sábado, 28 de enero de 2012

Güiken en Buravia

Si te pasas por Buravia este fin de semana, te encontrarás con dos nuevas historias: Deus ex machina y La mujer araña.

Buen viaje.

miércoles, 25 de enero de 2012

Paseo por la cartelera (11)


Los descendientes, de Alexandre Payne

Se estrena Los descendientes con dos reclamos principales. Uno, su protagonista, George Clooney, un actor capaz de congregar multitudes tanto por su aspecto físico como por su innegable talento. Y dos, los premios obtenidos en la última edición de los Globos de Oro (mejor película y mejor actor) y sus consecuentes aspiraciones a seguir acarreando galardones en la próxima gala de los Oscar.
Hay un tercer reclamo, más poderoso aún, aunque no tan conocido. Se llama Alexander Payne, un tipo que se toma el trabajo con calma, lo cual es de agradecer viendo los resultados. Algunas de las mejores comedias de la última década llevan su firma: Election, A propósito de Schmidt y Entre copas. Casi nada.
En Los descendientes vuelve a poner en práctica la fórmula que tan bien le ha funcionado con anterioridad. Elegancia absoluta en la narración y la puesta en escena, sencilla y a la vez desbordada de matices, y esa capacidad envidiable para el tratamiento de los personajes, con sutileza y respeto, y al tiempo vaciándolos de todas sus miserias y podredumbres. Su cine nunca es sórdido ni morboso, y sin embargo no hay sensación de que nos escatime nada. Muy al contrario, se trata de un cine libre de eufemismos, sin que ello signifique hacer trampas para extraer la lágrima fácil. Las películas de Payne exploran el lado más patético de la tragedia, y funcionan por un elemento igual de eficaz para divertir que para conmover: el contraste.
En Los descendientes, se da un contraste evidente entre el escenario y la peripecia interior de sus protagonistas. Una historia sobre la pérdida de los seres queridos y sobre la cara oculta de quienes creemos conocer que transcurre en el soleado y tópicamente turístico Hawai. Bien mirado, hay poco de comedia, aunque el hecho de que los personajes sufran sus vicisitudes ataviados con bermudas, camisas estampadas y chancletas define a la perfección ese “toque Payne” inherente a todas sus películas.
Clooney destaca por encima de un elenco también intachable. Niños, adolescentes, maduros y ancianos, todos perfectos, todos creíbles, a todos tienes algo que reprocharles y algo que agradecerles (o casi). La comedia humana del siglo XXI (ideal para montarse un programa doble con Another year, de Mike Leigh, otra de las joyas de la temporada). Excepcional. Para mí, imprescindible.



Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres, de David Fincher

David Fincher representa uno de los argumentos más sólidos para defender una idea que me cuesta no pocas discusiones con algunos cinéfilos del sector vegetariano. Dicha idea, que he expresado a menudo aquí, es la de que en Hollywood también se hace cine de autor, que hay directores que trabajan para la gran industria pero que, al mismo tiempo, conservan un estilo propio y una manera personal e inconfundible de hacer películas. Y esto no es nuevo. Desde Hitchcock o Billy Wilder hasta nombres contemporáneos como Clint Eastwood, Steven Spielbierg, Quentin Tarantino o, a lo que vamos, David Fincher, autor de títulos tan carismáticos y ejemplares como Seven, El club de la Lucha, The game, El curioso caso de Benjamín Button, La red social o Zodiac, este último, quizá el más emparentado con Los hombres que no amaban a las mujeres.
Una de esas señas de identidad “marca Fincher” es la admirable habilidad para crear atmósferas de intriga y tensión. En esta ocasión, y pese a que la historia en sí no difiere apenas de la versión sueca estrenada hace un par de años, la influencia del director se manifiesta sobre todo en ese ambiente envolvente que te atrapa desde los títulos de crédito, y también en esa manera de narrar diáfana y minuciosa, centrada tanto en la vertiente criminal del relato como en las consecuencias que ello acarrea para la vida personal de los protagonistas (y de ahí su similitud con la estupenda Zodiac).
Además, creo que el plantel de actores mejora igualmente respecto al reparto del filme de Niels Arden Oplev, con la única salvedad, quizá, de la protagonista femenina, que sería perfectamente intercambiable, ya que tanto Noomi Rapace como Rooney Mara (¿hasta en el nombre se parecen o es sólo cosa mía?) están de órdago.
Confío en que Fincher se haga cargo también de las presuntas dos entregas que faltan, porque era en ellas donde la calidad de la saga (hablo de las películas; nunca he leído las novelas de Larsson) pegaba un bajón más que alarmante.
Si existe el thriller perfecto, nadie está hoy en día mejor posicionado que David Fincher para descubrirlo. Sobresaliente.



