miércoles, 30 de noviembre de 2011

Escépticos y encuestados



La víspera de las elecciones (no se me ocurre una fecha más indicada) asistí por vez primera al encuentro Escépticos en el Pub, evento al que hacía tiempo que tenía ganas de acudir. En esta ocasión, la charla versó sobre las magufadas en el ámbito de los Recursos Humanos y la Empresa, un entorno que conozco de primera mano y que se presta como pocos al delirio gratuito, el alarde seudocientífico, la paparrucha retórica, la venta de humo a granel y el surrealismo estratégico.
Espero no perderme los próximos encuentros, pues material hay de sobra para llenar un sinfín de jornadas (desde los libros de autoayuda y similares, hasta las dietas milagrosas o los endocrinos de taberna o cafetería de empresa, que cada vez abundan más). Se me ocurre, por ejemplo, que estaría bien dedicar una sesión a las encuestas o la estadística en general. Ya sabéis, esa presunta ciencia que establece cosas como que los españoles practicamos el sexo 3,6 veces al mes (¿Qué carajo significa ese 0,6? ¿Un interruptus? ¿Un gatillazo? ¿Una paja? ¿Un ligue frustrado?); sí, amigos, esa misma ciencia que determina que más del 80 por ciento de las personas que fallecen por ahogamiento estaban nadando, de lo cual se deduce que el riesgo de morir ahogado incrementa entre los nadadores, y de ahí, como conclusión, esa especie de oxímoron que viene a advertirnos: “Si no quieres morir ahogado, no aprendas a nadar”.
¿Sirven para algo las encuestas? Y, por cierto; dejando a un lado las que hacen las marcas comerciales para sus estudios de mercado, ¿a alguien le han hecho alguna vez una encuesta? Quiero decir, una encuesta sobre los supuestos “grandes temas” que en teoría nos preocupan a los ciudadanos: el paro, la inseguridad ciudadana, la economía, el terrorismo, el aborto, el hambre en el tercer mundo, las guerras, etc.
Días atrás leía un artículo de Elvira Lindo en el que reflexionaba sobre lo poco fiables que somos ante la estadística o ante la posibilidad de que nuestras palabras vengan a sumarse a eso que se conoce (con excesivo respeto, creo yo) como la Opinión Pública. Estoy de acuerdo en que lo que aparentemente nos preocupa al responder una encuesta no se corresponde realmente con nuestras inquietudes o sufrimientos cotidianos. Nos sentimos obligados a contestar “el terrorismo”, “las injusticias del mundo”, “el cambio climático”, “la recesión económica” y cosas por el estilo cuando nos invitan a participar en un sondeo. Pero en el día a día nuestros dolores de cabeza provienen mayoritariamente de conflictos domésticos, sentimentales o laborales de rango más bien privado o muy localizado. No es que no nos preocupe el paro como amenaza social o global, sino que lo que de verdad nos da miedo es quedarnos nosotros en el paro. No sé si me explico.
Y eso por no hablar de los estudios de audiencia que miden (sic) el público que ve u oye un programa de radio o televisión. El director de la interesante película Un juego de inteligencia, Hans Weingartner, se planteaba el siguiente enigma: ¿Alguien conoce a alguien que tenga en su casa un audímetro? Es más, ¿alguien sabe de alguien que le haya contado que conoce a alguien que haya tenido el dichoso aparato?
Pues eso.
Nuestras conversaciones diarias nos hacen sospechar de la sinceridad de los demás respecto a lo que afirman ver y lo que ven realmente en la televisión.
Ocurre con casi todo, y de ahí mi escepticismo sobre la materia. En este sentido, a menudo me parece más determinante la gramática que la pura estadística en el resultado de ciertas encuestas. Aunque la intención del estudio sea la misma (por ejemplo, averiguar si los españoles somos racistas), no es igual plantear ¿Cree usted que vivimos en un país racista?, que preguntar directamente ¿Es usted racista?
En el primer caso, probablemente saldría que sí, mientras que en el segundo (por supuesto), el resultado nos diría que no.
¿Sirven para algo las encuestas? El autosondeo efectuado sobre este peatón determina que el 50% dice que sí y el otro 50% que no.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Desentrenado


