jueves, 23 de agosto de 2012

Vanguardia en calderilla


 
Ahora que anda por ahí el run run —medio irónico, medio aprensivo— de si al final terminará volviendo o no la peseta, me acuerdo de que la moneda única europea que ahora todos llamamos euro con naturalidad (bueno, a veces nuestro bolsillo la llama a gritos, pidiendo socorro), como si hubiera nacido ya bautizada y predestinada a dicha denominación, vivió (¿sufrió?) en realidad ciertos amagos creativos en su fase embrionaria, supongo que igual que todo ser nonato es siempre sometido al sondeo o el debate entre sus progenitores para elegirle un nombre.

De hecho, durante algún tiempo fue casi seguro que la moneda se llamaría ecu, y hubo quienes lo tuvieron tan seguro que, bien por imprudencia, bien por exceso de anhelo vanguardista, apostaron por ello de manera precipitada.

En la madrileña calle de Santa Engracia existía un bar de copas llamado Ecu, en alusión a esa futura y por entonces aún hipotética moneda única del viejo continente. Era un sitio bastante pijo, al menos como yo lo recuerdo, aunque la música que ponían era variada y aceptable para un público más o menos diverso. En este garito viví una experiencia desconcertante y que tal vez haya dejado secuelas irreparables en mi subconsciente. Resultó que una noche, de pronto, el repertorio musical habitual (pop-rock español y anglosajón, en su mayoría) fue sustituido sin previo aviso por… ¡sevillanas! Si todo hubiera quedado ahí, la cosa no habría dado para más. Pero lo más sorprendente fue que el noventa por ciento del personal se puso a bailar (o a intentarlo, que habría que ver a algunos) como descosido, como si aquello fuera la Feria de Abril, decenas de niños y niñas bien, con sus polos de marca y sus jerséis anudados al cuello (“Amo a Laaaura”) meneándose al compás de María del Monte o de quien fuera. En fin, disculpad este inciso biográfico. A lo que íbamos es que tal vez eligieran ese nombre, Ecu, como alarde de modernidad, si bien no tuvieron tiempo de comprobarlo, ya que, si mi memoria no me falla, el local cerró antes de que la muerte de la peseta fuera del todo oficial.

Otros que se pasaron de modernos fueron los del grupo Aviador Dro. En su caso era comprensible, pues se trataba (se trata, en realidad; creo que siguen en activo) de una banda cuya música e imagen siempre fueron ligadas a la tecnología, la ciencia ficción y a toda idea o todo elemento de los que vulgarmente asociamos con el concepto “futurista”. En 1993, se editó un disco homenaje a Antonio Vega, un clásico de la nueva ola, de la movida madrileña y de la historia del rock español, que falleció en 2009 pero al que por entonces sus colegas de profesión debieron de ver ya lo suficientemente perjudicado como para grabar un álbum de ese tipo, que suelen aparecer normalmente tras la muerte del artista (tengo entendido que a Vega no le entusiasmó precisamente la idea y que tampoco le gustó el título que le pusieron al disco, “Ese chico triste y solitario”). Un disco, dicho sea de paso, más que interesante. Pero bueno, el caso es que Aviador Dro (por aquel entonces con la denominación Aviador Dro 4000) versionó el tema El circo —de la época en que Vega tocaba junto a su primo Nacho García-Vega en Nacha Pop—, y además de adaptar la melodía de la canción original a su estilo tecno característico, añadieron algún retoque también a la letra, como por ejemplo la estrofa en la que cantan:


Harto ya de pasear
por calles oscuras,
trece ecus nada más,
otra vez la ruina


(La letra original de Antonio Vega decía: Harto ya de pasear/por calles oscuras/trece pelas nada más/otra vez la ruina)

 
Dejando a un lado la incertidubre respecto al nombre definitivo de la moneda, en lo que sí dieron en el clavo fue en lo de la crisis. Joder que si lo clavaron.

No obstante, mejor no arriesgarse demasiado con estas cosas. Personalmente, suelo tener la sensación de que las obras que se crean con un exaltado alarde de vanguardia tienden, bien a pasar de moda con demasiada rapidez, o bien a envejecer mucho peor que la mayoría.

Me he referido antes a los grupos de la nueva ola ochentera, y creo que son un buen ejemplo. Los más preocupados entonces por marcar tendencia, romper moldes o sobresalir del resto (elegid el lugar común que más os guste) son los que peor resisten el revival. En mi opinión, han sufrido más el paso del tiempo las canciones y la estética de Alaska y los Pegamoides o Derribos Arias que las de Pistones o Los Secretos, por poner sólo un par de ejemplos.

Lo mismo me ocurre con las películas. Prefiero el cartón-piedra y los efectos de maquillaje a determinadas virguerías infográficas en las que al responsable de turno se le va la mano y acaba convirtiendo el presunto efecto especial en un chusco acto de intromisión del videojuego en el cine tradicional.

Pero sobre todo disfruto revisando obras que en su día nacieron para ser rompedoras y modelnas, y vistas a día de hoy son auténticos monumentos a la horterada sublime (me refiero principalmente a aspectos estéticos, no tanto a sus contenidos, aunque en algunos casos también). Hay películas que son de lycra y plexiglás, como La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971); otras son de neón y papel Albal, como Xanadú (Robert Greenwald, 1980), y otras son de todo a la vez, como Flash Gordon (Mike Hodges, 1980), la cual se homenajea y parodia en la reciente Ted (Seth MacFarlane, 2012) con un cameo muy cachondo de su protagonista Sam J. Jones, a quien los años han convertido en el Loco Gatti sin necesidad de pasar por el pincel de la restauradora de Borja.

               
 
              
 Sam J. Jones en Flash Gordon            Sam J. Jones en Ted (2012)
               (1980)



                                               Loco Gatti

Pues nada. Id desempolvando viejas expresiones como “Eres más maja que las pesetas” o “Le ha faltado el canto de un duro”, que lo mismo vuelven a ponerse de moda. Eso sí, me dicen que de las hombreras de Locomía y los cardados de Tino Casal no hay noticias por el momento.

 

No hay comentarios: