viernes, 21 de diciembre de 2012

Buravia no cierra por vacaciones

Como toda república independiente, laica y apolítica que se precie, Buravia no se encomienda más que a sí misma, y por ello seguirá activa durante las fechas navideñas, fiel a su costumbre de publicar un relato nuevo cada semana.

Puede que en los próximos días muchos de vosotros tengáis que viajar. Imagino que llevaréis encima vuestro dispositivo, aparato o cacharro portátil con conexión a Internet, lo que signifca que en cualquier momento podréis acceder a Buravia. Avisados estáis.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El negocio de la polémica


Seguro que muchos habéis pensado más de una vez en lo fácil que sería reducir las constantes polémicas que se montan cada fin de semana después de la correspondiente jornada liguera de fútbol, a costa de decisiones arbitrales erróneas, o como mínimo sospechosas, en según qué casos.
Nada más sencillo que poner la tecnología al servicio del juego limpio y la ecuanimidad deportiva. Nada más fácil que instalar, por ejemplo, monitores de televisión en la zona del campo donde se sitúa el árbitro suplente y que éste, lo mismo que hacemos los aficionados cuando vemos los resúmenes de los partidos en la televisión, pueda repasar la jugada de turno a cámara lenta o rápida, desde distintos ángulos, y así evitar que un equipo salga perjudicado por culpa de un penalti inexistente, o que un espabilado marrullero engañe al respetable con un piscinazo shakesperiano, o que un entrenador lenguaraz o un presidente cacique se dediquen a montar una campaña de agitación a costa de sus lamentos o su mal perder.
Hace años (diría que siglos) que muchos aficionados venimos reivindicando este tipo de solución, aunque parece ser que el propio entorno futbolero (jugadores incluidos) no está muy por la labor. Aducen que se perdería la esencia del juego; que lo que ocurre en el campo ahí debe quedarse. Es una manera torpemente eufemística de confesar que la misma marrullería que se critica al rival como si fuera el mismísimo demonio es una artimaña igualmente beneficiosa para el propio equipo cuando quien la perpetra es uno de los nuestros.
El mejor ejemplo de esta interesada contradicción lo tenemos en la jugada conocida como “falta táctica”. Se denomina así, “táctica”, cuando incurre en ella el jugador de nuestro equipo. Si la comete uno del equipo rival, lo más normal es que reclamemos airadamente la tarjeta amarilla o incluso la roja, ya que no debemos olvidar que la llamada falta táctica es aquella que se hace aposta, con la intención descarada de cortar una jugada peligrosa o un contraataque. Es decir, una falta intencionada; algo que en otros deportes se castiga severamente y que en fútbol, por el contrario, se asocia condescendientemente a la simple picaresca o incluso a una supuesta “inteligencia táctica”.
Deduzco de todo esto que una buena parte del negocio del fútbol, aparte de los fichajes millonarios y las campañas publicitarias que se mueven a su alrededor, depende precisamente de la polémica.
Sin escándalos, se venderían la cuarta parte de ejemplares del Marca, el Mundo deportivo o el As. Los programas radiofónicos punteros tal vez no perderían su nocturnidad, pero sí su alevosía, y eso se traduciría inevitablemente en un bajón de la audiencia. Idéntico destino correrían los espacios televisivos al uso y las secciones casi marginales que los telediarios dedican al deporte.
Puede incluso que una buena parte de los hinchas perdieran también interés por la Liga de fútbol si no pudieran desahogarse cada domingo derramando azufre y mala leche sobre el árbol genealógico de los árbitros.
A lo mejor lo único que buscamos en una manera de defendernos contra ese horrible invento llamado lunes. Qué sería de nosotros sin poder descargar las malas vibraciones que nos invaden el primer día de cada semana cuando suena el despertador. Puede que gracias al fútbol se nos esté brindando una posibilidad de desahogo y algunos desaprensivos queramos eliminarla en pos de la deportividad y la justicia competitiva. El caso es no estar nunca conformes, oye.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Paseo por la cartelera (15)


 
Es una pena lo poco que duran algunas películas en la cartelera, y asimismo sorprendente lo mucho que duran otras. Podría parecer que la desaparición prematura o la permanencia continuada de una película en los cines depende de la voluntad democrática de los espectadores, pero no siempre es así. La razón de que, por ejemplo, una película tan del montón como Lo imposible esté batiendo presuntamente (lo de añadir este adverbio lo explico más adelante) records de taquilla tiene su explicación en el monstruo del negocio audiovisual que la respalda, esto es, Mediaset, toda una eminencia en el arte del bombo y el platillo, de la hipérbole promocional y del comercio de los fuegos de artificio. Ponía en entredicho lo de los records por una simple razón. Estoy cansado de ver y leer que Lo imposible “es ya la película española más taquillera de la historia”. No me queda claro si el calificativo de “taquillera” proviene del número de espectadores (como se pretende ensalzar) o más bien de la cantidad de dinero recaudada (como imagino que es la realidad). Es decir, los señores de Mediaset me van a permitir el beneficio de dudar respecto a si han ido más personas al cine para ver su producción de las que en su día fueron a ver, por ejemplo, Tesis (que estuvo casi dos años en cartel en algún cine), o incluso Los otros, ambas películas de Alejandro Amenábar. Lo que ocurre, y de eso se aprovechan los avispados publicitarios, es que por el precio de una entrada para Lo imposible se podían comprar en 1996 tres para ver Tesis. O, lo que es lo mismo: es lógico que Lo imposible sea a día de hoy la película más taquillera en términos de recaudación, pues necesita el triple menos de espectadores para acumular el mismo dinero que otros éxitos que la precedieron. Así pues, cuidadito con los engaños. Es más que evidente la crisis que afecta al sector cinematográfico. El público cada vez acude menos a las salas, por culpa de la economía y también porque se puede bajar las películas por la patilla de Internet. ¿Es normal que nos quieran hacer creer que precisamente ahora se están batiendo records de asistencia? No lo creo. Otra cosa es la pasta, y ahí no dudo de que el filme de Bayona esté realmente a la cabeza del ranking.
 

 
No sé cuánto durará En la casa, de François Ozon, pero es de esas películas que apetece recomendar, si bien ya sabe uno de antemano que no todo el mundo estará dispuesto a concederle la oportunidad que merece. Es francesa, sí. Cine de autor, sí. Tiene un puntito de alarde metalingüístico, sí. Pero es entretenida, tiene intriga, se entiende perfectamente, los actores están de órdago, es original sin ser críptica y tiene miga sin necesidad de ser pedante. Una lección magistral sobre la creación narrativa y sobre el voyeurismo. El tipo de historia que le habría encajado al mejor Polanski, o aun al maestro Hitchcock (a quien se homenajea explícitamente en una secuencia). Una maravilla. De lo mejor que he visto este año.
Y lo mismo me ha ocurrido con Skyfall, de Sam Mendes. No soy ni admirador ni detractor de James Bond. Hay películas de 007 que me gustan y otras que no. Sin más. Pero es cierto que las tres últimas entregas (las protagonizadas por Daniel Craig y dirigidas por Martin Campbell, Marc Forster y el mencionado Mendes) han aportado algo diferente (no sé si mejor o peor; este juicio les corresponde a los fans), cosa que servidor agradece. Mendes es un director elegante y eficaz, y se nota. El autor de American beauty, Camino a la perdición o Revolutionary Road atenúa en Skyfall los matices paródicos de Bond, renuncia casi por completo a los habituales excesos manieristas y tecnológicos, cambia la fantasmada y el pasote por la tensión y la acción más realistas, y combina con astucia los guiños a la propia saga de Ian Fleming con otros de corte más clásico, como esa secuencia ambientada en Escocia que huele a John Ford y a Howard Hawks, con armas de andar por casa y con un personaje, el de Albert Finney, que es como un cruce entre Walter Brennan y el Toro McKay de El prado (Jim Sheridan, 1990). Más o menos lo mismo que Christopher Nolan ha logrado con Batman: acercar un universo tan aparentemente restringido como el de los superhéroes a los cánones narrativos y estéticos de un cine accesible a un público mucho mayor.


