sábado, 31 de marzo de 2012

Cruis Crais Crus


En las últimas semanas, distintas personas me han hablado de un kick off, una lipdub y un look & field.
En realidad, se referían a una inauguración, una coreografía y un diseño gráfico. Aclaro, aunque creo que se supone, que no hablábamos en inglés. Qué más quisiera yo —con mi nivel de conversación en la lengua de Míster Bean, que no pasa del tramo “supervivencia básica del turista”— que departir fluidamente en otro idioma que no sea éste que leéis.
Hace tiempo que el término Spanglish resulta confuso y poco conciso, ya que ha sobrepasado la categoría de argot o dialecto para postularse como aspirante al trono lingüístico que el fracasado esperanto dejó vacante.
Nuestros mayores no perdían el tiempo con estas zarandajas verborreicas. Ellos decían Jon Vaine y Tirone Pover, y tan tranquilos. Una generación después, y como para quitarnos complejos y sacar pecho y vengar a la armada invencible de la afrenta de la pérfida Albión, nos desentumecimos la lengua y comenzamos a degustar el anglicismo. Primero, con la noble humildad del curioso que ansía aprender, pero poco después, envalentonados e imparables ya, nos lo metimos en vena y creímos que con ello se podía presumir de moderno.
Aparecieron así especímenes como el locutor Fernandisco, empeñado en agotar el catálogo de retruécanos fonéticos y famoso sobre todo por ser el único humano parlante capaz de articular 47 vocales diferentes al pronunciar el nombre de la cantante Mariah Carey.
Y me consta que muchos, igual que un servidor, se han planteado alguna vez por qué un padre que se llama Kirk Duglas tiene un hijo que se llama Michael Daglas.
Una buena forma de comprobar esta evolución respecto a nuestra familiaridad con el inglés es fijarnos en cómo hemos cambiado la manera de pronunciar el apellido del actor Tom Cruise.
Cuando el muchacho empezaba, allá por la época de Top Gun y Risky Business, decíamos Tom Cruis, ateniéndonos a la regla oficiosa de que el inglés, en el fondo, es como el español quitándole la última vocal a las palabras. Si teléfono se dice télefon, restaurante se dice réstaurant y accidente se dice áccident, es obvio que Cruise ha de ser Cruis.
Pero por donde pasaban los modelnos 80 no crecía la hierba del provincianismo ibérico y carpetovetónico. Renovarse o morir. Y así (Fernandisco, la madre que te parió), no bastaba con ser españoles que hablaban inglés. Había que parecer británicos puros, pronunciar con el eterno chicle en la boca, dejar de rascar las erres y lograr que cada vocablo, más que a extranjero, sonara a críptico. Es la única razón entendible (que no justificable) para que, de la noche a la mañana, el actor que ahora salía en Rain Man, Algunos hombres buenos y La tapadera, pasara a llamarse Tom Crais. Creíamos que sonaba más british, pero la verdad es que era tan ridículo como cuando, unos pocos años atrás, a cierta gente le dio por decir Buyer King en vez de Burguer King.
La realidad del siglo veintiuno es que los más jóvenes sí aprenden inglés. Como mínimo, más y mejor que nosotros y los que nos precedieron. Para ellos es más habitual, es el idioma de la tecnología y de Internet, el de los masters y la comunicación empresarial, el de la publicidad y las redes sociales.
Tal vez por ello se acabaron ya los intentos de conquistarlo o reinventarlo, y hoy por hoy nos limitamos a respetarlo, tal cual, en la medida de nuestras posibilidades fonéticas.
En consecuencia, Tom Cruise es ya Tom Crus (lo más parecido, supongo, a su pronunciación exacta), del mismo modo que también decimos Naiki (que, aparte de correcto, suena más guay) en vez de Naik, como hemos llamado a nuestras zapatillas deportivas toda la vida (bueno, yo más bien usaba La Tórtola, pero ya me entendéis).
Asimismo, y aunque la costumbre, desgraciadamente, no se ha extinguido, ya no somos tan dados a perpetrar horrendas traducciones de los títulos de las películas. Lo que hacemos ahora es directamente no traducirlos. Entre una cosa y la otra, me quedo con la segunda opción, por supuesto. Eso sí, sufro lo indecible cada vez que contemplo la odisea de algún que otro abuelo pasando por taquilla y pidiendo una entrada para Margin call, Young adult o Moneyball.

