domingo, 20 de mayo de 2012

Correcciones


Resulta que han coincidido en el intervalo de pocos días dos reflexiones sobre un mismo asunto, tan alejadas la una de la otra como para que llamaran mi atención inevitablemente. Hace poco terminaba de leer la novela Las correcciones, de Jonathan Franzen, una obra prestigiosa y avalada por todos aquellos que se suponen expertos en materia literaria. Lo cierto es que me ha encantado. Así como su último libro, Libertad, me gustó mucho aunque me pareció excesivo su unánime elogio, reconozco que me he rendido a esta otra novela del autor estadounidense, anterior en el tiempo (es del 2002) y más inspirada en mi opinión. Diría que es una obra conceptualmente decimonónica y a la vez contemporánea como pocas. Un novelón de esos como los de toda la vida, la historia de una saga familiar desde todos los puntos de vista de sus miembros, cada uno de los cuales vendrá a representar alguna de las preocupaciones o inquietudes propias de nuestra época. Tiene algún alarde formal con aspiración de modernidad, pero no resta en absoluto al conjunto ni, sobre todo, afecta al tono clásico general, que es uno de los aspectos que más valoro. En resumen, un libro que he disfrutado y que me guardo en mi lista de futuribles relecturas.

Hay en esta novela, y es a lo que iba, una interesante reflexión a cargo de un personaje peculiar, la madre de la familia protagonista, una señora anciana del Medio Oeste estadounidense, una persona aferrada a una tradición marcada por el peso de la moral religiosa y los prejuicios que ello acarrea. En un pasaje del libro, la señora conversa con una amiga y sale a colación el tema de la homosexualidad. La amiga sostiene que tal condición no es otra cosa que una desviación, un atentado contra la naturaleza, una aberración y una veleidad de los tiempos modernos. Es decir, como si fuera algo que pudiera elegirse en contra de la voluntad y movido por ciertas tendencias o influencias. Es entonces cuando la protagonista contradice dicho argumento, recordando unas palabras que le dijo en cierta ocasión su hijo menor, y que lograron vencer sus prejuicios: “Con el odio que les tiene la gente y el rechazo que provocan, ¿por qué va nadie a preferir ser gay pudiendo evitarlo?”.

Son unas palabras que me recuerdan a una escena del principio de la película Los intocables de Elliot Ness (Brian de Palma, 1987), justo la que muestra el primer encuentro entre Ness (Kevin Costner) y el que será después su más carismático ayudante (Sean Connery). La brigada de agentes del tesoro, a la que pertenece Elliot Ness, acaba de hacer el ridículo en una redada, confundiendo una partida de sombrillas chinas con un presunto alijo de alcohol. La cagada ha sido portada en la prensa. Ness está apoyado en el pretil de un puente, rumiando su vergüenza, cuando Connery, que por entonces es aún un simple policía de uniforme, le pide que se identifique, a lo que el otro le responde que es agente del tesoro. Connery se muestra conforme con la respuesta, sin más, por lo que Ness (que lleva la ley y el orden grabados en su ADN) le reprocha su extrema confianza y le echa la bronca por fiarse de su palabra sin documentación que la acredite, espetándole algo así como “¿Pero qué clase de policía tenemos en esta ciudad? O sea, que le digo que soy agente del tesoro y usted se lo cree, sin más. Podría ser cualquier cosa, incluso un delincuente. ¿Cómo sabe que soy realmente un agente del tesoro?”. Y entonces Connery le contesta: “¿Y quién iba a decir que lo era, sin serlo?”

Con los ecos de Las correcciones todavía resonando en mi mollera, descubro en el programa Arucitys un corte de la cadena Intereconomía TV en el que aparece un señor llamado Eduardo García Serrano, periodista reaccionario y desagradable como pocos, rodeado de jovencitas aspirantes a no se sabe bien qué (quizá a un micrófono en la cadena amiga de la crispación y enemiga de la tolerancia), las cuales sondean al sujeto para que nos ilustre con sus impagables opiniones sobre lo divino, lo humano y lo perroflauta. El ínclito tertuliano —al que se le adivina encantado en medio de su harén—, afirma que ser gay es una moda, que parece que si uno no lo es no está al día, que mola mucho ser homosexual y el que no lo sea está fuera de onda y pasado de moda. Sólo le faltó aclarar inmediatamente después aquello de “Y que conste que yo tengo muchos amigos gays”, una de nuestras falacias populares favoritas.
No sé si García Serrano ha leído Las correcciones, o, si lo ha hecho, ha reparado en el párrafo que he destacado más arriba (en todo caso, me temo que Franzen le parecería un rojo piojoso ecologista o algo por el estilo). Sobre todo, me gustaría aclararle, por si acaso, que no es él precisamente quien nos representa a los hombres heterosexuales, y que si hay algo pasado de moda no es la atracción por el sexo opuesto, sino la masculinidad cavernícola.

2 comentarios:

C. Martín dijo...

Leí hace unos años Las correcciones gracias a que lo tradujo Ramón (http://librillo.rbuenaventura.com/) Buenaventura (http://rbuenaventura.wordpress.com/) y me produjo curiosidad. Recuerdo que me gustó mucho, aunque ahora no sabría decirte el qué :-) Te aporto por si te interesa ahora que ya lo has leído el Diario de una traducción (la primera http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/enero_03/28012003.htm ) que fue escribiendo RB a lo largo de varios meses y que me pareció interesante también (son cuarenta y cinco entregas, aquí la última http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/marzo_04/09032004.htm )
Está un poco lioso, pero con el primer enlace y el último seguro que puedes irte moviendo de atrás a hacia adelante y conseguirlo todo. Espero que lo disfrutes.

Perdona mi torpeza para poner los enlaces, pero lo del html no lo domino, ni siquiera lo atisbo.

Adéu-siau.

El último peatón dijo...

Zenkiu verimach!! A ver si me aclaro yo, que estoy como tú en esto de la tecnología internauta...