miércoles, 28 de diciembre de 2011

Paseo por la cartelera (10)


The artist, de Michel Hazanavicius

Que la favorita para la próxima edición de los Oscar sea una película muda y en blanco y negro es una alegre excentricidad cinéfila que, no obstante, está lejos de reflejar la realidad.
The artist es una gozada en sí misma, pero sobre todo por lo que tiene de sorpresa y de homenaje a un concepto del séptimo arte que ya se ha perdido, tanto por la colonización casi absoluta de las redes de multisalas como por la grotesca fatuidad de la nueva cinefilia, empeñada en reivindicar un cine presuntuoso e inaccesible como sello inconfundible (para ellos) de calidad.
Porque lo primero que pensé tras ver el filme de Hazanavicius fue que esta obra —hoy por hoy de culto, regalo para fans nostálgicos y ratas de filmoteca, niña mimada de la crítica y oasis de pureza entre tanto vendaval bullicioso y digital—, esta misma película, de haberse estrenado en la fecha en la cual se ambienta y que recrea con admirable efectividad (finales de los años 20 y principios de los 30; es decir, la transición del cine mudo al sonoro), habría sido un producto para llenar salas y arrastrar marabuntas de público. Una historia bien contada pero tirando a convencional, que juega su mejor baza en la melancolía y no tanto en el genuino dramatismo, que se entiende perfectamente y no sucumbe a experimentos cronológicos ni estructurales en su mecanismo narrativo, una historia como las de antes, rodada como las de antes y con las pretensiones de antaño. Ante semejante material, el cinéfilo vegetariano o el fatuo espectador de arte y ensayo huiría despavorido en busca de minimalismo alternativo, pues su organismo sensible no suele soportar la mera expectativa de una de platea completa y una taquilla boyante.
Como aquella fórmula que el personaje de Alan Alda exponía en Delitos y faltas (Woody Allen, 1989) y que demostraba que comedia era igual a tragedia más tiempo, en este caso parece aplicarse una ecuación similar, por medio de la cual afirmaríamos algo así como: “obra maestra es igual a película corriente menos color y sonido”.
He tratado de imaginarme cómo se habría filmado este mismo guión si el proyecto hubiera caído en manos de un productor hollywoodiense al uso. La película resultante, con sonido, color, diálogos y formato actuales, protagonizada, pongamos, por George Clooney y Natalie Portman, probablemente entraría en la quiniela del Oscar, aunque nunca en la privilegiada lista de las favoritas de la élite.
Pero sería injusto reducir The artist tan sólo a tales apreciaciones. He disfrutado mucho viéndola, admirando sus virtudes técnicas, que son infinitas, y también el trabajo impecable de los actores, haciendo creíbles sus personajes en su recorrido dramático e igualmente superando el reto de componer una gestualidad anacrónica imprescindible para la veracidad del relato.
Si un telespectador actual se encontrara esta película zapeando, seguro que cambiaría ipso facto de canal. La ironía está en que es muy posible que cientos de esos hipotéticos espectadores estén acudiendo a los cines a ver The artist durante las últimas semanas, movidos por el canto de sirena de la publicidad. Pues bienvenida sea esta vez. No está de más que el público (sobre todo los más jóvenes) recuerde de vez en cuando que, antes de la tele, el top manta, la piratería internauta y el 3D, hubo un espectáculo capaz de atiborrar teatros y provocar aplausos, risas y hasta bailes.
Un notable alto.




El topo, de Tomas Alfredson

Perdonad que insista, pero creo que la gente debería informarse bien antes de elegir qué película va a ver. Parece que hable en boca del mismísimo Perogrullo, ¿verdad? Bueno, pues fueron siete, hasta donde llegué a contar, las personas que abandonaron la proyección de El topo, y eso que en total no seríamos más de veinte en toda la sala.
¿La razón? Desde luego que no tiene que ver con la película, que es, en mi opinión, soberbia. La causa de ésta y otras espantadas similares (véanse El árbol de la vida o incluso La red social) no es otra que la desinformación.
La pereza hacia la lectura que caracteriza a nuestros contemporáneos acentúa el riesgo de decepción frente a la pantalla del cine. A muchos (empiezo a sospechar que en el fondo hay más masoquistas de lo que parece) les basta el título (a menudo horrendo, sobre todo si es traducido) y el nombre de un actor para elegir. Allá ellos.
El topo es una de espías, sí, pero no al estilo de James Bond ni de Jason Bourne, y tampoco tiene que ver con la reciente (y más que notable) saga de Misión Imposible.
Bastaría con leer un par de reseñas. Y si no fuera suficiente con ello, está el dato esclarecedor (el que siempre deberíamos consultar antes que cualquier otro) del nombre de su director. Tomas Alfredson, aparte del autor de la que es probablemente la mejor película de terror de la última década, Déjame entrar, es un realizador cuyas señas de identidad remiten a la pausa, la observación minuciosa, el tono reposado y la sugerencia por encima de la explicación.
Todo ello se repite en esta adaptación de la novela de John Le Carré, y da como resultado una película que contiene su principal valor en el retrato casi entomológico del espía como esclavo burócrata, en el lado opuesto del héroe de acción que desactiva bombas in extremis, se lanza en paracaídas o pilota aviones de guerra.
El hierático Smiley, que tan bien encarna Gary Oldman, y sus compañeros de odisea oficinesca (un elenco de liga de campeones, con John Hurt, Colin Firth, Ciarán Hinds, Toby Jones, Mark Strong y Tom Hardy, entre otros ilustres nombres del cine británico) son hombres amohinados y taciturnos, víctimas del trabajo sucio que realizan en aras del orden mundial, individuos solitarios o atormentados condenados al fracaso sentimental, gente despojada del derecho fundamental a poseer una vida privada intacta.
Se nota que el director ha puesto todo su empeño en el dibujo de estos tipos turbios y desconsolados, en trasladarnos de una forma elegante y sutil tanto sus vicisitudes laborales como sus íntimos disgustos (en este sentido, Alfredson en un maestro, capaz de explicarnos sentimientos de todo tipo e incluso de resumirnos un episodio biográfico con un plano de pocos segundos: una avispa dentro de un coche cerrado, una mirada por la ventana durante una fiesta, la ejecución de un pájaro intruso, el reencuentro con una vieja colega cuando el pasado ya no es lo que era…).
Por supuesto que también hay una trama de intriga internacional, de espionaje clásico, y es aquí donde quizá se abra la brecha entre la propuesta de Alfredson y los prejuicios del público contemporáneo. La trama es compleja y exige atención —como en El buen pastor (Robert de Niro, 2006), Los tres días del cóndor (Sydney Pollack, 1975) o Syriana (Stephen Gaghan, 2005)—, algo que, por desgracia, veo desaparecer progresivamente de nuestras salas de cine, plagadas de móviles que pervierten el obligado ritual de oscuridad y silencio.
Así pues, cuidado (especialmente para los que elijan la sesión nocturna, por eso del sueño), y que no os influyan los ecos de próximos premios, a los que sin duda El topo optará. Si buscáis evasión, adrenalina y ritmo, tenéis a Tom Cruise y compañía, que cumplen sobradamente las expectativas sugeridas en los trailers y demás soportes promocionales.
Y si elegís El topo… La verdad, no sabría decir cuál es la clave para disfrutar de esta película. Desde luego que no es entretenida ni trepidante, aunque no por ello deje de ser apasionante e hipnótica. Me encanta cómo está filmada y montada, la música me parece estupenda y los intérpretes son de matrícula de honor. Tengo ganas de volver a verla, y para mí no hay mejor diagnóstico. Sobresaliente.