 
Todavía estáis a tiempo de probar con Argo (Ben Affleck), interesante versión de un hecho real que es en sí mismo más esperpéntico que cualquier guión cinematográfico. Una historia de espionaje y supervivencia que por causas de fuerza mayor debe transformarse en un sainete. Entretenida y trepidante, y con un manejo de la tensión narrativa que es justo lo contrario de lo que te encuentras en Lo imposible. Donde en ésta todo es previsible, en la película de Affleck se saca petróleo de cualquier mínima anécdota. Demuestra que se puede tratar dramáticamente un hecho conocido de forma que el espectador lo viva con genuina intriga. Es cine dentro del cine y también una forma inmejorable de reivindicar el cine como evasión y como solución para hacer más llevadera la no siempre digerible realidad. Un reparto atractivo y un trabajo de ambientación más que notable. Ben Affleck, que como actor es poco más que un repetidor de frases, se está consolidando como un director de primera.
Sobre Fin (Jorge Torregrossa) sólo puedo decir que las posibilidades de mejora derivadas de la reescritura del texto no se han materializado. Ya dije aquí que la novela de Monteagudo me había decepcionado, pero al mismo tiempo pensaba que contenía materiales aprovechables que, bien manejados, podrían acabar resultando atractivos al trasladarlos al cine. La publicidad, una vez más, engaña vilmente. No es terror, ni cine de catástrofes, ni nada parecido, salvo si uno se queda sólo con el tráiler. En realidad, Fin es un slasher sin sangre y sin asesino, que es como decir una porno sin sexo o una comedia sin gracia. Cuando esto pasa, siempre sale el espabilado de turno para colarnos con calzador la palabra poesía. Si aceptamos poesía como sinónimo de indefinición, cuela. Pero no es el caso. Se deja ver por su brevedad y porque los actores se toman su trabajo tan en serio que terminan estando por encima de sus personajes.
Con la que sí he disfrutado ha sido con Invasor, de Daniel Calparsoro, pionero (junto a Mariano Barroso o Enrique Urbizu) en la atrevida empresa de rodar películas en España pasándose por el forro los prejuicios y los complejos. No es una obra maestra, pero sí un thriller de manual, con intriga bien dosificada, crescendo sin interruptus y secuencias de acción que miran de igual a igual a sus hermanas norteamericanas. También ayuda un elenco de actores que dan el callo y un tema de fondo de esos que fomentan la tertulia en el ambigú de turno. Que la historia sea más o menos verosímil si la trasladamos literalmente a la realidad de cada día es un hándicap que traen de serie casi todas las películas del género; si se lo toleramos a los que hablan en inglés, ¿por qué no a los de aquí? Aunque no es una película bélica, guarda ciertas conexiones con filmes como Hermanos (la original danesa de Susanne Bier y el remake anglosajón de Jim Sheridan), En honor a la verdad (Edward Zwick, 1996), Corazones de hierro (Brian de Palma, 1989), Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006) o En el valle de Elah (Paul Haggis, 2007). ¿La guerra termina en el campo de batalla o continúa al volver a casa?

 

Golpe de efecto (Robert Lorenz) se salva, como Fin, por los actores. En especial, por uno. El único, el inigualable, el enorme Clint Eastwood. Retirado oficialmente de la interpretación, se ha permitido el lujo de faltar a su palabra para complacer a un viejo colega y amigo. Puede que esto le suponga su primer Oscar, y lo tendría bien merecido, aunque en mi opinión estaba todavía mejor en Sin Perdón, Million Dollar Baby y Gran Torino, las tres dirigidas por él mismo. Le acompañan Amy Adams, en el papel de su hija, también estupenda y con aroma de estatuilla; Justin Timberlake y el siempre resultón John Goodman. La historia parece sacada de un telefilme de Antena 3 un domingo a la hora de la sobremesa, esto es, superación personal, valores familiares y humanos, conductas ejemplares y enseñanzas sobre esa cosa llamada vida. Como todo está contado de una forma ligera y amena, la presencia de Eastwood y Adams es suficiente para pasar el rato sin sufrimiento, aunque también sin entusiasmo.
Supongo que cuando estéis leyendo esto ya habrán sido expulsadas (o relegadas a recónditas sesiones nocturnas) obras interesantes, como Looper (Rian Johnson), una de ciencia ficción cuyos puntos débiles son una subtrama intermedia demasiado alargada y un riesgo de confusión entre los espectadores debido a la presencia de Bruce Willis. Es decir, esto no va de acción a raudales, sino de viajes temporales y sus consecuencias, un tema que no es precisamente nuevo, pero al que Johnson le aplica un toque de distinción indie que no está mal del todo. Otra de las posibles defenestradas sea Ruby Sparks, la segunda película de Jonathan Dayton y Valerie Faris, que en 2006 lograron un merecido exitazo con su opera prima, Pequeña Miss Sunshine. El guión es de Zoe Kazan (nieta del legendario/membrillo Elia Kazan), quien también protagoniza la cinta junto a Paul Dano. Es una interesante visión de la creación literaria y del enamoramiento, tratados ambos conceptos como si fuesen hermanos o aun sinónimos. Tal vez no sea para todos los gustos, pero nada que ver con las tontunas megalómanas tipo Holy Motors (Leos Carax), ni con la decepcionante Cosmopolis, en la que mi admirado David Cronenberg se ha pasado de listillo alternativo y autosuficiente.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Consejo para escritores enamorados


