viernes, 26 de octubre de 2012

Agente del equilibrio internacional


Compruebo con estupor que mis ideas presuntamente progresistas se han quedado desfasadas. Servidor ha crecido con la opinión consolidada de que el pensamiento más abierto, tolerante y liberado en lo referente a la constitución del mapamundi era la utopía del mundo sin fronteras. Pensaba yo que considerarse “ciudadano del mundo” era preferible a empecinarme en ser “muy de mi pueblo”. Sobre todo porque una cosa, tal como humildemente lo veo, no es incompatible con la otra.

Pero resulta que el ambiente reinante me dicta que hoy por hoy hay que pronunciarse obligatoriamente a favor de los nacionalismos para que no le tomen a uno por facha. Pues qué bien. Ya dije aquí una vez lo que opinaba sobre todo este asunto de las naciones, las banderas y demás ínfulas de fundamentalismo geográfico. Mi opinión no ha variado. Las circunstancias en que he nacido y crecido hacen prácticamente imposible que haya desarrollado ningún tipo de ideología independentista, pero eso (coño, parece mentira que haya que aclararlo) tampoco me convierte por norma en partidario del imperialismo, el centralismo o cualquiera de las múltiples gratuidades terminadas en “ismo” que no se les caen de la boca a mis paisanos y conciudadanos en las últimas semanas.

La culpa, como casi siempre, es de los partidos políticos, a los que les va de perlas instaurar una dinámica de debate popular y opinión pública basada en la bipolaridad y la dicotomía extrema. Y después, el mayor de los engaños pergeñados: convencer al pueblo (al electorado, por ser más sibilinamente conciso) de que hablan de sentimientos, cuando es sabido que de lo que hablan en realidad es de otra cosa mucho más prosaica y tangible que se acostumbra a guardar en un monedero.

El tema ciertamente me agota, me aburre mucho. Me cansa sobre todo tener que matizar, cada vez que expreso mi sincera opinión, que pese a no albergar ningún tipo de idea nacionalista ni independentista, respeto, por supuesto, a todo aquel que sí lo defienda. Como si todo lo que no sea reivindicación nacionalista me volviera sospechoso de xenofobia y tuviera que hacer igual que aquellos que tras un comentario presuntamente homófobo se sienten en el deber de aclarar que “tienen muchos amigos gays”. Qué coñazo.

Sin embargo, hay un par de cuestiones que sí creo que me correspondería, modestamente, abordar.

La primera de ellas tiene que ver con ese clima de confrontación constante y virulento que se ha apoderado de las parrillas informativas y las tertulias de café con leche (o carajillo). Parece que sólo existan dos posturas y, por consiguiente, dos colectivos en discordia. Por una parte, los independentistas. Por otra parte, los españolistas. Y se acabó. Todo el mundo parece haberse olvidado de los dos colectivos menos numerosos pero no por ello más irrelevantes. Es más, estos dos grupos de ciudadanos (a uno de los cuales pertenezco) son la clave para mantener el equilibrio, la cordura y la capacidad de entender cosas tan perogrullescas como que para toda regla hay honrosas excepciones, o que en el término medio suele estar a menudo la elección correcta.

Me estoy refiriendo a los colectivos que formaríamos, de un lado, los no catalanes residentes en Cataluña, y de otro, los catalanes residentes en otras partes de España. Pensad, aunque sea durante cinco minutos, en que existimos, y ya veréis como no hay razón para tanto revuelo.

La otra cuestión que me gustaría señalar es la que tiene que ver con los sentimientos. Lo he apuntado antes. No creo que el deseo de ser una nación independiente provenga del caldero ardiente de las emociones (es más, ni siquiera lo llamaría “deseo”, sino más bien “objetivo”). Los conceptos de nación, país, estado, etcétera, son racionales, intelectuales. Se le tiene apego (y eso sí son sentimientos) a una tradición, unas costumbres, una cultura, una gastronomía, un idioma, un folklore, a lugares y personas que forman parte de nuestros recuerdos más entrañables y queridos. Ahora bien, el hecho de querer concentrar todo ello en un recipiente concreto, limitado por esas líneas geográficas imaginarias que llamamos fronteras, se sale de la mera emoción, y tiene que ver con intereses de otra índole, con el poder y el dinero, si es que ambas cosas no son siempre lo mismo. Una bandera es un signo convencional (como una señal de tráfico) y un pasaporte es pura y dura burocracia.

