domingo, 27 de enero de 2013

Con la lengua hemos topado



Antes de que el lenguaje oral se extinga completamente y los humanos pasemos a comunicarnos sólo a través de consonantes gruñidas vía guasap y similares, repasemos unos cuantos vicios, errores y deslices comunes de esa cosa llamada lengua.
 

Con un par (o tres)
 
Oigo con demasiada frecuencia la expresión “Un par o tres de”. No sé si es que yo me fijo más por el motivo que sea, o bien si es que el mencionado vicio lingüístico se ha puesto realmente de moda.
Es más que probable que a la mayoría de vosotros ni siquiera os chirríe esta forma gramatical incorrecta cuando la escucháis o incluso la utilizáis (ni yo mismo estoy seguro de no haberla empleado en más de una ocasión).
Fijaos que cuando alguien dice “Un par o tres de días” o “Un par o tres de veces”, lo que quiere expresar es “Dos o tres días”, o bien “Dos o tres veces”. Sin embargo, al escoger la palabra “par” para sustituirla por “dos”, está condicionando el significado posterior de la frase, pues hace necesario incluir la preposición “de”, y allá donde quería decir “Dos o tres”, termina diciendo “Dos o seis”.
Porque “Un par o tres de veces” significa “Un par o tres pares de veces”, y tres pares, si mi escaso talento matemático no me falla, siempre suman seis unidades.
Dicho esto, la forma correcta sería “Un par de veces o tres” (que viene a significar “Un par de veces o tres veces”). Es tan fácil como cambiar dos palabras (un par de palabras) de sitio, y de esta manera estaremos especificando correctamente la intención real de aclarar que son dos o tres las veces, o los días, o los cigarros, o los euros, o los besos, o los años, o los hijos, o las hostias, o lo que sea.
Por si esto fuera poco, para mí la fórmula “tres pares” siempre ha estado asociada a cierta expresión enfática, coloquial y castiza (y también soez) que sirve más o menos como calificativo para referirnos a lo excesivo o superlativo, o sea, “Hace un frío de tres pares de cojones”, o “Se va a montar un lío de tres pares de cojones”.
La consolidación de este vulgarismo en el habla cotidiana es tal, que a estas alturas admite incluso ya la construcción elíptica, y basta con decir “Tengo un sueño de tres pares”, para que nuestros interlocutores se hagan cargo de la envergadura de nuestro cansancio sin necesidad de tener que nombrar explícitamente los genitales masculinos.
De hecho, no siempre hacen falta los tres pares. A veces, aludiendo simplemente al par de rigor que le viene de fábrica a cualquier espécimen masculino (hay excepciones, pero raras, como ésta), se consigue igualmente el efecto pretendido. Si decimos “Con un par”, cualquiera sabe lo que viene después y lo que ello significa (valentía, arrojo, atrevimiento).
Los niños solían tener la costumbre de echar a suerte las cosas por medio del sencillo juego conocido como “pares o nones”. Siempre me intrigó el porqué del éxito de esta fórmula, en lugar de la que por lógica y por inercia nos saldría a cualquiera: “pares o impares”. ¿Será porque nones rima con cojones? Visto todo lo anterior, yo diría que tal vez…
Bueno, me estoy desviando. Hoy tan sólo quería advertir sobre este desliz verbal tan corriente, más que nada por si algún día os encontráis con alguien que lo entiende en sentido literal, y cuando le prometáis tener un par o tres de hijos se imagine que aspiráis a fabricar una réplica de la familia Ruiz-Mateos.
 
