sábado, 28 de julio de 2012

Héroes, mitos y polainas


Hacer crítica de cine es a veces tan complejo o absurdo como plantearse, por ejemplo, si es mejor ahogarse en un río o ahogarse en el mar. El espíritu de este dilema estrambótico vuelve a manifestarse a raíz del estreno de El caballero oscuro: La leyenda renace, película que cierra la trilogía de Cristopher Nolan sobre el superhéroe Batman.

La entrega anterior, El caballero oscuro, resultó ser un éxito inapelable que consiguió el milagro de conciliar al sector crítico con el público masivo de las salas.
Ya con Batman begins, primer capítulo del tríptico, se dispararon las expectativas, confirmadas y aun superadas en el segundo, con lo que la presión y el revuelo alrededor del tercer acto ya se intuían desmesurados; algo que no es nuevo y que han sufrido la práctica totalidad de las sagas cinematográficas, con lo que las terceras partes tienden a cargar (en ocasiones, injustamente) con las posibles culpas y defectos que, bien mirado, deberían repartirse entre la totalidad de la producción.

He discutido a menudo sobre El Padrino III, película que tiende a infravalorarse y desprestigiarse debido a que una parte mayoritaria del público se siente obligada a referirse a la misma siempre en términos comparativos con El Padrino II y El Padrino, sus antecesoras.
A mí también me parece que El Padrino II es mucho mejor película que su continuación, pero de ahí a considerar la tercera parte como un bluff, un fracaso, un pestiño, un truño, un bodrio (he oído y leído de todo), en fin, diría que hay posturas más lógicas y menos radicales. Ojalá se hicieran más películas como El Padrino III… La cuestión, volviendo al hombre murciélago, es que la popularidad casa mal con las ínfulas de distinción intelectual. Dicho de otra manera, cuando Nolan era un descubrimiento cinéfilo exclusivo molaba mazo ser fan suyo. Ahora que ha alcanzado reconocimientos multitudinarios por parte del vulgo, a algunos ya no les camela (un proceso similar al que se ha vivido con el escritor Paul Auster; al menos este peatón así lo percibe).

Aplicando una lógica nada sofisticada, uno estaría seguro de que quienes disfrutaron con El caballero oscuro deberían hacerlo en mayor o menor medida con La leyenda renace. El que suscribe lo ha hecho. Si tuviera que elegir entre una de las dos, me quedaría con la anterior (como con El padrino II), pero lo que nunca haría sería catalogar como defectos los mismos aspectos que hace tres años me parecieron virtudes.
La grandilocuencia es uno de los argumentos que más gente ha puesto ahora en contra de la última entrega de Batman. Si nos ponemos estupendos, es obvio que querer dotar de gravedad shakesperiana a una película sobre un tipo disfrazado de murciélago parece a priori un salto al vacío sin paracaídas. No obstante, ese deseo de densidad existencial estaba ya en las películas anteriores, y diría que en una buena parte del cine de superhéroes, pues estos no dejan de ser, al fin y al cabo, una variante moderna y doméstica de lo que toda la vida se ha conocido como mitología (en las críticas sesudas no es raro toparse con referencias a Prometeo o Galatea, independientemente de si la historia trata de un señor que se vuelve verde cuando se enfada o de un jovencito con leotardos enamorado de la diva del instituto).
No es menos cierto que otros directores optaron por una vía alternativa e igualmente legítima: la de tomarse todo esto de los superpoderes y las dobles identidades como un ejercicio evasivo y lúdico; incluso cómico. En esta categoría figuran los Spiderman de Sam Raimi, el Iron Man socarrón y canalla encarnado por Robert Downey Jr., o los cuasi chiripitiflaúticos 4 Fantásticos que pasaron con más ruido que sustancia hace tres o cuatro veranos (los Batman de Tim Burton, revisados a día de hoy, ganan bastante; creo que fui injusto con ellos en su momento).
 