La persona que amamos es aquélla que vemos precisamente cuando cerramos los ojos. La última en quien pensamos antes de dormirnos y la primera que nos viene a la cabeza en el momento de despertarnos.
Todo precioso y solemne, pero con fecha de caducidad. Una especie de soberbia de animal racional nos induce a creer en la eternidad del amor, cuando sabemos que ni siquiera la propia vida dura para siempre.
¿De quién es la culpa? Está claro: de la literatura. Reconozcámoslo.
Determinados estereotipos y creencias sobre el trabajo creativo aún perviven y abundan entre el veleidoso saber popular, lo que en mi opinión conviene desechar tajantemente.
Me refiero a ciertos hábitos como el de incordiar a los amigos y conocidos para que lean lo que escribimos (un acto de egolatría encubierta y disfrazado de anhelo autocrítico), o a esa manía que tiene tanta gente (generosa, eso sí) de “prestarte” sus anodinas anécdotas cotidianas como si todas ellas contuvieran el germen de una historia genial, y que rara vez merecen utilizarse como parte de un cuento o de una novela.
Pero, sin duda, uno de los defectos más comunes y peligrosos del entregado literato es el de sucumbir a la tentación de redactar lo que su animoso corazón le dicta a grito pelado durante ese momento de embobado hechizo que marca el inicio de un enamoramiento convencional.
Por supuesto que nadie —más allá de la profesión o la formación estudiantil de cada cual— está libre de pruritos líricos y cursilerías retóricas una vez puesto en la tesitura correspondiente, ya que, por alguna poderosa razón, el individuo enamorado de cualquier condición (culto o analfabeto, obrero o tecnócrata) recurre al poema romántico con la misma facilidad que el médico garabatea la receta de turno nada más oír los síntomas del paciente.
Esto, obviamente, presenta un riesgo multiplicado cuando dicho enamorado es un autor literario o aspirante a ello. Existen centenares de opciones en la ortodoxia del cortejo, pero nada como aunar sentimiento y talento para encandilar a la persona de nuestros sueños. Eso creemos, claro, si bien casi siempre es mejor, ya puestos a no abandonar el tópico, quedarnos en el socorrido repertorio de floristería o en una sencilla invitación a cenar o al teatro. Pero algo hay en el ego del escritor principiante imposible de dominar, un combinado del peor garrafón emocional que le lleva a convencerse estúpidamente de que lo que más desea el objeto a seducir es alabar la producción laboral del sujeto cortejador. Otro solemne disparate. (Conste que he matizado lo de “escritor principiante” porque doy fe de que esto se cura con el tiempo. Menos es nada.)
No vayáis a creer que lo peor es que los impulsos iniciales de toda relación terminen entibiándose y serenando el ritmo de nuestra pulsión amorosa. No se trata sólo de que, con el tiempo, aquello que plasmamos sobre el papel resulte empalagoso o timorato por haberse salido del apasionado contexto inicial. Si fuera tan sólo cuestión de esto, tampoco sería tan grave.
Lo más ridículo, en realidad, es leer el texto de marras cuando el sentimiento ha desaparecido o incluso se ha envenenado. Porque el impulso de escribir el poema o el cuento quizá fuera espontáneo, pero tened por seguro que las pomposas palabras que lo componen fueron elegidas con exaltada premeditación, calculado su impacto como si en vez de un puñado de versos se tratara de la fórmula científica para poner en órbita un cohete.
Ay, amigos; es lo malo de la literatura. Tanto afán por embellecer la realidad es un arma de doble filo serrado. Puede que la verdad sea eterna e implacable, pero la realidad es voluble y efímera. Nada de lo que sucedió ayer (o hace un segundo) es ya real, porque ha pasado automáticamente a pertenecer a la dimensión etérea de los recuerdos y las ensoñaciones. Así de simple.
Si se le diera al ex enamorado la oportunidad de releer lo que en su día parió bajo el influjo del ladino Cupido —y si, por supuesto, sobreviviera a semejante impacto— entendería esa diferencia fundamental entre la realidad literaria y la vida misma, que, dicho así de corrido, pueden parecer ciertamente la misma cosa, aunque ya sabemos que no.
Al revisar nuestras viejas odas de enamorados, aquellas frases emperifolladas de antaño se desnudan para enseñar su esencia prosaica. Es cuando "El recio azote del viento" se convierte en que "Hace un frío de cojones", o cuando "Acostarse bajo las estrellas" significa, sencillamente, "Dormir en la puta calle".
Tal vez le dedicasteis a ella o a él un poema, imaginando que era el preludio del nirvana, y después echasteis un polvo que fue más bien una paja con espectáculo.
Por eso siempre recomiendo repasar con suma atención todo lo que hayamos escrito poseídos por esa cosa tan fabulesca y sospechosa llamada amor. Cualquier párrafo, frase o monosílabo. Da igual si es una obra ambientada en la España visigoda o una novela fantástica sobre la colonización de Urano y Plutón. Cuidadito.
Y, por supuesto, no cometáis nunca la arrogante torpeza de dedicarle un texto a la persona amada. Si lográis reprimir tan apabullante impulso, os habréis ahorrado un lamentable episodio de vergüenza ajena futura.
De nada.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Democracia y paradoja



Para bien o para mal, trato de que mis opiniones provengan de lo que veo, experimento e interpreto. Después, si acaso, ya me molesto en contrastar mis puntos de vista con los del resto de la humanidad, y de este modo decido si estoy más cerca o más lejos de las corrientes o doctrinas preestablecidas. Sé, no obstante, que no todo el mundo funciona así. Lo que compruebo al compartir mis ideas con los demás es que la mayoría de la gente procede de la manera opuesta. Es decir, se definen o etiquetan previamente, son tal o cual, de este bando o de otro, nosequeistas o nosequecráticos, y partiendo de ello emiten posteriormente sus juicios y definen asimismo sus posturas.

Será por ello que tengo la sensación de ser prácticamente el único que cuestiona la necesidad y la vigencia de ciertas cosas en el contexto de una sociedad que se define como democrática.

Por ejemplo, hay un aspecto referente al hecho de votar que no acabo de comprender, y cuya aceptación generalizada siempre me ha provocado cierta extrañeza. Todos asumimos aquello de que el voto es secreto como si fuese una necesidad, un imponderable democrático y un síntoma de respeto sin matices.
Pues bien, una vez más, voy a cuestionar la sacrosanta sabiduría popular. Y pregunto: ¿Por qué hemos de temer nada si declaramos públicamente nuestra predilección por uno u otro partido? ¿Por qué hay que encerrarse (es un decir) en una cabina para introducir la papeleta en el sobre antes de depositarlo en la urna? ¿Por qué está más que demostrado que muchos ciudadanos mienten cuando, al salir del colegio electoral, alguien les pregunta para una encuesta que a quién han votado?
No creo que esto sea síntoma de respeto, sino más bien de todo lo contrario. Me da la impresión de que ese aferrarnos a preservar la intimidad electoral delata un concepto de la democracia aún diletante e inmaduro.
Si de verdad fuésemos respetuosos con la libertad de opinión ajena sólo censuraríamos a aquellos que apoyan ideologías no contempladas en el espectro político de una sociedad supuestamente civilizada como la nuestra.
Sería natural reaccionar airadamente contra quien defiende determinados radicalismos y sinrazones extremas, pero, nos guste o no, ser conservador o marxista, democristiano o socialista, monárquico o nacionalista, no constituye delito alguno, y nadie debería tener miedo a expresar sus preferencias delante de nadie.
Pero la realidad es otra, como bien sabemos. Hoy en día (y más aún en estas fechas) nadie puede decir que simpatiza con un partido sin que le llamen facha o separatista, reaccionario o perroflauta.

Otra cosa que me chirría tiene que ver con algo presente en el día en que escribo estas líneas. Hoy es 14 de noviembre, fecha en la que se ha convocado una huelga general. Sacamos ahora la fórmula estándar para afirmar y pregonar a los cuatro vientos que el derecho a la huelga es fundamental, que todo trabajador debería tener la libertad para secundarla sin miedo a represalias, que es un síntoma de salud democrática, etcétera. Pues sí. Pero del mismo modo que cuestiono la necesidad del secreto de voto, sigo sin comprender la figura del piquete. Algunos me diréis que existe el llamado “piquete informativo”, respecto al cual, es obvio, no hay nada que objetar. La realidad, en cambio, demuestra que en muchos casos el término “informativo” resulta eufemístico, cuando no directamente tramposo, y lo que uno ve y escucha son crónicas de cristales rotos, barricadas de fuego, mamporrazos y coches volcados. Comercios y negocios que no pueden abrir porque el susodicho comité “informativo” se lo impide a la fuerza. Lo siento, pero no me va. Es contradictorio con el concepto que yo tengo de la libertad de expresión, la tolerancia y el respeto. Me parece que a día de hoy todavía muchos confunden la pluralidad con la multitud. Porque la democracia no es una cuestión de cantidad, sino de diversidad.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El peatón en catalán

El periódico L'independent de Gràcia publica en el número de esta semana mi relato Cosmos, pieza breve y modesta que, no obstante, posee el mérito de ser el primer texto de un servidor que sale publicado en catalán (ya era hora, dirán algunos, y con razón).

Os dejo aquí el susodicho microcuento, además del vínculo a la web de L'independent.

Mil gracias a Verónica Valverde, autora de la traducción.

