lunes, 26 de noviembre de 2012

Consejo para escritores enamorados


La persona que amamos es aquélla que vemos precisamente cuando cerramos los ojos. La última en quien pensamos antes de dormirnos y la primera que nos viene a la cabeza en el momento de despertarnos.
Todo precioso y solemne, pero con fecha de caducidad. Una especie de soberbia de animal racional nos induce a creer en la eternidad del amor, cuando sabemos que ni siquiera la propia vida dura para siempre.
¿De quién es la culpa? Está claro: de la literatura. Reconozcámoslo.
Determinados estereotipos y creencias sobre el trabajo creativo aún perviven y abundan entre el veleidoso saber popular, lo que en mi opinión conviene desechar tajantemente.
Me refiero a ciertos hábitos como el de incordiar a los amigos y conocidos para que lean lo que escribimos (un acto de egolatría encubierta y disfrazado de anhelo autocrítico), o a esa manía que tiene tanta gente (generosa, eso sí) de “prestarte” sus anodinas anécdotas cotidianas como si todas ellas contuvieran el germen de una historia genial, y que rara vez merecen utilizarse como parte de un cuento o de una novela.
Pero, sin duda, uno de los defectos más comunes y peligrosos del entregado literato es el de sucumbir a la tentación de redactar lo que su animoso corazón le dicta a grito pelado durante ese momento de embobado hechizo que marca el inicio de un enamoramiento convencional.
Por supuesto que nadie —más allá de la profesión o la formación estudiantil de cada cual— está libre de pruritos líricos y cursilerías retóricas una vez puesto en la tesitura correspondiente, ya que, por alguna poderosa razón, el individuo enamorado de cualquier condición (culto o analfabeto, obrero o tecnócrata) recurre al poema romántico con la misma facilidad que el médico garabatea la receta de turno nada más oír los síntomas del paciente.
Esto, obviamente, presenta un riesgo multiplicado cuando dicho enamorado es un autor literario o aspirante a ello. Existen centenares de opciones en la ortodoxia del cortejo, pero nada como aunar sentimiento y talento para encandilar a la persona de nuestros sueños. Eso creemos, claro, si bien casi siempre es mejor, ya puestos a no abandonar el tópico, quedarnos en el socorrido repertorio de floristería o en una sencilla invitación a cenar o al teatro. Pero algo hay en el ego del escritor principiante imposible de dominar, un combinado del peor garrafón emocional que le lleva a convencerse estúpidamente de que lo que más desea el objeto a seducir es alabar la producción laboral del sujeto cortejador. Otro solemne disparate. (Conste que he matizado lo de “escritor principiante” porque doy fe de que esto se cura con el tiempo. Menos es nada.)
No vayáis a creer que lo peor es que los impulsos iniciales de toda relación terminen entibiándose y serenando el ritmo de nuestra pulsión amorosa. No se trata sólo de que, con el tiempo, aquello que plasmamos sobre el papel resulte empalagoso o timorato por haberse salido del apasionado contexto inicial. Si fuera tan sólo cuestión de esto, tampoco sería tan grave.
Lo más ridículo, en realidad, es leer el texto de marras cuando el sentimiento ha desaparecido o incluso se ha envenenado. Porque el impulso de escribir el poema o el cuento quizá fuera espontáneo, pero tened por seguro que las pomposas palabras que lo componen fueron elegidas con exaltada premeditación, calculado su impacto como si en vez de un puñado de versos se tratara de la fórmula científica para poner en órbita un cohete.
Ay, amigos; es lo malo de la literatura. Tanto afán por embellecer la realidad es un arma de doble filo serrado. Puede que la verdad sea eterna e implacable, pero la realidad es voluble y efímera. Nada de lo que sucedió ayer (o hace un segundo) es ya real, porque ha pasado automáticamente a pertenecer a la dimensión etérea de los recuerdos y las ensoñaciones. Así de simple.
Si se le diera al ex enamorado la oportunidad de releer lo que en su día parió bajo el influjo del ladino Cupido —y si, por supuesto, sobreviviera a semejante impacto— entendería esa diferencia fundamental entre la realidad literaria y la vida misma, que, dicho así de corrido, pueden parecer ciertamente la misma cosa, aunque ya sabemos que no.
Al revisar nuestras viejas odas de enamorados, aquellas frases emperifolladas de antaño se desnudan para enseñar su esencia prosaica. Es cuando "El recio azote del viento" se convierte en que "Hace un frío de cojones", o cuando "Acostarse bajo las estrellas" significa, sencillamente, "Dormir en la puta calle".
Tal vez le dedicasteis a ella o a él un poema, imaginando que era el preludio del nirvana, y después echasteis un polvo que fue más bien una paja con espectáculo.
Por eso siempre recomiendo repasar con suma atención todo lo que hayamos escrito poseídos por esa cosa tan fabulesca y sospechosa llamada amor. Cualquier párrafo, frase o monosílabo. Da igual si es una obra ambientada en la España visigoda o una novela fantástica sobre la colonización de Urano y Plutón. Cuidadito.
Y, por supuesto, no cometáis nunca la arrogante torpeza de dedicarle un texto a la persona amada. Si lográis reprimir tan apabullante impulso, os habréis ahorrado un lamentable episodio de vergüenza ajena futura.
De nada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias :D, Lo malo es cuando crees que lo has escrito hace mucho tiempo , casi en tu adolescencia por la sarta de chorradas que pones...pero no, no hace tanto tiempo:D . Tenías que haber escrito esto mucho antes, q vergüenza!...

Gildardo López Reyes dijo...

Muy divertido el escrito.
Saludos.