En fin, aquí sigo, transitando las aceras barcelonesas con mis huesos castellanos, contribuyendo a mantener el equilibrio, o intentándolo, como un agente secreto doble de las viejas novelas de espías. Procurando, en la medida de lo posible, salvar la versión genuina de la vida cotidiana, que no tiene nada que ver con la que os llega a muchos —deleznable, patética, sesgada y palurda— desde determinadas tribunas, columnas, atriles, micrófonos y telecoloquios.

lunes, 22 de octubre de 2012

Lo mismo de siempre


Tiene J. A. Bayona un merecido prestigio como director. Filma bien, y ha demostrado con sus dos películas que sabe manejar a los intérpretes, en especial a las actrices. Pero tiene también un talón de Aquiles que se manifiesta de forma casi calcada en su segundo largometraje y que ya constituía el principal lastre de su opera prima, El orfanato. Era ésta una película de terror que terminaba sacrificando el miedo en aras del melodrama maternofilial. Y eso es justo lo que me encuentro en Lo imposible. Veinte minutos iniciales de angustia y terror, de sufrimiento y drama genuino como mandan los cánones del género catastrófico. Pero Bayona no puede huir de sí mismo, y tras el señuelo, lo que viene es un recorrido irregular y algo tedioso por los lugares comunes del telefilme dominical vespertino (ahora las llaman tv movies para que suene más modelno, pero es lo mismo que cuando se llamaban Estrenos TV). Es admirable la valentía de Bayona al revelar claramente su fidelidad a la historia real en que se basa la película. Esto significa que el público ya sabe que el final será feliz, con lo que el guión debería nutrirse de alicientes y conflictos añadidos para asegurar que el metraje aguanta. Y eso es precisamente lo que le falta a Lo imposible. Superado el espectacular comienzo, no hay nada más que un rutinario bagaje de emociones previsibles, empatía estándar y de piloto automático, como si vamos al funeral de alguien a quien no conocemos de nada y terminamos contagiados por el entorno. Es decir, no es tanto la película lo que funciona, sino más bien la idea preconcebida con la que el espectador ya entra en la sala. Claro que lo que vemos da pena. Claro que uno no es un monstruo insensible y es capaz de ponerse en el lugar de la gente que sufrió una experiencia tan horrible. Lo malo es que ya me lo sé todo antes de verlo. Nada me sorprende, y así es difícil que me contagie.

Hay ejemplos de películas que partieron de una premisa similar. Historias reales cuyo desenlace ya conocíamos y que gracias a la habilidad de buenos guionistas y directores consiguen mantener el interés y la tensión. En Lo imposible hay una secuencia (una parte, en realidad) que apunta a ello: desde el momento en que Naomi Watts atisba una sombra tras una cortina hasta que vemos a un niño que se baja de un camión porque se hace pis… Parece claro que se trata de una licencia narrativa, que es más que probable que los hechos no sucedieron literalmente así, pero por eso se hacen películas, obras de ficción basadas en historias verídicas. Es una pena que Bayona no se prodigue más en esos trucos y efectos. Otros filmes, como digo, apostaron más fuerte, y se ganaron mi admiración. Me ocurrió con Zodiac (David Fincher, 2007), El pianista (Roman Polanski, 2002), La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002), ¡Viven! (Frank Marshall, 1993), La gran estafa (Lasse Halström, 2006), Valkiria (Bryan Singer, 2008) Atrápame si puedes (Steven Spielberg, 2002), Man on the moon (Milos Forman, 1999)…

Me temo que Bayona ha confiado demasiado en el innegable valor humano del suceso que le sirve de base, y en cierto modo tiene razón. La película va a funcionar bien, recaudará dinero en taquilla, y eso es una buena noticia para cualquier cinéfilo, especialmente en estos tiempos de amenaza semi apocalíptica para el séptimo arte. Lo imposible no es mi rollo, pero de la misma manera puedo entender que el público la elija mayoritariamente.

Por otra parte, presiento un duelo encarnizado entre esta película y Blancanieves, de Pablo Berger, por batir el récord de goyas ganados. Naomi Watts se lo merece, y también los responsables de los apartados técnicos. Sin embargo, entre una y otra no hay color (perdón por el chiste fácil; Blancanieves, como es sabido, está rodada en blanco y negro). Es más, lo verdaderamente injusto de esta más que previsible dicotomía es que quedará fuera del podio la mejor película española del año: Grupo 7, de Alberto Rodríguez. Inspirada también en hechos reales, por cierto.

jueves, 18 de octubre de 2012

El indie book


Como no tengo e-book ni dispositivo similar no estoy al tanto de lo que se edita exclusivamente vía web. Sin embargo, gracias a la buena gente que circula por ahí, como Frida o Joan Carles, he tenido la oportunidad de leer la novela de este último, Ni modo, esta vida nos tocó vivir.