La versión en castellano la encontraréis en breve en la república virtual de Buravia.

viernes, 26 de octubre de 2012

Agente del equilibrio internacional


Compruebo con estupor que mis ideas presuntamente progresistas se han quedado desfasadas. Servidor ha crecido con la opinión consolidada de que el pensamiento más abierto, tolerante y liberado en lo referente a la constitución del mapamundi era la utopía del mundo sin fronteras. Pensaba yo que considerarse “ciudadano del mundo” era preferible a empecinarme en ser “muy de mi pueblo”. Sobre todo porque una cosa, tal como humildemente lo veo, no es incompatible con la otra.

Pero resulta que el ambiente reinante me dicta que hoy por hoy hay que pronunciarse obligatoriamente a favor de los nacionalismos para que no le tomen a uno por facha. Pues qué bien. Ya dije aquí una vez lo que opinaba sobre todo este asunto de las naciones, las banderas y demás ínfulas de fundamentalismo geográfico. Mi opinión no ha variado. Las circunstancias en que he nacido y crecido hacen prácticamente imposible que haya desarrollado ningún tipo de ideología independentista, pero eso (coño, parece mentira que haya que aclararlo) tampoco me convierte por norma en partidario del imperialismo, el centralismo o cualquiera de las múltiples gratuidades terminadas en “ismo” que no se les caen de la boca a mis paisanos y conciudadanos en las últimas semanas.

La culpa, como casi siempre, es de los partidos políticos, a los que les va de perlas instaurar una dinámica de debate popular y opinión pública basada en la bipolaridad y la dicotomía extrema. Y después, el mayor de los engaños pergeñados: convencer al pueblo (al electorado, por ser más sibilinamente conciso) de que hablan de sentimientos, cuando es sabido que de lo que hablan en realidad es de otra cosa mucho más prosaica y tangible que se acostumbra a guardar en un monedero.

El tema ciertamente me agota, me aburre mucho. Me cansa sobre todo tener que matizar, cada vez que expreso mi sincera opinión, que pese a no albergar ningún tipo de idea nacionalista ni independentista, respeto, por supuesto, a todo aquel que sí lo defienda. Como si todo lo que no sea reivindicación nacionalista me volviera sospechoso de xenofobia y tuviera que hacer igual que aquellos que tras un comentario presuntamente homófobo se sienten en el deber de aclarar que “tienen muchos amigos gays”. Qué coñazo.

Sin embargo, hay un par de cuestiones que sí creo que me correspondería, modestamente, abordar.

La primera de ellas tiene que ver con ese clima de confrontación constante y virulento que se ha apoderado de las parrillas informativas y las tertulias de café con leche (o carajillo). Parece que sólo existan dos posturas y, por consiguiente, dos colectivos en discordia. Por una parte, los independentistas. Por otra parte, los españolistas. Y se acabó. Todo el mundo parece haberse olvidado de los dos colectivos menos numerosos pero no por ello más irrelevantes. Es más, estos dos grupos de ciudadanos (a uno de los cuales pertenezco) son la clave para mantener el equilibrio, la cordura y la capacidad de entender cosas tan perogrullescas como que para toda regla hay honrosas excepciones, o que en el término medio suele estar a menudo la elección correcta.

Me estoy refiriendo a los colectivos que formaríamos, de un lado, los no catalanes residentes en Cataluña, y de otro, los catalanes residentes en otras partes de España. Pensad, aunque sea durante cinco minutos, en que existimos, y ya veréis como no hay razón para tanto revuelo.

La otra cuestión que me gustaría señalar es la que tiene que ver con los sentimientos. Lo he apuntado antes. No creo que el deseo de ser una nación independiente provenga del caldero ardiente de las emociones (es más, ni siquiera lo llamaría “deseo”, sino más bien “objetivo”). Los conceptos de nación, país, estado, etcétera, son racionales, intelectuales. Se le tiene apego (y eso sí son sentimientos) a una tradición, unas costumbres, una cultura, una gastronomía, un idioma, un folklore, a lugares y personas que forman parte de nuestros recuerdos más entrañables y queridos. Ahora bien, el hecho de querer concentrar todo ello en un recipiente concreto, limitado por esas líneas geográficas imaginarias que llamamos fronteras, se sale de la mera emoción, y tiene que ver con intereses de otra índole, con el poder y el dinero, si es que ambas cosas no son siempre lo mismo. Una bandera es un signo convencional (como una señal de tráfico) y un pasaporte es pura y dura burocracia.

En fin, aquí sigo, transitando las aceras barcelonesas con mis huesos castellanos, contribuyendo a mantener el equilibrio, o intentándolo, como un agente secreto doble de las viejas novelas de espías. Procurando, en la medida de lo posible, salvar la versión genuina de la vida cotidiana, que no tiene nada que ver con la que os llega a muchos —deleznable, patética, sesgada y palurda— desde determinadas tribunas, columnas, atriles, micrófonos y telecoloquios.

lunes, 22 de octubre de 2012

Lo mismo de siempre


Tiene J. A. Bayona un merecido prestigio como director. Filma bien, y ha demostrado con sus dos películas que sabe manejar a los intérpretes, en especial a las actrices. Pero tiene también un talón de Aquiles que se manifiesta de forma casi calcada en su segundo largometraje y que ya constituía el principal lastre de su opera prima, El orfanato. Era ésta una película de terror que terminaba sacrificando el miedo en aras del melodrama maternofilial. Y eso es justo lo que me encuentro en Lo imposible. Veinte minutos iniciales de angustia y terror, de sufrimiento y drama genuino como mandan los cánones del género catastrófico. Pero Bayona no puede huir de sí mismo, y tras el señuelo, lo que viene es un recorrido irregular y algo tedioso por los lugares comunes del telefilme dominical vespertino (ahora las llaman tv movies para que suene más modelno, pero es lo mismo que cuando se llamaban Estrenos TV). Es admirable la valentía de Bayona al revelar claramente su fidelidad a la historia real en que se basa la película. Esto significa que el público ya sabe que el final será feliz, con lo que el guión debería nutrirse de alicientes y conflictos añadidos para asegurar que el metraje aguanta. Y eso es precisamente lo que le falta a Lo imposible. Superado el espectacular comienzo, no hay nada más que un rutinario bagaje de emociones previsibles, empatía estándar y de piloto automático, como si vamos al funeral de alguien a quien no conocemos de nada y terminamos contagiados por el entorno. Es decir, no es tanto la película lo que funciona, sino más bien la idea preconcebida con la que el espectador ya entra en la sala. Claro que lo que vemos da pena. Claro que uno no es un monstruo insensible y es capaz de ponerse en el lugar de la gente que sufrió una experiencia tan horrible. Lo malo es que ya me lo sé todo antes de verlo. Nada me sorprende, y así es difícil que me contagie.

Hay ejemplos de películas que partieron de una premisa similar. Historias reales cuyo desenlace ya conocíamos y que gracias a la habilidad de buenos guionistas y directores consiguen mantener el interés y la tensión. En Lo imposible hay una secuencia (una parte, en realidad) que apunta a ello: desde el momento en que Naomi Watts atisba una sombra tras una cortina hasta que vemos a un niño que se baja de un camión porque se hace pis… Parece claro que se trata de una licencia narrativa, que es más que probable que los hechos no sucedieron literalmente así, pero por eso se hacen películas, obras de ficción basadas en historias verídicas. Es una pena que Bayona no se prodigue más en esos trucos y efectos. Otros filmes, como digo, apostaron más fuerte, y se ganaron mi admiración. Me ocurrió con Zodiac (David Fincher, 2007), El pianista (Roman Polanski, 2002), La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002), ¡Viven! (Frank Marshall, 1993), La gran estafa (Lasse Halström, 2006), Valkiria (Bryan Singer, 2008) Atrápame si puedes (Steven Spielberg, 2002), Man on the moon (Milos Forman, 1999)…

Me temo que Bayona ha confiado demasiado en el innegable valor humano del suceso que le sirve de base, y en cierto modo tiene razón. La película va a funcionar bien, recaudará dinero en taquilla, y eso es una buena noticia para cualquier cinéfilo, especialmente en estos tiempos de amenaza semi apocalíptica para el séptimo arte. Lo imposible no es mi rollo, pero de la misma manera puedo entender que el público la elija mayoritariamente.

