miércoles, 10 de octubre de 2012

Paseo por la cartelera (14)


El fraude, de Nicholas Jarecki

Días atrás le comentaba a alguien que echaba en falta últimamente una clase de thrillers que se prodigaban a menudo en los noventa. Películas como No hay salida, Falso testigo, Presunto inocente, La tapadera, La mano que mece la cuna, Malicia, Malas influencias, La sombra del testigo o Mujer blanca soltera busca. Ahora se hacen gran cantidad de thrillers en los que prima la acción apabullante, y algunos están bien, pero este peatón ya tenía mono de esas pelis de suspense “de cámara”, por así decir; o sea, historias que sobre todo se apoyan en un personaje central sobre el que giran una serie de conflictos, trampas, triquiñuelas, malentendidos y todo tipo de situaciones angustiosas que parten de —o repercuten directamente en— su intimidad, en su vida cotidiana. Menos Fast & Furious y más Hitchcock. O, por explicarlo de un modo más doméstico, menos C.S.I. y más Colombo. Con El fraude he recuperado esas viejas sensaciones, y me he llevado la correspondiente alegría. Una película modesta en el apartado técnico y visual, pero contundente y efectiva en el guión y la interpretación. Richard Gere es uno de esos actores (José Coronado sería un caso similar) a los que cumplir años les beneficia profesionalmente, y que saben además suplir sus limitados registros a base de presencia y carisma. Si encima encuentran de vez en cuando a un director que sabe sacarles partido (a Coronado le tocó la lotería con Enrique Urbizu y Eduard Cortés), son capaces de echarse a los hombros una película y atraer público a las salas. En El fraude, Gere encarna a un personaje casi hitchcockiano (plano-cogote incluido), un protagonista que no es precisamente el bueno de la función pero al que Jarecki sabe manipular (en el buen sentido, se entiende) para que nos pongamos de su lado mientras lo seguimos en su odisea particular. Cierto que se cuentan con muy pocos dedos las grandes interpretaciones de este hombre (Asuntos sucios, Chicago, Las dos caras de la verdad, Los amos de Brooklyn… el episodio del hámster no lo cuento porque tengo claro que es una leyenda urbana), pero algo me dice que Hollywood lo tendrá en cuenta este año entre sus candidatos. Del argumento es mejor no contar demasiado. Una trama de intriga bifurcada que bebe tanto de la actualidad económica como de las eternas debilidades humanas. Un entretenimiento de primera, con la ventaja añadida de contar a priori con un espectro de público potencial amplio. Vale para pandas de amigos, para parejas, para los abuelos y hasta para los reticentes que acceden a ver “cine comercial” (animalicos) para complacer al prójimo. Notable alto.
 

 
The deep blue sea, de Terence Davies

Un dramón de época, con todas las letras. Una película sobre los sentimientos que —aleluya— no trata a los enamorados como ositos de gominola. Lo cierto es que aparentaba ser una de esas producciones al estilo Ivory-Merchant (Regreso a Howard’s End, Lo que queda del día…), pero se trata de una obra todavía más intimista y reposada. Quizá sea éste el factor que la hace poco recomendable para paladares acostumbrados al atracón de palomitas y oídos dispuestos a colmarse de estruendo durante dos horas. The deep blue sea es lenta y a la vez intensa, incómoda y al mismo tiempo elegante. Los actores están fenómenos, especialmente Rachel Weisz. Siempre he admirado a la gente que sufre o se enrabieta sin perder la dignidad y sin resultar ordinaria. Será cosa de la flema británica. En cualquier caso, un filme para habituales de los Renoir y similares. Y aun así, cuidado con la sesión de las 22’30, que por muy bien que esté la peli, madrugar tiene sus consecuencias. Un notable pomposo.



El nombre, de Alexandre de la Patellière y Mathieu Delaporte

En los últimos tiempos, la etiqueta “Nº 1 en Francia” da que pensar. Suerte que en esta ocasión importa poco, pues El nombre se aleja felizmente de otros títulos también populares pero a la postre mucho más vulgares, como Bienvenidos al norte, Bienvenidos al sur, o incluso la sobrevalorada, aunque simpática, Intocable. Parece que estamos ante una adaptación a la gran pantalla de alguna pieza teatral, pero no es así, pese a que el 90 por ciento de la acción transcurre en un solo escenario. Y, por fortuna, eso no impide que la historia avance ágil, dinámica y sin dejar apenas lugar al respiro. Es menos aguda y profunda que Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011), aunque tiene algo que recuerda a ese tipo de teatro (Arte, también de Yasmina Reza, podría ser otro referente). Divertida, amena y con un par de giros que le dan impulso para aguantar hasta el final de un metraje al que tal vez le sobren unos minutillos. Aun así, muy recomendable. Una vez más, sólo respondo de la versión original (el doblaje de las películas europeas es siempre una incógnita sobre la que uno no puede mojarse). Notable.