Por increíble que parezca, todavía hay quien cree que los autores son individuos obsesionados con el éxito y cuya única aspiración es hacerse millonarios a costa del ciudadano de a pie. La culpa de esta mala fama la tiene sin duda el sector más siniestro y codicioso de la SGAE, que no deja de ser una minoría. Para muestra, esta novela de Joan Carles Guisado, que por menos de lo que os cobran por una bolsa en el supermercado podéis descargaros aquí:

http://www.amazon.es/modo-esta-vida-vivir-ebook/dp/B00866887C/

El libro electrónico facilitará sin duda la incorporación de prestaciones y utilidades en el panorama editorial que hasta ahora sólo se concebían en el cine, la música o la televisión. Hablo, por ejemplo, de los contenidos extras (entrevistas con el autor, escenas eliminadas, banda sonora, etc.), tan comunes en los DVD cinematográficos o los CD musicales. Supongo que este cambio tecnológico provocará igualmente que se consolide el concepto de “producción independiente” o “indie”, habitual en el séptimo arte y que (con sus inevitables excepciones) define a aquellas obras creadas al margen de la gran industria, las modas y las corrientes mayoritarias.
Las principales ventajas de esta modalidad acostumbran a estar en aspectos como la espontaneidad, la frescura y la sinceridad. Los inconvenientes, por su parte, suelen apuntar a cuestiones de tipo técnico y formal.

Es decir, el acabado y el rigor narrativo tienden a la baja, y es un riesgo porque esta libertad de publicación puede dar entrada a textos infumables, pero asimismo, y para compensar, se da la oportunidad de descubrir obras hechas con las tripas, espontáneas y libres de toda pretensión. Del mismo modo que justificamos el disfrute de determinadas películas por su sinceridad y naturalidad (aunque evidencien su falta de experiencia o dominio técnico), y por el hecho de que son "de bajo presupuesto", podemos aplicar el argumento a algunos libros, cuyo amateurismo no impide atisbar lo que hay detrás, tan interesante o curioso como lo que nos llega con un acabado más pulido.

Ni modo, esta vida nos tocó vivir, es un buen ejemplo de novela indie, aunque valdría también la expresión "falso documental" para describirla en términos genéricos, y sin perder la analogía cinematográfica, ya puestos.

La historia se construye por medio de una serie de episodios encadenados a través de los cuales vamos conociendo a los sucesivos personajes que se repiten, familiares y amigos de la narradora y protagonista, conocida como La Flaca.

En mi opinión, el punto fuerte de la novela está en el retrato de personajes, del cual uno intuye que el autor sabe muy bien de lo que habla. Niños que observan un vaso de leche como si fuera un artículo en el escaparate de una joyería, jóvenes que trafican y chanchullean para pagar el médico a su madre, canallas aficionados a la ropa de marca, gente que habla con el lenguaje de la calle (el libro incluye un breve glosario de argot al final, aunque creo que se queda algo corto)… Casi todos los personajes poseen algo destacable, hasta los más episódicos (el Colorao, la Fabi, el Trompas...), y eso es lo que provoca esa apariencia de falso documental o cine improvisado.

Como alternativa doméstica a las novelas de Don Winslow y las películas de Iñárritu, Ni modo, esta vida nos tocó vivir, nos muestra de inicio la marginalidad en un tono cercano y desde un enfoque cotidiano, sin golpes de efecto ni recursos clásicos del género negro. Pero poco a poco vamos entrando en el ambiente del narcotráfico a través del descubrimiento de la propia narradora, alternando episodios más livianos y pintorescos con otros de marcado carácter melodramático.

La novela es dinámica y ágil. Se lee rápido y la abundancia de diálogo ayuda. Quizá la fidelidad al lenguaje autóctono pueda requerir un esfuerzo extra a lectores poco acostumbrados, y, como ya he mencionado, puede que el glosario de argot se quede insuficiente, pero incluso así la historia puede seguirse bien gracias a la fluidez del estilo.

