martes, 4 de octubre de 2011

Paseo por la cartelera (9)


El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat

Comienza la proyección y uno se asusta un poco, la verdad. Corremos el peligro de que todos los tics del cine de autor más afectado se abalancen contra el patio de butacas: planificación milimétrica (estilo cortometraje), planos fijos y primerísimos (con protagonismo para los objetos y los espacios tanto como para los humanos), abundante silencio y escaso diálogo (ruido sí; palabras, menos)… Pero no.
Enseguida, la historia arranca, avanza y se va nutriendo. Los protagonistas están vivos, y cómo. Pasamos entonces de manera progresiva y brillante a una peculiar versión en clave de comedia negra de cierto tipo de thrillers (De repente, un extraño o El cabo del miedo serían parientes más o menos cercanos) apoyados en la guerra psicológica entre dos personajes que mantienen un duelo tenso y vibrante, donde la amenaza se cuece en un guiso que combina ingredientes cómicos y trágicos.
Una visión mordaz sobre ese accidente geográfico conocido como vecindad en un mundo cada vez más asocial y desconfiado. Y, de regalo, un impagable rapapolvo (con mucha gracia y mala baba) al gafapastismo y la impostura alternativa.
Los actores se merecen todos los premios del mundo —especialmente Daniel Aráoz— y que su agenda esté completa para proyectos futuros.
La sorpresa del verano, junto a Un cuento chino, de Sebastián Borensztein. Sobresaliente.




El árbol de la vida, de Terrence Malick

Cuando un director más o menos accesible al público (pongamos Ridley Scott, Alan Parker u Oliver Stone) demuestra un especial interés por la estética de sus imágenes y por acompañar éstas de una música de fondo pop o rock, la crítica suele tildar peyorativamente a su cine de “videoclip”. Si un autor de los considerados comprometidos, arriesgados o alternativos hace exactamente lo mismo, pero cambiando la música moderna por la clásica, su cine se califica (y venera) como “poema visual”.
He dicho varias veces aquí que huyo de la palabra poesía aplicada al cine como de la peste bubónica. No me fío. Y la carrera de Terrence Malick es un buen ejemplo de cómo el interés por sus películas puede decaer debido a su empeño en pasar progresivamente de la prosa cuidada al verso pedante.
Malas tierras y Días del cielo eran historias interesantes y bien rodadas, apreciables tanto en la superficie como en el interior. A La delgada línea roja le sobraba la voz en off lírica, pero no estaba nada mal. Con El nuevo mundo (imaginaos: una versión de Pocahontas en clave contemplativa y sesuda) se encendieron las alarmas.
El árbol de la vida adolece de los mismos delirios de grandeza que la sobrevalorada 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Es brillante en lo visual y espesa en lo narrativo. Es tan pretenciosa, tan cósmica, tan sinfónica, tan grandilocuente, tan espiritual, tan metafórica, tan simbólica, tan existencial, tan consciente de su propia ambición, que termina por recibirse como un auténtico adoquín, un apabullante sermón y un desconcertante ejercicio híbrido que tiene tanto de largometraje convencional como de documental de La 2. Confieso que a veces no sé si estoy oyendo a un aspirante a evangelista o a Jorge Bucay después de un carajillo en ayunas. Y eso que Brad Pitt, Jessica Chastain y el chaval Hunter McCracken se ganan bien el sueldo.
Obtuvo el premio gordo en Cannes y podría darles a Malick y Pitt sus respectivos Oscars, pero no os engañéis: estamos ante una película que encaja más con el esnobismo festivalero que con la fanfarria hollywoodiense.
Un aprobado muy justito, de esos de profesor cabrón (de los que te ponían un 4,9 para acojonarte).
 
 