 
Recochineo
 
Ocho de cada diez personas con las que hablo emplean el vocablo rintintín para referirse a algo que ha sido dicho con sorna o recochineo.
La palabra correcta que nuestro idioma posee para dicho significado es retintín, si bien el eco de cierta celebridad canina del siglo pasado se ha acabado por imponer asombrosamente en el lenguaje popular.
Porque Rin Tin Tin fue un pastor alemán que protagonizó una serie televisiva de cierto éxito (además de varias películas), sobre todo en los años 50 y 60.
Es verdad que su fama no llega al nivel de la de otros compañeros de especie, como Lassie, Pluto o Milú, pero de lo que sí puede presumir la mascota del cabo Rusty es de estar en boca de un gran número de hispanohablantes, que intuyo cada vez es mayor.
Al contrario de otros jocosos deslices del tipo “Quedarse delgado como una sífilis”, “Ponerse hecho un obelisco” o “Encontrar la hormona de su zapato”, este uso extendido y bastardo de rintintín no induce a la corrección ni al choteo del interlocutor, ya que, como he apuntado al principio, empiezo a pensar que la inmensa mayoría de los castellanoparlantes desconoce la existencia del término correcto, retintín, y de ahí que dé por buena la mutación perruna.
Sabemos que la lengua es como un organismo vivo y dinámico que evoluciona y se adapta progresivamente a las condiciones y demandas de su entorno, aunque no por ello deje de estar regido o mínimamente tutelado por unas normas que velen por facilitar la comunicación.
En este sentido, existen casos de normas aconsejadas por la Real Academia que resultan inútiles por puro rechazo popular (el caso, por ejemplo, de la feísima expresión cederrón, que nadie utiliza, pues a todos nos parece más apropiado y estético emplear la originaria CD Rom).
De ahí que me atreva a vaticinar que en el futuro se acabe acuñando la palabra rintintín como válida para definir la ironía o el recochineo, producto de este masivo desprecio por el hasta ahora oficial retintín.
La democracia es lo que tiene.
 
 
Papel de fumar
 
Ya se sabe. No mentar la soga en casa del ahorcado, y esas cosas. ¿Superstición? Sí, de acuerdo, pero lo que practican periodistas y comentaristas diversos es otra cosa. Me refiero a la costumbre —supuestamente digna, higiénica, elegante— de recurrir a la elipsis y otros retorcidos atajos retóricos para eludir la mención directa a una marca publicitaria o a un medio de la competencia.
Se esfuerzan tanto a veces en sortear la elocuencia que la pretendida discreción termina tornándose burda comedia. Pero lo más gracioso, sin duda, es que dicho afán elíptico o eufemístico consigue con frecuencia el resultado opuesto, es decir, se induce al espectador a adivinar la respuesta omitida en lugar de disuadirle de cualquier interés hacia la misma.
Los publicitarios saben bien que la sugerencia es el mejor recurso para seducir al consumidor. También comprobamos a menudo que la insinuación erótica nos activa y enciende mucho más que la pornografía explícita.
Por eso, cuando oigo salir de la boca de algún presentador, invitado o tertuliano frases como “Estaban comprando en unos conocidos grandes almacenes del centro de Madrid”, no puedo evitar pensar en El Corte Inglés; y cuando se refieren a “Tomaban una bebida refrescante con burbujas”, mi subconsciente reproduce una Coca Cola efervescente y obscenamente helada y no tengo más remedio que ir corriendo a la nevera o, en su defecto, bajar a la taberna de guardia más cercana. Y lo mismo, ya digo, cuando un individuo en Telecinco dice “Esto o aquello salió o se dijo en una cadena de la competencia”; parece que nos esté invitando a que compongamos en nuestra mente el logotipo de Antena 3 (ídem cuando el que menta la bicha es de Antena 3, que se le viene a uno a la cabeza el imperio Vasile, nos pongamos como nos pongamos).
Si de verdad no se quieren dar pistas, bastaría con mencionar que los famosos de turno fueron de compras por Madrid, sin más, o que tomaron “algo” en una cafetería o un restaurante, o que alguien hizo tales declaraciones “a la prensa”, así, en general. Bien sencillo.
Pero probablemente lo más absurdo de todo se produce cuando contemplamos el titánico esfuerzo del reportero por esquivar verbalmente la marca publicitaria de turno, valiéndose de alambicadas evasivas del tipo “En una conocida cadena de tiendas de ropa deportiva” o “En una entidad bancaria cántabra líder de su sector” o “Comiendo en una famosa franquicia norteamericana de hamburgueserías”, sí, así de retorcido y de ridículo, mientras, por otra parte, nos enseña en primer plano y sin atisbo de pudor el cocodrilo estampado en su suéter (ya sabéis, “una conocida firma textil con un reptil como imagen de marca”) o luce con la hiperbólica ostentación de un mafioso balcánico unas enormes gafas de sol en cuya patilla podemos reconocer las iniciales de un diseñador súper cool o súper trendy o lo que sea.
Tiene recochineo que, en esta época en que el banco tal nos presenta la información nacional, el coche cual las noticias deportivas y el teléfono móvil tal la previsión del tiempo, todavía haya quien se la coja con papel de fumar (no diré marcas de tabaco, líbreme Dios) a la hora de nombrar una tienda o un producto cualquiera.
Si de verdad queréis huir de la publicidad, la única solución es irse a un bazar chino. Allí todo es de la misma marca; o sea, "del chino".
 