sábado, 24 de marzo de 2012

Autores y propietarios


Ahora que la herencia de la ex ministra Sinde empieza a materializarse y a cobrarse sus presas, me ha venido a la cabeza la novela La noche del tamarindo, de Antonio Gómez Rufo, en cuya presentación tuve el placer de intervenir hace unos años.
En términos genéricos, se puede decir que es una novela de aventuras, una especie de thriller con ecos de ciencia ficción o eso que se conoce como distopía, y que recuerda también a las películas de ladrones de guante blanco, el tipo de historias que se desarrollan progresiva y paralelamente en diversos escenarios a lo largo y ancho del mapamundi, alternando espacios urbanitas con retiros paradisíacos.
Dejando a un lado el aspecto formal y estético del libro, su significado podría resumirse en la afirmación concisa y estremecedora de que se trata de una novela sobre la soledad y la muerte (si es que acaso, o como mínimo bastante a menudo, ambas no son la misma cosa. ¿No es la soledad el trailer o el avance informativo de lo que nos espera al otro lado del umbral?).
En las primeras páginas de la novela aparece fugazmente el pintor griego Vassilis, el cual, pese a constituir una presencia meramente episódica y narrada por evocación de otro personaje, pronunciará unas palabras que, a medida que se avanza en la lectura del libro, van cobrando una mayor importancia.
El artista defiende tajantemente que la obra de arte pertenece por completo a su autor, a quien la parió y la materializó, independientemente de que después dicha obra pase por diversas manos, ya sea a través de coleccionistas, mecenas, marchantes, casas de subastas, museos o particulares.
Esta declaración, a su vez, entronca con una de las intervenciones de Woody Allen en el documental Cineastas contra magnates, de Carles Benpar. En dicha ocasión, el director neoyorquino se planteaba hasta qué punto una película termina perteneciendo a su auténtico autor, pues en términos legales, al menos según las normas estadounidenses, las obras cinematográficas son propiedad de los productores, es decir, de quienes las financian y no de quienes las crean. Para ilustrar su reflexión, Allen aportaba un ejemplo meridiano: si él comprara un cuadro de Picasso, por supuesto que figuraría como el legítimo propietario de la obra, pero igualmente creía que nunca esa potestad le concedería el derecho a traspasar unos límites que serían territorio exclusivo del pintor. De este modo, sostenía que, por muchos millones que él hubiera pagado por ese cuadro, nunca tendría derecho a añadir o corregir un solo trazo o matiz de color, ni siquiera a cambiarle el título y mucho menos a modificar su forma o tamaño sobre el objeto original.
El protagonista de La noche del tamarindo persigue el deseo ancestral de la vida eterna, y, más concretamente, el de la eterna juventud. Teniendo en cuenta este detalle, y recogiendo el testigo de Woody Allen, podríamos decir que cada ser humano es el propietario de su vida, pero no exactamente su autor (entiéndase por vida “existencia”, y no “biografía”). El religioso considerará que los derechos de autor le pertenecen a su dios, mientras que los ateos y agnósticos se los atribuiremos a fenómenos de la naturaleza o a determinados accidentes biológicos o evolutivos. Visto así, la cirugía estética en el ser humano vendría a ser el equivalente a la manipulación del cuadro que comentaba Woody Allen, y de este modo siempre será la Naturaleza o quienquiera que maneje nuestro destino el único ente o ser capacitado para decidir cuándo empieza o acaba la juventud, la madurez, la vejez y la vida misma.
Con semejante materia prima se nos vienen a la mente infinidad de mitos y clásicos literarios, desde Dorian Gray hasta Fausto, desde Frankenstein hasta el Holandés Errante. No obstante, y puesto que mi memoria recupera con mayor facilidad lo cinematográfico que lo escrito, también me acordé de una cita que aparece en la película El buen pastor, y que alude a un cuento clásico (de Virgilio o de Ovidio, ahora no estoy seguro) en el que un hombre suplica a Dios que le conceda el privilegio de la vida eterna y, una vez cumplido el deseo, se da cuenta de que olvidó especificar que dicha eternidad fuera concedida en años de juventud. Imaginad el castigo de una vejez imparablemente progresiva y de duración infinita…
El dilema del protagonista no es tan radical, pero se acerca bastante. Un hombre ambicioso y herido profundamente por una desgracia personal que busca en el milagro de la eterna juventud la expiación de sus culpas y fracasos, y la medicina contra el cáncer de la soledad.
Aquí se pone de manifiesto otro más de los flagrantes equívocos propios de nuestro tiempo: el hecho de que la esperanza de vida sea cada vez mayor nos ha impuesto la errónea idea de que nuestra juventud dura más, cuando lo que realmente se ha alargado es la etapa de la vejez. Si ahora la gente se muere a los 80 años en vez a los 60, es evidente que esos veinte años de propina son de ancianidad, y no de juventud.
Pero supongo que nuestro anhelo de vivir eternamente es más poderoso, y esto, sumado a ciertos intereses económicos fáciles de intuir, provoca una exaltación de la condición juvenil más allá de su verdadera definición cronológica. Ahora se considera joven a una persona de 40 años por el simple hecho de que fallecerá presuntamente más tarde de lo que lo hicieron sus abuelos o bisabuelos. ¿Es así? ¿Somos jóvenes porque nos queda todavía un tiempo considerable por delante? ¿No es joven, en realidad, el que aún ha vivido poco, independientemente de lo que vaya a vivir a continuación? Y lo principal: ¿importa de verdad si uno es joven, mayor, maduro, anciano, provecto o carcamal? Importa a los bancos, a las empresas de selección de personal, a los grandes almacenes, a los publicitarios, a las agencias de viajes… a lo mejor son ellos los verdaderos propietarios de nuestras vidas.

