miércoles, 25 de enero de 2012

Paseo por la cartelera (11)


Los descendientes, de Alexandre Payne

Se estrena Los descendientes con dos reclamos principales. Uno, su protagonista, George Clooney, un actor capaz de congregar multitudes tanto por su aspecto físico como por su innegable talento. Y dos, los premios obtenidos en la última edición de los Globos de Oro (mejor película y mejor actor) y sus consecuentes aspiraciones a seguir acarreando galardones en la próxima gala de los Oscar.
Hay un tercer reclamo, más poderoso aún, aunque no tan conocido. Se llama Alexander Payne, un tipo que se toma el trabajo con calma, lo cual es de agradecer viendo los resultados. Algunas de las mejores comedias de la última década llevan su firma: Election, A propósito de Schmidt y Entre copas. Casi nada.
En Los descendientes vuelve a poner en práctica la fórmula que tan bien le ha funcionado con anterioridad. Elegancia absoluta en la narración y la puesta en escena, sencilla y a la vez desbordada de matices, y esa capacidad envidiable para el tratamiento de los personajes, con sutileza y respeto, y al tiempo vaciándolos de todas sus miserias y podredumbres. Su cine nunca es sórdido ni morboso, y sin embargo no hay sensación de que nos escatime nada. Muy al contrario, se trata de un cine libre de eufemismos, sin que ello signifique hacer trampas para extraer la lágrima fácil. Las películas de Payne exploran el lado más patético de la tragedia, y funcionan por un elemento igual de eficaz para divertir que para conmover: el contraste.
En Los descendientes, se da un contraste evidente entre el escenario y la peripecia interior de sus protagonistas. Una historia sobre la pérdida de los seres queridos y sobre la cara oculta de quienes creemos conocer que transcurre en el soleado y tópicamente turístico Hawai. Bien mirado, hay poco de comedia, aunque el hecho de que los personajes sufran sus vicisitudes ataviados con bermudas, camisas estampadas y chancletas define a la perfección ese “toque Payne” inherente a todas sus películas.
Clooney destaca por encima de un elenco también intachable. Niños, adolescentes, maduros y ancianos, todos perfectos, todos creíbles, a todos tienes algo que reprocharles y algo que agradecerles (o casi). La comedia humana del siglo XXI (ideal para montarse un programa doble con Another year, de Mike Leigh, otra de las joyas de la temporada). Excepcional. Para mí, imprescindible.



Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres, de David Fincher

David Fincher representa uno de los argumentos más sólidos para defender una idea que me cuesta no pocas discusiones con algunos cinéfilos del sector vegetariano. Dicha idea, que he expresado a menudo aquí, es la de que en Hollywood también se hace cine de autor, que hay directores que trabajan para la gran industria pero que, al mismo tiempo, conservan un estilo propio y una manera personal e inconfundible de hacer películas. Y esto no es nuevo. Desde Hitchcock o Billy Wilder hasta nombres contemporáneos como Clint Eastwood, Steven Spielbierg, Quentin Tarantino o, a lo que vamos, David Fincher, autor de títulos tan carismáticos y ejemplares como Seven, El club de la Lucha, The game, El curioso caso de Benjamín Button, La red social o Zodiac, este último, quizá el más emparentado con Los hombres que no amaban a las mujeres.
Una de esas señas de identidad “marca Fincher” es la admirable habilidad para crear atmósferas de intriga y tensión. En esta ocasión, y pese a que la historia en sí no difiere apenas de la versión sueca estrenada hace un par de años, la influencia del director se manifiesta sobre todo en ese ambiente envolvente que te atrapa desde los títulos de crédito, y también en esa manera de narrar diáfana y minuciosa, centrada tanto en la vertiente criminal del relato como en las consecuencias que ello acarrea para la vida personal de los protagonistas (y de ahí su similitud con la estupenda Zodiac).
Además, creo que el plantel de actores mejora igualmente respecto al reparto del filme de Niels Arden Oplev, con la única salvedad, quizá, de la protagonista femenina, que sería perfectamente intercambiable, ya que tanto Noomi Rapace como Rooney Mara (¿hasta en el nombre se parecen o es sólo cosa mía?) están de órdago.
Confío en que Fincher se haga cargo también de las presuntas dos entregas que faltan, porque era en ellas donde la calidad de la saga (hablo de las películas; nunca he leído las novelas de Larsson) pegaba un bajón más que alarmante.
Si existe el thriller perfecto, nadie está hoy en día mejor posicionado que David Fincher para descubrirlo. Sobresaliente.



La chispa de la vida, de Alex de la Iglesia

No estoy muy seguro de cómo tratará el paso del tiempo a La chispa de la vida. Desde luego que, vista hoy, no puede ser más oportuna. Con el estilo cáustico e irreverente propio de Alex de la Iglesia (si bien, esta vez, menos cómico y más dramático), la película compendia los ingredientes principales de los que se alimentan tertulianos mediáticos y ciudadanos indignados. El paro y la crisis, la corrupción política e institucional, la gula incontenible (e inmisericorde) de los medios de comunicación y la creencia popular más o menos aceptada de que todo tiene un precio, incluido el ser humano mismo. Una mezcla entre El gran carnaval (Billy Wilder, 1951) y cualquiera de las crónicas berlanguianas sobre la fauna ibérica de dos patas.
De la Iglesia, una vez más, arriesga apostando por José Mota, un protagonista que es como una invitación a que la epidemia de los prejuicios se expanda entre el público convencional. Ya lo hizo en Muertos de risa, regalándole a El Gran Wyoming un papel de peso, y después en Balada triste de trompeta, haciendo lo propio con Carlos Areces, que provenía también del medio televisivo. Allá cada cual con sus recelos. Lo que sí creo conveniente señalar es que, esto mismo, lo llevan haciendo los estadounidenses toda la vida, y aquí suele suceder que, justo los que patalean y echan espumarajos por la boca cuando ven el nombre de un cómico nacional en el cartel de una película, son los mismos que se tragan sin anestesia los productos hechos a medida de gente como Jim Carrey, Adam Sandler, Will Ferrell, Rob Schneider o Chris Tucker.
En mi opinión, José Mota cumple con dignidad en ésta su primera aventura dramática en el cine (Aviso a los críticos exquisitos: la comedia también existe, aunque sólo el drama dé prestigio. He leído bastantes reseñas en las que se afirma que éste es el debut de Mota en el cine; me veo en el deber de recordar que el manchego ya se estrenó en Torrente 3, en el papel del colega yonqui de Segura, heredando un rol similar al que en la entrega anterior desempeñó Gabino Diego.) Las razones de su elección como protagonista no las tengo muy claras, pero puedo intuirlas sabiendo del carácter y la inteligencia del director. Mota es un individuo popular que cuenta con miles de seguidores (eso es taquilla, gente para las salas) y, al mismo tiempo, su aspecto de hombre corriente y campechano (que se ve reforzado precisamente por esa admiración que le profesan tantos espectadores) contribuye a hacer más cercano el drama de su personaje.
Los secundarios, como de costumbre, otro de los puntos fuertes, en especial Fernando Tejero, Blanca Portillo y Joaquín Climent.
Parece obvio que se trata de una película de transición en la carrera del director, pero cuando hay talento hasta los aperitivos resultan suculentos.
Más que notable.

2 comentarios:

David C. dijo...

Millenium quiero verla.

T.M. dijo...

Me ha gustado mucho Los Descendientes, y Another year...dura, pero buenísima.
Este finde toca Drive.

Saludos y gracias.