viernes, 29 de junio de 2012

Cuestión de sensibilidades



Es una perogrullada, pero la afición a los libros (a leerlos y/o escribirlos) no le hace necesariamente a uno más listo, más inteligente, más sensible o más talentoso. Por eso me incomoda a veces el que determinadas personas me recomienden según qué lecturas o películas u obras del tipo que sea amparándose, con toda su buena voluntad, en mi condición de lector/escritor.
La incomodidad surge porque a menudo dichas recomendaciones no sólo me aburren o decepcionan, sino que incluso me irritan. Esto hace que llegue a sentirme culpable (no sé en realidad por qué, pero así ocurre) y que me plantee de vez en cuando si no seré en el fondo un tipo prosaico y elemental, un farsante.
Mis recelos hacia novelas como El curioso incidente del perro a medianoche, La soledad de los números primos, Todo está iluminado o Firmin, cuyos protagonistas pueden llegar a resultarme repelentes o antipáticos, contradice la idea generalizada de lo que se supone es el prototipo del “amante de la lectura”; otras como La sombra del viento, El niño con el pijama de rayas y cualquier díptico, trilogía, tetralogía o saga en la que aparezcan brujas, dragones, caballeros andantes, magos, enanos del bosque, duendes guerreros, criaturas legendarias y bestias parlanchinas, son historias que tal vez me habrían interesado hace años, pero que ahora no despiertan en mí estímulo alguno.
Llevo cerca de una década leyendo y escuchando alabanzas dedicadas al cineasta Wes Anderson, a quien algún crítico ha llegado a comparar con un personaje de J. D. Salinger. Desde mi subjetiva y contaminada perspectiva peatonal (y, por supuesto, prosaica), Anderson representa a esa clase de artista que va de libre y sensible, pero en el fondo es más pretencioso y marisabidillo que Terrence Malick, Stanley Kubrick y José Luis Guerin encerrados en una habitación jugando una partida de Trivial Pursuit.
Se supone que su cine es poético (la palabra más tramposa del mundo en lo que a crítica cinematográfica se refiere), naif, sutilmente ingenioso y también gracioso, pero no en el sentido primitivo del término, sino gracioso de una manera que sólo los elegidos podrán apreciar.
Entiendo que esos elegidos son los que, como él, están encantados de parecer más raritos de lo que en realidad son. Es decir (y no nos engañemos), una cosa es el pobre diablo acreedor de collejas y novatadas, el que de verdad lo pasa mal y sufre el acoso o el injusto menosprecio de sus semejantes sólo por ser “diferente”, más tímido o menos guapo, y otra cosa es el que hace del frikismo virtud y se siente por encima del resto gracias a ello; el alternativo que va de víctima o de maldito pero secretamente se considera el Artista definitivo. Me imagino a Anderson en la escuela, escribiendo poemas crípticos en un rincón del patio mientras los demás jugaban al baloncesto. Y sí, a primera vista, daría la impresión de que es el marginado, el apestado con el que nadie quiere hablar, pero algunos sabemos que ese outsider taciturno es el mismo que años después escribirá en su muro de Facebook o su cuenta de Twitter fatuas sentencias como: “Mientras millones de borregos se hacinan frente al televisor para ver a veintidós tíos en calzones corriendo detrás de una pelota, yo estaré leyendo un libro” (Algo que, por cierto, significa, ni más ni menos, que habrá pasado 90 minutos leyendo. Me consta que hay gente que lee diariamente entre 120 y 180 minutos y, después, se va a ver el partido. ¿Son unos borregos? La duda me corroe…)
Dicho todo lo cual, y aunque parezca mentira, Moonrise Kingdom no está mal. No me cabe duda de que Wes Anderson domina los aspectos técnicos y estéticos del lenguaje cinematográfico. Puede que lo que cuenta no termine de interesarme (la manera de contarlo, más bien), pero me agradan las imágenes que veo en la pantalla, el tratamiento del color y el montaje. Además, tiene alguna idea original y alguna otra divertida. Sí, Moonrise Kingdom se ve sin sufrimiento, es amena, menos irritante que algunas de sus anteriores excentricidades, y sus personajes son milagrosamente más simpáticos de lo acostumbrado (hasta ahora solían parecerse más a aquellos de las novelas a las que me referí al principio). 
Ahora bien, la profusión de estrellas y matrículas de honor que la crítica le está regalando a la película me hace volver sin remedio a esa idea de que hay mucha pose en todo este asunto, muchas ganas de dejar claro que una cosa es el cine para el populacho y otra muy distinta el auténtico séptimo arte.
Entre la espuma caramelizada y la fritanga grasienta hay infinidad de placeres intermedios a los que este peatón no va a renunciar, por mucho que me siga encontrando con ciertos dilemas en el futuro (¿seré un farsante?, ¿un borrego?, ¿un abducido por el sistema, quizá?).
Que aproveche.

5 comentarios:

Frida dijo...

Caray, yo sí que me siento un poquito culpable...

El último peatón dijo...

Je, je... No hay problema. Los del B&L sois todos de fiar.

Palimp dijo...

Me gusta Anderson, sus películas al menos son diferentes y se dejan ver. Pero coincido con lo que dices, una cosa es que estén bien y otra que sean genialidades... Me pasó lo mismo con el libro este de la Nocilla, me gustó, pero no acababa de entender los exagerados elogios que recibió.

letras de arena dijo...

¿Borrego? Qué exagerado eres. La verdad es que yo no entiendo todo lo que me gustaría de cine. Sólo me rijo por lo que me gusta, me dejo llevar por una especie de instinto. Tal vez a ti te dan rabia algunas recomendaciones, a mi me gustan las que tu escribes.

El último peatón dijo...

Palimp: Yo creo que ésta te gustará. Para mí es, de largo, la mejor que ha hecho.

Letras de arena: No exagero nada; palabrita. Date un rulo virtual por Facebook, por ejemplo, y verás la cantidad de lindezas que algunos nos dedican a los pobrecicos que hemos pasado el último mes entretenidos con la Eurocopa. Eso sí, si te gustan mis recomendaciones, jamás nadie podrá llamarte borrega :)