La última vez que había cenado a solas con un ser humano sin pene había pagado la cuenta en pesetas. También hacía ni se sabía el tiempo que no se ponía colonia, y su camisa más nueva era un regalo de tres Navidades atrás.
En un cuento convencional se diría que su estado de inquietud ante el encuentro era similar al de su primera cita, pero en realidad era mucho peor. La inexperiencia a los quince años no sólo se comprende, sino que se da por sentada. A su edad, dicha carencia lo colocaba en la nómina de los marcianos.
Llegó puntual, y le alegró comprobar que ella ya estaba allí. Pidió lo mismo para beber y se acomodó en la barra, a su lado. Se dieron dos besos mecánicos y tímidos, como si una tercera persona hubiera hecho las presentaciones pertinentes, aunque su verdadero celestino no estaba ni allí ni en ninguna otra parte, o más bien en todos los sitios a la vez.
En su perfil él tenía una foto de Homer Simpson, con lo que el riesgo de ella era a priori mayor. Él —estaba seguro— nunca habría quedado con nadie de quien no poseyera al menos la confirmación de sus rasgos elementales.
Tenía preparado su discurso para relajar la tensión y eludir la bazofia diplomática. Lo había leído en una revista puntera del gremio de la frivolidad, pero aun así parecía un consejo recomendable para situaciones como aquélla.
Le preguntó qué había estado haciendo en las horas previas a la cita. Ella no disimuló su sorpresa ante la inesperada curiosidad, aunque no se mostró en absoluto reticente ni disgustada. En la revista se afirmaba que la actividad realizada en esos momentos precedentes retrataba a la persona y decía mucho sobre su verdadero interés en la cita. Al parecer, sumaba bastante a favor el hecho de que el pretendiente no hubiera dedicado su tiempo a actividades que requirieran cualquier tipo de concentración. Dicho de otra manera: si alguien era capaz de desarrollar una labor con sus facultades mentales intactas, daría la impresión de que la inminencia del encuentro no le provocaba ningún tipo de ansiedad, ni de nerviosismo, ni nada de ese desasosiego del enamorado que le altera las ganas de comer y le colapsa las funciones cerebrales.
Lo mejor que uno podía escuchar en tales circunstancias era que el otro había pasado la tarde paseando de acá para allá sin rumbo definido, o comiendo pasteles compulsivamente, o tratando de dormir la siesta sin conseguirlo, o entregándose a cualquier fruslería doméstica con el único objetivo de no estar ocupado contando los segundos, los minutos y las horas.
La respuesta de ella fue quizá algo ambigua, aunque no menos estimulante. Se había dado un baño relajante acompañado de una copa de vino, como en las películas (la gente que bebe metida en la bañera sólo existe en las películas; que nadie lo dude).
Y a continuación, era justo que ella pidiera su parte. Quid pro quo.
Él tenía bien pensada su respuesta. De hecho, bastaba con decir la verdad.
“Bueno, mirando la tele, pasando de un canal a otro. Gente chillando, otros cantando muy mal, gente con micrófono persiguiendo a gente sin micrófono, anuncios de adivinos, ya sabes. Tampoco es que le preste mucha atención”.
“No sé cómo puedes tragarte eso”, dijo ella, y las alarmas se dispararon. Luego añadió: “Donde esté un buen libro…”.
Entonces abrió el bolso y sacó el susodicho libro, invitándole a tomarlo y ojearlo. Se titulaba Cartas de amor de Emma Guranda y Robert H. Kaminsky. Ella le aclaró que se trataba de una recopilación de la correspondencia que ambos personajes habían mantenido durante dos décadas. La señora Guranda, casada con un importante político, era una pintora impresionista que había tenido un affaire sexual con el tal Kaminsky, reputado poeta y actor teatral. Pese a que aquella aventura fue puntual y fugaz, ambos quedaron fuertemente enganchados y decidieron prolongar su idilio mediante el intercambio epistolar. El golpe de efecto definitivo venía en una de las últimas cartas, en la cual Emma Guranda, conocedora ya de su enfermedad sin cura, le confesaba a su amante que el nombre de su hijo de 21 años, Roberto, no era tan sólo producto de un homenaje platónico, sino que venía a ser más bien la confirmación de la identidad de su verdadero padre. Kaminsky, que se había casado dos veces y nunca tuvo descendencia, se comprometía en la última de sus cartas a velar por el futuro de ese joven que llevaba sus genes. Una nota final del editor revelaba que, tres días después de echar al buzón aquella misiva, Kaminsky fue asesinado por su segunda esposa, enterada ésta de su idilio epistolar por casualidad, mientras ponía patas arriba armarios y cajones en el fragor de una limpieza general de la casa.
Al devolverle el libro, él improvisó una sonrisa bobalicona que quería demostrar un compendio de ternura y complicidad. Sin embargo, lo que su pensamiento rumiaba era: “Eres una cotilla, igual que yo. Aunque esto lo pongan en un libro y lo vendan en la sección de Cultura. Es cotilleo”.
Pero no dijo nada, claro. Muchos años sin pillar.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Disidente


