miércoles, 14 de diciembre de 2011

Felices y odiadas fiestas


Odiar la Navidad se ha convertido en una especie de cliché contracultural más estereotípico aún que las propias tradiciones navideñas, y ya es decir.
Supongo que la ausencia de creencias religiosas contribuye en mi caso a que este periodo inevitable que se repite cada final de año no me produzca ninguna clase de exacerbación, ni en lo bueno ni en lo malo.
En realidad, me aprovecho de que exista y así debo reconocerlo, ya que sería hipócrita por mi parte renegar de algo que me proporciona un buen puñado de días de vacaciones y otros tantos momentos de esparcimiento y exceso, sobre todo en lo referente a banquetes y reuniones con amigos.
Allá cada cual, pero yo recomendaría a los activistas antinavideños, tan aguerridos ellos por estas fechas, que se relajaran, por su bien.
Si de verdad quieren desmarcarse de la presión consumista (que no es poca) basta con que se declaren abiertamente objetores y por tanto aleguen sus razones para declinar invitaciones y regalos. Eso sería lo más sencillo, amén de lo más coherente.
Pero mucho me temo que circula por ahí mucho protestante de boquilla. Porque, seamos sinceros: ¿quién estaría dispuesto a renunciar a sus días festivos por razones de alergia navideña? Seguro que muy pocos.
Así pues, reconozcamos que más allá de nuestras creencias o nuestro fundamentalismo laico, en el fondo nos interesa claudicar y sacarle partido al costumbrismo religioso que permanece incrustado en el calendario y que, aparte de la Navidad, nos obsequia con Semanas Santas y demás festividades en honor a santos, vírgenes y patrones diversos.
Puedo entender que los más beatos o tradicionalistas protesten contra la invasión mercantil que eclipsa los motivos espirituales originales. Lo que ocurre es que suelo comprobar igualmente que quienes más pestes echan contra la parafernalia navideña son también quienes menos comulgan (nunca mejor dicho) con cualquier rito que provenga de las instituciones religiosas, con lo que al final todo se convierte en un sufrimiento continuo y un empeño crónico por estar disconforme. Me canso sólo de pensarlo.
Por ello, mi naturaleza pragmática me dicta adaptarme al entorno y sobrevivir. No tomo uvas, porque no me gustan, ni voy a la misa del gallo ni decoro mi casa con belenes o árboles. Pero recibo con agrado los regalos y procuro disfrutar de los momentos “El Almendro” con mi familia. Tampoco es para tanto, y además se pasa volando.
Lo único que prohibiría si estuviese en mi mano es ese martirio auditivo conocido como villancico, un horror musical que mantiene una encarnizada lucha con la Tuna por el primer puesto en la clasificación de mis fobias melódicas.

1 comentario:

L.M. dijo...

Tienes razon. Los creyentes, me incluyo entre ellos esta vez, acostumbramos a protestar en estas fiestas porque el consumismo eclipsa lo que nosotros consideramos importante,el nacimiento de quien para nosotros es nuestro Salvador. Ademas la avalancha material propia de las fiestas, termina por confundir incluso a esos que tu llamas beatos, o tradicionalistas. Con tanto regalo terminan por olvidar que es lo que estan celebrando.
Por lo demas, totalmente conforme con lo que dices. Y por cierto, que conste, ni la tuna ni los villancicos. Me ponen enferma.