El Batman concebido por Nolan juega en la otra liga —no necesariamente mejor—, la de los héroes con conflicto personal y reverso tenebroso, la de los ídolos atormentados y su lucha contra sus ambiguos alter egos como metáfora de las contradicciones de la condición humana… ponedle el etcétera pomposo que os apetezca. Sí, es verdad que en nombre de esta ambiciosa concepción del género se han parido ladrillos grotescos por pretenciosos. Este peatón, de hecho, prefiere en general a los que optaron por el entretenimiento. Ni el Thor de Kenneth Branagh (Shakespeare siempre con el aliento en el cogote, para bien o para mal), ni el Daredevil de ni me acuerdo quién (ignoro voluntariamente el lamentable spin-off de Electra; la mitología clásica otra vez), ni las distintas aproximaciones al personaje de La Masa/Hulk terminaron de convencerme.
De esta vertiente, tan sólo salvaría la sorprendente X-Men: Primera Generación (de Mathew Vaughn, director también de la estupenda y paródica Kick Ass) y un porcentaje generoso de los X-Men de Bryan Singer, además de la magnífica Watchmen (Zach Snyder, 2009) y, por supuesto, los Batman de Cristopher Nolan.





Y aquí regresamos al punto de inicio, al dilema absurdo de la reflexión crítica. La grandilocuencia que le reprochan a Nolan es la misma con la que muchos babean y se deshacen cuando proviene de Kubrick, de Malick o de Guerin (¿Me ahogo en un río o en el mar? ¿No da lo mismo, en el fondo?).

Puedo admitir también que quizá el único parecido entre este Batman del siglo XXI y Hamlet, Iago o el Rey Lear sean los pololos y la capa. Pero es que en realidad las pretensiones de Nolan me la bufan, con perdón. La razón por la que me fascinan sus películas está sobre todo en la virtud de encajar dicha ambición en el mismo molde con el que es capaz de componer un espectáculo para comérselo con los ojos. Hay fanfarria y pirotecnia en la misma medida que intriga y progresión dramática. Hay personajes con dobleces y con aristas, no todo es reproducir los cánones del modelo superhéroe/némesis.

En mi opinión, lo más atractivo de la trilogía, revisado y aumentado en la última entrega, es la baza arriesgada de apostar por un cine de superhéroes con un tratamiento de thriller de los años 70. Aquí destaca también la principal diferencia con su contemporánea The amazing Spiderman (Marc Webb, 2012). Mientras que en esta última las escenas de acción tienen aspecto de videojuego, en El caballero oscuro: La leyenda renace, lo mismo que en sus dos hermanas, hay una sensación de realidad que sólo rompen la vestimenta de Batman y sus accesorios tecnológicos. Por no tener (y me parece un dato esencial, definitivo), el hombre murciélago no tiene ni superpoderes; los enfrentamientos con sus enemigos se dirimen a hostia limpia o a tiros, la mujer enfundada en cuero y con antifaz (en la versión original, por lo menos, nadie se refiere a ella como Catwoman; supongo que el doblaje lo habrá respetado) es una ladrona de guante negro que ni lanza rayos ni se transforma en felino alguno; el villano principal podría estar sacado de cualquier película de espías o agentes secretos… De hecho, y para ser honestos, si algo puede llegar a desentonar es el propio Batman (su primera aparición en la película es a los 45 minutos, y casi te saca del embrollo, hasta entonces más parecido a un filme policial tradicional que a lo que se supone que finalmente es). Viendo el material filmado por Cristopher Nolan (desconozco los comics de Bob Kane) sería más acertado decir que el protagonista de esta historia es un señor llamado Bruce Wayne, que de vez en cuando se disfraza, y no un superhéroe cuya verdadera identidad es la de un multimillonario enigmático.

