viernes, 21 de diciembre de 2012

Buravia no cierra por vacaciones

Como toda república independiente, laica y apolítica que se precie, Buravia no se encomienda más que a sí misma, y por ello seguirá activa durante las fechas navideñas, fiel a su costumbre de publicar un relato nuevo cada semana.

Puede que en los próximos días muchos de vosotros tengáis que viajar. Imagino que llevaréis encima vuestro dispositivo, aparato o cacharro portátil con conexión a Internet, lo que signifca que en cualquier momento podréis acceder a Buravia. Avisados estáis.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El negocio de la polémica


Seguro que muchos habéis pensado más de una vez en lo fácil que sería reducir las constantes polémicas que se montan cada fin de semana después de la correspondiente jornada liguera de fútbol, a costa de decisiones arbitrales erróneas, o como mínimo sospechosas, en según qué casos.
Nada más sencillo que poner la tecnología al servicio del juego limpio y la ecuanimidad deportiva. Nada más fácil que instalar, por ejemplo, monitores de televisión en la zona del campo donde se sitúa el árbitro suplente y que éste, lo mismo que hacemos los aficionados cuando vemos los resúmenes de los partidos en la televisión, pueda repasar la jugada de turno a cámara lenta o rápida, desde distintos ángulos, y así evitar que un equipo salga perjudicado por culpa de un penalti inexistente, o que un espabilado marrullero engañe al respetable con un piscinazo shakesperiano, o que un entrenador lenguaraz o un presidente cacique se dediquen a montar una campaña de agitación a costa de sus lamentos o su mal perder.
Hace años (diría que siglos) que muchos aficionados venimos reivindicando este tipo de solución, aunque parece ser que el propio entorno futbolero (jugadores incluidos) no está muy por la labor. Aducen que se perdería la esencia del juego; que lo que ocurre en el campo ahí debe quedarse. Es una manera torpemente eufemística de confesar que la misma marrullería que se critica al rival como si fuera el mismísimo demonio es una artimaña igualmente beneficiosa para el propio equipo cuando quien la perpetra es uno de los nuestros.
El mejor ejemplo de esta interesada contradicción lo tenemos en la jugada conocida como “falta táctica”. Se denomina así, “táctica”, cuando incurre en ella el jugador de nuestro equipo. Si la comete uno del equipo rival, lo más normal es que reclamemos airadamente la tarjeta amarilla o incluso la roja, ya que no debemos olvidar que la llamada falta táctica es aquella que se hace aposta, con la intención descarada de cortar una jugada peligrosa o un contraataque. Es decir, una falta intencionada; algo que en otros deportes se castiga severamente y que en fútbol, por el contrario, se asocia condescendientemente a la simple picaresca o incluso a una supuesta “inteligencia táctica”.
Deduzco de todo esto que una buena parte del negocio del fútbol, aparte de los fichajes millonarios y las campañas publicitarias que se mueven a su alrededor, depende precisamente de la polémica.
Sin escándalos, se venderían la cuarta parte de ejemplares del Marca, el Mundo deportivo o el As. Los programas radiofónicos punteros tal vez no perderían su nocturnidad, pero sí su alevosía, y eso se traduciría inevitablemente en un bajón de la audiencia. Idéntico destino correrían los espacios televisivos al uso y las secciones casi marginales que los telediarios dedican al deporte.
Puede incluso que una buena parte de los hinchas perdieran también interés por la Liga de fútbol si no pudieran desahogarse cada domingo derramando azufre y mala leche sobre el árbol genealógico de los árbitros.
A lo mejor lo único que buscamos en una manera de defendernos contra ese horrible invento llamado lunes. Qué sería de nosotros sin poder descargar las malas vibraciones que nos invaden el primer día de cada semana cuando suena el despertador. Puede que gracias al fútbol se nos esté brindando una posibilidad de desahogo y algunos desaprensivos queramos eliminarla en pos de la deportividad y la justicia competitiva. El caso es no estar nunca conformes, oye.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Paseo por la cartelera (15)