 
Palabras letales
 
Me temo que una buena parte de nuestros famosos y famosillos, a costa de su denodado empeño por erigirse en “la voz del pueblo”, están banalizando según qué cuestiones relacionadas con los derechos humanos o el respeto a nuestros semejantes, entre ellas algo tan serio como el llamado maltrato psicológico.
Puesto que las desavenencias o las vulgares peleas son el mejor caldo de cultivo para alimentar ciertas parrillas mediáticas, y ya que constituyen para muchos personajes el único modo de permanecer en el candelero, estamos asistiendo continuamente a representaciones vergonzosas y barriobajeras que no tendrían mayor importancia si sus protagonistas, sabedores de la repercusión que suelen tener sus actos, no se empeñaran en autodefinirse como reflejos de la realidad diaria.
Y es que estoy advirtiendo desde hace tiempo una tendencia creciente a acuñar el término “maltrato psicológico” con insensible ligereza y desaprensiva gratuidad.
No soy psicólogo, ni psicoanalista, ni mucho menos psiquiatra, pero entiendo que para determinar la existencia de maltrato psicológico es necesario que dicha conducta se presente con una mínima frecuencia o continuidad, que describa algo habitual y constante.
Ojo, no es que piense que no deba castigarse lo esporádico o puntual, no me he vuelto loco. Lo que sostengo es que insultar, sin más, no es maltratar psicológicamente. Mandar a alguien a freír boniatos, defecarse en sus difuntos o llamarlo imbécil en el fragor de una disputa o intercambio de discrepancias forma parte de nuestras debilidades humanas, y no creo yo que haya que tipificarlo como delito. Pero parece que nuestros famosillos han interpretado el término de un modo pueril y simplón, y así deciden que maltrato psicológico es cualquier palabrota, imprecación o exabrupto que no vaya acompañado de agresión física.
El verdadero maltrato psicológico tiene por objeto anular a otra persona, acobardarla, incluso crearle la sensación de la agresión física sin necesidad de consumarla. Esto pasa por desgracia en colegios (no me sale de las narices llamarlo bullyng), en ambientes laborales (no me sale de las narices llamarlo mobbing) y también en el entorno doméstico.
El maltrato psicológico de verdad puede llegar a provocar las mismas consecuencias fatales que el físico, incluida la de llevar a alguien a quitarse la vida, así que recomendaría a tanto cantamañanas con afán de notoriedad que se cuidara de alardear sus trifulcas narcisistas al viento y hacerse la víctima a costa de tantas otras personas que de verdad sufren un acoso terrible y difícil de atestiguar debido a la ausencia habitual de pruebas materiales.
 
 
Tranquilos, que la ese es gratis
 
Salía de casa el futbolista Piqué en su coche unas horas después de haber sido padre, y enseguida el automóvil fue abordado por un grupo de reporteros. El plano de la tele nos mostraba el rostro sonriente del jugador del Barça rodeado de micrófonos, y, de fondo, se oía la voz de una periodista que le preguntaba: “¿Estuvistes en el parto?” Segundos después, la misma voz inquiere: “¿Te emocionastes?”
Esta manía que tiene tanta gente de terminar la segunda persona del pretérito perfecto simple (en mis tiempos se llamaba pretérito indefinido) con la letra ese es algo que me ha intrigado toda la vida y de lo que aún sigo sin obtener una explicación convincente. Hay muchos otros errores más graves, pero, cosa mía, a éste le tengo una antipatía especial, me pone muy nervioso cuando lo oigo.
Por ejemplo, desde la primera vez que escuché la canción La fuerza del destino, de Mecano, tengo clavada esta estrofa cual estaca en corazón de vampiro:

Y nos metimos en el coche,
mi amigo, tu amiga, tú y yo.
Te dije: nena, dame un beso;
y tú contestastes que no.

