miércoles, 20 de junio de 2012

Paseo (express) por la cartelera (12)


El calorcillo no parece casar bien con los estrenos de cine. De hecho, durante el verano se suele dar la curiosa circunstancia de que uno termina reconociendo haber visto películas que jamás hubiera elegido de no ser por la tentación del aire acondicionado de la sala. Y si canícula acostumbra a ser sinónimo de cartelera mediocre, no digamos ya cuando le añadimos el apellido Eurocopa o Mundial.

Es por ello que hace tiempo que no siento el estímulo de compartir aquí mis impresiones sobre las últimas películas que he visto. Desde Grupo 7, el películón de Alberto Rodríguez que tuve el placer de disfrutar durante las vacaciones de Semana Santa (ya ha llovido y me han salido unas cuantas canas más desde entonces), pocos títulos más han merecido la pena como para perdurar en mi memoria filmófila.

Chronicle fue una agradable sorpresa, lo mismo que REC 3 (Paco Plaza ha sabido reinventar, sobre todo a base de autoparodia y humor negro, la fórmula que amenazaba con volverse reiterativa). También me gustaron mucho Los idus de marzo (elegante e inteligente, como casi todas las de Clooney, y con una virtud que valoro especialmente: logra que me interese algo que por lo general detesto, la política) y Redención (una historia agria, dura y cercana, el típico cine británico que admiro).

Otros buenos momentos se los debo a Los diarios del ron (confieso que la expectativa era mínima y me lo acabé pasando más que bien) y a Los vengadores (cuyo único defecto es un metraje excesivo que retrasa demasiado el plato fuerte del menú: unos 45 minutos finales de traca y verbena, para ponerse a aplaudir. Este tipo de cine es necesario; no sólo de Dreyer vive el cinéfilo).

Admiro igualmente el atrevido semi experimento de David Trueba con Madrid, 1987. Lo del espacio único y reducido no es ningún invento del siglo (desde los Náufragos de Hitchcock hasta el ataúd de Buried, pasando por La cabina de Mercero y la de Última llamada, o el ascensor de La trampa del mal); pero tiene mérito jugárselo todo a la baza de un exiguo cuarto de baño, con José Sacristán y María Valverde en pelota picada largando sobre la Transición.

Caso aparte es Extraterreste, la nueva presunta frikigenialidad de Vigalondo, ese señor tan querido y ensalzado entre los de su gremio y con el que no consigo conectar. Por decirlo de algún modo, sería el equivalente cinematográfico del estilo “Nocilla” literario. No es mi rollo.

Me he divertido más con Project X, que no es precisamente una obra maestra, pero al menos sabe sacar buen partido de sus prosaicos ingredientes. Es la versión actualizada de esas películas que algunos vimos en nuestros años mozos —Porky’s, Despedida de soltero, etc.—, con una estética y un gusto por el exceso muy de nuestro tiempo.

Tanto Profesor Lazhar como Martha, Marcy, May, Marlene pertenecen a esa peculiar categoría de obras que conceden mayor premio al hecho de haberlas visto que al hecho de estar viéndolas. Quiero decir, sus tramas son interesantes, están bien narradas e interpretadas, no precisan de golpes de efecto baratos ni trucos marrulleros para captar la atención… sí, es verdad, pero por otra parte, una vez vistas, ya está. No se me quedan arraigadas con la enjundia de otros filmes. Eso sí, son ideales para tirarse el pisto ante pelmazos integristas del arte y ensayo.

Tampoco tengo nada en contra de películas como Intocable. Muy al contrario, me parece estupendo que se hagan, sobre todo porque atraen especialmente a una parte del público que la industria parece desdeñar pero que las salas deben adorar: los ancianos y jubilados. Da la impresión de que sólo las pandillas de jóvenes glotones adictos al maíz inflado son rentables para la taquilla, y algo hay de cierto. Ahora bien, si nos salimos de los días del fin de semana, la realidad nos dice que la media de edad del público experimenta un subidón que ya lo quisiera para sí la bolsa. De lunes a jueves son los más mayores quienes pueblan las plateas, y los imagino hasta el gorro de frikis salidos y fanfarrias tridimensionales.

Dicho esto, Intocable me parece tan sumamente corriente y previsible que es como si ya la hubiera visto siete veces en lugar de solo una, y de milagro. Insisto en que es un cine que no hace daño a nadie; la clase de película que se convierte en la revelación del año, que aguanta meses y meses en la cartelera (como Los chicos del coro o El hijo de la novia), de buen rollo, políticamente correcta, con niños entrañables y abuelos marchosos, o viceversa. Nos pueden gustar más o menos, pero ayudan a mantener viva la afición por ir al cine, y eso ya es mucho en los cibertiempos que corren.

Por último, Sombras tenebrosas es Tim Burton, es decir, marca de fábrica, universo propio, franquicia, ponedle la etiqueta que prefiráis. No es el mejor Burton posible, pero tampoco, por suerte, el de El planeta de los simios o Alicia en el País de las Maravillas. Ojalá algún día le vuelva la inspiración total y consiga otra película a la altura de Ed Wood, Big Fish o Sleepy Hollow.

Distintos tipos de pereza me han mantenido alejado hasta ahora de La pesca del salmón en Yemen (juega en la misma liga que Intocable y, por tanto, hay poca expectativa de sorpresa), Moonrise Kingdom (aunque la peli no pinta mal, Wes Anderson es otro frikilistillo de turno, y desconfío), Un lugar donde quedarse (Sorrentino tiene dos películas excelentes, Il divo y Las consecuencias del amor, pero ésta suena a ida de tarro bestial) y Sueño y silencio (Rosales, más que pereza, me da miedo: intuyo planos fijos eternos, sin diálogos, una película afectada y pretenciosa, tan pomposa como aburrida, ya digo, pánico me da), aunque es posible que no tarde en verlas.

Siempre hay luz al final del túnel. Y por ahí asoman Ridley Scott, el nuevo Spiderman de Marc Webb, la próxima entrega del Batman de Christopher Nolan, Michael Haneke, James Gray, Paul Thomas Anderson, Woody Allen, Tarantino y el incombustible Clint Eastwood.

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