jueves, 23 de febrero de 2012

Fabio el copión


En mi entrada anterior me permití una ironía sobre Ana Rosa Quintana, conocida periodista y presentadora de televisión, a quien no obstante la gran mayoría siempre recordaremos por culpa del escandalo que protagonizó al ser acusada de plagio literario, circunstancia que reveló asimismo otra trampa: la novela copiada no había sido escrita por ella, sino por un negro (o un escritor fantasma, que diría un anglosajón).
Mencionar a la ilustre dama de las mañanas catódicas me ha hecho acordarme de una información que leí en cierta ocasión, firmada por Miguel Mora, acerca de un personaje llamado Fabio Filipuzzi, escritor y editor italiano que confesó haber publicado como propios seis libros que en realidad resultaban ser sendos plagios de obras ajenas.
Durante cerca de un lustro, el jeta de Filipuzzi se atribuyó la autoría de tres ensayos y tres novelas. Estas últimas son:

La parola smarrita (La palabra perdida), un calco casi literal de la versión italiana de la novela La tarde del escritor, de Peter Handke.

La hipótesis de la belleza, escandaloso remedo de Aurore, la primera novela de Jean-Paul Enthoven (quien, según comenta Miguel Mora en su artículo de septiembre de 2010, es conocido principalmente por haber sido novio de Carla Bruni); en este caso, el insaciable Filipuzzi se permitió añadir también unas líneas robadas de El animal moribundo, de Philip Roth.

Por su parte, La donna di velluto (La mujer de terciopelo), contiene elementos “prestados” de diversos autores, como Paul Auster, Christopher Isherwood, Josephine Hart y Alain Elkann.

En cuanto a los ensayos, se trata de los titulados Eros y logos, La función social del arte y un tercero (el artículo La questione dello spazio e l'estetica decostruttivista di Bernard Tschumi) incluido en la antología Construir, vivir, pensar.
El engaño fue descubierto por Jean-Pierre Bouerdick, lector, traductor, ensayista y librero, y a la sazón admirador de Peter Handke, razón por la que no le fue difícil advertir las flagrantes similitudes existentes entre La tarde del escritor y la primera novela publicada por Filipuzzi. A partir de aquí, Bouerdick se autoerigió en policía editorial implacable hasta acabar destapando el resto de los plagios mencionados.
De vez en cuando pienso en la cantidad de textos indebidamente apropiados y atribuidos por tanto a falsos autores que deben de circular por ahí, como si tal cosa, disfrutando de su inmerecida impunidad. Textos impresos, sin duda (si a alguien se le ocurre, pongamos, plagiar a un novelista moldavo y publicar una tirada de cien ejemplares, por ejemplo, en Cataluña, ¿cuántas posibilidades reales hay de que aparezca un Bouerdick autóctono para ejercer de justiciero?); pero sobre todo pienso en los millones de artículos, relatos, poemas, diarios, entradas de blog y otras creaciones literarias, periodísticas o sencillamente escritas que habitan en el insondable recipiente internauta.
Aunque también es verdad que, desde mi modesta condición de autor, reconozco que la más o menos remota opción de ser plagiado contiene un elemento digno de orgullo; ya sabéis, aquello de “si me copian, tan malo no seré”...