jueves, 19 de julio de 2012

Paseo por la cartelera (13)


El dictador, de Larry Charles

Ese complejo de inferioridad respecto a lo anglosajón que todavía mantenemos por estas tierras quizá convierta para algunos en una barbaridad lo que diré a continuación: Sacha Baron Cohen y sus alter egos Borat, Bruno y el dictador Al Leddin, serían, en clave británica, el equivalente al binomio autóctono Santiago Segura/Torrente.
Es decir, humor iconoclasta, políticamente incorrecto, a menudo de trazo grueso pero no carente de ingenio en otros momentos, con evidente debilidad por la escatología y con cierta intención de clavar pullas sin discriminación de raza, credo, ideología, sexo o condición social.
Me lo he pasado bien viendo El dictador. Me he reído unas cuantas veces, y admiro de manera especial la poca vergüenza de ese camaleón cachondo que tiene como protagonista, así como el sentido del humor corrosivo y un punto misántropo de su director, Larry Charles, cuyo nombre no os dirá nada a la mayoría pero que para mí se ganó un lugar en el olimpo de la ficción por su labor como guionista para la teleserie Seinfeld.
Aunque el trasfondo de esta sátira es político, no creo que sea éste un filme de denuncia. Leo por ahí que hay quien se remite a un clásico, El gran dictador, pero las semejanzas con la película de Chaplin son más bien, y como dirían en un juicio, circunstanciales.
El dictador es cine popular, no una obra ambiciosa para cinéfilos. Y eso, que conste, no es un defecto. Se trata simplemente de tenerlo claro antes de entrar al cine. En otras palabras, la disfrutarán más los seguidores de Torrente o José Mota que aquellos que esperen un alegato en contra de las injusticias del poder sobre los más débiles. Claro que también hay de eso, incluyendo un discurso hábilmente irónico sobre lo mucho que en el fondo se pueden llegar a parecer las dictaduras bananeras y ciertas democracias occidentales, o una broma macabra a costa del 11-S, impensable todavía para muchos, aunque haga ya más de una década de la madre de todos los atentados.
Ya puestos, aprovecho para recomendar el visionado de Four Lions (Christopher Morris, 2010), película inglesa que pasó como un suspiro por la cartelera la pasada temporada y que hurga todavía más, y sin escatologías de por medio, en el espinoso asunto del fanatismo/integrismo/terrorismo.
Pero a Sacha Baron Cohen, como mínimo, le debo el detalle de hacerme reír en la misma semana en la que hemos conocido la nueva clavada del IVA y en la que hemos visto a una impresentable diputada desear que nos jodamos por ello.
Un notable.



El pacto, de Roger Donaldson

Hace años que tengo la sospecha (y seguro que no soy el único) de que el agente de Nicholas Cage es en realidad su peor enemigo. Este hombre, sobrino del gran Coppola, parecía tener un carrerón por delante tras ganar el Oscar por Leaving Las Vegas (Mike Figgis, 1995), pero lo que ha sucedido después es que sus malas elecciones han provocado que se haya ganado también la etiqueta de mal actor.
Por eso las expectativas que me despertaba El pacto eran mínimas. Mi única esperanza estaba en que su director, Roger Donaldson, hubiera recuperado la inspiración demostrada en No hay salida, uno de los mejores thrillers de los noventa.
Y bueno, después de todo, no está tan mal. Será por lo poco que esperaba o por el aire acondicionado (que ya sabemos que juega a favor en esta época), o puede también que por la admiración que Donaldson parece tenerle al maestro del género, míster Hitchcock.
De hecho, las premisas principales sobre las que se arma la intriga de El pacto remiten a algunas de las señas de identidad y técnicas recurrentes de don Alfredo el rollizo, a saber: el intercambio de favores criminales (como en Extraños en un tren, que adaptaba la novela de Patricia Highsmith), el falso culpable (como la película de idéntico título, o Frenesí, o Con la muerte en los talones) y la odisea de un hombre corriente en medio de una trama criminal (y aquí entran casi todas, pues los protagonistas hitchcockianos no acostumbran a ser el policía o el agente secreto).
Otra cosa es lo que cada cual haga con dichas premisas, y en este caso las buenas intenciones se ven enturbiadas por un exceso de convencionalismos, en especial los que lastran determinadas situaciones de tensión que se resuelven, bien con excesiva facilidad, o bien de la forma más previsible, lo que acaba afectando, en consecuencia, a la verosimilitud de la historia.
Con todo, se trata de una película entretenida, algo más oscura y arriesgada de lo que se ve últimamente en el género, así que por lo menos el aprobado se lo gana.



Elefante blanco, de Pablo Trapero

Con Ricardo Darín me pasa lo contrario que con Nicholas Cage. Casi todas las películas en las que sale me gustan, y de aquellas que no me hacen tanta gracia (como Kamchatka, La educación de las hadas o El baile de la victoria) lo mejor sin duda es su interpretación.
Darín va camino de ser el heredero de Luppi, y eso para mí ya es mucho. Podéis comprobarlo en Nueve reinas, Un cuento chino, El secreto de sus ojos, El aura, El hijo de la novia o Carancho, en la que trabajó también a las órdenes de Pablo Trapero, director de Elefante blanco.
En este caso, a Trapero parece haberle sucedido algo similar a lo que le ha pasado a la española Icíar Bollaín. Quiero decir, le ha podido la tentación de hacer cine-oenegé por encima de potenciar las mejores virtudes demostradas en obras anteriores y aparentemente mucho más personales.
Lo que siempre me ha atraído de las películas de Trapero (Leonera, El bonaerense, Mundo grúa, Familia rodante o la ya mencionada Carancho) es la capacidad para hacer interesante lo más sucio y sórdido sin que lo morboso quede por encima de las emociones. Son historias de corrupción, de decadencia, de fracaso, de chanchulleros, perdedores y supervivientes de andar por casa, de gente corriente e imperfecta, como cualquiera de nosotros. Son películas duras y en general libres de la mayoría de los clichés que terminan fastidiando algunas buenas ideas (sobre todo a base de desenlaces chapuceros).
Los elementos de Elefante blanco son similares, pero suenan a ya vistos, no sólo en el cine, sino más bien en los noticiarios o en programas del tipo Callejeros. El primer y el último tercio funcionan bien, pero el tramo central se me hizo algo tedioso, por repetitivo y consabido.
No sólo le ocurre esto a Trapero (o a Bollaín). Les pasó por igual a Ken Loach y Costa-Gravas, nombres sacrosantos del cine de denuncia social. Me consta que hay espectadores que se conforman con ello, que les vale con que el autor demuestre que quiere cambiar el mundo aunque sea a costa de nuestro tiempo y nuestra paciencia. Siendo honesto, Elefante blanco no llega a tanto. Se deja ver y no provoca la sensación de haber perdido el tiempo, pero este peatón encuentra a faltar un poco más de la crudeza y la amargura de películas anteriores (que, en el caso de ésta, sólo aparecen de manera intermitente). Un aprobado.

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