Tampoco paso por alto esa afectación en los diálogos que en ocasiones resulta forzada, de acuerdo. Lo que ocurre es que, siendo seguidor y admirador de Nolan, no me espanta en absoluto. En primer lugar, porque, como ya he mencionado, esa pretensión está sobradamente compensada por la parte del espectáculo bien concebido y dirigido. Y, por otro lado, se trata de un denominador común en el cine de su autor, alguien a quien intuyo pagado de sí mismo y consciente de su talento, un tipo que probablemente no haya sonreído más de tres veces en su vida y al que no me imagino detrás de la cámara con talante campechano y cercano. Esto sin duda se refleja en su obra, como en la de tantos otros (aludamos a Coppola, sin ir más lejos y por no perder el símil de El Padrino). Memento, Insomnio, El truco final y Origen no van de cine minimalista y culto, pero poseen personajes genuinos, tramas sorprendentes y soluciones atrevidas. Quizá por ello, y pese a que pertenecen a eso que los fatuos y los exquisitos llaman “cine comercial”, no son tampoco obras especialmente taquilleras ni unánimemente admiradas, pero serían sin duda el tipo de películas que en los añorados tiempos de los videoclubes hubiesen vivido (como Misery, Sospechosos habituales o Reservoir dogs) una gloriosa segunda juventud.
Así pues, si lo que da prestigio ahora es poner a caer de un burro a esta (¿última?)  parte de la saga, que no cuenten conmigo.


P. D. El destino y algún que otro desvarío mental han querido que esta trilogía refuerce su carisma artístico con elementos imprescindibles para todo aquello que aspire a perdurar como leyenda: de una parte, la muerte de Heath Ledger, con Oscar póstumo incluido, por su memorable Joker de El caballero oscuro; y a ello unámosle ahora la matanza de Denver en el estreno de La leyenda renace, algo que, lejos de perjudicar a la película, probablemente la sitúe en el catálogo de símbolos malditos recurrentes, igual que la novela El guardián entre el centeno y el edificio Dakota de Nueva York. No siempre recordamos a los ídolos por su grandeza o sus mejores versiones. Sin ir más lejos, parece ser que en cierta ocasión, al poco de estrenarse el documental Bowling for Columbine, Clint Eastwood coincidió en un evento con Michael Moore, y no mostró reparos en espetarle: “Si vienes a filmarme a mi casa con tu cámara, te pego un tiro”. Esto mismo, dicho por cualquier otro, me habría parecido un horror fascista. Pero Eastwood es dios. (Es lo que nos pasa con los mitos, aunque no lleven capas ni polainas.)


jueves, 19 de julio de 2012

Paseo por la cartelera (13)


El dictador, de Larry Charles

Ese complejo de inferioridad respecto a lo anglosajón que todavía mantenemos por estas tierras quizá convierta para algunos en una barbaridad lo que diré a continuación: Sacha Baron Cohen y sus alter egos Borat, Bruno y el dictador Al Leddin, serían, en clave británica, el equivalente al binomio autóctono Santiago Segura/Torrente.
Es decir, humor iconoclasta, políticamente incorrecto, a menudo de trazo grueso pero no carente de ingenio en otros momentos, con evidente debilidad por la escatología y con cierta intención de clavar pullas sin discriminación de raza, credo, ideología, sexo o condición social.
Me lo he pasado bien viendo El dictador. Me he reído unas cuantas veces, y admiro de manera especial la poca vergüenza de ese camaleón cachondo que tiene como protagonista, así como el sentido del humor corrosivo y un punto misántropo de su director, Larry Charles, cuyo nombre no os dirá nada a la mayoría pero que para mí se ganó un lugar en el olimpo de la ficción por su labor como guionista para la teleserie Seinfeld.
Aunque el trasfondo de esta sátira es político, no creo que sea éste un filme de denuncia. Leo por ahí que hay quien se remite a un clásico, El gran dictador, pero las semejanzas con la película de Chaplin son más bien, y como dirían en un juicio, circunstanciales.
El dictador es cine popular, no una obra ambiciosa para cinéfilos. Y eso, que conste, no es un defecto. Se trata simplemente de tenerlo claro antes de entrar al cine. En otras palabras, la disfrutarán más los seguidores de Torrente o José Mota que aquellos que esperen un alegato en contra de las injusticias del poder sobre los más débiles. Claro que también hay de eso, incluyendo un discurso hábilmente irónico sobre lo mucho que en el fondo se pueden llegar a parecer las dictaduras bananeras y ciertas democracias occidentales, o una broma macabra a costa del 11-S, impensable todavía para muchos, aunque haga ya más de una década de la madre de todos los atentados.
Ya puestos, aprovecho para recomendar el visionado de Four Lions (Christopher Morris, 2010), película inglesa que pasó como un suspiro por la cartelera la pasada temporada y que hurga todavía más, y sin escatologías de por medio, en el espinoso asunto del fanatismo/integrismo/terrorismo.
Pero a Sacha Baron Cohen, como mínimo, le debo el detalle de hacerme reír en la misma semana en la que hemos conocido la nueva clavada del IVA y en la que hemos visto a una impresentable diputada desear que nos jodamos por ello.
Un notable.



