miércoles, 23 de noviembre de 2011

Desentrenado


La última vez que había cenado a solas con un ser humano sin pene había pagado la cuenta en pesetas. También hacía ni se sabía el tiempo que no se ponía colonia, y su camisa más nueva era un regalo de tres Navidades atrás.
En un cuento convencional se diría que su estado de inquietud ante el encuentro era similar al de su primera cita, pero en realidad era mucho peor. La inexperiencia a los quince años no sólo se comprende, sino que se da por sentada. A su edad, dicha carencia lo colocaba en la nómina de los marcianos.
Llegó puntual, y le alegró comprobar que ella ya estaba allí. Pidió lo mismo para beber y se acomodó en la barra, a su lado. Se dieron dos besos mecánicos y tímidos, como si una tercera persona hubiera hecho las presentaciones pertinentes, aunque su verdadero celestino no estaba ni allí ni en ninguna otra parte, o más bien en todos los sitios a la vez.
En su perfil él tenía una foto de Homer Simpson, con lo que el riesgo de ella era a priori mayor. Él —estaba seguro— nunca habría quedado con nadie de quien no poseyera al menos la confirmación de sus rasgos elementales.
Tenía preparado su discurso para relajar la tensión y eludir la bazofia diplomática. Lo había leído en una revista puntera del gremio de la frivolidad, pero aun así parecía un consejo recomendable para situaciones como aquélla.
Le preguntó qué había estado haciendo en las horas previas a la cita. Ella no disimuló su sorpresa ante la inesperada curiosidad, aunque no se mostró en absoluto reticente ni disgustada. En la revista se afirmaba que la actividad realizada en esos momentos precedentes retrataba a la persona y decía mucho sobre su verdadero interés en la cita. Al parecer, sumaba bastante a favor el hecho de que el pretendiente no hubiera dedicado su tiempo a actividades que requirieran cualquier tipo de concentración. Dicho de otra manera: si alguien era capaz de desarrollar una labor con sus facultades mentales intactas, daría la impresión de que la inminencia del encuentro no le provocaba ningún tipo de ansiedad, ni de nerviosismo, ni nada de ese desasosiego del enamorado que le altera las ganas de comer y le colapsa las funciones cerebrales.
Lo mejor que uno podía escuchar en tales circunstancias era que el otro había pasado la tarde paseando de acá para allá sin rumbo definido, o comiendo pasteles compulsivamente, o tratando de dormir la siesta sin conseguirlo, o entregándose a cualquier fruslería doméstica con el único objetivo de no estar ocupado contando los segundos, los minutos y las horas.
La respuesta de ella fue quizá algo ambigua, aunque no menos estimulante. Se había dado un baño relajante acompañado de una copa de vino, como en las películas (la gente que bebe metida en la bañera sólo existe en las películas; que nadie lo dude).
Y a continuación, era justo que ella pidiera su parte. Quid pro quo.
Él tenía bien pensada su respuesta. De hecho, bastaba con decir la verdad.
“Bueno, mirando la tele, pasando de un canal a otro. Gente chillando, otros cantando muy mal, gente con micrófono persiguiendo a gente sin micrófono, anuncios de adivinos, ya sabes. Tampoco es que le preste mucha atención”.
“No sé cómo puedes tragarte eso”, dijo ella, y las alarmas se dispararon. Luego añadió: “Donde esté un buen libro…”.
Entonces abrió el bolso y sacó el susodicho libro, invitándole a tomarlo y ojearlo. Se titulaba Cartas de amor de Emma Guranda y Robert H. Kaminsky. Ella le aclaró que se trataba de una recopilación de la correspondencia que ambos personajes habían mantenido durante dos décadas. La señora Guranda, casada con un importante político, era una pintora impresionista que había tenido un affaire sexual con el tal Kaminsky, reputado poeta y actor teatral. Pese a que aquella aventura fue puntual y fugaz, ambos quedaron fuertemente enganchados y decidieron prolongar su idilio mediante el intercambio epistolar. El golpe de efecto definitivo venía en una de las últimas cartas, en la cual Emma Guranda, conocedora ya de su enfermedad sin cura, le confesaba a su amante que el nombre de su hijo de 21 años, Roberto, no era tan sólo producto de un homenaje platónico, sino que venía a ser más bien la confirmación de la identidad de su verdadero padre. Kaminsky, que se había casado dos veces y nunca tuvo descendencia, se comprometía en la última de sus cartas a velar por el futuro de ese joven que llevaba sus genes. Una nota final del editor revelaba que, tres días después de echar al buzón aquella misiva, Kaminsky fue asesinado por su segunda esposa, enterada ésta de su idilio epistolar por casualidad, mientras ponía patas arriba armarios y cajones en el fragor de una limpieza general de la casa.
Al devolverle el libro, él improvisó una sonrisa bobalicona que quería demostrar un compendio de ternura y complicidad. Sin embargo, lo que su pensamiento rumiaba era: “Eres una cotilla, igual que yo. Aunque esto lo pongan en un libro y lo vendan en la sección de Cultura. Es cotilleo”.
Pero no dijo nada, claro. Muchos años sin pillar.

3 comentarios:

C. Martín dijo...

Nunca te fíes de alguien que dice que se ha tomado una copa de vino en la bañera, miente fijo.
Y si es verdad, es mucho peor además: la copa hecha un asco por el jabón de los dedos, el olor dulzón del gel que interfiere con el del vino y la copa desportillada después de dejarla con fuerza en el borde del lavabo porque el de la bañera es demasiado estrecho y estuvo a punto de resbalarse hacia el suelo.

El último peatón dijo...

Y eso por no hablar de los que, además de beber la susodicha copa de vino (en la bañera, si te fijas, nadie bebe cerveza, ni güisqui, ni Fanta, ni leche con Cola Cao; siempre una copa de vino) llenan todo el baño de velas. Centenares de velas de todos los tamaños y colores, y todas encendidas a la vez. Vale que en el chino son baratas, pero ni en una iglesia hay tanto cirio como en según qué bañeras peliculeras.

C. Martín dijo...

Ah, es que lo de las velas es un agravante. Yo sólo admito las velas si es Sting el que se me pone a cantar Wrapped around your finger, por cierto, que no encuentro el video original, esto de internet cada día está peor: el olor a cirio es anti lujuria total.