La canción de Mecano no hace sino reproducir un hábito ciertamente extendido. Un día sí y otro también oímos a alguien que dice “fuistes”, “volvistes”, “llegastes” o “dijistes”. Pero esta especie de virus de la ese contagiosa no se limita a los verbos. Seguro que, igual que yo, habéis oído a no pocas personas decir “cogeré un taxis”, “ponerse de pies”, “oyes, tú”, o, para los que seáis de Madrid, “me voy a Useras” o “me bajo en Iglesias”. En todos los casos sobra la ese final.
Todo lo que nos ahorramos en vocales al escribir e-mails y mensajes telefónicos lo derrochamos en eses a la hora de hablar. Será para compensar.

jueves, 17 de enero de 2013

El lector jumento



El fin de semana pasado me entretuve leyendo La literatura explicada a los asnos, del novelista José Ángel Mañas, autor de obras como Historias del Kronen, Mensaka, Soy un escritor frustrado, Ciudad rayada, Caso Karen o Sospecha. Sin ningún tipo de intención antológica ni ambición académica, Mañas hace un recorrido por la historia de la literatura española, dividiéndola en géneros y adoptando el tono de alguien que se sienta con nosotros a compartir sus conocimientos mientras nos tomamos unas cañas.
El libro es más una curiosidad literaria que un manual al uso; de hecho, cualquier erudito en la materia (cosa que servidor no es) echará en falta la alusión a determinados autores y seguramente también un mayor rigor en ciertos análisis. Pero es evidente que Mañas no va por ahí. Bien al contrario, parece buscar un acercamiento al lector que no suele abundar entre los escritores consagrados y, aunque no siempre lo consiga (en el texto hay terminologías y referencias que no están al alcance de cualquiera), al menos por mi parte tiene reconocido el mérito de intentarlo.

Por ejemplo, resulta interesante que en el capítulo dedicado a la poesía incluya un apartado final sobre la música popular, reivindicando la figura de Joaquín Sabina como máximo exponente de una forma de lírica contemporánea (¿los trovadores del siglo XXI?) tan valiosa como la que se plasma sobre un papel para ser leída. Esto no es tan extraño, sabiendo que desde hace tiempo el nombre de Bob Dylan figura entre los eternos candidatos al premio Nobel de Literatura.

Del mismo modo, hay un capítulo en el libro dedicado a tratar las relaciones entre cine y literatura, y cómo el uno y la otra se influyen y complementan mutuamente. Como no podía ser de otro modo, Mañas destaca aquí la obra y la personalidad de alguien como Rafael Azcona, el guionista por antonomasia del cine español, tan buen escritor (o mejor) como otros que cuentan sus obras por libros. Azcona, de hecho (y esto lo añado yo, porque Mañas no lo cita), defendió más de una vez la idea del premio Nobel de Literatura para Woody Allen.

Cuando habla de la posible influencia que la cultura audiovisual ejerce sobre la narrativa moderna, el autor de La literatura explicada a los asnos opina que ello no se traduce, como quizás piensen muchos, en que los novelistas contemporáneos se caractericen por el empleo de una prosa más “visual”. Estoy de acuerdo. Mañas cita el Lazarillo de Tormes y La Regenta como dos posibles ejemplos (de los cientos que habría) de que la novela ha aspirado siempre, desde sus inicios, a que el lector visualice o imagine de la forma más nítida lo que se le narra a través del lenguaje escrito. No se trata de eso. En lo que sí ve una clara influencia del cine en la manera actual de escribir, es en una mayor tendencia hacia la síntesis y la elipsis, un más ir al grano y menos andarse por las ramas. Quizá sea cierto.