Perros de paja, de Rod Lurie

Perros de paja (Sam Peckimpah, 1971) es una de las primeras películas “para adultos” que recuerdo haber visto cuando se suponía que aún no tenía edad para ello. Sólo por eso ya ocupa un lugar privilegiado en mi memoria filmófila, pero es que además el filme de Peckimpah era realmente bueno, una historia dura y sin concesiones, de esas que te dejan la vista salpicada de sangre y el cerebro rumiando durante varios días.
Pese a ello, no pertenezco a la legión de los fundamentalistas que denuestan y pisotean los remakes antes siquiera de verlos. Ya sabemos que lo de hacer nuevas versiones es innecesario, más aún cuando partimos de obras que ya eran brillantes en su versión original. Eso no evita que, de vez en cuando, alguien pueda sorprendernos, o bien que, en determinadas circunstancias (avances tecnológicos, nuevos enfoques intelectuales o morales, tendencias de todo tipo, rigores de la actualidad, etc.), según qué remakes puedan resultar incluso oportunos.
Siempre me remito al mismo ejemplo. La versión que realizó Scorsese de El cabo del miedo (una película que ya era buena) aportó tales mejoras respecto a su modelo que, tal como yo lo veo, llegó a superarlo. No sólo actualizó determinados elementos, como la violencia o el diseño del villano, sino que añadió complejidad a los personajes para restar maniqueísmo a la historia y sumar, en consecuencia, mayor intriga al conjunto.
Nada de esto hay en la película de Rod Lurie, si bien creo que contiene ingredientes lo suficientemente dignos como para haber corrido mejor suerte (en el momento en que estéis leyendo estas líneas, es posible que la película ya haya desaparecido de la cartelera, devorada por dibujos animados, pastelones románticos y restos de temporada diversos).
A lo mejor es que el espectador de hoy está demasiado acostumbrado a un tratamiento de la violencia que es más pirotécnico que carnal. Es obvio que el estilo de Peckimpah está en las antípodas de los mamporros de Jackie Chan y los destrozos colosales de los Transformers. Y aunque Lurie se muestra algo contenido respecto a Peckimpah, los arranques violentos de su película quizá sigan siendo excesivos de cara a un público convencional.
En cuanto al contenido sexual, más de lo mismo. Se nota demasiado la dictadura de la corrección política que hoy en día gobierna en el territorio de la ficción, y no me refiero exclusivamente al aspecto visual (que al fin y al cabo es lo de menos; no estamos ante una película porno). Aquí, y al contrario de lo que sí hizo Scorsese, se ha optado por suprimir la ambigüedad para distinguir radicalmente a los buenos de los malos (y evitar, supongo, interpretaciones equívocas y ofensas colectivas de esas que tanto abundan). Una pena, pues era ésta una de las cualidades más interesantes de la obra original.
Tampoco descarto que el tema del hombre urbano enfrentado a la hostilidad de la naturaleza y el entorno rural haya dejado de interesarle a la gente. Será por ello que la estupenda Bosque de sombras (Koldo Serra, 2006), clara heredera de Perros de paja, pasó desapercibida hasta para los premios Goya. Y no sé si a cualquiera de vosotros os provocaría a día de hoy el mismo escalofrío que a mí aquella escena al inicio de Deliverance (John Boorman, 1972), en la que un niño deficiente tocaba el banjo y daba más miedo que si hubiera empuñado un arma.
Comparaciones aparte, me parece que esta nueva Perros de paja es, como mínimo, un producto decente, sobre todo pensando en quienes no conozcan la película de Peckimpah, que intuyo no serán pocos.
Un aprobado sobrado.

2 comentarios:

T.M. dijo...

Me he acostumbrado a mirar tu listado de películas y esas cruces que pones, antes de elegir una peli.

Saludos y buen año 2012 !

El último peatón dijo...

¡Buen año para ti también!