Por otra parte, presiento un duelo encarnizado entre esta película y Blancanieves, de Pablo Berger, por batir el récord de goyas ganados. Naomi Watts se lo merece, y también los responsables de los apartados técnicos. Sin embargo, entre una y otra no hay color (perdón por el chiste fácil; Blancanieves, como es sabido, está rodada en blanco y negro). Es más, lo verdaderamente injusto de esta más que previsible dicotomía es que quedará fuera del podio la mejor película española del año: Grupo 7, de Alberto Rodríguez. Inspirada también en hechos reales, por cierto.

jueves, 18 de octubre de 2012

El indie book


Como no tengo e-book ni dispositivo similar no estoy al tanto de lo que se edita exclusivamente vía web. Sin embargo, gracias a la buena gente que circula por ahí, como Frida o Joan Carles, he tenido la oportunidad de leer la novela de este último, Ni modo, esta vida nos tocó vivir.

Por increíble que parezca, todavía hay quien cree que los autores son individuos obsesionados con el éxito y cuya única aspiración es hacerse millonarios a costa del ciudadano de a pie. La culpa de esta mala fama la tiene sin duda el sector más siniestro y codicioso de la SGAE, que no deja de ser una minoría. Para muestra, esta novela de Joan Carles Guisado, que por menos de lo que os cobran por una bolsa en el supermercado podéis descargaros aquí:

http://www.amazon.es/modo-esta-vida-vivir-ebook/dp/B00866887C/

El libro electrónico facilitará sin duda la incorporación de prestaciones y utilidades en el panorama editorial que hasta ahora sólo se concebían en el cine, la música o la televisión. Hablo, por ejemplo, de los contenidos extras (entrevistas con el autor, escenas eliminadas, banda sonora, etc.), tan comunes en los DVD cinematográficos o los CD musicales. Supongo que este cambio tecnológico provocará igualmente que se consolide el concepto de “producción independiente” o “indie”, habitual en el séptimo arte y que (con sus inevitables excepciones) define a aquellas obras creadas al margen de la gran industria, las modas y las corrientes mayoritarias.
Las principales ventajas de esta modalidad acostumbran a estar en aspectos como la espontaneidad, la frescura y la sinceridad. Los inconvenientes, por su parte, suelen apuntar a cuestiones de tipo técnico y formal.

Es decir, el acabado y el rigor narrativo tienden a la baja, y es un riesgo porque esta libertad de publicación puede dar entrada a textos infumables, pero asimismo, y para compensar, se da la oportunidad de descubrir obras hechas con las tripas, espontáneas y libres de toda pretensión. Del mismo modo que justificamos el disfrute de determinadas películas por su sinceridad y naturalidad (aunque evidencien su falta de experiencia o dominio técnico), y por el hecho de que son "de bajo presupuesto", podemos aplicar el argumento a algunos libros, cuyo amateurismo no impide atisbar lo que hay detrás, tan interesante o curioso como lo que nos llega con un acabado más pulido.

Ni modo, esta vida nos tocó vivir, es un buen ejemplo de novela indie, aunque valdría también la expresión "falso documental" para describirla en términos genéricos, y sin perder la analogía cinematográfica, ya puestos.

La historia se construye por medio de una serie de episodios encadenados a través de los cuales vamos conociendo a los sucesivos personajes que se repiten, familiares y amigos de la narradora y protagonista, conocida como La Flaca.

En mi opinión, el punto fuerte de la novela está en el retrato de personajes, del cual uno intuye que el autor sabe muy bien de lo que habla. Niños que observan un vaso de leche como si fuera un artículo en el escaparate de una joyería, jóvenes que trafican y chanchullean para pagar el médico a su madre, canallas aficionados a la ropa de marca, gente que habla con el lenguaje de la calle (el libro incluye un breve glosario de argot al final, aunque creo que se queda algo corto)… Casi todos los personajes poseen algo destacable, hasta los más episódicos (el Colorao, la Fabi, el Trompas...), y eso es lo que provoca esa apariencia de falso documental o cine improvisado.

Como alternativa doméstica a las novelas de Don Winslow y las películas de Iñárritu, Ni modo, esta vida nos tocó vivir, nos muestra de inicio la marginalidad en un tono cercano y desde un enfoque cotidiano, sin golpes de efecto ni recursos clásicos del género negro. Pero poco a poco vamos entrando en el ambiente del narcotráfico a través del descubrimiento de la propia narradora, alternando episodios más livianos y pintorescos con otros de marcado carácter melodramático.

La novela es dinámica y ágil. Se lee rápido y la abundancia de diálogo ayuda. Quizá la fidelidad al lenguaje autóctono pueda requerir un esfuerzo extra a lectores poco acostumbrados, y, como ya he mencionado, puede que el glosario de argot se quede insuficiente, pero incluso así la historia puede seguirse bien gracias a la fluidez del estilo.

No está de más darle una oportunidad de vez en cuando a un autor que no haya sido invitado a la cena del premio Planeta…

miércoles, 10 de octubre de 2012

Paseo por la cartelera (14)


El fraude, de Nicholas Jarecki

Días atrás le comentaba a alguien que echaba en falta últimamente una clase de thrillers que se prodigaban a menudo en los noventa. Películas como No hay salida, Falso testigo, Presunto inocente, La tapadera, La mano que mece la cuna, Malicia, Malas influencias, La sombra del testigo o Mujer blanca soltera busca. Ahora se hacen gran cantidad de thrillers en los que prima la acción apabullante, y algunos están bien, pero este peatón ya tenía mono de esas pelis de suspense “de cámara”, por así decir; o sea, historias que sobre todo se apoyan en un personaje central sobre el que giran una serie de conflictos, trampas, triquiñuelas, malentendidos y todo tipo de situaciones angustiosas que parten de —o repercuten directamente en— su intimidad, en su vida cotidiana. Menos Fast & Furious y más Hitchcock. O, por explicarlo de un modo más doméstico, menos C.S.I. y más Colombo. Con El fraude he recuperado esas viejas sensaciones, y me he llevado la correspondiente alegría. Una película modesta en el apartado técnico y visual, pero contundente y efectiva en el guión y la interpretación. Richard Gere es uno de esos actores (José Coronado sería un caso similar) a los que cumplir años les beneficia profesionalmente, y que saben además suplir sus limitados registros a base de presencia y carisma. Si encima encuentran de vez en cuando a un director que sabe sacarles partido (a Coronado le tocó la lotería con Enrique Urbizu y Eduard Cortés), son capaces de echarse a los hombros una película y atraer público a las salas. En El fraude, Gere encarna a un personaje casi hitchcockiano (plano-cogote incluido), un protagonista que no es precisamente el bueno de la función pero al que Jarecki sabe manipular (en el buen sentido, se entiende) para que nos pongamos de su lado mientras lo seguimos en su odisea particular. Cierto que se cuentan con muy pocos dedos las grandes interpretaciones de este hombre (Asuntos sucios, Chicago, Las dos caras de la verdad, Los amos de Brooklyn… el episodio del hámster no lo cuento porque tengo claro que es una leyenda urbana), pero algo me dice que Hollywood lo tendrá en cuenta este año entre sus candidatos. Del argumento es mejor no contar demasiado. Una trama de intriga bifurcada que bebe tanto de la actualidad económica como de las eternas debilidades humanas. Un entretenimiento de primera, con la ventaja añadida de contar a priori con un espectro de público potencial amplio. Vale para pandas de amigos, para parejas, para los abuelos y hasta para los reticentes que acceden a ver “cine comercial” (animalicos) para complacer al prójimo. Notable alto.
 