No obstante, creo que hay otros posibles síntomas de este predominio de lo audiovisual en la formación narrativa tanto de los autores como de los lectores contemporáneos. Es algo que solemos comentar en los talleres del Aula de Escritores, ya que a veces surge el debate tras la lectura de un relato o un texto creativo.
Por ejemplo, me parece sintomática la tendencia a escribir diálogos menos elaborados, menos sofisticados tanto en su construcción gramatical como en la elección del vocabulario. Esto puede deberse a la simple voluntad de reflejar la realidad, de sonar coherentes con lo que nuestros oídos están acostumbrados a registrar, y si ahora hablamos peor, si es cierto que hemos empobrecido nuestro léxico respecto a generaciones anteriores, sería normal que demandáramos un vocabulario similar a los personajes literarios para que nos resulten cercanos y creíbles. La duda surge cuando esta simplificación de la manera de expresarse aparece también en novelas ambientadas en otras épocas, en esas en las que aparentemente todo el mundo trataba mejor el idioma. Será cosa mía, pero diría que lo que hoy prima es un uso del diálogo más cinematográfico, esto es, más directo, más llano, más sencillo en sus formas , menos “literario” si queréis. Y ojo, no me parece mal. La cuestión es determinar si ese cambio se debe o no a la influencia del séptimo arte y la televisión o si se trata de una evolución natural del estilo narrativo.
Otra duda que me planteo a este respecto es si quizá el predominio de los narradores en primera persona en los textos literarios de hoy se deba también al hecho de habernos acostumbrado a recibir las historias de ficción directamente de los personajes. En las películas y series de televisión no necesitamos el narrador omnisciente tradicional, esa voz en tercera persona que nos sitúa en la escena y nos describe los detalles, hasta el punto de que el uso de la voz en off suele despreciarse como recurso cinematográfico por considerarse innecesariamente reiterativo (si podemos mostrar las imágenes, para qué explicarlas).

Admirable también me parece que un novelista reconozca sin ambages que la adaptación cinematográfica de una de sus novelas esté más lograda que la propia obra original. Así es. La novela Mensaka, segunda que Mañas publicó tras el éxito de Historias del Kronen, no es mucho más que un ejercicio de buen oído callejero (que corrobora, eso sí, la opinión sobre la transformación de los diálogos expresada unas líneas más arriba). Sin embargo, la película que Salvador García Ruiz consiguió partiendo de dicho texto es una de las mejores operas primas del cine español reciente.

Hay otras cosas curiosas en el libro, como su entrañable referencia a Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón, cuya obra se cita en el apartado denominado “Géneros menores”, donde, junto a los comics, también se incluyen las fábulas, los aforismos o las greguerías. Comparto asimismo el recelo de Mañas hacia el género epistolar, al que este peatón ha denominado sarcásticamente en alguna ocasión como “la prensa del corazón de la gente culta”, para asombro o aun escándalo de ciertas naturalezas sensibles (o sencillamente pedantes y carentes de sentido del humor). Y por si alguien se preguntaba de dónde procede la expresión coloquial “A ver si suena la flauta”, que sepa que su origen está en la fábula El burro flautista, de Iriarte.

Finalmente, y como simple anécdota, señalar que en un libro que lleva la palabra asno en su título y la foto de un burro en su portada, el capítulo dedicado a Juan Ramón Jiménez no hace ni una sola referencia a su obra más popular, Platero y yo (por supuesto, ni palabra de Rucio en las múltiples alusiones al Quijote). Viniendo del autor de Historias del Kronen, no me extrañaría que fuese una ausencia provocada.

jueves, 10 de enero de 2013

Paseo por la cartelera (16)


The master, de Paul Thomas Anderson

Cuando se estrenó Pozos de ambición, la anterior película de Paul Thomas Anderson, recuerdo que expresé mi ligero temor a que este director hubiera abandonado sus referencias cinéfilas iniciales para decantarse por otras aparentemente más elevadas y cultas, si bien, menos estimulantes para un servidor. Algunos críticos sostienen que la segunda mitad de su filmografía (la formada por Punch drunk love, Pozos de ambición y The master) es superior a la primera (la que componen Sidney, Boogie nights y Magnolia). No puedo estar más en desacuerdo, aun gustándome bastante todas las películas de este hombre, incluidas las más recientes. Anderson ha pasado de parecerse a Scorsese o Tarantino a convertirse en un miembro del club de los elegidos autoconscientes, como Kubrick o Malick. Dicen quienes celebran esta transformación que es un síntoma de madurez. Pues vale. Mejor para ellos, aunque no creo que tenga nada que ver. Es decir, más maduro no tiene por qué significar más espeso, más denso, más pretencioso. Anderson se ha vuelto constreñido, circunspecto, ceñudo. Sigue siendo un director extraordinario, hasta el punto que The Master es una obra valiosa más desde el punto de vista de la dirección que de la narración. Por ello, aunque es una buena película, jamás la recomendaría a espectadores convencionales, mucho menos a quienes (con todo el derecho del mundo) buscan en la sala oscura una historia evasiva y compatible con la digestión del maíz inflado. El tema que aborda es interesante, más allá de sus obvios paralelismos con la realidad de la Cienciología, en cuyo creador se ha inspirado Anderson para parir al personaje de Philip Seymour Hoffman, quien, como siempre, está tremendo. A su lado, Joaquin Phoenix borda también el papel de un ex combatiente alcohólico y salido, carne de lavado de cerebro, el típico cordero descarriado por el que babearía cualquier farsante proselitista y aspirante a gurú. En el duelo entre esos dos potentes personajes está el alma de la película, que es a la postre eso, un toma y daca constante a base de duelos dialécticos y pruebas de fe, un tira y afloja calculadamente ambiguo para que sea el espectador quien decida si la cosa va de intercambio maestro-discípulo o domador-fiera, o de amor paternofilial frustrado, o bien de otra cosa, o de todo a la vez. No me olvido de la estupenda Amy Adams, cuyo personaje sugiere más que muestra y parece proponer una variante al clásico “Detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer”, que podría traducirse en “Detrás de todo gran iluminado hay una gran manipuladora”. A falta de una historia bien hilada, el filme se sostiene por la sucesión de secuencias impresionantes, generalmente en el apartado visual y verbal, y al mismo tiempo adolece de algo similar a lo que ya sufrió Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002), es decir, la sensación de que se ha perpetrado una mutilación excesiva en la sala de montaje. Así, es uno de esos raros casos en los que uno realmente desea que la edición en DVD contenga la normalmente innecesaria “versión del director”. Un notable, aunque sigo echando de menos el nervio, el dinamismo y la fluidez narrativa de Boogie nights y Magnolia.