No está de más darle una oportunidad de vez en cuando a un autor que no haya sido invitado a la cena del premio Planeta…

miércoles, 10 de octubre de 2012

Paseo por la cartelera (14)


El fraude, de Nicholas Jarecki

Días atrás le comentaba a alguien que echaba en falta últimamente una clase de thrillers que se prodigaban a menudo en los noventa. Películas como No hay salida, Falso testigo, Presunto inocente, La tapadera, La mano que mece la cuna, Malicia, Malas influencias, La sombra del testigo o Mujer blanca soltera busca. Ahora se hacen gran cantidad de thrillers en los que prima la acción apabullante, y algunos están bien, pero este peatón ya tenía mono de esas pelis de suspense “de cámara”, por así decir; o sea, historias que sobre todo se apoyan en un personaje central sobre el que giran una serie de conflictos, trampas, triquiñuelas, malentendidos y todo tipo de situaciones angustiosas que parten de —o repercuten directamente en— su intimidad, en su vida cotidiana. Menos Fast & Furious y más Hitchcock. O, por explicarlo de un modo más doméstico, menos C.S.I. y más Colombo. Con El fraude he recuperado esas viejas sensaciones, y me he llevado la correspondiente alegría. Una película modesta en el apartado técnico y visual, pero contundente y efectiva en el guión y la interpretación. Richard Gere es uno de esos actores (José Coronado sería un caso similar) a los que cumplir años les beneficia profesionalmente, y que saben además suplir sus limitados registros a base de presencia y carisma. Si encima encuentran de vez en cuando a un director que sabe sacarles partido (a Coronado le tocó la lotería con Enrique Urbizu y Eduard Cortés), son capaces de echarse a los hombros una película y atraer público a las salas. En El fraude, Gere encarna a un personaje casi hitchcockiano (plano-cogote incluido), un protagonista que no es precisamente el bueno de la función pero al que Jarecki sabe manipular (en el buen sentido, se entiende) para que nos pongamos de su lado mientras lo seguimos en su odisea particular. Cierto que se cuentan con muy pocos dedos las grandes interpretaciones de este hombre (Asuntos sucios, Chicago, Las dos caras de la verdad, Los amos de Brooklyn… el episodio del hámster no lo cuento porque tengo claro que es una leyenda urbana), pero algo me dice que Hollywood lo tendrá en cuenta este año entre sus candidatos. Del argumento es mejor no contar demasiado. Una trama de intriga bifurcada que bebe tanto de la actualidad económica como de las eternas debilidades humanas. Un entretenimiento de primera, con la ventaja añadida de contar a priori con un espectro de público potencial amplio. Vale para pandas de amigos, para parejas, para los abuelos y hasta para los reticentes que acceden a ver “cine comercial” (animalicos) para complacer al prójimo. Notable alto.
 

 
The deep blue sea, de Terence Davies

Un dramón de época, con todas las letras. Una película sobre los sentimientos que —aleluya— no trata a los enamorados como ositos de gominola. Lo cierto es que aparentaba ser una de esas producciones al estilo Ivory-Merchant (Regreso a Howard’s End, Lo que queda del día…), pero se trata de una obra todavía más intimista y reposada. Quizá sea éste el factor que la hace poco recomendable para paladares acostumbrados al atracón de palomitas y oídos dispuestos a colmarse de estruendo durante dos horas. The deep blue sea es lenta y a la vez intensa, incómoda y al mismo tiempo elegante. Los actores están fenómenos, especialmente Rachel Weisz. Siempre he admirado a la gente que sufre o se enrabieta sin perder la dignidad y sin resultar ordinaria. Será cosa de la flema británica. En cualquier caso, un filme para habituales de los Renoir y similares. Y aun así, cuidado con la sesión de las 22’30, que por muy bien que esté la peli, madrugar tiene sus consecuencias. Un notable pomposo.



El nombre, de Alexandre de la Patellière y Mathieu Delaporte

En los últimos tiempos, la etiqueta “Nº 1 en Francia” da que pensar. Suerte que en esta ocasión importa poco, pues El nombre se aleja felizmente de otros títulos también populares pero a la postre mucho más vulgares, como Bienvenidos al norte, Bienvenidos al sur, o incluso la sobrevalorada, aunque simpática, Intocable. Parece que estamos ante una adaptación a la gran pantalla de alguna pieza teatral, pero no es así, pese a que el 90 por ciento de la acción transcurre en un solo escenario. Y, por fortuna, eso no impide que la historia avance ágil, dinámica y sin dejar apenas lugar al respiro. Es menos aguda y profunda que Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011), aunque tiene algo que recuerda a ese tipo de teatro (Arte, también de Yasmina Reza, podría ser otro referente). Divertida, amena y con un par de giros que le dan impulso para aguantar hasta el final de un metraje al que tal vez le sobren unos minutillos. Aun así, muy recomendable. Una vez más, sólo respondo de la versión original (el doblaje de las películas europeas es siempre una incógnita sobre la que uno no puede mojarse). Notable.

