sábado, 3 de marzo de 2012

Asombrosa realidad


Casi siempre, lo mejor de las películas de superhéroes está en su primera parte, en el descubrimiento y el desarrollo de los poderes, en la fase en que el personaje central hace frente al contraste entre su realidad cotidiana (que suele coincidir con la nuestra) y las posibilidades que le ofrece su don recién adquirido. Bien mirado, es lógico. Si alguna vez cualquiera de nosotros ha soñado con gozar de determinados superpoderes, seguramente no ha sido para trasladarnos a hipotéticos universos fabulosos, sino más bien para emplearlos en soluciones quizá más prosaicas, pero sin duda mucho más prácticas: acertar los números de la Primitiva, colarnos en el vestuario de las chicas sin ser descubiertos, leer los pensamientos de la persona amada o de nuestro peor enemigo, ponernos hasta arriba de chocolate o de güisqui y no enfermar nunca…
Sucede lo mismo con algunas películas de terror, como Poltergeist o Monstruoso, en las que lo más logrado e interesante transcurre en escenarios y contextos realistas, domésticos, reconocibles, antes de que los fantasmas y los monstruos hagan su aparición literal.
Y si la sugerencia es más efectiva a veces que la evidencia, apliquemos también el cuento a la parte promocional. Por ello, aunque este texto se debe al entusiasmo que me ha provocado la visión de Chronicle, poco os contaré de la película.
Es más, a quien desee imitarme, le sugiero que se olvide de trailers y reseñas; que vaya a verla, a sorprenderse, a disfrutarla.
Pero, por si acaso, aclararé algunos aspectos, para que nadie se lleve a engaño. En Chronicle no hay superhéroes al uso, ni mucho menos villanos megalómanos ansiosos por dominar el mundo. La excelente película de Josh Trank es una propuesta deslumbrante desde su aparente sencillez. En eso, se parece más a Déjame entrar que a, por ejemplo, X-Men. Aunque, insisto, nada de vampiros, ni monstruos, ni brujas, ni marcianos, ni duendes, ni criaturas del lado oscuro. Un trío de estudiantes con las preocupaciones propias de la edad, con sus vicisitudes sentimentales y familiares, con sus móviles y videoblogs; un retrato de la adolescencia contemporánea que podría haberse contado en forma de cine social a lo Peter Mullan (NEDS) o Ken Loach (Sweet Sixteen), y que encierra su mejor baza en la apuesta por la ciencia ficción sin alharacas tecnológicas, aunque con un sentido del espectáculo innegable e introducido en elegante crescendo y no a espuertas, como gustan de hacer otros.
Los efectos especiales no pueden ser más eficaces, por limpios y transparentes, siempre al servicio de la historia y nunca para eclipsar a los personajes.
Entre el David Cronenberg de Scanners, el M. Night Shyamalan de El protegido y el Matt Reeves de Monstruoso, y con, quizá, una pizca de esas otras joyas minimalistas del género como Gattaca, de Andrew Niccol, o Nunca me abandones, de Mark Romanek.
Como curiosidad, apuntar que el guionista, Max Landis, es hijo del legendario John Landis, autor de la maravillosamente gamberra Un hombre lobo americano en Londres y del videoclip más famoso de la historia, Thriller, de Michael Jackson. Los genes a veces juegan a ser lógicos.
Una pequeña gran obra que parece haber nacido con la etiqueta “de culto” debajo del brazo. Todo un sorpresón.

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