jueves, 19 de diciembre de 2013

Lo fácil es no leer

 
Fuera caretas. Fuera corrección política. Fuera falsa modestia. Al carajo con las apariencias. La próxima vez que alguien me pregunte eso de “Oye, tú, como autor, ¿qué opinas de que el libro de Belén Esteban sea el número uno en las listas de ventas?”, responderé la verdad, y la verdad es que me importa un truño ese libro que mencionas y, ya que preguntas, por cierto (ejem), ¿has comprado tú el mío?...

No miento. El libro de Belén Esteban no es la competencia, no tiene nada que ver conmigo, ni como lector ni como autor. Que exista, que se publique, no me parece ni mal ni bien, me la refanfinfla. Lo digo de otra manera, si queréis: a los compradores de la biografía de la susodicha les supongo admiradores de la susodicha; telespectadores o lectores de prensa del corazón que suspiran por su chabacano ídolo; vecinos, amigos y familiares, chonis y poligoneros del mundo, en fin, no es el tipo de lector con el que yo a priori contara, por lo que ni me dan ni me quitan nada.

Ahora bien, después llegan los indignados del mundo, los corazones sensibles y con ínfulas de dignidad intelectual, los que pregonan a grito pelado y calzón quitado su furia, o bien sencillamente los lectores habituales, ese grupúsculo minoritario formado por los que empalman un libro detrás de otro, aficionados a la literatura y al esfuerzo de leer palabras enteras (con todas sus vocales y consonantes) y frases completas (con todos sus sujetos y predicados y sus signos de puntuación), en conjunto, unos y otros, los que no eligen a Belén Esteban y sí a Vargas Llosa, a Paul Auster, a Oscar Wilde, a Ruiz Zafón, a Homero, a Mendoza, a Dostoievski, a Pérez-Reverte, a Dan Brown, a Cercas, a Falcones, a J. K. Rowling, a Stevenson, a Shakespeare, a Umberto Eco, a García Márquez, a Faulkner, a Joyce, a Stephen King, a María Dueñas, a Muñoz Molina, a Maupassant, a Sánchez Piñol, a Cortázar, a Nabokov, a Albert Espinosa, a Camus, a Lorca, a Elvira Lindo, a Sartre, a Larsson… Y entonces me pregunto: ¿habrán comprado mi libro?

Fíjese el avispado lector que la cuestión planteada en el párrafo anterior es exacta a la formulada en el párrafo inicial de esta entrada. Conclusión: si me preguntan qué opino como autor, sólo puedo contestar que, como autor, lo que en realidad me interesa es que alguien lea lo que yo escribo. El resto del tiempo, como comprenderéis, es cosa de cada cual, y me importa un zurullo si se lo dedicáis a Lope de Vega o a las memorias de Falete.

Vale que queda de puta madre indignarse a la hora del vermú o del café con leche, pero que nadie piense que eso, sin más, ayuda a los autores menores y repercute en el bien del fomento de la lectura fuera del circuito de consumo masivo. Entiendo que prefiráis a Cervantes o a Dickens o a Roth o a Zweig (yo también lo haría) antes que a mí, pero también os digo que el hecho de no comprar un libro (el que sea) no implica necesariamente un beneficio para otro libro (el que sea), si no se compra ese libro en concreto (el que sea; o, ya que estamos en mi chiringo, uno de los míos). Casi os diría que vayáis a la librería, aunque sea con la intención de llevaros el mamotreto infumable de la princesa cateta, porque pisar una tienda de libros sí que aumenta la posibilidad (por voluntad o por error) de acabar reparando en el de uno.