 

Mátalos suavemente, de Andrew Dominik

He dicho varias veces aquí que existe una confusión generalizada respecto al cine de Tarantino, al que se suele calificar de una manera que incita a pensar en películas de acción trepidante llenas de tiros, sangre y hostias. Hay mucha violencia en la filmografía del amigo Quentin, pero proporcionalmente, dichas escenas no ocuparían más de un 20 por ciento del metraje total de sus obras, apoyadas sobre todo en una manera peculiar de concebir las (extensas, interminables) secuencias de diálogos. A esta modalidad se apunta Mátalos suavemente, una película de reminiscencias tarantinianas con un toque socarrón a lo hermanos Coen. Mafiosos sin glamour y delincuentes chapuceros se enredan en una sucesión de conversaciones escritas con evidente atención por el detalle y enriquecidas en boca de actores estupendos. Entre medias, tres o cuatro escenas muy puntuales de violencia que resultan tan efectivas como las de Pulp Fiction, aunque si hay una película de Tarantino a la que se parezca ésta, tendríamos que elegir Jackie Brown (en lo referente al tono, claro; el argumento es otra historia). Se supone que hay igualmente un trasfondo de denuncia política, acentuada por la omnipresencia de televisores encendidos en bares, casas, putiferios y hoteles. En lo que a mí respecta, esa presunta intención crítica me importa más bien poco. Me quedo hipnotizado por la fuerza de esos diálogos con una buena dosis de mala baba y con esos intérpretes que no podrían estar mejor elegidos. El género aún respira, por suerte. Sobresaliente.
 


A Roma, con amor, de Woody Allen

Olía a Vicky Cristina Barcelona que tiraba para atrás. Y… ¡sorpresa! Desde luego que no es una obra maestra y que está a miles de kilómetros de los partos más ingeniosos del abuelito de Manhattan (la imagen, vista el otro día en televisión, de Woody Allen dando cabezadas mientras le hacían una entrevista, es tan grotesca como enternecedora). Aun así, el formato de historias entrecruzadas beneficia y compensa al conjunto, que, según parece, toma como referencia un puñado de cuentos de Giovanni Bocaccio. Servidor sigue en sus trece. Por mucho que la crítica sesuda y la cinefilia vegetariana se empeñen a dos bandas en ensalzar la vertiente dramática de Allen, creo que su mejor baza es la comedia. Ácida, irónica, cáustica, sí, pero comedia. Algunas de sus obras cumbre, como Annie Hall, Delitos y faltas, Hannah y sus hermanas o Manhattan se benefician de la habilidad para hacer que la honda reflexión no sea incompatible con la sonrisa o aun la carcajada. Cuando ha apostado por el drama al cien por cien (Interiores, Otra mujer, September, Cassandra’s dream…) el genio no brilla tanto, quizá con la única excepción de Match point, una de mis preferidas. Además, cuando sale él en persona, siempre suma a favor. Películas como Scoop o Todo lo demás aprueban el examen gracias a ello. Estamos ante un caso similar. A Roma, con amor, no es tan corrosiva como Desmontando a Harry ni tan divertida como Granujas de medio pelo, aunque contiene ideas y situaciones ingeniosas que casi nos retrotraen por momentos a la época de esplendor (el Woody Allen anciano ha perdido chispa cómica pero ha ganado un cinismo frente a la muerte que regala de vez en cuando destellos apreciables de humor negro). También tenemos reciente Midnight in Paris, una de sus mejores películas de los últimos tiempos, pero aun así, esta ligereza romana está por encima de la mayoría de las supuestas comedias que nos van endosando cada semana en las carteleras. Menos es nada. Un notable por la agradable sorpresa.