 
Es una pena lo poco que duran algunas películas en la cartelera, y asimismo sorprendente lo mucho que duran otras. Podría parecer que la desaparición prematura o la permanencia continuada de una película en los cines depende de la voluntad democrática de los espectadores, pero no siempre es así. La razón de que, por ejemplo, una película tan del montón como Lo imposible esté batiendo presuntamente (lo de añadir este adverbio lo explico más adelante) records de taquilla tiene su explicación en el monstruo del negocio audiovisual que la respalda, esto es, Mediaset, toda una eminencia en el arte del bombo y el platillo, de la hipérbole promocional y del comercio de los fuegos de artificio. Ponía en entredicho lo de los records por una simple razón. Estoy cansado de ver y leer que Lo imposible “es ya la película española más taquillera de la historia”. No me queda claro si el calificativo de “taquillera” proviene del número de espectadores (como se pretende ensalzar) o más bien de la cantidad de dinero recaudada (como imagino que es la realidad). Es decir, los señores de Mediaset me van a permitir el beneficio de dudar respecto a si han ido más personas al cine para ver su producción de las que en su día fueron a ver, por ejemplo, Tesis (que estuvo casi dos años en cartel en algún cine), o incluso Los otros, ambas películas de Alejandro Amenábar. Lo que ocurre, y de eso se aprovechan los avispados publicitarios, es que por el precio de una entrada para Lo imposible se podían comprar en 1996 tres para ver Tesis. O, lo que es lo mismo: es lógico que Lo imposible sea a día de hoy la película más taquillera en términos de recaudación, pues necesita el triple menos de espectadores para acumular el mismo dinero que otros éxitos que la precedieron. Así pues, cuidadito con los engaños. Es más que evidente la crisis que afecta al sector cinematográfico. El público cada vez acude menos a las salas, por culpa de la economía y también porque se puede bajar las películas por la patilla de Internet. ¿Es normal que nos quieran hacer creer que precisamente ahora se están batiendo records de asistencia? No lo creo. Otra cosa es la pasta, y ahí no dudo de que el filme de Bayona esté realmente a la cabeza del ranking.
 

 
No sé cuánto durará En la casa, de François Ozon, pero es de esas películas que apetece recomendar, si bien ya sabe uno de antemano que no todo el mundo estará dispuesto a concederle la oportunidad que merece. Es francesa, sí. Cine de autor, sí. Tiene un puntito de alarde metalingüístico, sí. Pero es entretenida, tiene intriga, se entiende perfectamente, los actores están de órdago, es original sin ser críptica y tiene miga sin necesidad de ser pedante. Una lección magistral sobre la creación narrativa y sobre el voyeurismo. El tipo de historia que le habría encajado al mejor Polanski, o aun al maestro Hitchcock (a quien se homenajea explícitamente en una secuencia). Una maravilla. De lo mejor que he visto este año.
Y lo mismo me ha ocurrido con Skyfall, de Sam Mendes. No soy ni admirador ni detractor de James Bond. Hay películas de 007 que me gustan y otras que no. Sin más. Pero es cierto que las tres últimas entregas (las protagonizadas por Daniel Craig y dirigidas por Martin Campbell, Marc Forster y el mencionado Mendes) han aportado algo diferente (no sé si mejor o peor; este juicio les corresponde a los fans), cosa que servidor agradece. Mendes es un director elegante y eficaz, y se nota. El autor de American beauty, Camino a la perdición o Revolutionary Road atenúa en Skyfall los matices paródicos de Bond, renuncia casi por completo a los habituales excesos manieristas y tecnológicos, cambia la fantasmada y el pasote por la tensión y la acción más realistas, y combina con astucia los guiños a la propia saga de Ian Fleming con otros de corte más clásico, como esa secuencia ambientada en Escocia que huele a John Ford y a Howard Hawks, con armas de andar por casa y con un personaje, el de Albert Finney, que es como un cruce entre Walter Brennan y el Toro McKay de El prado (Jim Sheridan, 1990). Más o menos lo mismo que Christopher Nolan ha logrado con Batman: acercar un universo tan aparentemente restringido como el de los superhéroes a los cánones narrativos y estéticos de un cine accesible a un público mucho mayor.