La chispa de la vida, de Alex de la Iglesia

No estoy muy seguro de cómo tratará el paso del tiempo a La chispa de la vida. Desde luego que, vista hoy, no puede ser más oportuna. Con el estilo cáustico e irreverente propio de Alex de la Iglesia (si bien, esta vez, menos cómico y más dramático), la película compendia los ingredientes principales de los que se alimentan tertulianos mediáticos y ciudadanos indignados. El paro y la crisis, la corrupción política e institucional, la gula incontenible (e inmisericorde) de los medios de comunicación y la creencia popular más o menos aceptada de que todo tiene un precio, incluido el ser humano mismo. Una mezcla entre El gran carnaval (Billy Wilder, 1951) y cualquiera de las crónicas berlanguianas sobre la fauna ibérica de dos patas.
De la Iglesia, una vez más, arriesga apostando por José Mota, un protagonista que es como una invitación a que la epidemia de los prejuicios se expanda entre el público convencional. Ya lo hizo en Muertos de risa, regalándole a El Gran Wyoming un papel de peso, y después en Balada triste de trompeta, haciendo lo propio con Carlos Areces, que provenía también del medio televisivo. Allá cada cual con sus recelos. Lo que sí creo conveniente señalar es que, esto mismo, lo llevan haciendo los estadounidenses toda la vida, y aquí suele suceder que, justo los que patalean y echan espumarajos por la boca cuando ven el nombre de un cómico nacional en el cartel de una película, son los mismos que se tragan sin anestesia los productos hechos a medida de gente como Jim Carrey, Adam Sandler, Will Ferrell, Rob Schneider o Chris Tucker.
En mi opinión, José Mota cumple con dignidad en ésta su primera aventura dramática en el cine (Aviso a los críticos exquisitos: la comedia también existe, aunque sólo el drama dé prestigio. He leído bastantes reseñas en las que se afirma que éste es el debut de Mota en el cine; me veo en el deber de recordar que el manchego ya se estrenó en Torrente 3, en el papel del colega yonqui de Segura, heredando un rol similar al que en la entrega anterior desempeñó Gabino Diego.) Las razones de su elección como protagonista no las tengo muy claras, pero puedo intuirlas sabiendo del carácter y la inteligencia del director. Mota es un individuo popular que cuenta con miles de seguidores (eso es taquilla, gente para las salas) y, al mismo tiempo, su aspecto de hombre corriente y campechano (que se ve reforzado precisamente por esa admiración que le profesan tantos espectadores) contribuye a hacer más cercano el drama de su personaje.
Los secundarios, como de costumbre, otro de los puntos fuertes, en especial Fernando Tejero, Blanca Portillo y Joaquín Climent.
Parece obvio que se trata de una película de transición en la carrera del director, pero cuando hay talento hasta los aperitivos resultan suculentos.
Más que notable.

sábado, 21 de enero de 2012

O rei da tortura


Se busca estrangulador a sueldo, o, en su defecto, secuestrador a largo plazo. Bueno, en el fondo lo que busco es comprensión; alguien, aunque sea una sola persona, y sorda, me vale. Necesito confirmar que existe un ser humano en este planeta que, además de un servidor, deteste hasta la hemorragia interna la puñetera canción brasileña que se ha puesto de moda por culpa, creo, del futbolista Neymar, quien ha contagiado con velocidad de reactor y eficacia digna de plaga bíblica el soniquete de marras y su correspondiente bailecito a otras celebridades, en un inicio exclusivas de su sector (Cristiano Ronaldo, Marcelo, Alves, Abidal), si bien, cuando se le dan alas a la peste, ésta no se anda escatimando recursos.
Mientras escribo estas líneas, los cinco continentes al unísono continúan sumando infectados, ya no sólo famosos, famosillos y famosetes. Niños pequeños en el patio del colegio, jóvenes y ancianos en discotecas y salas de fiesta, familias enteras en el parque, en el salón comedor o en el hipermercado. La epidemia no parece tener límite. Veremos a Obama (lo mismo que antaño vimos a Clinton) menearse al ritmo de la pachanga de moda, y también a los presentadores del telediario, a los guardias de circulación, a las ratas entre la basura, a todo bicho viviente, en directo o en soporte digital, Youtube petado de saltimbanquis con la gracia en el culo, las redes sociales atascadas de coreógrafos de tres al cuarto, billones de teléfonos móviles sonando con el politono único y verdadero, la banda sonora del infierno, el Armagedón ya está aquí, el apocalipsis carioca, el diablo habla portugués, y no estoy pensando ahora en Mourinho.