Aclarado el asunto, añadiré que lo que me molesta del personaje en cuestión no es su libro, sino ella, en sí misma. No recuerdo a nadie tan desagradable para la vista y el oído (el resto de mis sentidos, a día de hoy, permanecen a salvo de contacto). Por supuesto que no me refiero a la simple descalificación física, a si una persona es o me parece fea, pues esa es una apreciación muy personal y a menudo gratuita. Todos sabemos que hay personas que pueden provocar idéntica repugnancia visual aun siendo guapas (guapos con cara de vinagre caducado los hay por decenas). Así que no hablo de fisonomía, sino de gestualidad. Y tampoco de cultura, sino de educación. Si la cara es el espejo del alma, el de esta señora debe de ser un espejo retrovisor, porque de otra forma no se entiende esa capacidad para lucir invariablemente cara de culo (si creíamos que el súmmum era El Fary chupando un limón, imaginaos a ésta aguantándose un estornudo). Un careto así no lo encuentras ni en la papelera de un fotomatón, y ya es mucho decir. Y sobre su discurso (sic), cabe la ristra completa: ordinaria, chabacana, basta, burda, cateta... Reúne todas las acepciones posibles de la expresión “hablar mal”, y eso abarca desde su vocabulario marrullero y paupérrimo hasta su entonación cacofónica. Una joya, sí. ¿Pero el libro? Pensemos en positivo: lo mismo ha salvado el cierre de alguna librería, y también habrá servido para que un negro o escritor fantasma se gane el chusco. No os engañéis: hay cientos de miles de millones de libros que no leeremos nunca. ¿Nos vamos a escandalizar por uno más? Si lo fácil es no leer, hombre.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El yayo Paul


 
Que sí, que ya lo sé, que no es el tipo más canalla al otro lado del Canal de La Mancha y que es hasta señor de la corona británica (o como se diga); que no se ha suicidado a los treinta años ni se ha ahogado en su propio vómito por ponerse hasta las cejas de sustancias psicotrópicas o alucinógenas; que vale, que no juega en la liga de los que pasean por el lado salvaje y toda esa liturgia rockera que tiene que ver más con las apariencias que con las melodías. Pero es Paul McCartney, señores, y Paul McCartney es, que se sepa, músico. Y como músico ha tenido sus momentos mejores y peores, como todos, pero hay algo en lo que no es como todos (sólo unos pocos pueden presumir de ello), porque no todo el mundo ha compuesto canciones legendarias y eternas, y porque fue él y no otra persona quien parió Let it be, y Eleanor Rigby, y Hey Jude, y Yesterday, y The long and winding road, y The fool on the hill, y We can work it out, y For no one, y Paperback writter, y Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, y Back in the U.S.S.R., y Lady Madonna, y With a little help from my friends, y Hello Goodbye, y Drive my car… y podríamos estar aquí un buen rato sin parar.
Y después, 25 álbumes, de todo un poco, altibajos, momentos brillantes y otros olvidables, pero en conjunto, uno de los grandes, no me vais a convencer de lo contrario, aunque este hombre haya grabado canciones para películas de Chevy Chase o se diera el batacazo de su vida con la megalómana e inexplicable Give my regards to Broad Street… Eso sí, al menos nunca ha cultivado el tan artístico género de la tomadura de pelo (desmemoriados, recordad el disco Two Virgins, de John Lennon, a quien sí veneráis porque se cagaba en Dios, le dedicaba canciones a las pirulas que se metía entre pecho y espalda y posaba en pelotas para las fotos… Si lo hace McCartney pedís la pena de muerte. Y conste que Lennon también es uno de los grandes).

Y ahora el viejo Paul regresa con un álbum que, como de costumbre, tiene de todo, pero en el que encuentro media docena de temas que me apetece escuchar una y otra vez. No es rompedor, ni vanguardista, ni lo vais a ver o escuchar en los canales y emisoras de moda. Da igual. Tiene momentos muy Beatles, como New (podría ser un descarte rescatado de las sesiones de Magical Mistery Tour o Sgt. Pepper), otros muy Wings, como Everybody out there, y otros muy suyos de la última etapa, como Save us, I can bet y On my way to work, e incluso temas en los que se advierte una cierta intención de ponerse al día y sonar acorde al siglo en el que estamos, o eso me parece cuando oigo Queenie eye, Road o Alligator.
Pero por encima de todas las canciones destaco Early days. Una balada sencilla, acústica, muy McCartney. Habla de los años mozos, del pasado que no le pueden quitar pese a que hay mucho intruso de última hora que siempre gusta de apuntarse a cualquier carro que conduzca a la gloria. En fin, uno de esos temas que tocan la fibra y no sé del todo por qué. Es la magia de la música, que emociona sin que uno necesite explicarlo.

