jueves, 27 de septiembre de 2012

Manzana mordida


 
No es un secreto para nadie. En esta misma página reconocí hará cosa de un año que nunca he tenido un ordenador Mac, y, a estas alturas, tampoco he sucumbido a la tentación (presunta, todo hay que decirlo, pues ni siquiera siento un mínimo picorcillo de curosidad) del iPhone, el iPad, el iPod o cualquier otro dispositivo, artefacto o cacharro cuyo nombre de pila (perdón por el chiste retroelectrónico) comience con la letra i minúscula.
 
Menos tiempo aún ha pasado desde que me referí a ciertas tendencias y expresiones artísticas que siempre he considerado “tramposas”, en el sentido de que venden una idea de sofisticación —ya sea vanguardista o marginal, que lo mismo da— que en el fondo encubre unas intenciones idénticas a las que persiguen los predicadores de la moda y el gran consumo. Y esto significa que a menudo underground y mainstream son términos sinónimos, mal que les duela a los vanidosos modelnos.
 
Por ello no pude disimular mi estupor al observar cómo, tras la muerte del magnate Steve Jobs el pasado octubre, el universo internáutico al completo se deshacía en elegías, panegíricos y oraciones devotas que ya quisieran para sí los farsantes de todas las sectas del planeta.
 
Soy humano, que conste. No me refiero a la consternación lógica por la muerte de alguien demasiado joven, aunque sea un completo desconocido. Ese grado de empatía aún lo conservo. Esto ha sucedido toda la vida, desde Larra hasta John Lennon; desde James Dean hasta Antonio Flores. Sin embargo, me sorprende la veneración apasionada y excesiva que se le profesa al imperio de Apple, más allá de que sus inventos (los cuales, repito, desconozco) puedan ser realmente admirables desde el punto de vista tecnológico.
 
Todo santo necesita un templo, y en Barcelona ya estaban tardando. Al pasar junto a la macro tienda Apple recién inaugurada en la Plaza de Cataluña, constato que el fervor no se ha extinguido, de lo que deduzco consecuentemente que su razón de ser no residía tan sólo en la lógica compasión por el muerto reciente. No hará falta especificar que la tienda está siempre a reventar de gente, sin obviar tampoco que los precios en aquel lugar no son precisamente la competencia de los bazares chinos.
 
Pero sin duda lo más desconcertante ha sido contemplar la cantidad de personal que se acumula fuera de la tienda, en sus alrededores, y que —atención, que suenen los tambores— ¡se fotografía delante de la fachada!, como si aquello fuese la Sagrada Familia o como si la manzana mordida que la empresa tiene por logo fuese un emblema característico de la ciudad, tal que el dragón multicolor del Parque Güell, el castillo de Montjuic o la silueta de las torres gemelas del puerto.
 
Puestos a ser modelnos y alternativos, propongo una nueva ruta de retratos turísticos, con escenarios como el Burguer King de Canaletas, El Corte Inglés de Francesc Macià, el Rey de la Gamba del Paseo Juan de Borbón, la Filmoteca de Catalunya (ésta hay que hacérsela de noche, con un par), el Centro Comercial Glóries, el Carrefour de Las Ramblas, el gimnasio DiR de Sarriá, el Starbucks de Josep Tarradellas, el bar La Esquinica, la gasolinera de Balmes con Plaza Molina, el Cash Converters de Floridablanca, el ambulatorio de Poble Sec-Manso, cualquiera de los almacenes orientales de venta al por mayor de la calle Trafalgar (hay donde elegir, tranquilos), el despacho de loterías de la Estación de Sants, la cafetería del FNAC de Diagonal Mar, el quiosco de prensa de la Plaza de Lesseps, la sucursal de Bankinter de Gran de Gràcia o el puesto de castañas de Aribau con Universidad, por nombrar sólo un puñado de ejemplos. Se admiten sugerencias.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

La terreza del Zurich, donde se cita todo el mundo, sobre todo primeras citas, citas a ciegas, lo sé por experiencia...jajaja.

El último peatón dijo...

Lo añado a la lista.

Anónimo dijo...

el edificio de caixa bank, que tiene rótulos que se mueven