 
The deep blue sea, de Terence Davies

Un dramón de época, con todas las letras. Una película sobre los sentimientos que —aleluya— no trata a los enamorados como ositos de gominola. Lo cierto es que aparentaba ser una de esas producciones al estilo Ivory-Merchant (Regreso a Howard’s End, Lo que queda del día…), pero se trata de una obra todavía más intimista y reposada. Quizá sea éste el factor que la hace poco recomendable para paladares acostumbrados al atracón de palomitas y oídos dispuestos a colmarse de estruendo durante dos horas. The deep blue sea es lenta y a la vez intensa, incómoda y al mismo tiempo elegante. Los actores están fenómenos, especialmente Rachel Weisz. Siempre he admirado a la gente que sufre o se enrabieta sin perder la dignidad y sin resultar ordinaria. Será cosa de la flema británica. En cualquier caso, un filme para habituales de los Renoir y similares. Y aun así, cuidado con la sesión de las 22’30, que por muy bien que esté la peli, madrugar tiene sus consecuencias. Un notable pomposo.



El nombre, de Alexandre de la Patellière y Mathieu Delaporte

En los últimos tiempos, la etiqueta “Nº 1 en Francia” da que pensar. Suerte que en esta ocasión importa poco, pues El nombre se aleja felizmente de otros títulos también populares pero a la postre mucho más vulgares, como Bienvenidos al norte, Bienvenidos al sur, o incluso la sobrevalorada, aunque simpática, Intocable. Parece que estamos ante una adaptación a la gran pantalla de alguna pieza teatral, pero no es así, pese a que el 90 por ciento de la acción transcurre en un solo escenario. Y, por fortuna, eso no impide que la historia avance ágil, dinámica y sin dejar apenas lugar al respiro. Es menos aguda y profunda que Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011), aunque tiene algo que recuerda a ese tipo de teatro (Arte, también de Yasmina Reza, podría ser otro referente). Divertida, amena y con un par de giros que le dan impulso para aguantar hasta el final de un metraje al que tal vez le sobren unos minutillos. Aun así, muy recomendable. Una vez más, sólo respondo de la versión original (el doblaje de las películas europeas es siempre una incógnita sobre la que uno no puede mojarse). Notable.

 

Mátalos suavemente, de Andrew Dominik

He dicho varias veces aquí que existe una confusión generalizada respecto al cine de Tarantino, al que se suele calificar de una manera que incita a pensar en películas de acción trepidante llenas de tiros, sangre y hostias. Hay mucha violencia en la filmografía del amigo Quentin, pero proporcionalmente, dichas escenas no ocuparían más de un 20 por ciento del metraje total de sus obras, apoyadas sobre todo en una manera peculiar de concebir las (extensas, interminables) secuencias de diálogos. A esta modalidad se apunta Mátalos suavemente, una película de reminiscencias tarantinianas con un toque socarrón a lo hermanos Coen. Mafiosos sin glamour y delincuentes chapuceros se enredan en una sucesión de conversaciones escritas con evidente atención por el detalle y enriquecidas en boca de actores estupendos. Entre medias, tres o cuatro escenas muy puntuales de violencia que resultan tan efectivas como las de Pulp Fiction, aunque si hay una película de Tarantino a la que se parezca ésta, tendríamos que elegir Jackie Brown (en lo referente al tono, claro; el argumento es otra historia). Se supone que hay igualmente un trasfondo de denuncia política, acentuada por la omnipresencia de televisores encendidos en bares, casas, putiferios y hoteles. En lo que a mí respecta, esa presunta intención crítica me importa más bien poco. Me quedo hipnotizado por la fuerza de esos diálogos con una buena dosis de mala baba y con esos intérpretes que no podrían estar mejor elegidos. El género aún respira, por suerte. Sobresaliente.
 


A Roma, con amor, de Woody Allen

Olía a Vicky Cristina Barcelona que tiraba para atrás. Y… ¡sorpresa! Desde luego que no es una obra maestra y que está a miles de kilómetros de los partos más ingeniosos del abuelito de Manhattan (la imagen, vista el otro día en televisión, de Woody Allen dando cabezadas mientras le hacían una entrevista, es tan grotesca como enternecedora). Aun así, el formato de historias entrecruzadas beneficia y compensa al conjunto, que, según parece, toma como referencia un puñado de cuentos de Giovanni Bocaccio. Servidor sigue en sus trece. Por mucho que la crítica sesuda y la cinefilia vegetariana se empeñen a dos bandas en ensalzar la vertiente dramática de Allen, creo que su mejor baza es la comedia. Ácida, irónica, cáustica, sí, pero comedia. Algunas de sus obras cumbre, como Annie Hall, Delitos y faltas, Hannah y sus hermanas o Manhattan se benefician de la habilidad para hacer que la honda reflexión no sea incompatible con la sonrisa o aun la carcajada. Cuando ha apostado por el drama al cien por cien (Interiores, Otra mujer, September, Cassandra’s dream…) el genio no brilla tanto, quizá con la única excepción de Match point, una de mis preferidas. Además, cuando sale él en persona, siempre suma a favor. Películas como Scoop o Todo lo demás aprueban el examen gracias a ello. Estamos ante un caso similar. A Roma, con amor, no es tan corrosiva como Desmontando a Harry ni tan divertida como Granujas de medio pelo, aunque contiene ideas y situaciones ingeniosas que casi nos retrotraen por momentos a la época de esplendor (el Woody Allen anciano ha perdido chispa cómica pero ha ganado un cinismo frente a la muerte que regala de vez en cuando destellos apreciables de humor negro). También tenemos reciente Midnight in Paris, una de sus mejores películas de los últimos tiempos, pero aun así, esta ligereza romana está por encima de la mayoría de las supuestas comedias que nos van endosando cada semana en las carteleras. Menos es nada. Un notable por la agradable sorpresa.



Desafío total, de Len Wiseman

Veinte años es muy poco tiempo, y no sólo para un cantante de tangos. Esta es la razón principal de que el remake de Desafío total, aun siendo una película entretenida y técnicamente lograda, deje una sensación de simple aperitivo. Len Wiseman le ha quitado la ironía y el cachondeo que reinaban en la versión de 1990 (dirigida por Paul Verhoeven), aparte de reducir los límites espaciales de la epopeya y de cambiar el macguffin atmosférico por uno armamentístico, con lo que los otrora mutantes se convierten ahora en inmigrantes, privándonos de personajes memorables como aquella especie de Jordi Pujol intestinal conocido como Kuato. Sorprende igualmente que el que era, en mi opinión, el señuelo dramático principal (¿estamos en la realidad o soñando?) quedé aquí en un segundo plano, apabullado por la más obvia odisea de busca y captura de los buenos por parte de los malos. También hay un cambio ostensible en el protagonismo del personaje interpretado por Kate Beckinsale (rol que le correspondió a Sharon Stone en la peli de Verhoeven), a la sazón esposa del director. ¿Prevaricación? ¿Nepotismo? ¿O es sólo amor? Bueno, da igual en realidad. Los que tengáis en buena estima la versión de 1990 notaréis que os falta algo, si bien se deja ver. Para los demás, un entretenimiento más que digno. Notable.