Si vuestro objetivo es pasar por el tipo más enrollado del barrio, mejor que habléis por boca de otros profetas del palo Jimmy Hendrix, Lou Reed o Jim Morrison. Pero si os la bufa lo que diga el vecino sobre vuestro repertorio del MP3 o sobre vuestra incapacidad para acceder al infierno por la puerta de los chicos malotes, aquí os dejo con el yayo Paul y Early days.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

500

 


Con la última publicada (Titulación fatal, Versión definitiva), la semana pasada este blog alcanzó la cifra de 500 entradas.
La efeméride me viene al pelo, y no sólo para darme autobombo. Después de siete años pateando esta acera virtual, uno se da cuenta de que la actualidad es algo tan relativo como carente de rigor, y que algunos de los temas que en un momento dado te impulsan a ponerte frente al teclado están caducados antes de llegar a escribir el punto final.

A lo largo de estos años, la actualidad propiamente dicha (entendida en su concepto informativo, o periodístico, si queréis) ha dejado poco a poco de ser la materia prima principal de la bitácora, convirtiéndose ésta en algo más parecido a lo que se conoce (para bien y para mal) como un blog de autor (por favor, entiéndase la palabra “autor” como sinónimo de propietario, y no de artista, creador u otras grandilocuentes etiquetas).
Hay, sin embargo, otros contenidos que poseen la ventaja de la perdurabilidad. Todavía hoy me cruzo por ahí con gente que me dice recordar algo que leyó hace meses o incluso años en este blog. Por ello, de vez en cuando me permito la licencia de recuperar según qué temas o de repetir la publicación de determinadas entradas, bien porque algo las ha convertido de pronto en material vigente, o bien porque no soy ajeno a la circunstancia de que los lectores van y vienen, abandonan y se renuevan.

Sea como sea, y ante la imposibilidad de calcular la esperanza de vida de la criatura, me aferro de momento a su aparente buena salud y anuncio que, a partir de ahora, empieza la ruta hacia la entrada número mil…

Gracias a todos. Nos seguimos viendo en la acera.

martes, 26 de noviembre de 2013

Titulación fatal (Versión definitiva)

Recupero un tema legendario y predilecto de esta bitácora valiéndome de una práctica común en el sector cinematográfico, la de la versión extendida o el montaje definitivo. Bien es cierto que a menudo esta opción resulta una engañifa, un sacacuartos. No es el caso; primero, porque el material añadido os parecerá sin duda interesante y suculento, y segundo, porque este blog, salvo que a algún empresario o ministro filibustero se le ocurra una forma de sacar tajada (todo es posible en tiempos de crisis), sigue siendo gratis.

Desabróchense los cinturones y las fajas, todos relajados, y disfruten de este viaje por el disparatado universo de la titulación fatal.
 

 
Tu nombre envenena mis sueños

Elijamos dos títulos al azar: Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008) y Atrapado en un pirado (Brian Robbins, 2008).

De entrada, deciros que ambos títulos me parecen horrendos, si bien el primero es el original, es decir, el que su autor decidió ponerle, mientras que el segundo es un patético pareado de función de fin de curso de primaria que ejemplifica a la perfección la norma de traducción que los distribuidores españoles llevan perpetrando desde que al mayor de los Lumière le salió el primer diente.

Es evidente que la razón por la cual se traducen libre y chapuceramente los títulos originales de las películas extranjeras responde a intereses de mercado. Sigue habiendo ingenuos mercachifles que van de espabilaos y que nos toman a los espectadores por gilipollas, por lo que deciden que una película en cuyo título no figuren palabras como “mortal”, “impacto”, “chalaos” o “escándalo” habrá de ser por fuerza un fracaso estrepitoso de taquilla. A esta tendencia unámosle un sinfín de pueriles barrabasadas, como las rimas de tunero borracho (Dos colgaos muy fumaos), los delirios megalómanos de poetas frustrados y guionistas de culebrón (Pozos de ambición) o los raquitismos creativos que pondrían en entredicho la mismísima teoría de la evolución (Tú la letra, yo la música).

