miércoles, 1 de febrero de 2012

Polisemia e informática


Esta mañana me equivoqué al teclear la contraseña de entrada en la página web de mi sucursal bancaria y me salió un mensaje que decía: “Lo sentimos. No es seguro que usted sea El último peatón”.
Lo cierto es que uno se espera indicaciones más asépticas y menos solemnes en estos casos; no sé, algo del estilo “Contraseña incorrecta; inténtelo de nuevo” o “Error en contraseña”, a secas.
El significado de la advertencia es claro. Adivino con facilidad que lo que argumenta mi banco es que los datos consignados no son suficientes como para demostrar que yo soy yo, o sea, el titular de la cuenta.
Lo que ocurre es que esa forma tan rara de expresarlo, empleando la frase No es seguro que usted sea El último peatón, provoca un dilema interpretativo derivado de la polisemia aplicable a la palabra seguro.
De esta manera, a la versión en la que mi banco no ve demasiado claro que yo sea yo, tendríamos que añadirle la posibilidad de que lo que se me está indicando es que ser yo es peligroso para mí, es decir, que ser quien soy no es bueno para mi seguridad, cualquiera sabe por qué.
Paranoias imposibles aparte, no me cabe duda de que la explicación a semejante galimatías semántico proviene de perezas o aun negligencias a la hora de traducir el pertinente programa informático que gestiona las consultas de los usuarios.
Partiendo de la base de que cualquier idioma posee diversas versiones en función de la región o el país en que se hable, creo que deberíamos empezar a considerar ya una nueva vertiente de nuestra lengua que no procede de estados, pueblos o naciones identificables en cualquier mapa, sino que ha nacido como resultado de la evolución global de las herramientas de comunicación.
Si atendemos a su omnipresencia y continua propagación, cabría vaticinar que el idioma del futuro será ese simulacro empobrecido de castellano que solemos encontrar en páginas web, aplicaciones informáticas y soportes cibernéticos diversos (incluiría también los manuales de instrucciones de los electrodomésticos, aunque la peripecia peatonal de hoy se refiere concretamente al ámbito de los ordenadores).
Cada día, además de asomarme a mis sufridos movimientos bancarios, accedo a otros ciberespacios como mi cuenta de correo electrónico o el sistema de gestión de la empresa, y ello me obliga a seguir una serie de indicaciones redactadas con un estilo tan rudimentario que termina siendo confuso. Si sois capaces de imaginar cómo hablaría la versión Spanglish de Tarzán, me entenderéis perfectamente.
Claro que esto no sucede por un problema de redacción, propiamente dicho. Supongo que la clave del despropósito está en que la persona que traduce el texto del inglés al castellano es también un anglófono con unos conocimiento demasiado elementales de la lengua de Cervantes, los cuales le permitirán sin duda disfrutar de unas estupendas vacaciones en Mallorca o la Costa del Sol, pero que son insuficientes para elaborar un texto que suene mínimamente coherente a oídos de un español.
No quisiera pensar —aunque realmente me tienta— que dichas traducciones se llevan a cabo directamente por un programa informático a tal efecto y no por una persona; es decir, un programa desarrollado en inglés por gente que habla inglés y que traduce automáticamente basándose en ciertos parámetros predeterminados, lo mismo que si un servidor, que no tiene puñetera idea de alemán, agarra un diccionario hispano-teutón y se dedica a cambiar palabra por palabra de un idioma a otro, creyendo que con eso está efectivamente traduciendo el significado del original.
La traducción, como actividad asociada a los idiomas, no es una simple conversión automática como la que algunos seguimos haciendo cuando nos enfrentamos a un precio marcado en euros. Más allá de la búsqueda e intercambio de signos y sonidos, creo yo que la labor del buen traductor implica la capacidad de no ser tan sólo la voz que recita o la tecla que redacta, sino también el oído del que escuchará o los ojos de quien leerá.

2 comentarios:

Palimp dijo...

Los traductores automáticos han avanzado muchísimo en los últimos tiempos (y eso que es algo muy difícil, te lo dice alguien que hizo un doctorado en el tema), y están muy alejado de la traducción palabra por palabra.

Pero aún así, con todo el avance, todavía están muy lejos de lo que cualquier traductor mediocre puede hacer.

El último peatón dijo...

Quizá el problema esté en que, visto y leído lo que se va publicando por ahí, cuando lleguen por fin los traductores automáticos perfectos, nuestro nivel de vocabulario habrá descendido a la categoría "SMS escrito por un mandril borracho"...