 

La vida de Pi, de Ang Lee

Miedo no; pánico. Pánico le tenía a La vida de Pi. La razón, bien sencilla: me olía a panfleto new age, a sermón de autoayuda, al tipo de fábula fruto de ese orientalismo básico que muchos parecen profesar y divulgar para que otros nos sintamos culpables por el simple hecho de ser occidentales metropolitanos. Pues que esperen sentados. No obstante, había un elemento esperanzador: el director Ang Lee, autor de películas como La tormenta de hielo, Brokeback Mountain o Deseo, peligro. Así que me dije, bueno, si resulta que ésta va a ser una de las candidatas a todos los premios del año, habrá que verla. Y ahora, para qué negarlo, me alegro de haberla visto. Eso sí, no me equivocaba en mis recelos. Es evidente que se trata de una de esas historias con “mensaje” (oh, cielos, qué horror), si bien uno puede disfrutarla al margen de su materia didáctica, y ahí está el principal de sus méritos. Como esas canciones en inglés cuya letra uno no entiende pero disfruta gracias a una melodía seductora o pegadiza (o, mejor dicho, como esas canciones en español cuya letra uno reconoce que es una fruslería, pero aun así no puede evitar cantar o bailar), La vida de Pi se aguanta sobradamente por medio de sus imágenes y sus efectos digitales soberbios, que no lo parecen, y he ahí la clave. Espectacular.
Sobre su significado, por lo que a mí respecta, poco o nada que decir. Es probable que muchos simpaticéis con esa clase de mística pedagógica que parece dar a entender que el agnosticismo y el materialismo son la misma cosa. La inconcreción del término espiritualidad parece asidero suficiente para que algunos den por evidentes cosas que a otros nos parecen imposibles de discernir. El misterio o la duda también son viables, y no es obligatorio creer en energías, auras, corrientes, señales, karmas o chakras para ser sensible, solidario o profundo. Todo lo que en The master queda como en sordina, aquí está explicado, sobreexplicado y requetesubrayado en los minutos finales, aunque la intención parezca otra, con esa pregunta abierta que el narrador principal deja en el aire. Con todo, la he disfrutado como el espectáculo visual que es. Ang Lee domina su oficio como pocos. Un notable.

 

