lunes, 11 de junio de 2012

Eurocosas


Tranquilos. No voy a ponerme con la cosa esta de la economía, los fondos y la prima de riesgo. Quien por aquí tenga la costumbre de asomarse ya sabrá que soy uno de esos ciudadanos alienados, adocenados y aborregados por el nuevo opio del pueblo. Sí, estoy desde el viernes pasado pendiente de lo que ocurre por allá en el este de Europa, por la tierra de Lech Walesa, de Roman Polanski y de Grzegorz Lato, por mi admirada Polonia, un país que merece la pena visitar y por el que volveré a pasear virtualmente durante las próximas semanas al ritmo apacible y sereno que marca el señor Del Bosque.

Con el rabillo del ojo voy siguiendo todo lo demás, nos os vayáis a creer. La única diferencia es que no soy de los que gustan de flagelarse en público. A Rajoy, eso sí, le refrescaría la memoria. El asiento de la poltrona que hoy ocupa está aún caliente, como quien dice, por el culo de su predecesor, que empezó a perder el trono precisamente por aferrarse a eufemismos como “desaceleración”, en lugar de llamar a la crisis por su nombre. Ahora Mariano parece empeñado en evitar la palabra “rescate”, por si alguno fuera a darse cuenta de la realidad que hay detrás (y luego llaman opio al fútbol). En fin. Que le sea leve.

He vivido una temporada futbolística intensa y emocionante. El Athletic llegó a dos finales y a ratos jugó de forma brillante, igual que la Selección Española que en estos momentos intenta revalidar título en Polonia. Un buen partido de fútbol es un espectáculo de primera, como una buena obra de teatro o un buen concierto de rock. El estreno de España en esta Eurocopa no ha sido, sin embargo, el recital de orquesta sinfónica de otras veces, aunque creo que la prensa deportiva (tan aguerrida ella) es tan amante de la hipérbole tremendista como los políticos del eufemismo electoralista.

El partido que yo vi ayer fue un duelo igualado. En el primer tiempo, fue mejor Italia. En el segundo, fue mejor España. Algo que entraba dentro de la lógica, por mucho que el equipo de Del Bosque partiera como razonable favorito. Pero tampoco nos pasemos. Si hace tan sólo cuatro años (no hablamos del siglo pasado) nos dicen que vamos a empezar un torneo como el campeonato de Europa empatando con Italia, lo firmamos de antemano. Acostumbrarnos a ganar y a ser los mejores no significa renegar de todo lo que hemos aprendido hasta ahora. Está bien que olvidemos el victimismo de los tiempos del “jugamos como nunca y perdimos como siempre”.En el baúl de los trastos dejamos ya al egipcio Al Gandhur, criando polillas junto al sobaco resbaladizo de Arconada, el codo de Tasotti y el gol fantasma de Michel. ¿Significa eso que todo lo que no sea ganar por goleada es un fracaso? Sobra la respuesta, pero lo cierto es que, viendo y oyendo el pesimismo reinante en las crónicas del partido de ayer, da la impresión de que más de uno está deseando invocar a los viejos fantasmas del cuartofinalismo terminal.

Lo que ocurre, en mi opinión, es más bien otra cosa. Se llama forofismo. Los periodistas de la sección de deportes juegan con la ventaja de que, en su ámbito concreto, la subjetividad no sólo se acepta, sino que incluso se exige. Los cronistas de la Eurocopa son los mismos que los de la de Liga y la Champions. Son merengues, culés, colchoneros y leones. Sevillistas y béticos. Valencianistas y periquitos. Raulistas y Luisistas. La mayoría de ellos siguen observándolo todo a través del filtro de sus colores, y por tanto sus análisis necesitan, como mínimo, una relectura pausada y concienzuda.

Luego están las interferencias ideológicas, nacionalistas, políticas, patrióticas. Los que están más pendientes de las banderas y los himnos que del balón. Peor para ellos. Seguro que disfrutan menos del espectáculo.

Mi única reivindicación tiene nombre propio: Andrés Iniesta. El mejor del mundo. (Ya, ya lo sé, culés; para vosotros el mejor es vuestro niño mimado, el pluscuamperfecto Messi. Cuestión de gustos. De goles, más bien. Pero es que la función de Iniesta en el campo no es marcarlos. Si nos quedamos en eso, tendríamos que afirmar que jugadores como Totò Schillaci, el ogro Hrubesch o Julio Salinas fueron mejores que Laudrup, Zidane o Beckembauer.)
Estoy casi seguro que de España ganará a Irlanda y a Croacia. Así que no nos pasemos. Y, sobre todo, no seamos desmemoriados. El último Mundial (sí, ese en el que la Selección Española se proclamó campeona) se comenzó perdiendo contra Suiza, que no es ni la sombra borrosa de Italia.

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