lunes, 12 de marzo de 2012

Ochenta y tantos


El debate sobre la memoria histórica me parece lógico y necesario, lo que, por otra parte, no me garantiza que la Historia que conocemos por haberla estudiado en el colegio responda efectivamente a la realidad de los hechos acontecidos a lo largo de los años. Puede que en siglos pasados existiera la misma polémica que nutre hoy los periódicos, los noticiarios y algunos debates parlamentarios; tal vez nuestros antepasados también manipulaban o exaltaban la crónica de su tiempo movidos por intereses políticos, económicos o del tipo que fuera.
En un nivel más doméstico y trivial, creo que la cosa funciona igual. Ahora que los que fuimos adolescentes y jovenzuelos durante la insigne Transición y los celebérrimos años 80 empezamos a pasar de la cuarentena y evocamos las correrías de antaño cada vez que se nos va la mano con el vermú, resurgen los 80 a discreción, en los percheros de la tiendas de moda, en las ficciones televisivas, en las campañas publicitarias, en las radiofórmulas, en los bares de copas y en los cansinos envíos piramidales de correo electrónico. Dicen que vuelven los 80, y yo me pregunto, ¿cuáles? ¿Los de La Movida? ¿Los del deseado giro a la izquierda con la OTAN como peaje? ¿Los del 23-F? ¿Los del 12-1 a Malta? ¿Todos a la vez?
Mucho me temo que el marketing manda, y me inquieta la idea de que sean los creativos publicitarios, los consultores y los asesores de mercado quienes escriban la Historia, al menos la parte que se refiere a nuestro costumbrismo y modo de vida cotidiano.
Hoy se me ocurre hablar de esto debido a una conversación mantenida hace pocos días con mis compañeros de trabajo, en la cual (y sólo tomamos café; ni siquiera carajillo) nos dio por repasar éxitos musicales de veintitantos y treinta años atrás. Comprobé entonces que, para algunas personas, los 80 son los años de Bananarama, Rick Astley, Modern Talking, Barry White, Village People, es decir, sonidos discotequeros dentro de lo que ahora se conoce como mainstream.
Pero mis 80 fueron otros. Puede que vivir en Madrid influyera, aunque no todo el repertorio con el que exprimía al máximo la capacidad de resistencia de mi viejo radiocasete pertenecía a las bandas de la llamada Nueva Ola. Sí, por supuesto que me he hartado de escuchar a Nacha Pop, Siniestro Total, Kaka de Luxe, Los Secretos, Radio Futura, 091, Los Elegantes, Loquillo y los Trogloditas, Gabinete Caligari, Alaska y los Pegamoides, Golpes Bajos, Glutamato Ye-Ye o Pistones. Pero, antes de esta explosión rockera autóctona, estuvieron los coletazos del rock sinfónico setentero, grupos como Genesis, Supertramp. Electric Light Orchestra o Pink Floyd. Y de ahí pasamos al pop-rock británico de la era after punk, mezclado o intercalado con otros movimientos o tendencias. Convivían en aquellas cintas desvirgadas grabaciones directas desde el LP original con otras robadas a la radio, en las que a menudo se colaba la voz impertinente del locutor para arruinarte un estribillo o un apoteósico acorde final. Y, sí, uno alternaba lo más conspicuo y alternativo con lo más popular y comercial. A veces The Clash, R.E.M., The Jam, Madness, The Smiths, Kraftwerk, The Stranglers o The Cure, y a veces Depeche Mode, Talk Talk, B-Movie, The Human League, Spandau Ballet o Ultravox. De vez en cuando le salía a uno la vena más macarrilla y ponía a Leño, AC/DC o Alarma, y en ocasiones también te inclinabas por lo elegante y sofisticado, cosas del tipo Roxy Music, China Crisis o Soft Cell. De The Exploited a Deacon Blue; de Counting Crowes a El Último de la Fila. De todo y para todos los gustos, pero, de alguna manera, compatible.
La cuestión es que, a tenor de lo compartido con mis compañeros, sus ochentas y los míos, en términos musicales, fueron épocas radicalmente distintas.
Supongo que ahora sucederá lo mismo. Los nostálgicos de dentro de veinte años se dividirán entre los que evoquen cosas como Britney Spears, Lady Gaga o el plasta de Michel Teló, y los que reivindiquen a Love of Lesbian, Franz Ferdinand y The Strokes, por decir algo.