Desde el pasado lunes, he tenido la sensación de que alguien me seguía. No soy ningún paranoico, y quien por aquí se asome a menudo sabrá ya lo categóricamente que reniego del más odioso de los refranes, aquél que sostiene que pensando mal siempre se acierta.
Sin embargo, llevo varios días notando un aliento en el cogote, unos pasos a mis espaldas, un ojo escondido que se asoma a mi intimidad y que no puedo ver aunque sí percibir de algún modo.
He intentado sobreponerme y obviar las sospechas, pero reconozco que la aprensión ha acabado venciéndome, así que no he tenido más remedio que actuar, aun a riesgo de protagonizar un vergonzoso espectáculo público.
Guiado por una intuición dudosa (la que se deriva de estereotipos novelescos y fílmicos) he decidido que mi sombra amenazadora era el tipo con gabardina que leía el periódico dos taburetes más allá de donde yo estaba sentado tomando el café.
Impostando un valor del que carezco en condiciones normales, me he acercado y le he espetado: “Bueno, vale ya, ¿no? ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué no me dejas en paz?”
Justo en ese instante se me ha ocurrido que tal vez exista una variante empresarial del archifamoso Cobrador del Frac, denominada el Cobrador de la Gabardina. Puede que le deba dinero a alguien, pero no hasta el punto de llegar a plantearse tales medidas.
Lejos de alterarse, el fulano, con una media sonrisa en su cara, me ha invitado a acompañarle a los baños. Entonces me ha venido otra imagen igualmente estereotípica, pero esta vez más bien de tebeo: el hombre de los caramelos, el exhibicionista plantado a la puerta del colegio. Demasiado cómico para ser cierto.
Ya en los aseos, el tipo ha improvisado una especie de interrogatorio express. Lo sabía todo: mi nombre, mis apellidos, mi lugar y fecha de nacimiento, dónde vivo y trabajo, etcétera. Y, finalmente, ha añadido: “¿Dónde estaba usted el pasado lunes entre las diez y las doce de la noche?”
Se lo he dicho sin problema: en el cine. “¿Qué película vio?” Con el aplomo del que posee una coartada irrefutable, he vuelto a contestarle: “Las aventuras de Tintín”. (¿Coartada? ¿Por qué? ¿Acaso soy sospechoso de cargarme a alguien?)
“Ajá”, ha dicho el hombre de la gabardina; y después: “¿Se puede saber por qué no estaba viendo el debate, como todo el mundo? ¿Es usted un elemento subversivo peligroso para el sistema? ¿Son sólo ganas de llamar la atención? ¿Tiene algún problema de autoestima? ¿Es eso? ¿Pretende demostrar algo? ¿Se cree un revolucionario por ello?”
Un Real Madrid-Barça, por poner un ejemplo, es un espectáculo que nunca procuro perderme. Pero la repetición un Real Madrid-Barça, cuyo resultado ya sé que es empate a cero, seguro que no lo veré. Esto es lo que me hubiera gustado explicarle a mi perseguidor. No lo he hecho, claro. Todavía mantengo intacto el instinto de supervivencia.
Al marcharse, el siniestro individuo me ha dejado un recado: “Recuerde que el día 20 estaremos ahí, atentos a todo”.
Ahora no voy a tener más cojones que ir a votar.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Ha nacido "En3lazados"


Con sumo gusto os anuncio la publicación del libro En3lazados, editado por Hijos del Hule y escrito a tres bandas, a seis manos (y a una cantidad considerable de cervezas y cafés), por Ana Marín, Dolores Ferrer y un servidor.

Lo presentamos oficialmente el próximo 18 de noviembre, a las 19 horas, en El Corte Inglés de Portal del L’ Àngel (Planta 6 – Ámbito Cultural).

Estáis todos invitados a pasaros por allí y compartir con nosotros el momentazo.



¿Qué es En3lazados?

En3lazados presenta una experiencia literaria singular:

Tres autores de estilos e inquietudes diferentes abordan el reto de escribir sobre los mismos temas, partiendo de premisas comunes y desarrollando cada historia a su manera personal.

El resultado, una obra rica en matices y puntos de vista, y al mismo tiempo unida por una serie de detalles y elementos compartidos: guiños, cameos y personajes “prestados” que de repente aparecen en el relato de otro autor.

Las quince piezas que componen En3lazados son independientes y a la vez parientes. Un libro triple y tres libros en uno. (Ideal para tiempos de crisis.)

Descúbrelo el próximo 18 de noviembre, a las 19 horas, en El Corte Inglés de Portal de L’ Àngel (Planta 6 – Ámbito Cultural).