sábado, 24 de marzo de 2012

Autores y propietarios


Ahora que la herencia de la ex ministra Sinde empieza a materializarse y a cobrarse sus presas, me ha venido a la cabeza la novela La noche del tamarindo, de Antonio Gómez Rufo, en cuya presentación tuve el placer de intervenir hace unos años.
En términos genéricos, se puede decir que es una novela de aventuras, una especie de thriller con ecos de ciencia ficción o eso que se conoce como distopía, y que recuerda también a las películas de ladrones de guante blanco, el tipo de historias que se desarrollan progresiva y paralelamente en diversos escenarios a lo largo y ancho del mapamundi, alternando espacios urbanitas con retiros paradisíacos.
Dejando a un lado el aspecto formal y estético del libro, su significado podría resumirse en la afirmación concisa y estremecedora de que se trata de una novela sobre la soledad y la muerte (si es que acaso, o como mínimo bastante a menudo, ambas no son la misma cosa. ¿No es la soledad el trailer o el avance informativo de lo que nos espera al otro lado del umbral?).
En las primeras páginas de la novela aparece fugazmente el pintor griego Vassilis, el cual, pese a constituir una presencia meramente episódica y narrada por evocación de otro personaje, pronunciará unas palabras que, a medida que se avanza en la lectura del libro, van cobrando una mayor importancia.
El artista defiende tajantemente que la obra de arte pertenece por completo a su autor, a quien la parió y la materializó, independientemente de que después dicha obra pase por diversas manos, ya sea a través de coleccionistas, mecenas, marchantes, casas de subastas, museos o particulares.
Esta declaración, a su vez, entronca con una de las intervenciones de Woody Allen en el documental Cineastas contra magnates, de Carles Benpar. En dicha ocasión, el director neoyorquino se planteaba hasta qué punto una película termina perteneciendo a su auténtico autor, pues en términos legales, al menos según las normas estadounidenses, las obras cinematográficas son propiedad de los productores, es decir, de quienes las financian y no de quienes las crean. Para ilustrar su reflexión, Allen aportaba un ejemplo meridiano: si él comprara un cuadro de Picasso, por supuesto que figuraría como el legítimo propietario de la obra, pero igualmente creía que nunca esa potestad le concedería el derecho a traspasar unos límites que serían territorio exclusivo del pintor. De este modo, sostenía que, por muchos millones que él hubiera pagado por ese cuadro, nunca tendría derecho a añadir o corregir un solo trazo o matiz de color, ni siquiera a cambiarle el título y mucho menos a modificar su forma o tamaño sobre el objeto original.
El protagonista de La noche del tamarindo persigue el deseo ancestral de la vida eterna, y, más concretamente, el de la eterna juventud. Teniendo en cuenta este detalle, y recogiendo el testigo de Woody Allen, podríamos decir que cada ser humano es el propietario de su vida, pero no exactamente su autor (entiéndase por vida “existencia”, y no “biografía”). El religioso considerará que los derechos de autor le pertenecen a su dios, mientras que los ateos y agnósticos se los atribuiremos a fenómenos de la naturaleza o a determinados accidentes biológicos o evolutivos. Visto así, la cirugía estética en el ser humano vendría a ser el equivalente a la manipulación del cuadro que comentaba Woody Allen, y de este modo siempre será la Naturaleza o quienquiera que maneje nuestro destino el único ente o ser capacitado para decidir cuándo empieza o acaba la juventud, la madurez, la vejez y la vida misma.
Con semejante materia prima se nos vienen a la mente infinidad de mitos y clásicos literarios, desde Dorian Gray hasta Fausto, desde Frankenstein hasta el Holandés Errante. No obstante, y puesto que mi memoria recupera con mayor facilidad lo cinematográfico que lo escrito, también me acordé de una cita que aparece en la película El buen pastor, y que alude a un cuento clásico (de Virgilio o de Ovidio, ahora no estoy seguro) en el que un hombre suplica a Dios que le conceda el privilegio de la vida eterna y, una vez cumplido el deseo, se da cuenta de que olvidó especificar que dicha eternidad fuera concedida en años de juventud. Imaginad el castigo de una vejez imparablemente progresiva y de duración infinita…
El dilema del protagonista no es tan radical, pero se acerca bastante. Un hombre ambicioso y herido profundamente por una desgracia personal que busca en el milagro de la eterna juventud la expiación de sus culpas y fracasos, y la medicina contra el cáncer de la soledad.
Aquí se pone de manifiesto otro más de los flagrantes equívocos propios de nuestro tiempo: el hecho de que la esperanza de vida sea cada vez mayor nos ha impuesto la errónea idea de que nuestra juventud dura más, cuando lo que realmente se ha alargado es la etapa de la vejez. Si ahora la gente se muere a los 80 años en vez a los 60, es evidente que esos veinte años de propina son de ancianidad, y no de juventud.
Pero supongo que nuestro anhelo de vivir eternamente es más poderoso, y esto, sumado a ciertos intereses económicos fáciles de intuir, provoca una exaltación de la condición juvenil más allá de su verdadera definición cronológica. Ahora se considera joven a una persona de 40 años por el simple hecho de que fallecerá presuntamente más tarde de lo que lo hicieron sus abuelos o bisabuelos. ¿Es así? ¿Somos jóvenes porque nos queda todavía un tiempo considerable por delante? ¿No es joven, en realidad, el que aún ha vivido poco, independientemente de lo que vaya a vivir a continuación? Y lo principal: ¿importa de verdad si uno es joven, mayor, maduro, anciano, provecto o carcamal? Importa a los bancos, a las empresas de selección de personal, a los grandes almacenes, a los publicitarios, a las agencias de viajes… a lo mejor son ellos los verdaderos propietarios de nuestras vidas.

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