El cuerpo, de Oriol Paulo

Se quejaba el ínclito Rafael Azcona de que buena parte del público confundía el guion de una película con la historia que ésta contaba. Y tenía razón. Se oye a menudo eso de “el guión no vale nada” o “hay fallos de guión”, cuando lo que se está criticando en realidad es la calidad o el despropósito del argumento original. Una película como El cuerpo viene al pelo para aclarar esta confusión. Si nos centramos en la historia, todo chirría, no se sostiene, es retorcida hasta lo inverosímil. Sin embargo, gracias a la habilidosa escritura de su guión (esto es, a la forma en que guionista y director han decidido contárnosla), unida a su resultona atmósfera (que está lejos de la lograda por Ole Bornedal en El vigilante nocturno y su remake anglosajón La Sombra de la noche, pero aun así da el pego), uno termina comiéndose enterita la historia, llegando hasta el final con la incógnita aún viva y con abundantes posibilidades de culminar en una sorpresa al conocer el desenlace (confieso que adiviné el desenlace a unos 20 minutos del final por culpa de una secuencia a mi juicio innecesaria y forzada; pero que nadie se preocupe, esto no es ni mucho menos porque yo sea más listo, sino porque quizá he visto demasiadas películas). Hay puristas que no toleran este tipo de argucias. No soy de esos. Por ejemplo, me encantan películas como Sospechosos habituales (Bryan Singer, 1995) o El corazón del ángel (Alan Parker, 1987), y no digamos ya El golpe (George Roy Hill, 1973), las cuales juegan literalmente con el espectador a base de pistas falsas y de piezas desordenadas que terminan encajando tras el golpe de efecto final. El cuerpo, eso sí, adolece de menor pericia a la hora de manejar el mecanismo, y, sobre todo, una vez desveladas sus claves, todo atisbo de coherencia se desmorona (cosa que no sucedía, por ejemplo, en las mencionadas Sospechosos habituales y El golpe). Ahora bien, el principal enemigo de esta película no son sus imperfecciones técnicas, sino (me temo) los más que arraigados prejuicios del público respecto al thriller autóctono. Esto es, lo que sin duda muchos espectadores habrán tolerado sin titubear a filmes como Fracture (Gregory Hoblit, 2007), Identidad (James Mangold, 2003) o Next (Lee Tamahori, 2007), jamás se lo perdonarán El cuerpo por el mero hecho de ser una película española. Vosotros mismos. Para mí, se merece el aprobado.

 
 

Los miserables, de Tom Hooper

Hay películas, como Grease (Randal Kleiser, 1978), que uno no se imagina de otra manera que no sea un musical, mientras que hay otras, como Sweeney Todd (Tim Burton, 2007), Chicago (Rob Marshall, 2002) o incluso Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen & Gene Kelly, 1952), cuyas tramas estoy seguro habrían funcionado sin necesidad de números musicales, o bien incluyendo éstos de una forma, digamos, realista, por medio de actuaciones, ensayos o representaciones, como se acostumbra a hacer en las películas que cuentan biografías de músicos o artistas. El caso de Los miserables es aún más evidente, pues su origen es una famosa novela, de la cual, además, se han estrenado ya numerosas adaptaciones cinematográficas. Así pues, la novedad de esta última versión está precisamente en el añadido musical, a pesar de que su obra de referencia no sea la novela en sí, sino el montaje teatral (y musical) que lleva años representándose con éxito en todo el mundo.
El problema de las películas largas no es que sean largas, sino que se hagan largas, y a ésta le pasa un poquito. Quizá no ayude que toda ella sea cantada (los momentos sin música son tan escasos que equivaldrían, para entendernos, a los espacios en blanco que hay entre canción y canción en un disco); por mucho que la música pueda gustar, no es lo mismo asistir a su interpretación en directo, sobre un escenario, que pasarse 150 minutos en la butaca del cine oyendo un tema detrás de otro. Hay momentos inspirados y emocionantes, y Hugh Jackman y, sobre todo, Anne Hathaway lo hacen muy bien (a Russell Crowe se lo ve menos resuelto en las lides cantarinas, pero tampoco está mal), aunque, llamadme vulgar si queréis, echo de menos más fanfarria y grandilocuencia, porque diría que, en su conjunto, Los miserables es un musical más bien intimista. En cuanto a los duetos de secundarios, el formado por Sacha Baron Cohen y Helena Bonham-Carter es divertido y ayuda a aligerar la sobrecarga de intensidad emocional, mientras que la intervención de Amanda Seyfried y Eddie Redmayne me recuerda (a su pesar) a las de esas parejas de pánfilos tortolitos que obligaban a meter en las comedias de los Hermanos Marx.
Tampoco soy experto en la materia, por lo que, a falta de capacidad para analizar la partitura, las coreografías y las texturas vocales, me quedo con la sensación de un espectáculo correcto pero que se queda limitado en la bidimensionalidad de una pantalla. Aseguran quienes la vieron en el teatro que es colosal, y les creo. Hasta donde yo llego, aprobado.

