jueves, 4 de octubre de 2012

Otra manzana mordida


Presiento (de hecho, ya he empezado a notarlo) una creciente avalancha de destrucción masiva procedente de espectadores mal informados que van a ensañarse injustamente con esta nueva película de Pablo Berger, la segunda tras su interesante debut en 2003 con Torremolinos 73. Os preguntaréis el porqué de mi mal augurio. Pues porque Blancanieves es una película española, para empezar, y despotricar contra el cine español es casi tan obligatorio como cagarse en el gobierno, en los bancos y en Hacienda. Y también porque hace menos de un año que hemos presenciado como The Artist, una película muda y en blanco y negro, se llevaba todos los honores en la gala de los Oscar de Hollywood. Así pues, juntando un argumento con el otro, lo que queda para las tertulias de sobremesa es la conclusión equivocada de que el director español ha copiado descaradamente al francés (porque, obviamente, los autores de aquí son unos ineptos sin talento ni imaginación). Por ello, debo empezar aclarando que el proyecto de Pablo Berger llevaba gestándose nada menos que ocho años, y es posible que su estreno se haya visto favorecido por el reciente éxito de The Artist, pero una cosa es eso y otra que empecemos a hablar de copias, plagios y otras inexactitudes, por no decir burradas.

Hay que ser muy buen director y muy buen guionista para armar una historia y mantenerla viva en pantalla sin recurrir a los diálogos. El prestigio de los grandes autores del cine mudo no es un simple esnobismo para tirarse el rollo cinéfilo, y descubrir los aciertos narrativos y estéticos de Blancanieves da una idea de por qué, en estos tiempos de veneración absoluta a la tecnología, las películas de Buster Keaton, Chaplin, Eisenstein, Griffith, Von Stroheim, Méliès, Fritz Lang y demás pioneros perduran y constituyen la mejor escuela para aprender cómo se cuenta una historia en imágenes.

Tanta discusión sobre ciertos aspectos coyunturales está desviando la atención respecto a otros puntos destacables de la película. Por ejemplo, la curiosa adaptación del cuento de los Hermanos Grimm a ese universo cañí de los años 20 consigue una especie de fusión entre Todd Browning y Cristina García Rodero ciertamente original, dejando huella en la valiente y emotiva elección del desenlace. O la música, que no es la que yo me pondría en casa, pero que al contexto histórico y dramático de la película le va de maravilla.

Entiendo que no todo el mundo comparta el interés por este tipo de cine, es comprensible. Ahora bien, si estáis anclados en el terreno la duda, yo os animaría a intentarlo, pues creo que merece la pena. Y si no, intuyo que tendréis otra oportunidad a principios del año que viene, porque pinta que el filme sumará un buen puñado de goyas (película, director, guión adaptado, fotografía, montaje, banda sonora, dirección artística, maquillaje y peluquería; y en cuanto a los intérpretes, Maribel Verdú y Daniel Giménez-Cacho como secundarios, y Macarena García como actriz revelación, parecen más que previsibles). Lo que sí parece poco menos que imposible es que vaya a ganar el Oscar (es la película elegida por la Academia española), ya que en este caso sí que influye negativamente el hecho de que justo en la edición anterior se premiara una obra similar en términos formales y de atrevimiento, aunque fuera en una categoría distinta.

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