 

jueves, 4 de octubre de 2012

Otra manzana mordida


Presiento (de hecho, ya he empezado a notarlo) una creciente avalancha de destrucción masiva procedente de espectadores mal informados que van a ensañarse injustamente con esta nueva película de Pablo Berger, la segunda tras su interesante debut en 2003 con Torremolinos 73. Os preguntaréis el porqué de mi mal augurio. Pues porque Blancanieves es una película española, para empezar, y despotricar contra el cine español es casi tan obligatorio como cagarse en el gobierno, en los bancos y en Hacienda. Y también porque hace menos de un año que hemos presenciado como The Artist, una película muda y en blanco y negro, se llevaba todos los honores en la gala de los Oscar de Hollywood. Así pues, juntando un argumento con el otro, lo que queda para las tertulias de sobremesa es la conclusión equivocada de que el director español ha copiado descaradamente al francés (porque, obviamente, los autores de aquí son unos ineptos sin talento ni imaginación). Por ello, debo empezar aclarando que el proyecto de Pablo Berger llevaba gestándose nada menos que ocho años, y es posible que su estreno se haya visto favorecido por el reciente éxito de The Artist, pero una cosa es eso y otra que empecemos a hablar de copias, plagios y otras inexactitudes, por no decir burradas.

Hay que ser muy buen director y muy buen guionista para armar una historia y mantenerla viva en pantalla sin recurrir a los diálogos. El prestigio de los grandes autores del cine mudo no es un simple esnobismo para tirarse el rollo cinéfilo, y descubrir los aciertos narrativos y estéticos de Blancanieves da una idea de por qué, en estos tiempos de veneración absoluta a la tecnología, las películas de Buster Keaton, Chaplin, Eisenstein, Griffith, Von Stroheim, Méliès, Fritz Lang y demás pioneros perduran y constituyen la mejor escuela para aprender cómo se cuenta una historia en imágenes.

Tanta discusión sobre ciertos aspectos coyunturales está desviando la atención respecto a otros puntos destacables de la película. Por ejemplo, la curiosa adaptación del cuento de los Hermanos Grimm a ese universo cañí de los años 20 consigue una especie de fusión entre Todd Browning y Cristina García Rodero ciertamente original, dejando huella en la valiente y emotiva elección del desenlace. O la música, que no es la que yo me pondría en casa, pero que al contexto histórico y dramático de la película le va de maravilla.

Entiendo que no todo el mundo comparta el interés por este tipo de cine, es comprensible. Ahora bien, si estáis anclados en el terreno la duda, yo os animaría a intentarlo, pues creo que merece la pena. Y si no, intuyo que tendréis otra oportunidad a principios del año que viene, porque pinta que el filme sumará un buen puñado de goyas (película, director, guión adaptado, fotografía, montaje, banda sonora, dirección artística, maquillaje y peluquería; y en cuanto a los intérpretes, Maribel Verdú y Daniel Giménez-Cacho como secundarios, y Macarena García como actriz revelación, parecen más que previsibles). Lo que sí parece poco menos que imposible es que vaya a ganar el Oscar (es la película elegida por la Academia española), ya que en este caso sí que influye negativamente el hecho de que justo en la edición anterior se premiara una obra similar en términos formales y de atrevimiento, aunque fuera en una categoría distinta.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Manzana mordida


 
No es un secreto para nadie. En esta misma página reconocí hará cosa de un año que nunca he tenido un ordenador Mac, y, a estas alturas, tampoco he sucumbido a la tentación (presunta, todo hay que decirlo, pues ni siquiera siento un mínimo picorcillo de curosidad) del iPhone, el iPad, el iPod o cualquier otro dispositivo, artefacto o cacharro cuyo nombre de pila (perdón por el chiste retroelectrónico) comience con la letra i minúscula.
 
Menos tiempo aún ha pasado desde que me referí a ciertas tendencias y expresiones artísticas que siempre he considerado “tramposas”, en el sentido de que venden una idea de sofisticación —ya sea vanguardista o marginal, que lo mismo da— que en el fondo encubre unas intenciones idénticas a las que persiguen los predicadores de la moda y el gran consumo. Y esto significa que a menudo underground y mainstream son términos sinónimos, mal que les duela a los vanidosos modelnos.
 
Por ello no pude disimular mi estupor al observar cómo, tras la muerte del magnate Steve Jobs el pasado octubre, el universo internáutico al completo se deshacía en elegías, panegíricos y oraciones devotas que ya quisieran para sí los farsantes de todas las sectas del planeta.
 
Soy humano, que conste. No me refiero a la consternación lógica por la muerte de alguien demasiado joven, aunque sea un completo desconocido. Ese grado de empatía aún lo conservo. Esto ha sucedido toda la vida, desde Larra hasta John Lennon; desde James Dean hasta Antonio Flores. Sin embargo, me sorprende la veneración apasionada y excesiva que se le profesa al imperio de Apple, más allá de que sus inventos (los cuales, repito, desconozco) puedan ser realmente admirables desde el punto de vista tecnológico.
 
Todo santo necesita un templo, y en Barcelona ya estaban tardando. Al pasar junto a la macro tienda Apple recién inaugurada en la Plaza de Cataluña, constato que el fervor no se ha extinguido, de lo que deduzco consecuentemente que su razón de ser no residía tan sólo en la lógica compasión por el muerto reciente. No hará falta especificar que la tienda está siempre a reventar de gente, sin obviar tampoco que los precios en aquel lugar no son precisamente la competencia de los bazares chinos.
 
Pero sin duda lo más desconcertante ha sido contemplar la cantidad de personal que se acumula fuera de la tienda, en sus alrededores, y que —atención, que suenen los tambores— ¡se fotografía delante de la fachada!, como si aquello fuese la Sagrada Familia o como si la manzana mordida que la empresa tiene por logo fuese un emblema característico de la ciudad, tal que el dragón multicolor del Parque Güell, el castillo de Montjuic o la silueta de las torres gemelas del puerto.
 
Puestos a ser modelnos y alternativos, propongo una nueva ruta de retratos turísticos, con escenarios como el Burguer King de Canaletas, El Corte Inglés de Francesc Macià, el Rey de la Gamba del Paseo Juan de Borbón, la Filmoteca de Catalunya (ésta hay que hacérsela de noche, con un par), el Centro Comercial Glóries, el Carrefour de Las Ramblas, el gimnasio DiR de Sarriá, el Starbucks de Josep Tarradellas, el bar La Esquinica, la gasolinera de Balmes con Plaza Molina, el Cash Converters de Floridablanca, el ambulatorio de Poble Sec-Manso, cualquiera de los almacenes orientales de venta al por mayor de la calle Trafalgar (hay donde elegir, tranquilos), el despacho de loterías de la Estación de Sants, la cafetería del FNAC de Diagonal Mar, el quiosco de prensa de la Plaza de Lesseps, la sucursal de Bankinter de Gran de Gràcia o el puesto de castañas de Aribau con Universidad, por nombrar sólo un puñado de ejemplos. Se admiten sugerencias.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Ese puto arte