(Por si acaso el detalle ayudara a paliar en algo la expansión de la catástrofe, advertir a aquellos que crean que menearse al son del condenado temita les equipara a las celebridades y la gente VIP, que el martes o el miércoles pasado la mismísima Belén Esteban se contoneaba cual reptil chabacano mientras sonaba la canción de moda. Esta señora, que acostumbra a lucir el rictus de quien acaba de tragarse un gargajo ajeno, parecía en su salsa —una salsa viscosa e indigesta, sin duda— mientras clavaba la coreografía. Eso sí, por mucho placer que le provocara el baile, su careto no perdía esa expresión característica e indigna hasta para la papelera de un fotomatón. Lo aviso por si esto fuera también contagioso.)

Una vez llegué a la conclusión de que no era posible mayor horterada musical que una balada de OBK tocada con clavicordio. Me equivoqué. De hecho, este verano, ese pregonero abyecto conocido como King África estuvo a un paso de perpetrar la obra maestra del genocidio con una versión de La Ramona que casi asciende los insufribles gorgoritos de Shakira a la primera división del bel canto. ¿Era posible ir más allá? Iluso de mí, lo dudaba. Y vino el tal Michel Teló a materializar el peor de mis temores.
Por favor, por lo que más queráis, por el amor de Dios, por la gloria de Buda o de Shiva, por los clavos de Cristo, por el santo prepucio del rabino, por la salud de vuestros hijos, porque se acabe el hambre en el mundo… Repito: si alguien recibe este mensaje, allá donde esté, le ruego haga lo posible por terminar con esta pesadilla.

P.D. La puta canción (tiene guasa la cosa) se llama Ai se eu te pego, o sea, “Ay, si te cojo”. Pues eso digo yo. Como te coja, so pelmazo, se te van a quitar las ganas de abrir la boca hasta para comer.

martes, 17 de enero de 2012

Bienvenidos a Buravia

Os anuncio en exclusiva cibermundial un nuevo paso en la expansión internauta de mi modesto imperio peatonal o, lo que es lo mismo, la creación de mi nueva página, Buravia.

¿Buravia? ¿Qué es eso?

Los tiempos del cambio en el panorama literario no es que estén viniendo, es que ya están aquí, aunque nos cueste admitirlo, sobre todo a los que todavía disfrutamos del placer de acariciar y oler las páginas de un libro (no digo ya de leerlas, que sería la rehostia).

Será por modestia, por resignación, por pragmatismo o por ansia de notoriedad, pero de lo que no me cabe duda es de que, de ahora en adelante, el número potencial de libros (seguimos llamando libro, de momento, a lo que tenemos en las estanterías de casa con el lomo a la vista y una cresta de polvo por peluquín), es decir, de obras impresas que uno puede proyectar para el futuro, se va a ver necesariamente reducido.

Esta circunstancia, que afecta en mayor o menor medida a todos los géneros, se nota de manera especial en el relato o la narrativa breve. Así pues, y aunque tal vez sea una conclusión apresurada, diría que buena parte del futuro de los libros de relatos está aquí, en Internet. Más aún: el destino de tales libros es convertirse en otra cosa, en bitácoras, en páginas web, en archivos PDF, en una variante virtual del soporte físico tradicional, en definitiva.

Es por ello que, a partir de hoy mismo, todas mis piezas breves de ficción literaria adquirirán nueva nacionalidad, y pasarán a ser ciudadanas del nuevo ciberestado libre de Buravia, la república independiente de mis relatos “sin papeles”.

El último peatón seguirá nutriéndose de los contenidos habituales, con la única excepción de los relatos literarios, que publicaré directamente en Buravia, si bien, como es lógico, ambas páginas estarán intercomunicadas y se harán la rosca mutuamente por el bien de todos, sobre todo el mío.

Podéis pasaros por el nuevo chiringuito desde ya mismo. Encontraréis en él una pieza inaugural, titulada Clarividencia, y los que sobreviváis a la experiencia iréis advirtiendo en los próximos días cómo el blog se va actualizando con textos nuevos y también con algunos de los ya publicados durante los últimos cinco años en El último peatón.

