos pongamos como nos pongamos).
Si de verdad no se quieren dar pistas, bastaría con mencionar que los famosos de turno fueron de compras por Madrid, sin más, o que tomaron “algo” en una cafetería o un restaurante, o que alguien hizo tales declaraciones “a la prensa”, así, en general. Bien sencillo.
Pero probablemente lo más absurdo de todo se produce cuando contemplamos el titánico esfuerzo del reportero por esquivar verbalmente la marca publicitaria de turno, valiéndose de alambicadas evasivas del tipo “En una conocida cadena de tiendas de ropa deportiva” o “En una entidad bancaria cántabra líder de su sector” o “Comiendo en una famosa franquicia norteamericana de hamburgueserías”, sí, así de retorcido y de ridículo, mientras, por otra parte, nos enseña en primer plano y sin atisbo de pudor el cocodrilo estampado en su suéter (ya sabéis, “una conocida firma textil con un reptil como imagen de marca”) o luce con la hiperbólica ostentación de un mafioso balcánico unas enormes gafas de sol en cuya patilla podemos reconocer las iniciales de un diseñador súper cool o súper trendy o lo que sea.
Tiene recochineo que, en esta época en que el banco tal nos presenta la información nacional, el coche cual las noticias deportivas y el teléfono móvil tal la previsión del tiempo, todavía haya quien se la coja con papel de fumar (no diré marcas de tabaco, líbreme Dios) a la hora de nombrar una tienda o un producto cualquiera.
Si de verdad queréis huir de la publicidad, la única solución es irse a un bazar chino. Allí todo es de la misma marca; o sea, "del chino".
 
 
Palabras letales
 
Me temo que una buena parte de nuestros famosos y famosillos, a costa de su denodado empeño por erigirse en “la voz del pueblo”, están banalizando según qué cuestiones relacionadas con los derechos humanos o el respeto a nuestros semejantes, entre ellas algo tan serio como el llamado maltrato psicológico.
Puesto que las desavenencias o las vulgares peleas son el mejor caldo de cultivo para alimentar ciertas parrillas mediáticas, y ya que constituyen para muchos personajes el único modo de permanecer en el candelero, estamos asistiendo continuamente a representaciones vergonzosas y barriobajeras que no tendrían mayor importancia si sus protagonistas, sabedores de la repercusión que suelen tener sus actos, no se empeñaran en autodefinirse como reflejos de la realidad diaria.
Y es que estoy advirtiendo desde hace tiempo una tendencia creciente a acuñar el término “maltrato psicológico” con insensible ligereza y desaprensiva gratuidad.
No soy psicólogo, ni psicoanalista, ni mucho menos psiquiatra, pero entiendo que para determinar la existencia de maltrato psicológico es necesario que dicha conducta se presente con una mínima frecuencia o continuidad, que describa algo habitual y constante.
Ojo, no es que piense que no deba castigarse lo esporádico o puntual, no me he vuelto loco. Lo que sostengo es que insultar, sin más, no es maltratar psicológicamente. Mandar a alguien a freír boniatos, defecarse en sus difuntos o llamarlo imbécil en el fragor de una disputa o intercambio de discrepancias forma parte de nuestras debilidades humanas, y no creo yo que haya que tipificarlo como delito. Pero parece que nuestros famosillos han interpretado el término de un modo pueril y simplón, y así deciden que maltrato psicológico es cualquier palabrota, imprecación o exabrupto que no vaya acompañado de agresión física.
El verdadero maltrato psicológico tiene por objeto anular a otra persona, acobardarla, incluso crearle la sensación de la agresión física sin necesidad de consumarla. Esto pasa por desgracia en colegios (no me sale de las narices llamarlo bullyng), en ambientes laborales (no me sale de las narices llamarlo mobbing) y también en el entorno doméstico.
El maltrato psicológico de verdad puede llegar a provocar las mismas consecuencias fatales que el físico, incluida la de llevar a alguien a quitarse la vida, así que recomendaría a tanto cantamañanas con afán de notoriedad que se cuidara de alardear sus trifulcas narcisistas al viento y hacerse la víctima a costa de tantas otras personas que de verdad sufren un acoso terrible y difícil de atestiguar debido a la ausencia habitual de pruebas materiales.
 
 
Tranquilos, que la ese es gratis
 
Salía de casa el futbolista Piqué en su coche unas horas después de haber sido padre, y enseguida el automóvil fue abordado por un grupo de reporteros. El plano de la tele nos mostraba el rostro sonriente del jugador del Barça rodeado de micrófonos, y, de fondo, se oía la voz de una periodista que le preguntaba: “¿Estuvistes en el parto?” Segundos después, la misma voz inquiere: “¿Te emocionastes?”
Esta manía que tiene tanta gente de terminar la segunda persona del pretérito perfecto simple (en mis tiempos se llamaba pretérito indefinido) con la letra ese es algo que me ha intrigado toda la vida y de lo que aún sigo sin obtener una explicación convincente. Hay muchos otros errores más graves, pero, cosa mía, a éste le tengo una antipatía especial, me pone muy nervioso cuando lo oigo.
Por ejemplo, desde la primera vez que escuché la canción La fuerza del destino, de Mecano, tengo clavada esta estrofa cual estaca en corazón de vampiro:

Y nos metimos en el coche,
mi amigo, tu amiga, tú y yo.
Te dije: nena, dame un beso;
y tú contestastes que no.

La canción de Mecano no hace sino reproducir un hábito ciertamente extendido. Un día sí y otro también oímos a alguien que dice “fuistes”, “volvistes”, “llegastes” o “dijistes”. Pero esta especie de virus de la ese contagiosa no se limita a los verbos. Seguro que, igual que yo, habéis oído a no pocas personas decir “cogeré un taxis”, “ponerse de pies”, “oyes, tú”, o, para los que seáis de Madrid, “me voy a Useras” o “me bajo en Iglesias”. En todos los casos sobra la ese final.
Todo lo que nos ahorramos en vocales al escribir e-mails y mensajes telefónicos lo derrochamos en eses a la hora de hablar. Será para compensar.

2 comentarios:

Palimp dijo...

Hay batallas que ya están perdidas. Lo de Rintintín todavía me causa pasmo, pero de aquí a diez años pareceré un pedante por usar retintín.

Una que me hace llorar es 'influenciar'. Influir debe saber a poco, porque está en desuso.

Es lo que hay. Una novia que tuve se ponía negra cuando se usaba 'enervar' con el significado de poner nervioso. Ahora lo admite el diccionario. Tenemos que prepararnos para lo peor.

El último peatón dijo...

Con 'influenciar' pasa lo mismo que con 'culpabilizar' (ya nadie dice 'culpar').
Y cuidado, que por ahí viene 'customizar' pegando fuerte...