 
Todavía estáis a tiempo de probar con Argo (Ben Affleck), interesante versión de un hecho real que es en sí mismo más esperpéntico que cualquier guión cinematográfico. Una historia de espionaje y supervivencia que por causas de fuerza mayor debe transformarse en un sainete. Entretenida y trepidante, y con un manejo de la tensión narrativa que es justo lo contrario de lo que te encuentras en Lo imposible. Donde en ésta todo es previsible, en la película de Affleck se saca petróleo de cualquier mínima anécdota. Demuestra que se puede tratar dramáticamente un hecho conocido de forma que el espectador lo viva con genuina intriga. Es cine dentro del cine y también una forma inmejorable de reivindicar el cine como evasión y como solución para hacer más llevadera la no siempre digerible realidad. Un reparto atractivo y un trabajo de ambientación más que notable. Ben Affleck, que como actor es poco más que un repetidor de frases, se está consolidando como un director de primera.
Sobre Fin (Jorge Torregrossa) sólo puedo decir que las posibilidades de mejora derivadas de la reescritura del texto no se han materializado. Ya dije aquí que la novela de Monteagudo me había decepcionado, pero al mismo tiempo pensaba que contenía materiales aprovechables que, bien manejados, podrían acabar resultando atractivos al trasladarlos al cine. La publicidad, una vez más, engaña vilmente. No es terror, ni cine de catástrofes, ni nada parecido, salvo si uno se queda sólo con el tráiler. En realidad, Fin es un slasher sin sangre y sin asesino, que es como decir una porno sin sexo o una comedia sin gracia. Cuando esto pasa, siempre sale el espabilado de turno para colarnos con calzador la palabra poesía. Si aceptamos poesía como sinónimo de indefinición, cuela. Pero no es el caso. Se deja ver por su brevedad y porque los actores se toman su trabajo tan en serio que terminan estando por encima de sus personajes.
Con la que sí he disfrutado ha sido con Invasor, de Daniel Calparsoro, pionero (junto a Mariano Barroso o Enrique Urbizu) en la atrevida empresa de rodar películas en España pasándose por el forro los prejuicios y los complejos. No es una obra maestra, pero sí un thriller de manual, con intriga bien dosificada, crescendo sin interruptus y secuencias de acción que miran de igual a igual a sus hermanas norteamericanas. También ayuda un elenco de actores que dan el callo y un tema de fondo de esos que fomentan la tertulia en el ambigú de turno. Que la historia sea más o menos verosímil si la trasladamos literalmente a la realidad de cada día es un hándicap que traen de serie casi todas las películas del género; si se lo toleramos a los que hablan en inglés, ¿por qué no a los de aquí? Aunque no es una película bélica, guarda ciertas conexiones con filmes como Hermanos (la original danesa de Susanne Bier y el remake anglosajón de Jim Sheridan), En honor a la verdad (Edward Zwick, 1996), Corazones de hierro (Brian de Palma, 1989), Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006) o En el valle de Elah (Paul Haggis, 2007). ¿La guerra termina en el campo de batalla o continúa al volver a casa?

 

Golpe de efecto (Robert Lorenz) se salva, como Fin, por los actores. En especial, por uno. El único, el inigualable, el enorme Clint Eastwood. Retirado oficialmente de la interpretación, se ha permitido el lujo de faltar a su palabra para complacer a un viejo colega y amigo. Puede que esto le suponga su primer Oscar, y lo tendría bien merecido, aunque en mi opinión estaba todavía mejor en Sin Perdón, Million Dollar Baby y Gran Torino, las tres dirigidas por él mismo. Le acompañan Amy Adams, en el papel de su hija, también estupenda y con aroma de estatuilla; Justin Timberlake y el siempre resultón John Goodman. La historia parece sacada de un telefilme de Antena 3 un domingo a la hora de la sobremesa, esto es, superación personal, valores familiares y humanos, conductas ejemplares y enseñanzas sobre esa cosa llamada vida. Como todo está contado de una forma ligera y amena, la presencia de Eastwood y Adams es suficiente para pasar el rato sin sufrimiento, aunque también sin entusiasmo.
Supongo que cuando estéis leyendo esto ya habrán sido expulsadas (o relegadas a recónditas sesiones nocturnas) obras interesantes, como Looper (Rian Johnson), una de ciencia ficción cuyos puntos débiles son una subtrama intermedia demasiado alargada y un riesgo de confusión entre los espectadores debido a la presencia de Bruce Willis. Es decir, esto no va de acción a raudales, sino de viajes temporales y sus consecuencias, un tema que no es precisamente nuevo, pero al que Johnson le aplica un toque de distinción indie que no está mal del todo. Otra de las posibles defenestradas sea Ruby Sparks, la segunda película de Jonathan Dayton y Valerie Faris, que en 2006 lograron un merecido exitazo con su opera prima, Pequeña Miss Sunshine. El guión es de Zoe Kazan (nieta del legendario/membrillo Elia Kazan), quien también protagoniza la cinta junto a Paul Dano. Es una interesante visión de la creación literaria y del enamoramiento, tratados ambos conceptos como si fuesen hermanos o aun sinónimos. Tal vez no sea para todos los gustos, pero nada que ver con las tontunas megalómanas tipo Holy Motors (Leos Carax), ni con la decepcionante Cosmopolis, en la que mi admirado David Cronenberg se ha pasado de listillo alternativo y autosuficiente.