Os invito a pasar por Buravia (no se os pedirá DNI, ni pasaporte, ni papelote alguno; sería una chusca contradicción).

domingo, 15 de enero de 2012

Sobrevivir a una tarde de domingo oscura y fría (3)


Libro:

Libertad, de Jonathan Franzen


Película:

El factor Pilgrim, de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo


Disco:

You are the quarry, de Morrissey


TV:

Vaya semanita, de Paramount Comedy

miércoles, 11 de enero de 2012

Alternativo y cool


Nunca he ido a ver un espectáculo del Circo del Sol, pero he conocido a varias personas aficionadas e incluso apasionadas, que no obstante fueron incapaces de contagiarme su entusiasmo hasta el punto de arrastrarme hasta el teatro o la carpa.
Lo que sí he visto son vídeos, reportajes o extractos de actuaciones en televisión, lo suficiente como para hacerme una idea que, con el paso del tiempo, ha cambiado de forma curiosa.
Me refiero a que, de inicio, cuando supe por primera vez de la existencia del Circo del Sol (hará unos diez u once años, más o menos), me dio la impresión de que era un espectáculo de aire alternativo y progre, por definirlo de forma sencilla.
Sin embargo, pasados los años y visto a día de hoy, me parece más bien pijo, cool, como uno de esos refugios artísticos para convencionales con espíritu de vanguardia, ideal para los que van de “soy underground, sí, pero antes muerto que sencillo”; más indicado para el gafapasta que para el perroflauta, para entendernos.
Me ocurre lo mismo con otros autores, artistas y espectáculos. Entre otros, con los cineastas Isabel Coixet y Lars von Trier, con los músicos y grupos Manu Chao, Antony and the Johnsons y Marlango; con los escritores Haruki Murakami y Paul Auster (y éste me encanta; una cosa no quita la otra), y también con cosas tan diversas y dispares como Mayumaná, los ordenadores Mac y los festivales de publicidad.
Y tampoco quiero olvidarme del apartado gastronómico, donde abunda igualmente (si no más todavía) esta especie de esnobismo contradictorio que aparenta distinción cuando lo que hace es, sencillamente, seguir una corriente o tendencia masiva.
La comida japonesa parece ser la estrella culinaria en estos momentos. Cada vez hay más restaurantes nipones y cada vez hay más especialidades de dicha cocina en las cartas de los restaurantes autóctonos con ínfulas de modernidad. Algún día, aunque ahora nos parezca impensable, el sashimi, el wasabi, el tataki y el sushi serán tan vulgares como el arroz tres delicias o los rollos de primavera de los chinos. Tiempo al tiempo.
Y qué decir de los gin tonics. Que yo recordara, la única variedad posible era con rodaja de limón o sin ella. Pero descubro recientemente que existe algo similar a una “cultura” del gin tonic, en la que caben, aparte de innumerables marcas, graduaciones y mezclas, también diferentes diseños y maneras de servirse. Tiene gracia que éste sea ahora el cóctel de moda, cuando durante tantos años ha sido una bebida de carrocillas, de clientes de putiferio o de fiesta patronal veraniega.
Sí, uno puede hoy sentirse muy en la onda saboreando su gin tonic acompañado de unos rollitos de arroz con pescado crudo, mientras lee la última novela de Murakami y suena de fondo una balada de Antony and the Johnsons. Pero no descartemos que, en un futuro no muy lejano, lo cool sea leer a Blasco Ibáñez escuchando a Mocedades en el radiocasete, mientras nos atizamos una copa de Calisay para que pase mejor el sanjacobo. Ser moderno tiene un precio.

domingo, 8 de enero de 2012

Sobrevivir a una tarde de domingo oscura y fría (2)

Libro:

Honrarás a tu padre, de Gay Talese


Película:

Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto, de Gary Fleder


Disco:

A ghost is born, de Wilco


TV:

Ilustres ignorantes, de Canal +


Ah, y feliz 2012, peatones virtuales...

miércoles, 4 de enero de 2012

5



Despistado que es uno para estas cosas, resulta que con todo esto de felicitar el año, y que si año nuevo por aquí y año nuevo por allá, pues me he dado cuenta de que esta bitácora cumplió hace pocos meses sus primeros cinco años de vida.

Mentira me parece haber sido capaz de mantener durante tanto tiempo la rutina (con periodicidad mayor o menor, según la época) de ir alimentando el blog sin sucumbir a la pereza, el cansancio, la decepción o la crisis e-xistencial (aún hoy me pregunto: ¿realmente le interesa esto al alguien?).

Y, sobre todo, casi milagroso parece también que después de un lustro me queden cosas por decir y haya gente que quiera leerlas.

En fin, bienvenidos al 2012, año sexto de la era peatonal.