El pacto, de Roger Donaldson

Hace años que tengo la sospecha (y seguro que no soy el único) de que el agente de Nicholas Cage es en realidad su peor enemigo. Este hombre, sobrino del gran Coppola, parecía tener un carrerón por delante tras ganar el Oscar por Leaving Las Vegas (Mike Figgis, 1995), pero lo que ha sucedido después es que sus malas elecciones han provocado que se haya ganado también la etiqueta de mal actor.
Por eso las expectativas que me despertaba El pacto eran mínimas. Mi única esperanza estaba en que su director, Roger Donaldson, hubiera recuperado la inspiración demostrada en No hay salida, uno de los mejores thrillers de los noventa.
Y bueno, después de todo, no está tan mal. Será por lo poco que esperaba o por el aire acondicionado (que ya sabemos que juega a favor en esta época), o puede también que por la admiración que Donaldson parece tenerle al maestro del género, míster Hitchcock.
De hecho, las premisas principales sobre las que se arma la intriga de El pacto remiten a algunas de las señas de identidad y técnicas recurrentes de don Alfredo el rollizo, a saber: el intercambio de favores criminales (como en Extraños en un tren, que adaptaba la novela de Patricia Highsmith), el falso culpable (como la película de idéntico título, o Frenesí, o Con la muerte en los talones) y la odisea de un hombre corriente en medio de una trama criminal (y aquí entran casi todas, pues los protagonistas hitchcockianos no acostumbran a ser el policía o el agente secreto).
Otra cosa es lo que cada cual haga con dichas premisas, y en este caso las buenas intenciones se ven enturbiadas por un exceso de convencionalismos, en especial los que lastran determinadas situaciones de tensión que se resuelven, bien con excesiva facilidad, o bien de la forma más previsible, lo que acaba afectando, en consecuencia, a la verosimilitud de la historia.
Con todo, se trata de una película entretenida, algo más oscura y arriesgada de lo que se ve últimamente en el género, así que por lo menos el aprobado se lo gana.



Elefante blanco, de Pablo Trapero

Con Ricardo Darín me pasa lo contrario que con Nicholas Cage. Casi todas las películas en las que sale me gustan, y de aquellas que no me hacen tanta gracia (como Kamchatka, La educación de las hadas o El baile de la victoria) lo mejor sin duda es su interpretación.
Darín va camino de ser el heredero de Luppi, y eso para mí ya es mucho. Podéis comprobarlo en Nueve reinas, Un cuento chino, El secreto de sus ojos, El aura, El hijo de la novia o Carancho, en la que trabajó también a las órdenes de Pablo Trapero, director de Elefante blanco.
En este caso, a Trapero parece haberle sucedido algo similar a lo que le ha pasado a la española Icíar Bollaín. Quiero decir, le ha podido la tentación de hacer cine-oenegé por encima de potenciar las mejores virtudes demostradas en obras anteriores y aparentemente mucho más personales.
Lo que siempre me ha atraído de las películas de Trapero (Leonera, El bonaerense, Mundo grúa, Familia rodante o la ya mencionada Carancho) es la capacidad para hacer interesante lo más sucio y sórdido sin que lo morboso quede por encima de las emociones. Son historias de corrupción, de decadencia, de fracaso, de chanchulleros, perdedores y supervivientes de andar por casa, de gente corriente e imperfecta, como cualquiera de nosotros. Son películas duras y en general libres de la mayoría de los clichés que terminan fastidiando algunas buenas ideas (sobre todo a base de desenlaces chapuceros).
Los elementos de Elefante blanco son similares, pero suenan a ya vistos, no sólo en el cine, sino más bien en los noticiarios o en programas del tipo Callejeros. El primer y el último tercio funcionan bien, pero el tramo central se me hizo algo tedioso, por repetitivo y consabido.
No sólo le ocurre esto a Trapero (o a Bollaín). Les pasó por igual a Ken Loach y Costa-Gravas, nombres sacrosantos del cine de denuncia social. Me consta que hay espectadores que se conforman con ello, que les vale con que el autor demuestre que quiere cambiar el mundo aunque sea a costa de nuestro tiempo y nuestra paciencia. Siendo honesto, Elefante blanco no llega a tanto. Se deja ver y no provoca la sensación de haber perdido el tiempo, pero este peatón encuentra a faltar un poco más de la crudeza y la amargura de películas anteriores (que, en el caso de ésta, sólo aparecen de manera intermitente). Un aprobado.

