miércoles, 11 de abril de 2012

Teoría del suplente


Solemos asumir que el enamoramiento implica exclusividad sentimental, cuando quizá deberíamos matizarlo, y no hablar de exclusividad, sino más bien de “preferencia”.
Se entiende que el compromiso de pareja va acompañado de una promesa de fidelidad sexual, pero esto no quiere decir que los destinatarios de nuestros sentimientos de cariño tengan que reducirse exclusivamente al cónyuge (y tampoco hablo de los afectos familiares o fraternales, de tener amigos y seres queridos con quienes no nos acostamos).
Hoy quiero ir un poco más allá, porque he pensado en las veces en que me he sentido el suplente o la segunda opción (o la tercera o la undécima, ya me entendéis), algo que sin duda muchas otras personas habrán experimentado igual que yo.
Lo primero que pienso es si acaso todo el mundo tiene siempre un candidato reserva, lo mismo que si contratamos un seguro de vida o nos hacemos unas gafas de repuesto; o sea, un sustituto, un remedio por si acaso el idilio se trunca o nuestra pareja se cansa de nosotros o nosotros de ella y queremos probar otras pieles y respirar nuevos aires.
Tener un suplente puede hacernos sentir culpables porque, aun sin quererlo o sin voluntad de ello, la mayoría hemos mamado una cultura de la pareja heredera de la tradición cristiana y conservadora, donde la monogamia es más una cuestión de apariencias que de verdadero respeto a una promesa. Seguro que el mero hecho de saber con nombre y apellidos quién sería la segunda en nuestra lista provocaría los celos inmediatos de nuestra pareja actual y accionaría el mecanismo de sus dudas. ¿Con razón? Seguramente no. ¿Hacernos un seguro significa que deseemos el accidente? ¿Nombrar un heredero significa que queramos morirnos?
Otra cosa es ponerse uno mismo en el lado opuesto, en el papel del suplente. Aquí el tema se complica, y distinguiría entre dos variantes.
Por un lado, está el saber que somos el hipotético aspirante cuando quien nos ha nombrado como tal es una persona felizmente emparejada. Puede sonar extraño, pero en este caso la condición de suplente acostumbra a tomarse como elogio. Saberse la fantasía o la esperanza futura de alguien sin que ello conlleve compromiso ni responsabilidad añadida funciona como vitamina para el ego. Cuando representamos este rol no nos paramos a pensar en que somos tan sólo el subcampeón o el finalista. Muy al contrario, tendemos a interpretar nuestra posición como la posible causante de los celos de ese presunto rival, el novio o marido oficial, el aspirante a cornudo. Y esto, aunque es insano y tal vez pueril, nos da gustillo.
Por otra parte, y por paradójico que suene, lo peor es cuando efectivamente somos elegidos y sabemos que no éramos la primera opción. Aun ganando la partida nos sentimos una sobra, un parche, no creemos en la solidez de la elección. Concede mayor halago y seguridad en uno mismo el saberse protagonista de los sueños imposibles que el reconocerse como pieza de recambio o producto de una resignada derrota.
Siempre queremos que nos elijan por encima y no por ausencia de otros. Queremos ser la primera opción, la mejor, la única, y no la más accesible o la más sencilla.
Especular o incluso fantasear con posibles sustitutos no tiene por qué implicar inseguridad respecto a los sentimientos presentes. Tampoco la voluntad de establecer nuevos contactos debe interpretarse como un pretexto para justificar tentativas de infidelidad, si bien la experiencia nos dice que la consolidación de la pareja a menudo avanza de forma inversamente proporcional al mantenimiento de las viejas amistades.
Seguro que todos llegamos a pensar en alguna ocasión: “Si ahora fuera soltero ligaría con esta persona”; o incluso: “Si la hubiera conocido antes, a lo mejor sería ella mi pareja actual”.
Está claro que la experiencia personal condiciona la percepción sobre el particular, y mi visión, como la de cualquiera, estará intoxicada, pero es posible que, en el fondo, ocurra simplemente que el miedo a ser abandonados cotiza por encima del placer de ser elegidos.
Si acostumbráramos a hablar de estas cosas más libremente a lo mejor las relaciones convencionales no serían tan rígidas, seríamos todos más permeables a los afectos externos al entorno conyugal, y además nos tomaríamos el desengaño con un espíritu menos trágico.
Porque la posibilidad de que el amor se desintegre o se escape no es ajena a ningún tipo de relación, formal o informal, excéntrica o tradicional. Les puede ocurrir por igual a románticos entregados o a celosos compulsivos. Nos pasa a todos.
La naturaleza veleidosa del enamoramiento es una ecuación demasiado compleja para nuestro deseo puramente racional de encontrarle explicación a todo lo que acontece mientras vivimos. Aun así, siempre nos gusta saber por qué nos eligen, o más bien por qué se elige a otro antes que a uno mismo.
En cualquier caso, sea por morbo, necesidad, narcisismo o romanticismo, no viene mal eso de pensar de vez en cuando que alguien por ahí nos tiene en su lista y que fantasea con nosotros… pero que nunca nos elija, claro, porque entonces la ensoñación se tornaría ortopedia, y dejaríamos de ser una quimera para convertirnos en una prótesis.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Gran análisis y verdadero como la vida misma. Me identifico completamente. Felicidades !!!

El último peatón dijo...

¡Gracias!

Anónimo dijo...

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