 

El hombre de las sombras, de Pascal Laugier

Curiosa producción ésta, que utiliza los reclamos del cine de terror para contarnos otra cosa. Se supone que los géneros cinematográficos se definen por el tratamiento de los temas, pero a veces (y éste es un claro ejemplo) uno puede valerse tan sólo de los elementos estéticos y estilísticos de un género con el fin de dotar de un clima determinado a una historia perteneciente a otro género distinto. El hombre de las sombras parece una de terror, con la leyenda de un monstruo del bosque que secuestra niños y todo eso, y además está dirigida por un especialista en la materia; sin embargo, su argumento está más cerca de Adiós pequeña adiós (Ben Affleck, 2007) que de, por ejemplo, Intruders (Juan Carlos Fresnadillo, 2011). Así pues, lo del miedo en este caso es más una cuestión de atmósfera que de susto. De hecho, lo más interesante no es tanto lo que cuenta, sino el doble giro que presenta su trama y que te obliga como espectador a implicarte de alguna manera. El primero de dichos giros viene enseguida, mediada la película, y afecta a nuestra consideración respecto a lo que estamos viendo, mientras que el segundo, más convencional y ligado al desenlace, puede generarnos el dilema de sacar la moral a pasear o quedarnos con que se trata de una ficción más cuyo único objetivo es inquietarnos un poco. Sea como sea, tened claro que, pese a las apariencias (y a los antecedentes de su director), la cosa no va de gore, ni de slasher, ni de torture porn, ni de ningún otro anglicismo de los que tanto gustan ahora a los fans modelnos del terror. Notable el trabajo interpretativo de Jessica Biel, aunque diría que se nota demasiado su implicación directa en la producción (chupa cámara a lo bestia; con ese físico, cualquiera). Una propuesta original, como mínimo. Supongo que la sufrirán más quienes sean padres, aunque para el resto también puede tener su qué. Aprueba con nota, sobre todo por lo inusual. 

jueves, 3 de enero de 2013

Tecnología marginal


Este fin de año he recibido muchas menos felicitaciones por SMS que en ocasiones anteriores. Se me ocurren dos razones, ambas bastante factibles.

La primera, que servidor haya sido en el 2012 más borde o más desconsiderado de lo habitual, cosa que no descarto. Así pues, valgan mis disculpas retroactivas.

El segundo motivo, igualmente probable (y compatible con el primero), tal vez se deba a que mi teléfono móvil es literalmente eso, un teléfono. O sea, que no tengo blackberry, ni tableta, ni dispositivo portátil alguno de esos cuyo nombre de pila suele comenzar por la letra i minúscula. Conclusión: no dispongo de ese sistema de mensajería conocido como wasap, del cual lo único que he experimentado (y sufrido) hasta la fecha es esa especie de silbido de andamio dulcificado que avisa de la recepción de mensajes, pues todo ser viviente a mi alrededor (ya sea en un bar, en la oficina, en la calle o en el AVE) parece enganchado a esta nueva droga cibernética y no hay manera de escapar a su presencia, por mucho que uno sea aún un cavernícola en la materia.

La tarjetas de Navidad sucumbieron con la llegada del e-mail, y éste empezó a perder presencia ante la emergencia del SMS. Ahora, por lo que se ve, el wasap predomina sobre cualquier forma de comunicación anterior, y ya veremos lo que nos espera más adelante.

No me olvido de las redes Twitter y Facebook, claro, que sin duda habrán constituido la opción preferente de muchos ciudadanos para manifestar sus buenos deseos.

Por el momento, estoy bien como estoy. A lo mejor cuando toque despedir el 2013 estoy más computarizado que la NASA, pero por ahora no tengo prisa. Y ya que este blog es el canal de telecomunicación más constante que este peatón posee, lo elijo para daros la bienvenida al nuevo año.



P. D. A eso de las 5 de la mañana del día 1 de enero, un grupo de nostálgicos amigos nos arrancamos a tararear con beoda algarabía el setentero y agropecuario hit Hay que lavalo (cuyo solo de trompetilla habría firmado el mismísimo Louis Armstrong), justo después de habernos desgañitado al son de otras joyas del cafrepop como Saca el Güisqui, Cheli o La chorba del Jacinto. Y ahora os diréis: no me extraña que este tío no tenga wasap; lo raro es que tenga teléfono.