Imaginad por un momento que el propietario del Museo Reina Sofía de Madrid sufre la misma enfermedad que los distribuidores cinematográficos, y deduce que el secreto para atraer al público pasa precisamente por cambiar los anodinos e insípidos títulos que los pintores eligieron para sus cuadros, y entonces, en un alarde de ingenio comercial, decide rebautizar el “Guernica” de Picasso como “Bombardeo letal en Euskadi”.

Ridículo, ¿verdad? Pues así ocurre desde siempre con las películas. Sin ir más lejos, el título original de la que aquí se estrenó como Atrapado en un pirado es Meet Dave, que podría traducirse como “Conoce a Dave”, “Te presento a Dave”, “Conociendo a Dave”, “Éste es Dave”, etc. (Fijaos si había posibilidades.)

Incluso cuando la traducción del título es correcta, el criterio de elección de una película y esto va para vosotros, queridos viandantes debería basarse en otros aspectos más determinantes respecto a su contenido o nuestras preferencias, como el nombre del director, el género, los protagonistas, el guionista, o incluso otros factores quizá menores pero mucho más orientativos que un simple título, como ciertos premios o reconocimientos, o el hecho de que el filme sea la adaptación de un libro, cómic u obra teatral que conozcamos.

Por tanto, el título suele decir de una película lo mismo que el nombre de una persona; o sea, nada. Si yo decidiera cambiarme el nombre mañana y llamarme Galileo, Pitágoras o Leonardo, mi nivel intelectual seguiría siendo el mismo (de hecho, el deseo de hacer dicho cambio podría incluso demostrar que mi inteligencia está en peligro de extinción).
 
 
El método
 
Hemos quedado, pues, en que las distribuidoras cinematográficas españolas parecen empeñadas en demostrarnos que, cuando se lo proponen, pueden derrochar cotas inabarcables de imaginación al traducir los títulos de las películas extranjeras.

Fijaos, si no: Atracción fatal, Atracción peligrosa, Seducción peligrosa, La última seducción, Seducción mortal, Atracción diabólica, Relación mortal, Rápida y mortal, Memoria letal... (Todas existen, lo prometo.)

Tras someter a mis neuronas a un curso intensivo de emergencia, creo que he descubierto dónde está el secreto del chollo. Dado el escaso nivel de autoexigencia y las pocas ganas de pensar que demuestran los mencionados traductores de títulos, he deducido que estos individuos trabajan con una simple tabla cartesiana que cualquier repetidor de párvulos podría fabricarse sin esfuerzo.

En el eje horizontal incluiremos las palabras Atracción, Tentación, Relación, Obsesión, Seducción y Ambición. Por su parte, en el eje vertical de la tabla pondremos Mortal, Fatal, Letal, Total, Criminal y Final. Sólo con esto ya salen treinta y seis combinaciones posibles, así que basta con ir añadiendo sustantivos por aquí (Invasión…) y adjetivos por allá (Ilegal…) para prolongar eternamente la fórmula.

 

Atracción
Tentación
Relación
Obsesión
Seducción
Ambición
 
Atracción Mortal
Tentación Mortal
Relación Mortal
Obsesión Mortal
Seducción Mortal
Ambición Mortal
Mortal
Atracción Fatal
Tentación Fatal
Relación Fatal
Obsesión Fatal
Seducción Fatal
Ambición Fatal
Fatal
Atracción Letal
Tentación Letal
Relación Letal
Obsesión Letal
Seducción Letal
Ambición Letal
Letal
Atracción Total
Tentación Total
Relación Total
Obsesión Total
Seducción Total
Ambición Total
Total
Atracción Criminal
Tentación Criminal
Relación Criminal
Obsesión Criminal
Seducción Criminal
Ambición Criminal
Criminal
Atracción Final
Tentación Final
Relación Final
Obsesión Final
Seducción Final
Ambición Final
Final

 
Pues ya está. Ya nos hemos sacado el título de titulador, y perdón por la redundancia.

Es verdad que esta muestra sirve principalmente para el thriller o el cine de acción, pero el sistema de la tabla, como puede imaginarse, es aplicable a todos los géneros.

En comedia, por ejemplo, y aunque suele funcionar la fórmula del “vaya par” (de gemelos, de colegas, de abuelitas, de cojones o de maderos), la apuesta ganadora en los últimos tiempos es sin duda la de la mezcolanza de parentescos: los padres de él, los padres de ella, la madre del novio, los suegros de la novia, el hijo de la novia, los padres del novio, la novia de mi padre, el padre de la novia… la madre que los parió. A todos.