Desafío total, de Len Wiseman

Veinte años es muy poco tiempo, y no sólo para un cantante de tangos. Esta es la razón principal de que el remake de Desafío total, aun siendo una película entretenida y técnicamente lograda, deje una sensación de simple aperitivo. Len Wiseman le ha quitado la ironía y el cachondeo que reinaban en la versión de 1990 (dirigida por Paul Verhoeven), aparte de reducir los límites espaciales de la epopeya y de cambiar el macguffin atmosférico por uno armamentístico, con lo que los otrora mutantes se convierten ahora en inmigrantes, privándonos de personajes memorables como aquella especie de Jordi Pujol intestinal conocido como Kuato. Sorprende igualmente que el que era, en mi opinión, el señuelo dramático principal (¿estamos en la realidad o soñando?) quedé aquí en un segundo plano, apabullado por la más obvia odisea de busca y captura de los buenos por parte de los malos. También hay un cambio ostensible en el protagonismo del personaje interpretado por Kate Beckinsale (rol que le correspondió a Sharon Stone en la peli de Verhoeven), a la sazón esposa del director. ¿Prevaricación? ¿Nepotismo? ¿O es sólo amor? Bueno, da igual en realidad. Los que tengáis en buena estima la versión de 1990 notaréis que os falta algo, si bien se deja ver. Para los demás, un entretenimiento más que digno. Notable.

 

jueves, 4 de octubre de 2012

Otra manzana mordida


Presiento (de hecho, ya he empezado a notarlo) una creciente avalancha de destrucción masiva procedente de espectadores mal informados que van a ensañarse injustamente con esta nueva película de Pablo Berger, la segunda tras su interesante debut en 2003 con Torremolinos 73. Os preguntaréis el porqué de mi mal augurio. Pues porque Blancanieves es una película española, para empezar, y despotricar contra el cine español es casi tan obligatorio como cagarse en el gobierno, en los bancos y en Hacienda. Y también porque hace menos de un año que hemos presenciado como The Artist, una película muda y en blanco y negro, se llevaba todos los honores en la gala de los Oscar de Hollywood. Así pues, juntando un argumento con el otro, lo que queda para las tertulias de sobremesa es la conclusión equivocada de que el director español ha copiado descaradamente al francés (porque, obviamente, los autores de aquí son unos ineptos sin talento ni imaginación). Por ello, debo empezar aclarando que el proyecto de Pablo Berger llevaba gestándose nada menos que ocho años, y es posible que su estreno se haya visto favorecido por el reciente éxito de The Artist, pero una cosa es eso y otra que empecemos a hablar de copias, plagios y otras inexactitudes, por no decir burradas.

Hay que ser muy buen director y muy buen guionista para armar una historia y mantenerla viva en pantalla sin recurrir a los diálogos. El prestigio de los grandes autores del cine mudo no es un simple esnobismo para tirarse el rollo cinéfilo, y descubrir los aciertos narrativos y estéticos de Blancanieves da una idea de por qué, en estos tiempos de veneración absoluta a la tecnología, las películas de Buster Keaton, Chaplin, Eisenstein, Griffith, Von Stroheim, Méliès, Fritz Lang y demás pioneros perduran y constituyen la mejor escuela para aprender cómo se cuenta una historia en imágenes.

Tanta discusión sobre ciertos aspectos coyunturales está desviando la atención respecto a otros puntos destacables de la película. Por ejemplo, la curiosa adaptación del cuento de los Hermanos Grimm a ese universo cañí de los años 20 consigue una especie de fusión entre Todd Browning y Cristina García Rodero ciertamente original, dejando huella en la valiente y emotiva elección del desenlace. O la música, que no es la que yo me pondría en casa, pero que al contexto histórico y dramático de la película le va de maravilla.

Entiendo que no todo el mundo comparta el interés por este tipo de cine, es comprensible. Ahora bien, si estáis anclados en el terreno la duda, yo os animaría a intentarlo, pues creo que merece la pena. Y si no, intuyo que tendréis otra oportunidad a principios del año que viene, porque pinta que el filme sumará un buen puñado de goyas (película, director, guión adaptado, fotografía, montaje, banda sonora, dirección artística, maquillaje y peluquería; y en cuanto a los intérpretes, Maribel Verdú y Daniel Giménez-Cacho como secundarios, y Macarena García como actriz revelación, parecen más que previsibles). Lo que sí parece poco menos que imposible es que vaya a ganar el Oscar (es la película elegida por la Academia española), ya que en este caso sí que influye negativamente el hecho de que justo en la edición anterior se premiara una obra similar en términos formales y de atrevimiento, aunque fuera en una categoría distinta.