 

Mátalos suavemente, de Andrew Dominik

He dicho varias veces aquí que existe una confusión generalizada respecto al cine de Tarantino, al que se suele calificar de una manera que incita a pensar en películas de acción trepidante llenas de tiros, sangre y hostias. Hay mucha violencia en la filmografía del amigo Quentin, pero proporcionalmente, dichas escenas no ocuparían más de un 20 por ciento del metraje total de sus obras, apoyadas sobre todo en una manera peculiar de concebir las (extensas, interminables) secuencias de diálogos. A esta modalidad se apunta Mátalos suavemente, una película de reminiscencias tarantinianas con un toque socarrón a lo hermanos Coen. Mafiosos sin glamour y delincuentes chapuceros se enredan en una sucesión de conversaciones escritas con evidente atención por el detalle y enriquecidas en boca de actores estupendos. Entre medias, tres o cuatro escenas muy puntuales de violencia que resultan tan efectivas como las de Pulp Fiction, aunque si hay una película de Tarantino a la que se parezca ésta, tendríamos que elegir Jackie Brown (en lo referente al tono, claro; el argumento es otra historia). Se supone que hay igualmente un trasfondo de denuncia política, acentuada por la omnipresencia de televisores encendidos en bares, casas, putiferios y hoteles. En lo que a mí respecta, esa presunta intención crítica me importa más bien poco. Me quedo hipnotizado por la fuerza de esos diálogos con una buena dosis de mala baba y con esos intérpretes que no podrían estar mejor elegidos. El género aún respira, por suerte. Sobresaliente.
 


A Roma, con amor, de Woody Allen

Olía a Vicky Cristina Barcelona que tiraba para atrás. Y… ¡sorpresa! Desde luego que no es una obra maestra y que está a miles de kilómetros de los partos más ingeniosos del abuelito de Manhattan (la imagen, vista el otro día en televisión, de Woody Allen dando cabezadas mientras le hacían una entrevista, es tan grotesca como enternecedora). Aun así, el formato de historias entrecruzadas beneficia y compensa al conjunto, que, según parece, toma como referencia un puñado de cuentos de Giovanni Bocaccio. Servidor sigue en sus trece. Por mucho que la crítica sesuda y la cinefilia vegetariana se empeñen a dos bandas en ensalzar la vertiente dramática de Allen, creo que su mejor baza es la comedia. Ácida, irónica, cáustica, sí, pero comedia. Algunas de sus obras cumbre, como Annie Hall, Delitos y faltas, Hannah y sus hermanas o Manhattan se benefician de la habilidad para hacer que la honda reflexión no sea incompatible con la sonrisa o aun la carcajada. Cuando ha apostado por el drama al cien por cien (Interiores, Otra mujer, September, Cassandra’s dream…) el genio no brilla tanto, quizá con la única excepción de Match point, una de mis preferidas. Además, cuando sale él en persona, siempre suma a favor. Películas como Scoop o Todo lo demás aprueban el examen gracias a ello. Estamos ante un caso similar. A Roma, con amor, no es tan corrosiva como Desmontando a Harry ni tan divertida como Granujas de medio pelo, aunque contiene ideas y situaciones ingeniosas que casi nos retrotraen por momentos a la época de esplendor (el Woody Allen anciano ha perdido chispa cómica pero ha ganado un cinismo frente a la muerte que regala de vez en cuando destellos apreciables de humor negro). También tenemos reciente Midnight in Paris, una de sus mejores películas de los últimos tiempos, pero aun así, esta ligereza romana está por encima de la mayoría de las supuestas comedias que nos van endosando cada semana en las carteleras. Menos es nada. Un notable por la agradable sorpresa.



Desafío total, de Len Wiseman

Veinte años es muy poco tiempo, y no sólo para un cantante de tangos. Esta es la razón principal de que el remake de Desafío total, aun siendo una película entretenida y técnicamente lograda, deje una sensación de simple aperitivo. Len Wiseman le ha quitado la ironía y el cachondeo que reinaban en la versión de 1990 (dirigida por Paul Verhoeven), aparte de reducir los límites espaciales de la epopeya y de cambiar el macguffin atmosférico por uno armamentístico, con lo que los otrora mutantes se convierten ahora en inmigrantes, privándonos de personajes memorables como aquella especie de Jordi Pujol intestinal conocido como Kuato. Sorprende igualmente que el que era, en mi opinión, el señuelo dramático principal (¿estamos en la realidad o soñando?) quedé aquí en un segundo plano, apabullado por la más obvia odisea de busca y captura de los buenos por parte de los malos. También hay un cambio ostensible en el protagonismo del personaje interpretado por Kate Beckinsale (rol que le correspondió a Sharon Stone en la peli de Verhoeven), a la sazón esposa del director. ¿Prevaricación? ¿Nepotismo? ¿O es sólo amor? Bueno, da igual en realidad. Los que tengáis en buena estima la versión de 1990 notaréis que os falta algo, si bien se deja ver. Para los demás, un entretenimiento más que digno. Notable.

 

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