Al final, lo que le queda a uno es la angustiosa sensación de que no tiene ni puta idea de qué película ha visto, si fue la de la venganza letal o la del hijo de la suegra, la de la maldición fatal o la de la madre de la hija.
 
 
El sexo sentido
 
Dentro del desparrame general, el cine porno sea tal vez una honrosa excepción. Su indisimulado espíritu lúdico (y lúbrico) y su ausencia general de pretensiones lo convierten en territorio idóneo para el título chistoso. Eso no significa que el contenido de la obra vaya a estar a la altura del ingenio o la chispa de su título (casi nunca lo está), pero menos es nada.
 
He aquí una pequeña muestra de lo que sucede cuando se juntan neuronas y feromonas.
 
Categoría 1 - Rimas básicas y otros chascarrillos
 
Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo
En boca cerrada no entran moscas, pero entran pollas como roscas
Si no soy Curro Jiménez, ¿qué hago con este trabuco?
Ensalada de pepino en colegio femenino
El fontanero, su mujer y otras cosas de meter
De oca a oca y me la tiro porque me la toca
Caray con el mayordomo, qué largo tiene el maromo
Colegialas en celo aprenden inglés a pelo
Aquí hay tomate… y no es precisamente Orlando
Fuí a por bellotas y me metiste hasta las pelotas
De camino al baño me follé a tó un rebaño
Ten cuidado con lo que tocas, a ver si te voy a llenar la boca
Una rajita madura pa esta cosa tan dura
El negrata de tres patas
Me entró la gula y me follé a tu mula
 
Categoría 2 – Juegos de palabras y otras perversiones del séptimo arte
 
El sexo sentido: Veo a gente en bolas
Don Cipote de La Mancha
Duro de mamar
Semental, querido Watson
Sperman
Más adentro
Harry Potter y la Minga Descomunal
Mujeres al borde de un ataque de miembros
20.000 lenguas de viaje intrauterino
Tetanic
La banana mecánica
Arma rectal
Tócamela otra vez, Sam
Mamatrix
Pene de muerte
Prepucita Roja
Hospital genital
Penocho
Babe, el cerdito caliente
Peter Pene
La delgada raja roja
Eyácula (Drácula X)
El conejo de la Bruja de Blair
Entrevista con el Pepino
Sin bragas y a lo loco
Cabalgando a Miss Daisy
Un pene llamado Wanda
La manolilla del Capitán Corelli
El cartero siempre encula 2 veces
James y el megapollón gigante
Buscándosela a Nemo
Follador y caballero
La verga de Bryan
La almeja Maya
El sexorcista
La comunidad del frenillo
Himen y castigo
Pencando con lobos
Ubres borrascosas
Rabocop
Truman Cipote
Eduardo Manospajeras
Abierta hasta el amanecer
 
 
Lost in translation
 
Los seres humanos se dividen en dos: los que vieron La guerra de las galaxias y los que vieron Star Wars.
 
El paso de la primera a la segunda trilogía galáctica de George Lucas es la metáfora más nítida para ilustrar la única alternativa a las cutretraducciones que parecen contemplar como factible los perpetradores habituales. Es verdad que, desde un punto de vista ético, se puede decir que es una opción digna (antes que una traducción chapucera, mejor respetar el título original), pero ni aun así se justifica el delirio (el 99% de los títulos pueden traducirse al castellano sin esfuerzo).
 
Puedo entender que no se toquen títulos como Pulp fiction o Match point, pues son expresiones que funcionan como nombres propios y, por tanto, se traicionaría su significado al traducirlas. Sin embargo, que alguien me diga por qué no se pueden traducir Quarantine (Cuarentena), Killers (Asesinos), The Faculty (La Facultad), The master (El maestro), Election (Elecciones), o Monster’s ball (El baile de los monstruos). Y el colmo de la soplapollez llega cuando se estrenan películas tituladas Contraband o Inmortals… ¡y no se traducen! (no os comáis el tarro; la primera significa “Contrabando” y la segunda “Inmortales”).
 