 
Aún no conocía las nuevas instalaciones de la Filmoteca de Cataluña, en Barcelona, que a principios de este año se trasladaron desde su antigua ubicación en la Avenida de Sarriá a la nueva en el barrio del Raval.
Dos salas de proyección, biblioteca, mayor comodidad, mejor sonido, ampliación de la programación… es decir, ventajas y mejoras sustanciales, lo cual es de agradecer. Otra cosa es que este nuevo emplazamiento parezca pensado para atraer a más público. Lo digo porque no está precisamente en el mejor sitio para dejarse caer por casualidad, menos todavía a según qué horas.
Tiene que ser uno muy amante del cine para plantearse acudir, pongamos, un martes de noviembre a la sesión de las 23 horas. El lugar es idóneo para rodar un especial del programa Callejeros o para desarrollar el trabajo de campo correspondiente a un estudio sobre el lumpen barcelonés. Sí, ya sé que para ir de artista por la vida hay que ponerle un punto de marginalidad, bajos fondos, drogas y burdeles, pero a mis años no estoy ya para clichés culturetas y romanticismos bohemios.
Debe de haber una conexión que se me escapa entre las filmotecas y las putas. Así es, porque si bien la sede anterior estaba en un barrio más bien acomodado, igualmente cierto es que en los alrededores de la vieja Filmoteca proliferaban los locales de alterne más aún que los cajeros de La Caixa, y ya es decir. Uno no tenía que sortear, como sucede ahora, a una comitiva interminable de camellos y prostitutas para llegar hasta la puerta del cine, pero si la calentura apremiaba tampoco iba a tener dificultades para aliviarla en pocos metros a la redonda.
A ver si todo va a formar parte de la aparente maniobra orquestada en los últimos tiempos para cargarse definitivamente el séptimo arte. Una corriente, por cierto, a la que nos hemos sumado todos, sin excepción. Productores, distribuidores, exhibidores, espectadores y gobernantes. Subidas canallescas de impuestos, precios cada vez menos asequibles, piratería de garrafón… Una pena.
Por mí, que no se diga. Seguiré como hasta ahora, pero si de aquí a un tiempo me he vuelto un putero drogadicto, la culpa no será mía: es que el cine me hizo así.
 

viernes, 7 de septiembre de 2012

La colonización prosigue



Muchas de las historias que conocemos popularmente como leyendas urbanas suelen nacer de entradillas como “Me han contado que..”, o “Un amigo me ha dicho que...”, o incluso “Un amigo me ha dicho que un conocido suyo le ha contado que...”.
Por regla general, solíamos recurrir a los medios de comunicación para amparar la historia que contábamos y certificar de algún modo que era real, auténtica, verídica. “Lo he leído en la prensa” o “Ha salido por la televisión” eran afirmaciones que bastaban para demostrar la veracidad de un suceso.

Internet ha contribuido a que se haya ido perdiendo de forma progresiva la fe en los medios de comunicación como notarios de la verdad incuestionable. La libertad de publicación que ofrece la Red venía ya con ese efecto secundario implícito. Es decir, la fiabilidad se resiente cuando no existe filtro alguno, y al final lo acusa nuestra credulidad. Ninguno queremos resucitar la práctica siniestra de la censura, pero al mismo tiempo debemos ser conscientes de que el inabarcable foro cibernético es tan prolijo en información como susceptible de cargarse de infundios y falacias. Cuidado con los “sabios de Wikipedia”, en otras palabras.

Así pues, ¿qué nos queda? Visto (y oído) lo que hay por ahí, diría que el sistema actual de determinación o certificación de la veracidad pasa por la conversión idiomática de los conceptos. Es decir, tendríamos que empezar a aplicar la misma norma oficiosa que ya se viene imponiendo desde hace tiempo respecto a ciertos fenómenos, sucesos o roles, y que sería algo así como “Si hay una palabra en inglés para denominarlo, es que existe”.

Regreso de vacaciones para constatar que esta absurda invasión avanza sin pausa. Y digo absurda precisamente porque no tengo nada en contra de que se hable inglés o el idioma que sea (sólo faltaría; qué más quisiera yo que hablarlo o entenderlo realmente bien, aunque sólo fuera para saber lo que dicen muchas de las canciones que escucho y no tener que leer subtítulos en el cine). Lo que me parece ridículo, y perdonadme los sensibles, es que compremos inventos a quienes no han inventado una mierda. Me explico.

Como digo, nada más conectar de nuevo con la realidad cotidiana constato que el concepto afterwork se impone poco a poco en bares y garitos de copas de Barcelona y Madrid. En ambos casos, tiene delito. En el de Barcelona, porque serán más de setecientas veces las que habré oído en los últimos quince años la afirmación de que el barcelonés, al contrario que el madrileño, no tiene ni ha tenido nunca la costumbre de irse a tomar algo por ahí después del trabajo. Ahora va a resultar que el problema era que había que decirlo en inglés (no en catalán, ni en castellano). Pues una de dos: o los currantes barceloneses en pleno se han vuelto de pronto un rebaño de esnobs, o los lumbreras que han pensado que por utilizar el reclamo en inglés van a cambiar una costumbre ancestral se van a arruinar en menos que canta un sobaco en un vagón de metro. Y en el caso de Madrid, pues qué decir; si esto estaba ya más que inventado desde antes que a Valle-Inclán le creciera pelusa en el bigote. A vender el cuento a otra parte, plis.

Por otro lado, aclarar que en ningún caso el término hará alusión a los trabajadores con mono de faena, delantal o uniforme de cualquier tipo que de vez en cuando vemos degustando una cerveza o un café al término de su jornada laboral. Lo de usar el inglés es asimismo un indicio claro del público al que se quiere engatusar (ejecutivos, emprendedores de cuello blanco, gente del bisnes). Personalmente, estoy a favor de que la gente alterne, a la hora que sea. Lo que me parece triste es que sean precisamente los titulados, los coleccionistas de masters y los aspirantes a magnate los que, aparentemente, hayan tardado tantos años en darse cuenta de que existían los bares, justo hasta que alguien se lo ha revelado con un palabro anglosajón.     

También veo anunciado en televisión un nuevo programa. En fin, nuevo quiere decir que se empezará a emitir en breve, pero no que sea lo que se dice una novedad. Es una enésima variación de los programas de talentos, como Tú vales mucho, Operación Triunfo, Tú tienes talento, El factor X, etcétera. Se trata de que, como siempre, vaya gente a cantar y un jurado compuesto por famosos valorará las actuaciones y elegirá al ganador. Lo de siempre, ya digo. Pero, ah, claro, resulta que el jurado no es un jurado. Tampoco un panel de expertos ni un comité ni un tribunal examinador ni los supertacañones ni nada que suene a derivado del latín. Qué va. En este nuevo programa, las personas que juzgan y humillan se llaman coach. La palabra significa, literalmente, entrenador o preparador, y en los últimos tiempos se ha consolidado en el mundo empresarial (las modas las pone el dinero, por si alguien lo dudaba) para definir labores de preparación, potenciación del talento, asesoría estratégica, gestión del rendimiento y bla bla bla. Unas veces servirá de algo y otras no, a veces será útil y a veces una simple y pomposa estafa, pero no se trata de eso. Mi grito en el desierto cibernético es tan sólo una manera de desahogarme ante tanto cursi espabilado que circula por ahí pretendiendo vender como nueva mercancía sobada y de tercera o cuarta mano.

Y qué decir de las personas sin pareja, los solteros, como se han denominado siempre y como todavía figuran definidos en los diccionarios. Las lumbreras del marketing descubrieron recientemente que si se nos imponía el anglosajón single para referirnos a este sector de la sociedad, las posibilidades de hacer negocio a su costa se multiplicarían por mucho. Y la verdad es que funciona. Supongo que si alguien, a día de hoy, anunciara la organización de un baile, un crucero o una caravana para solteros, la imagen que se impondría sería una más bien decadente, o anacrónica, la de una legión de mozos talluditos ávidos de aliviar necesidades elementales por la vía más primitiva y menos elegante.

Así pintan las cosas. La palabra “soltero” ha quedado relegada al ámbito de lo chusco y populachero, a las despedidas de soltero y los partidos de solteros contra casados en las fiestas de los pueblos (imaginad lo ridícula que sonaría la expresión “partido de singles contra casados”). Con el uso cada vez más extendido de single, la soltería —algo que para muchos, no sé bien por qué, sigue siendo un estigma— queda dignificada y elevada a los altares del glamour y la vanguardia. Se acabaron las solteronas que quedaron para vestir santos y los llamados mozos viejos.

Ya lo sabéis. En caso de confusiones de identidad o de crisis existencial inminente, corred a la embajada británica más cercana y pedid la nacionalidad.