domingo, 8 de julio de 2012

El huevo de Franco


Parece ser que las novelas que más gustan hoy en día son aquellas que giran en torno a un suceso o elemento histórico (popular, cuanto menos). Puede ser la Guerra Civil, un cuadro de Leonardo Da Vinci, el Santo Grial, la catedral de no sé dónde, la costilla de Adán, el pelo de Sansón o el brazo incorrupto de Santa Teresa.
El repertorio sería inabarcable.
Por ello, me estoy planteando seriamente la posibilidad de escribir un best seller sobre algo de lo que tuve conocimiento en cierta ocasión y que me dejó totalmente obnubilado: Un descendiente de Franco —un nieto, creo— afirma que el dictador sólo tenía un testículo.
Es decir, que Franco era lo que se conoce como un ciclán, un tullido genital.
Con esta revelación, el liderazgo de Cristóbal Colón como poseedor del huevo más famoso de la historia de España peligra. No sería extraño que el huevo elíptico o el no-huevo de Franco pasara a ocupar de repente un protagonismo inesperado. 
Para empezar, no deja de tener su coña que precisamente un dictador —que suelen caracterizarse por aludir a sus cojones para justificar las atrocidades que perpetran— careciera del elemento anatómico más venerado por los reaccionarios.
Soy bastante reticente con el refranero, pero no cabe duda de que en este caso se cumple aquello de “Dime de qué presumes y te diré de lo que careces”.
Así que ya sabemos que el extinto caudillo, por mucho que lo deseara, nunca pudo hacer nada “con un par”, como suele decirse coloquialmente (bueno, con un par sí, pero de neuronas, no de huevos).
Ahora podemos deducir también que ese grimoso tono de voz que el dictador lucía en sus soflamas rojigualdas y carpetovetónicas era producto sin duda de su cualidad de semi castrado.
Lo que no se sabe es si el susodicho cojón ausente era una carencia de nacimiento, la consecuencia de un accidente o si quizá lo perdió en combate. Sea como fuere, en mi hipotético bombazo editorial el cataplín de marras adquiriría el rango de reliquia sagrada, tesoro momificado o hallazgo arqueológico por el que pugnarían organizaciones e individuos de toda índole pero siempre afines a los más altos (y corruptos) poderes.
Siguiendo con las conjeturas narrativas, podría plantear una lucha encarnizada por la posesión del testículo, atribuyéndole a éste propiedades mágicas o sobrenaturales. Imaginad a Fraga, a Blas Piñar, a Jesús Gil, a Aznar, incluso al mismísimo Hitler, implicados en una trama de crímenes y traiciones en pos de la conquista del huevo que concede la vida eterna, el poder infinito, la aniquilación de la masonería y el comunismo, o que devuelve a la patria rancios (y crípticos) títulos como el de Unidad de destino en lo universal o Reserva espiritual de Occidente.
Os lo podéis tomar a broma si queréis, pero tened en cuenta que hace un par de años se llegó a estrenar una película de terror (insisto, de terror) en la que el No-Do ejercía un papel similar al de las snuff movies en Tesis o al de las cintas de VHS en La señal.
Editores del mundo, espero vuestras ofertas.