sábado, 3 de marzo de 2012

Asombrosa realidad


Casi siempre, lo mejor de las películas de superhéroes está en su primera parte, en el descubrimiento y el desarrollo de los poderes, en la fase en que el personaje central hace frente al contraste entre su realidad cotidiana (que suele coincidir con la nuestra) y las posibilidades que le ofrece su don recién adquirido. Bien mirado, es lógico. Si alguna vez cualquiera de nosotros ha soñado con gozar de determinados superpoderes, seguramente no ha sido para trasladarnos a hipotéticos universos fabulosos, sino más bien para emplearlos en soluciones quizá más prosaicas, pero sin duda mucho más prácticas: acertar los números de la Primitiva, colarnos en el vestuario de las chicas sin ser descubiertos, leer los pensamientos de la persona amada o de nuestro peor enemigo, ponernos hasta arriba de chocolate o de güisqui y no enfermar nunca…
Sucede lo mismo con algunas películas de terror, como Poltergeist o Monstruoso, en las que lo más logrado e interesante transcurre en escenarios y contextos realistas, domésticos, reconocibles, antes de que los fantasmas y los monstruos hagan su aparición literal.
Y si la sugerencia es más efectiva a veces que la evidencia, apliquemos también el cuento a la parte promocional. Por ello, aunque este texto se debe al entusiasmo que me ha provocado la visión de Chronicle, poco os contaré de la película.
Es más, a quien desee imitarme, le sugiero que se olvide de trailers y reseñas; que vaya a verla, a sorprenderse, a disfrutarla.
Pero, por si acaso, aclararé algunos aspectos, para que nadie se lleve a engaño. En Chronicle no hay superhéroes al uso, ni mucho menos villanos megalómanos ansiosos por dominar el mundo. La excelente película de Josh Trank es una propuesta deslumbrante desde su aparente sencillez. En eso, se parece más a Déjame entrar que a, por ejemplo, X-Men. Aunque, insisto, nada de vampiros, ni monstruos, ni brujas, ni marcianos, ni duendes, ni criaturas del lado oscuro. Un trío de estudiantes con las preocupaciones propias de la edad, con sus vicisitudes sentimentales y familiares, con sus móviles y videoblogs; un retrato de la adolescencia contemporánea que podría haberse contado en forma de cine social a lo Peter Mullan (NEDS) o Ken Loach (Sweet Sixteen), y que encierra su mejor baza en la apuesta por la ciencia ficción sin alharacas tecnológicas, aunque con un sentido del espectáculo innegable e introducido en elegante crescendo y no a espuertas, como gustan de hacer otros.
Los efectos especiales no pueden ser más eficaces, por limpios y transparentes, siempre al servicio de la historia y nunca para eclipsar a los personajes.
Entre el David Cronenberg de Scanners, el M. Night Shyamalan de El protegido y el Matt Reeves de Monstruoso, y con, quizá, una pizca de esas otras joyas minimalistas del género como Gattaca, de Andrew Niccol, o Nunca me abandones, de Mark Romanek.
Como curiosidad, apuntar que el guionista, Max Landis, es hijo del legendario John Landis, autor de la maravillosamente gamberra Un hombre lobo americano en Londres y del videoclip más famoso de la historia, Thriller, de Michael Jackson. Los genes a veces juegan a ser lógicos.
Una pequeña gran obra que parece haber nacido con la etiqueta “de culto” debajo del brazo. Todo un sorpresón.