Lo que tenemos a cambio es un sinfín de diálogos surrealistas entre taquilleros y espectadores, escenas de confusión y vergüenza porque nuestras lenguas ibéricas sudan litros de saliva cuando tienen que hacer sonar títulos como Revolutionary Road, Crazy, stupid, love; Green zone, Magic Mike, Ladykillers, Crying Freeman, The bling side, Hairspray, To the wonder, Eyes wide shut o Minority report. Al final, todo el mundo acaba diciendo “Deme dos entradas para la del Tom Hanks”, o “para la de los vampiros”, lo que sea con tal de no pasar el trago de tener que pronunciar lo impronunciable.
 
Da la impresión de que, hasta que alguien decida programar una repetición de Barrio Sésamo, nos vamos a quedar sin saber lo que es estar en el medio. Seguiremos teniendo que elegir entre el extremo de no traducir el título o el de traducirlo como nos salga de las santas alforjas. Y, mire usted, justo en el medio está la solución a tan complicado problema: traducir bien. Ignorarlo continúa provocando indeseables fenómenos como el que podríamos denominar plagio involuntario: tomemos como ejemplo la película de Sidney Lumet Guilty as sin (que sería “Muy culpable”, “Extremadamente culpable”), bautizada en español como El abogado del diablo, y estrenada en 1993. No es que el título elegido no mole (de hecho, es mejor que el original, lo reconozco); no es eso. Lo que ocurrió fue que, tan sólo cuatro años después, Taylor Hackford hizo The Devil’s advocate, que quiere decir, ni más ni menos, “El abogado del diablo”, con lo que puede que el deseo de no confundir al público (o, quién sabe; a lo mejor fue solo orgullo de traductor) obligara a estrenarla en nuestro país como Pactar con el diablo, título que, reconozcámoslo, mola mucho menos.
 
Aunque tampoco es que la posibilidad de repetirse o copiarse parezca preocupar demasiado a los distribuidores. Pensemos si no en ciertas atrocidades, como que hace menos de un año se haya vuelto a estrenar una película con el imaginativo título de La trama. Es la tercera, que yo recuerde. La primera fue la obra postrera de Hitchcock, cuyo título en inglés era Family plot (que vendría a significar “trama familiar” o “conjura familiar”). Como mínimo, se acercaba algo al original. Pero en 1997 David Mamet rueda The Spanish prisoner (o sea, “El prisionero español”, que alude al nombre de un timo, como el de la estampita o el tocomocho), y aquí, no se sabe si por orgullo patrio o desconfianza en la sagacidad del espectador (a ver si van a creer que va de cárceles), se saca a paseo la consabida falta de imaginación y se estrena como (oh, sorpresa) La trama. Uno suponía que con dos veces el cupo quedaba cubierto, pero nada de eso. Y así, en 2012, llega Broken city (“Ciudad fracturada”, o Ciudad rota”), de Allen Hughes, y creyéndonos peces desmemoriados o subnormales con cerebro de pasta de croquetas, nuestros queridos distribuidores deciden que la van a exhibir con un título innovador, demoledor, impactante, irresistible… eso es: La trama.
 
Ya puestos, viendo que se han comercializado películas con nombres tan castizos como Rock’nrolla, Quantum of solace, Slumdog millonaire o Searching for Sugar Man, tampoco creo yo que nadie se hubiera escandalizado por tener que pedir entradas para Broken city.
 
 

 
La lista negra
 
Como colofón a todo lo anterior (y para que comprobéis que no exagero), aquí van unas cuantas traducciones (habría miles) dignas de una tormenta de cerebros en el frenopático.
 
 
Título original: Fool’s gold

Traducción posible: “El oro de los locos”

Título castellano: Como locos... a por el oro

Comentario: Si lo que pretendían con ese título era crear expectativas, lo llevan claro. Ya puestos a ser chistosillos, que aprendan del cine porno.

 

Título original: I want Candy

Traducción posible: “Quiero a Candy”

Título castellano: Vaya par de productoreX

Comentario: Nótese el derroche de ingenio al sustituir la s de “productores” por una X, ya que la película trata sobre productores de cine X. Lázaro Carreter se revuelve en su tumba.