No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu

Las mejores películas españolas del año, según mi opinión, son, curiosamente, thrillers, películas de misterio o intriga, policíacas o de miedo, es decir, de género. Ni la Guerra Civil ni los autores consagrados de siempre. Después de la divertida Carne de neón y la acojonante (en ambos sentidos) Secuestrados, viene la nueva de Enrique Urbizu, un hombre con dos méritos más que contrastados y que repite en esta ocasión para deleite de muchos, entre los que me incluyo.
El primero de ellos es su buen tino para manejar el thriller, ya apuntado en la pionera Todo por la pasta y confirmado con nota una década después en La caja 507.
En No habrá paz para los malvados asistimos a la odisea personal de un madero en decadencia, autodestructivo, lastrado por su pasado y desesperado por atar un cabo suelto que acabará conectado con otras tramas más ambiciosas o de mayor calado y que, sin embargo, a mí me interesan mucho menos. No obstante, el equilibrio compensa el total.
El segundo mérito de Urbizu es sacarle partido a un actor encasillado y defenestrado por la televisión, el cual sigue siendo para la mayoría popular “el tío de los yogures para cagar” o, en el mejor de los casos, “el tipo inexpresivo de una serie sobre periodistas”.
Hablo de Jose Coronado, claro. Aquí, como en la anterior película de Urbizu (La vida mancha) hace un papelón de esos que parecen destinados a saturar vitrinas (aunque luego se vaya de vacío o ni siquiera lo nominen, como le sucedió con La vida mancha, y también con La vida de nadie, de Eduard Cortés, un trabajo que merecía candidaturas, premios y reverencias y que nadie pareció dispuesto a reconocer). Puede que ahora llegue por fin su momento, y su Santos Trinidad se convierta en el equivalente al Antón Chigurgh de Bardem o el Malamadre de Tosar. Cualidades para ello, las tiene.
Decía Robert Mitchum que el oficio de actuar consistía sencillamente en aprenderse los diálogos y no chocar contra los muebles. Si esto lo hubiera afirmado Victor Mature, poco caso habríamos de hacerle, pero viniendo de Mitchum tiene su aquél.
Poco más parece hacer Coronado que estar ahí y hablar de vez en cuando, eso es cierto; pero no menos cierto es que la historia del cine está llena de actores de registro único y economía expresiva que terminaron convertidos en grandes profesionales y aun en mitos (recordemos a Bogart, a John Wayne o a Clint Eastwood). A Coronado le queda mucho para alcanzar ese estatus, y aun así, cuando un director le sabe sacar el jugo (y Urbizu es el número uno en eso), nos encontramos con alguien capaz de hacer creíble una historia de corrupción policial en el Madrid de la crisis y el pánico integrista sin que echemos de menos los suburbios neoyorquinos o la América profunda y fronteriza.
Sé que es imposible luchar contra los prejuicios, y me consta que muchos de vosotros los tenéis, respecto al cine español y sus actores en general, y seguramente respecto a Coronado en particular. Allá cada cual. Para mí, no hay duda: sobresaliente.



Con derecho a roce, de Will Gluck

El concepto “comedia romántica” sugiere una cualidad proporcional que, en la práctica, casi nunca se da. Suelen ser películas románticas y escasamente cómicas, con una composición del 70% de romanticismo frente al 30% de comedia, o aun del 80-20 en no pocas ocasiones.
A veces salen bien, con la proporción justa (ya no digo al 50%, pero sí un agradecido 60-40, como mínimo), y entonces nos encontramos con El apartamento, Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally o 500 días juntos.
Con derecho a roce se presenta como una película con intenciones de proporción e incluso con ánimo de ser iconoclasta. Aguanta el tipo durante aproximadamente media hora, y uno llega a pensar que hasta es posible el milagro.
Y no. Al final, la ironía se va edulcorando hasta perder su sabor auténtico, y lo que en un principio parecía una rebelión contra los clichés termina, como siempre, sucumbiendo a los imponderables de la platea de piñón fijo.
He mencionado Cuando Harry encontró a Sally, una estupenda comedia de Rob Reiner cuyo único punto flaco era precisamente esa cierta contradicción respecto a la tesis inicial que ponía en marcha la trama. Sus protagonistas discutían sobre si era posible la amistad entre un hombre y una mujer sin que el sexo terminara interfiriendo y convirtiendo, por tanto, la amistad en otra cosa.
En su título, Con derecho a roce lo deja todo bien claro, y uno ya sabe que seguirá sin hallar respuesta a lo que planteaban Billy Crystal y Meg Ryan en el filme de Reiner.
Al menos, Mila Kunis y Justin Timberlake tienen un puntito más canallesco que los habituales polloperas y barbies que habitan el universo de los fanáticos de San Valentín y los teóricos de la media naranja. Menos es nada. Un aprobado con cariño, pero sin derecho a roce.



La piel que habito, de Pedro Almodóvar

Respecto a las películas de Pedro Almodóvar se ha terminado estableciendo la dudosa obligación de recibirlas invariablemente de manera categórica, tajante, extrema. Un filme con el sello del manchego debe provocarnos por decreto orgasmo o náusea, trasladarnos al nirvana o al apocalipsis, descubrirnos el secreto de la felicidad eterna o emponzoñarnos de vergüenza ajena irreversible.
Un nuevo Almodóvar es (y eso lo entiendo) como un Real Madrid-Barça. Si eres aficionado, tienes que verlo, sean cuales sean tus colores. Aparte de esto, lo cierto es que el cine de Almodóvar siempre me ha interesado, aunque no siempre me haya convencido.
Me gustan más sus comedias que sus afectados melodramones, y el componente excéntrico (o petardo, o freak, o kitsch, o lo que sea) que introduce en todas sus obras, sean del género que sean y tengan el tono que tengan, casi nunca me chirría, prueba irrefutable de que tengo bastante asumido que, cuando he de enfrentarme a un Almodóvar, o entro en su mundo de pleno o no hay nada que hacer. También reconozco que, más allá de lo que me cuente, admiro su manera de filmar, su forma de componer cada plano y cada escena, su tratamiento de los objetos, del color, del vestuario y de los detalles pequeños.
De La piel que habito se han dicho barbaridades tanto para denostarla como para alabarla. Sinceramente, ni me parece una obra maestra imprescindible ni una bazofia eficaz contra el insomnio y el estreñimiento. No veo esa pieza sublime y profunda sobre la obsesión y la dualidad de la naturaleza humana que algunos han celebrado, ni tampoco creo que haya que meter en la cárcel a su director por algo que no haya hecho antes cientos de veces sin provocar tanto revuelo.
La vi, me interesó a ratos, a ratos un poco menos, me entretuve razonablemente, y ya está. Es Almodóvar, para bien y para mal. Aprobado.




Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua

Las películas policiacas de los 70 acostumbraban a ser viriles, ambiguas y crepusculares, por resumirlo en tres adjetivos. Este peatón creció amorrado a la pantalla viendo las películas de Lumet, Friedkin, Siegel o Carpenter, historias de inspectores y agentes de la ley duros, a veces expeditivos, convencidos de su deber pero, al mismo tiempo, aficionados a pisar la línea fronteriza e incluso a traspasarla. Uno podía distinguir a los buenos y a los malos en el contexto del filme, pero no siempre esa condición de héroe era extrapolable al cien por cien a la vida real.
Tenían esas películas una estética y un tratamiento de la violencia muy característicos, más cercanos al realismo que al espectáculo de acción.
Los policiacos actuales son más bien (y por seguir con el triple epíteto) canallas, frenéticos y truculentos. La influencia lógica de autores como Tarantino o los hermanos Coen ha volteado las bases del género, hasta el punto de que tal vez sería más correcto denominarlo criminal o delictivo, en lugar de policiaco, ya que hoy por hoy suelen ser los gangsters los héroes de la función.
Me encantan Tarantino y los Coen, y he disfrutado mucho con el trabajo de directores modernos como Guy Ritchie o Wayne Kramer. Sin embargo, echo de menos el estilo setentero del thriller.
Por suerte, sigue habiendo quien opta por la excepción a las tendencias, y gracias a ello se van rodando obras como La noche es nuestra (James Gray), Cuestión de honor (Gavin O’Connor) o Trainning day (Antoine Fuqua).
Precisamente Fuqua regresa ahora al ámbito de su mejor película, y aunque quizá no alcance el mismo nivel, Los amos de Brooklyn es un oasis nostálgico que deleitará a los espectadores como un servidor y enervará seguramente a esos cinéfilos que esgrimen como norma inquebrantable la huida despavorida de todo lo que huela a genuinamente norteamericano (eso sí: si alguien piensa que ésta es una película como las de Steven Segal, Vin Diesel o Jason Statham, mejor que no lo diga en voz alta, porque hará el ridículo).
El reparto ayuda a hacer atractiva la visita al cine (o la descarga ilegal, que ahora hay que matizarlo todo para que no lo llamen a uno desfasado o delincuente de la SGAE), destacando el papel de Ethan Hawke y a un Richard Gere que, como demostró en Asuntos sucios —otro buen policiaco de Mike Figgis—, supera mejor sus limitaciones pistola en ristre que luciendo palmito de galán. Un notable muy alto.



Somewhere, de Sofia Coppola

Sofia Coppola parece instalada (como Terrence Malick, por cierto) en la peligrosa atalaya de la solemnidad contemplativa. Desde su privilegiada posición (¿debería decir “pose”? nos observa a los vulgares humanos que acudimos a las salas de cine en busca de una narración tradicional, de que nos cuenten historias de personas a las que les pasan cosas. Qué ordinariez, debe de pensar la hija del gran Francis.
Y así es Somewhere, un ejercicio de minimalismo fundamentalista y exasperante a ratos, con secuencias ejemplares en el retrato de la soledad y el vacío existencial, y con pasajes interminables y alargados hasta lo humanamente insoportable por santo capricho de la directora.
No me parece mal la idea de contar el reverso tedioso y deprimente de un actor de éxito que mata literalmente (asesina, incluso) el tiempo que le queda entre fiestas, entrevistas y otros glamurosos compromisos a base de puterío decadente, lingotazos y abulia 100% genuina. Le salió bien a Coppola la experiencia similar en Lost in translation (de largo, su mejor película), pero en este caso se le ha ido la mano hasta resultar pedante y aburrida durante una buena parte del metraje. Lo mejor, la parte central, en la que el protagonista se ve obligado a cuidar de su hija. Esto le salva del suspenso. Así que sólo un aprobadito, Sofia, por lista.

1 comentario:

cami dijo...

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Camila Torres