lunes, 17 de diciembre de 2012

El negocio de la polémica


Seguro que muchos habéis pensado más de una vez en lo fácil que sería reducir las constantes polémicas que se montan cada fin de semana después de la correspondiente jornada liguera de fútbol, a costa de decisiones arbitrales erróneas, o como mínimo sospechosas, en según qué casos.
Nada más sencillo que poner la tecnología al servicio del juego limpio y la ecuanimidad deportiva. Nada más fácil que instalar, por ejemplo, monitores de televisión en la zona del campo donde se sitúa el árbitro suplente y que éste, lo mismo que hacemos los aficionados cuando vemos los resúmenes de los partidos en la televisión, pueda repasar la jugada de turno a cámara lenta o rápida, desde distintos ángulos, y así evitar que un equipo salga perjudicado por culpa de un penalti inexistente, o que un espabilado marrullero engañe al respetable con un piscinazo shakesperiano, o que un entrenador lenguaraz o un presidente cacique se dediquen a montar una campaña de agitación a costa de sus lamentos o su mal perder.
Hace años (diría que siglos) que muchos aficionados venimos reivindicando este tipo de solución, aunque parece ser que el propio entorno futbolero (jugadores incluidos) no está muy por la labor. Aducen que se perdería la esencia del juego; que lo que ocurre en el campo ahí debe quedarse. Es una manera torpemente eufemística de confesar que la misma marrullería que se critica al rival como si fuera el mismísimo demonio es una artimaña igualmente beneficiosa para el propio equipo cuando quien la perpetra es uno de los nuestros.
El mejor ejemplo de esta interesada contradicción lo tenemos en la jugada conocida como “falta táctica”. Se denomina así, “táctica”, cuando incurre en ella el jugador de nuestro equipo. Si la comete uno del equipo rival, lo más normal es que reclamemos airadamente la tarjeta amarilla o incluso la roja, ya que no debemos olvidar que la llamada falta táctica es aquella que se hace aposta, con la intención descarada de cortar una jugada peligrosa o un contraataque. Es decir, una falta intencionada; algo que en otros deportes se castiga severamente y que en fútbol, por el contrario, se asocia condescendientemente a la simple picaresca o incluso a una supuesta “inteligencia táctica”.
Deduzco de todo esto que una buena parte del negocio del fútbol, aparte de los fichajes millonarios y las campañas publicitarias que se mueven a su alrededor, depende precisamente de la polémica.
Sin escándalos, se venderían la cuarta parte de ejemplares del Marca, el Mundo deportivo o el As. Los programas radiofónicos punteros tal vez no perderían su nocturnidad, pero sí su alevosía, y eso se traduciría inevitablemente en un bajón de la audiencia. Idéntico destino correrían los espacios televisivos al uso y las secciones casi marginales que los telediarios dedican al deporte.
Puede incluso que una buena parte de los hinchas perdieran también interés por la Liga de fútbol si no pudieran desahogarse cada domingo derramando azufre y mala leche sobre el árbol genealógico de los árbitros.
A lo mejor lo único que buscamos en una manera de defendernos contra ese horrible invento llamado lunes. Qué sería de nosotros sin poder descargar las malas vibraciones que nos invaden el primer día de cada semana cuando suena el despertador. Puede que gracias al fútbol se nos esté brindando una posibilidad de desahogo y algunos desaprensivos queramos eliminarla en pos de la deportividad y la justicia competitiva. El caso es no estar nunca conformes, oye.

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