 

Título original: The dukes of Hazzard

Traducción posible: “Los duques de Hazzard”

Título castellano: Dos chalados y muchas curvas

Comentario: Dos ineptos y muchos cubatas. Los traductores, claro.

 

Título original: Ice princess

Traducción posible: “La princesa de hielo”

Título castellano: Soñando, soñando… triunfé patinando

Comentario: No tengo palabras.

 

Título original: Apt pupil

Traducción posible: “Alumno aprobado”

Título castellano: Verano de corrupción

Comentario: Una película estupenda de Bryan Singer (Sospechosos habituales, X-Men, Valkiria), basada en un relato de Stephen King. Pasó desapercibida por la cartelera. ¿Por qué? Volved a leer el título en castellano.

 

Título original: The mechanic

Traducción posible: “El mecánico”

Título castellano: Fríamente, sin motivos personales

Comentario: Éste confundió “poner el título” con “contar de qué va”. Si no, no me lo explico.

 

Título original: The long kiss goodnight

Traducción posible: “El largo beso de buenas noches”

Título castellano: Memoria letal

Comentario: Lo de la tabla cartesiana iba en serio, como podéis comprobar.

 

Título original: Duel

Traducción posible: “Duelo”

Título castellano: El diablo sobre ruedas

Comentario: Me han soplado que la persona que tradujo este título trabaja ahora como letrista de las canciones de José Luis Rodríguez, “El Puma”.

 

Título original: Palmetto

Traducción posible: “Palmetto” (es un nombre propio)

Título castellano: Seducción letal

Comentario: ¿Algo que objetar sobre la tabla?

 

Título original: After hours

Traducción posible: “After hours” (en todos los idiomas se utiliza esta expresión anglosajona que se refiere a lo que vulgarmente se conoce como “horas intempestivas” y también a aquellos locales que están abiertos desde la madrugada hasta la mañana).

Título castellano: Jo, qué noche

Comentario: Tratemos de imaginar la escena. El encargado de poner el título se lleva el trabajo a casa y ve la peli junto a su hijo de siete años. Una vez acabada, le pregunta al niño: “¿Qué te parece?”. El resto ya lo sabéis.

 

Título original: Harold & Kumar go to White Castle

Traducción posible: “Harold y Kumar van a White Castle”

Título castellano: Dos colgaos muy fumaos

Comentario: De nuevo la pareja de traductores del ejemplo nº 3

 

Título original: Music and lyrics

Traducción posible: “Música y letra”

Título castellano: Tú la letra, yo la música

Comentario: Mira que era fácil, y de hecho casi aciertan… pero cómo resistirse a un ataque de creatividad como éste.

 

Título original: There will be blood

Traducción posible: “Correrá la sangre”, o “Habrá sangre”, o incluso “Aquí va a haber sangre”

Título castellano: Pozos de ambición

Comentario: Reconozco que para un culebrón de sobremesa el título promete… Algún día habrá sangre de verdad (el día que nos hartemos de que nos tomen el pelo). Ya lo creo que sí.

 

Título original: Cops & Robbersons

Traducción posible: “Polis y Robberson”, o bien “Los polis y los Robberson”

Título castellano: Ese poli es un panoli

Comentario: El daño que la rima asonante ha hecho al mundo de la poesía es incalculable.

 

Título original: The man with Bogart’s face

Traducción posible: “El hombre con la cara de Bogart”

Título castellano: A lo loco y con la cara del otro

Comentario: Que sí, que ya sabemos que es de risa (pesaos).

 

Título original: Mad Dog time

Traducción posible: “La hora de Perro Loco”

Título castellano: Encantado de matarte

Comentario: El que está encantado de conocerse es el traductor de títulos.

 

Título original: Once upon a time in the West

Traducción posible: “Érase una vez en el Oeste”

Título castellano: Hasta que llegó su hora

Comentario: Se comprende la obsesión por la hora en una película que dura casi tres y que no es precisamente un derroche de dinamismo, pero como traducción, una chapuza.

 

Título original: Some like it hot

Traducción posible: “Algunos lo prefieren caliente”

Título castellano: Con faldas y a lo loco

Comentario: En fin, ya se sabe: “Nadie es perfecto”.