viernes, 7 de septiembre de 2012

La colonización prosigue



Muchas de las historias que conocemos popularmente como leyendas urbanas suelen nacer de entradillas como “Me han contado que..”, o “Un amigo me ha dicho que...”, o incluso “Un amigo me ha dicho que un conocido suyo le ha contado que...”.
Por regla general, solíamos recurrir a los medios de comunicación para amparar la historia que contábamos y certificar de algún modo que era real, auténtica, verídica. “Lo he leído en la prensa” o “Ha salido por la televisión” eran afirmaciones que bastaban para demostrar la veracidad de un suceso.

Internet ha contribuido a que se haya ido perdiendo de forma progresiva la fe en los medios de comunicación como notarios de la verdad incuestionable. La libertad de publicación que ofrece la Red venía ya con ese efecto secundario implícito. Es decir, la fiabilidad se resiente cuando no existe filtro alguno, y al final lo acusa nuestra credulidad. Ninguno queremos resucitar la práctica siniestra de la censura, pero al mismo tiempo debemos ser conscientes de que el inabarcable foro cibernético es tan prolijo en información como susceptible de cargarse de infundios y falacias. Cuidado con los “sabios de Wikipedia”, en otras palabras.

Así pues, ¿qué nos queda? Visto (y oído) lo que hay por ahí, diría que el sistema actual de determinación o certificación de la veracidad pasa por la conversión idiomática de los conceptos. Es decir, tendríamos que empezar a aplicar la misma norma oficiosa que ya se viene imponiendo desde hace tiempo respecto a ciertos fenómenos, sucesos o roles, y que sería algo así como “Si hay una palabra en inglés para denominarlo, es que existe”.

Regreso de vacaciones para constatar que esta absurda invasión avanza sin pausa. Y digo absurda precisamente porque no tengo nada en contra de que se hable inglés o el idioma que sea (sólo faltaría; qué más quisiera yo que hablarlo o entenderlo realmente bien, aunque sólo fuera para saber lo que dicen muchas de las canciones que escucho y no tener que leer subtítulos en el cine). Lo que me parece ridículo, y perdonadme los sensibles, es que compremos inventos a quienes no han inventado una mierda. Me explico.

Como digo, nada más conectar de nuevo con la realidad cotidiana constato que el concepto afterwork se impone poco a poco en bares y garitos de copas de Barcelona y Madrid. En ambos casos, tiene delito. En el de Barcelona, porque serán más de setecientas veces las que habré oído en los últimos quince años la afirmación de que el barcelonés, al contrario que el madrileño, no tiene ni ha tenido nunca la costumbre de irse a tomar algo por ahí después del trabajo. Ahora va a resultar que el problema era que había que decirlo en inglés (no en catalán, ni en castellano). Pues una de dos: o los currantes barceloneses en pleno se han vuelto de pronto un rebaño de esnobs, o los lumbreras que han pensado que por utilizar el reclamo en inglés van a cambiar una costumbre ancestral se van a arruinar en menos que canta un sobaco en un vagón de metro. Y en el caso de Madrid, pues qué decir; si esto estaba ya más que inventado desde antes que a Valle-Inclán le creciera pelusa en el bigote. A vender el cuento a otra parte, plis.

Por otro lado, aclarar que en ningún caso el término hará alusión a los trabajadores con mono de faena, delantal o uniforme de cualquier tipo que de vez en cuando vemos degustando una cerveza o un café al término de su jornada laboral. Lo de usar el inglés es asimismo un indicio claro del público al que se quiere engatusar (ejecutivos, emprendedores de cuello blanco, gente del bisnes). Personalmente, estoy a favor de que la gente alterne, a la hora que sea. Lo que me parece triste es que sean precisamente los titulados, los coleccionistas de masters y los aspirantes a magnate los que, aparentemente, hayan tardado tantos años en darse cuenta de que existían los bares, justo hasta que alguien se lo ha revelado con un palabro anglosajón.     

También veo anunciado en televisión un nuevo programa. En fin, nuevo quiere decir que se empezará a emitir en breve, pero no que sea lo que se dice una novedad. Es una enésima variación de los programas de talentos, como Tú vales mucho, Operación Triunfo, Tú tienes talento, El factor X, etcétera. Se trata de que, como siempre, vaya gente a cantar y un jurado compuesto por famosos valorará las actuaciones y elegirá al ganador. Lo de siempre, ya digo. Pero, ah, claro, resulta que el jurado no es un jurado. Tampoco un panel de expertos ni un comité ni un tribunal examinador ni los supertacañones ni nada que suene a derivado del latín. Qué va. En este nuevo programa, las personas que juzgan y humillan se llaman coach. La palabra significa, literalmente, entrenador o preparador, y en los últimos tiempos se ha consolidado en el mundo empresarial (las modas las pone el dinero, por si alguien lo dudaba) para definir labores de preparación, potenciación del talento, asesoría estratégica, gestión del rendimiento y bla bla bla. Unas veces servirá de algo y otras no, a veces será útil y a veces una simple y pomposa estafa, pero no se trata de eso. Mi grito en el desierto cibernético es tan sólo una manera de desahogarme ante tanto cursi espabilado que circula por ahí pretendiendo vender como nueva mercancía sobada y de tercera o cuarta mano.

Y qué decir de las personas sin pareja, los solteros, como se han denominado siempre y como todavía figuran definidos en los diccionarios. Las lumbreras del marketing descubrieron recientemente que si se nos imponía el anglosajón single para referirnos a este sector de la sociedad, las posibilidades de hacer negocio a su costa se multiplicarían por mucho. Y la verdad es que funciona. Supongo que si alguien, a día de hoy, anunciara la organización de un baile, un crucero o una caravana para solteros, la imagen que se impondría sería una más bien decadente, o anacrónica, la de una legión de mozos talluditos ávidos de aliviar necesidades elementales por la vía más primitiva y menos elegante.

Así pintan las cosas. La palabra “soltero” ha quedado relegada al ámbito de lo chusco y populachero, a las despedidas de soltero y los partidos de solteros contra casados en las fiestas de los pueblos (imaginad lo ridícula que sonaría la expresión “partido de singles contra casados”). Con el uso cada vez más extendido de single, la soltería —algo que para muchos, no sé bien por qué, sigue siendo un estigma— queda dignificada y elevada a los altares del glamour y la vanguardia. Se acabaron las solteronas que quedaron para vestir santos y los llamados mozos viejos.

Ya lo sabéis. En caso de confusiones de identidad o de crisis existencial inminente, corred a la embajada británica más cercana y pedid la nacionalidad.


 

3 comentarios:

Palimp dijo...

Totalmente de acuerdo, con una pequeñísima salvedad.

Lo de 'singles' me parece tan gilipuá como lo otro, pero hay que reconocer que 'soltero' todavía tiene una carga negativa importante.

Si para normalizar las cosas hemos tenido que pasar del mariquita al gay, quizás los solteros tengan que hacer el mismo sacrificio.

Anónimo dijo...

Soy una single que va de afterwork habitualmente...jajaja.
Osea que estoy solerita y sin novio y me gusta salir a tomar unas cervecicas después del curro, no suena igual pero es lo mismitico como bien dices. Mira que somos snobssss, mare meva de la petraca.
Como ir de shopping, vergüenza ajena siento cuando lo oigo decir a algún conocido. De toda la vida se ha ido de compras. En fin...

El último peatón dijo...

Palimp: Bueno, siempre podremos decir "homosexual" para no insultar...

Anónima soltera: Yo ya he empezado a llamar al desayuno el beforework, por si acaso.