sábado, 28 de abril de 2012

Retropaseo


Antes había melómanos, cinéfilos, bibliófilos, hinchas, gourmets, fashion victims, feligreses, mitómanos, fetichistas, groupies, militantes y fans, a secas, pero desde que descubrimos la palabra friki, decidimos convertirla en nuestro comodín preferido, y ahora nadie se escapa de serlo, ya no hay aficionados ni devotos ni apasionados ni maniáticos; hoy todos somos frikis de algo, no os escapáis ninguno. (La crisis económica, por lo que se ve, también afecta al lenguaje; cada vez somos más rácanos.)
A éste que suscribe lo han acusado de presunto frikismo por muy diversas razones —desde no tener coche hasta ser del Athletic; desde no subir en la montaña rusa hasta conservar mi colección de cintas de casete—, la mayoría de dudosa justificación. La última vez, simplemente se me ocurrió decir que añoraba los videoclubes. Echo de menos la liturgia de revisar las fundas vacías en los estantes, de escrutar las carátulas, el olor a plástico, la expectación ante los estrenos (antes era así, cuando Internet aún no había impuesto su ley bucanera, uno debía esperar casi un año a que el último gran estreno se editara en VHS y pudiera alquilarse). Por supuesto que siguen existiendo los videoclubes, pero ya son otra cosa, cajeros automáticos, aplicaciones informáticas, sistemas de taquilla en televisiones de pago… nada que ver.
Para los filmófilos como un servidor se hace difícil la adaptación a este nuevo concepto o rol del espectador cinematográfico. Al margen de la nostalgia videoclubera, si algo echo realmente de menos en la cultura de ir a las salas, algo que vamos perdiendo sin apenas darnos cuenta. Muchos cines están a reventar los fines de semana, sí, aunque a menudo tengo la sensación de que quienes a ellos acuden lo hacen movidos por reclamos y sentimientos muy diferentes a los de antaño.
La semana pasada, mientras paseaba por mi antiguo barrio madrileño, rememoré la oferta de salas de cine que en mis años mozos tenía a mi disposición, a tiro de piedra, todas ellas enclavadas en un recorrido de alrededor de un kilómetro (la distancia entre la Plaza de Castilla y la glorieta de Cuatro Caminos). Estaban el Versalles, el Tetuán, el Savoy, el Lido, el Carolina, el Europa, el Montija —que luego fue el Condado—, el Cristal, el Metropolitano y el Cinestudio Griffith (no menciono el Novedades, el Windsor y el Gayarre por estar fuera de la ruta mencionada, si bien eran opciones tan frecuentadas como las demás, en el mismo barrio). Es decir, más o menos un cine cada cien metros, y es probable que mi memoria se haya dejado alguno por el camino.
De todos ellos, sólo quedan dos: el Lido (milagroso superviviente, ahora en forma de multisalas) y el antiguo Cinestudio Griffith, reconvertido en el Renoir Cuatro Caminos, cuatro salas.
Tiburón, Terremoto, Poltergeist, Dos hombres y un destino, Gremlins, El coloso en llamas, Grease, En busca del arca perdida, El baile de los vampiros, E.T. el extraterrestre, El retorno del jedi, El jovencito Frankenstein, Ben-Hur… Una de estreno y otras en programas dobles y hasta triples, en sesión continua. (Una manera de entender la experiencia cinematográfica que la iniciativa Phenomena, puesta en marcha por el cine Urgel de Barcelona, está intentando recuperar.)
He visto centenares de películas en todos esos cines, pero nunca he ido disfrazado de Darth Vader, ni de Tony Manero. Lo digo por lo del frikismo…

miércoles, 18 de abril de 2012

Disculpas reales


Con idéntica expresividad a la que muestra en las monedas de un euro, el rey Juan Carlos aparecía hoy en televisión pidiendo disculpas. Sus palabras, más o menos literalmente, han sido: “Lo siento, me equivoqué y no volverá a pasar”.
Viendo y oyendo esto, no he pensado ni en la república ni en la monarquía ni en los elefantes ni en los accidentes de caza ni en los tiros en el pie ni en Marichalar ni en Urdangarín ni en la reina ecologista ni en los osos borrachos.

Lo que me ha venido a la mente es otro vídeo-disculpa prácticamente calcado, el que grabó el futbolista Pepe días después de pisarle la mano a Messi durante un partido de la máxima rivalidad. A Pepe parece que lo esté apuntando un pelotón de fusilamiento en vez una cámara, y su rostro, hierático y tenso, se parece mucho al que lucía el rey esta mañana. Sus palabras, lo mismo: una parrafada automática y desabrida, retórica sin alma, como alguien que lee un texto en un idioma que no entiende o que recita de pura memoria.



¿Son reales ambas disculpas? Por supuesto. Qué os pensáis. Una es real porque es del rey, y la otra, porque es del Real Madrid.


P.D. Ya puestos, propongo que este año el discurso de Navidad lo dé Mourinho. Diversión asegurada (lo siento, amigos culés, pero imaginar un discurso de Navidad de Guardiola me produce más sopor que pensar en la misa del gallo).

miércoles, 11 de abril de 2012

Teoría del suplente


Solemos asumir que el enamoramiento implica exclusividad sentimental, cuando quizá deberíamos matizarlo, y no hablar de exclusividad, sino más bien de “preferencia”.
Se entiende que el compromiso de pareja va acompañado de una promesa de fidelidad sexual, pero esto no quiere decir que los destinatarios de nuestros sentimientos de cariño tengan que reducirse exclusivamente al cónyuge (y tampoco hablo de los afectos familiares o fraternales, de tener amigos y seres queridos con quienes no nos acostamos).
Hoy quiero ir un poco más allá, porque he pensado en las veces en que me he sentido el suplente o la segunda opción (o la tercera o la undécima, ya me entendéis), algo que sin duda muchas otras personas habrán experimentado igual que yo.
Lo primero que pienso es si acaso todo el mundo tiene siempre un candidato reserva, lo mismo que si contratamos un seguro de vida o nos hacemos unas gafas de repuesto; o sea, un sustituto, un remedio por si acaso el idilio se trunca o nuestra pareja se cansa de nosotros o nosotros de ella y queremos probar otras pieles y respirar nuevos aires.
Tener un suplente puede hacernos sentir culpables porque, aun sin quererlo o sin voluntad de ello, la mayoría hemos mamado una cultura de la pareja heredera de la tradición cristiana y conservadora, donde la monogamia es más una cuestión de apariencias que de verdadero respeto a una promesa. Seguro que el mero hecho de saber con nombre y apellidos quién sería la segunda en nuestra lista provocaría los celos inmediatos de nuestra pareja actual y accionaría el mecanismo de sus dudas. ¿Con razón? Seguramente no. ¿Hacernos un seguro significa que deseemos el accidente? ¿Nombrar un heredero significa que queramos morirnos?
Otra cosa es ponerse uno mismo en el lado opuesto, en el papel del suplente. Aquí el tema se complica, y distinguiría entre dos variantes.
Por un lado, está el saber que somos el hipotético aspirante cuando quien nos ha nombrado como tal es una persona felizmente emparejada. Puede sonar extraño, pero en este caso la condición de suplente acostumbra a tomarse como elogio. Saberse la fantasía o la esperanza futura de alguien sin que ello conlleve compromiso ni responsabilidad añadida funciona como vitamina para el ego. Cuando representamos este rol no nos paramos a pensar en que somos tan sólo el subcampeón o el finalista. Muy al contrario, tendemos a interpretar nuestra posición como la posible causante de los celos de ese presunto rival, el novio o marido oficial, el aspirante a cornudo. Y esto, aunque es insano y tal vez pueril, nos da gustillo.
Por otra parte, y por paradójico que suene, lo peor es cuando efectivamente somos elegidos y sabemos que no éramos la primera opción. Aun ganando la partida nos sentimos una sobra, un parche, no creemos en la solidez de la elección. Concede mayor halago y seguridad en uno mismo el saberse protagonista de los sueños imposibles que el reconocerse como pieza de recambio o producto de una resignada derrota.
Siempre queremos que nos elijan por encima y no por ausencia de otros. Queremos ser la primera opción, la mejor, la única, y no la más accesible o la más sencilla.
Especular o incluso fantasear con posibles sustitutos no tiene por qué implicar inseguridad respecto a los sentimientos presentes. Tampoco la voluntad de establecer nuevos contactos debe interpretarse como un pretexto para justificar tentativas de infidelidad, si bien la experiencia nos dice que la consolidación de la pareja a menudo avanza de forma inversamente proporcional al mantenimiento de las viejas amistades.
Seguro que todos llegamos a pensar en alguna ocasión: “Si ahora fuera soltero ligaría con esta persona”; o incluso: “Si la hubiera conocido antes, a lo mejor sería ella mi pareja actual”.
Está claro que la experiencia personal condiciona la percepción sobre el particular, y mi visión, como la de cualquiera, estará intoxicada, pero es posible que, en el fondo, ocurra simplemente que el miedo a ser abandonados cotiza por encima del placer de ser elegidos.
Si acostumbráramos a hablar de estas cosas más libremente a lo mejor las relaciones convencionales no serían tan rígidas, seríamos todos más permeables a los afectos externos al entorno conyugal, y además nos tomaríamos el desengaño con un espíritu menos trágico.
Porque la posibilidad de que el amor se desintegre o se escape no es ajena a ningún tipo de relación, formal o informal, excéntrica o tradicional. Les puede ocurrir por igual a románticos entregados o a celosos compulsivos. Nos pasa a todos.
La naturaleza veleidosa del enamoramiento es una ecuación demasiado compleja para nuestro deseo puramente racional de encontrarle explicación a todo lo que acontece mientras vivimos. Aun así, siempre nos gusta saber por qué nos eligen, o más bien por qué se elige a otro antes que a uno mismo.
En cualquier caso, sea por morbo, necesidad, narcisismo o romanticismo, no viene mal eso de pensar de vez en cuando que alguien por ahí nos tiene en su lista y que fantasea con nosotros… pero que nunca nos elija, claro, porque entonces la ensoñación se tornaría ortopedia, y dejaríamos de ser una quimera para convertirnos en una prótesis.