viernes, 21 de octubre de 2011

Greguerías peatonales


He mantenido innumerables conversaciones sobre el tan delicado asunto del terrorismo. Mi postura a este respecto, aparte del obvio rechazo hacia las prácticas violentas en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, siempre ha sido la de resignarme a la convicción de que, para que la violencia cese, habrá que renunciar obligatoriamente a una porción de justicia. Dicho así puede sonar a herejía, pero no es tan raro. No hace falta mirar muy atrás. La transición política de los años 70, el paso de la dictadura franquista a la monarquía juancarlista, fue posible, en parte, gracias a ciertas capitulaciones y necesarios “olvidos históricos”. Será por eso que me extraña tanto que los que claman al cielo y se rasgan su falsa piel de cordero cada vez que un ayuntamiento de izquierdas retira una estatua ecuestre o rebautiza una calle, sean justo los mismos que se muestran más reacios a palabras como negociación o acuerdo en materia terrorista. Intuyo que algunos de ellos no habrán pisado la cárcel en su día gracias precisamente a ello, a lo mismo que ahora les crispa. Que se lo hagan mirar.



Será que nunca he tenido un Mac, ni un iPad, ni un iPod, ni un iPhone, ni un iNada. No sé, tal vez sea por eso; porque soy un simple y vulgar usuario de PC y de Windows (y tampoco esto significaría que Bill Gates estuviera presente en mis oraciones en caso de que fuera de los que rezan oraciones, que no es el caso).
El mundo entero se ha sentido necesitado de expresar su pena por el fallecimiento de Steve Jobs, y yo sin enterarme de que era casi obligatorio. No me refiero tan sólo a los medios de comunicación masivos; mis amigos y conocidos, a través de sus correos electrónicos y perfiles de redes sociales se han volcado en el pésame y la consternación, elevando al mencionado magnate de Apple a la categoría de leyenda. Que cada cual tenga los mitos que quiera, faltaría más. Pero mi olfato me chiva que los honores al fallecido, en el fondo, se rinden más por sus logros como empresario que por sus innegables virtudes profesionales o científicas. Por si acaso, me permito un breve apunte: hace unas tres semanas murió Wilson Greatbatch, el inventor del marcapasos, y yo me he enterado de chiripa (oyendo el fútbol por la radio, y no es broma). Supongo que existirán estadísticas, las cuales desconozco, sobre el número de vidas que se habrán salvado gracias al ingenio de este señor. Ponernos aquí a debatir si es mejor el iPad que el marcapasos sería simplón, absurdo y demagógico. Aun así, me apetecía decirlo.



Una muy peatonal, para acabar. La empresa de ferrocarriles urbanos de Cataluña (FGC) ha colocado recientemente unos carteles en sus dependencias (concretamente, en las paredes anexas a las escaleras mecánicas) en los que se nos ruega respeto a los usuarios que, por la razón que sea, no siempre nos pegamos al lado derecho de la mencionada escalera mecánica para dejar pasar a los que suben o bajan andando. Lo de echarse a un lado era, hasta ahora, una convención informal, una norma oficiosa. Estaré yo obsesionado, no lo sé. Me consta que algunos discrepáis conmigo en esto, porque no es la primera vez que saco el tema. Pero nadie me va a quitar la razón, y creo que hay un argumento irrebatible digno de Perogrullo: el sentido de inventar algo como la escalera mecánica está que en que la gente no tenga que caminar sobre ella. A partir de aquí, y asumiendo que pocos se atreverán a desmentir tan rotunda afirmación, me arriesgo a sugerir a la insigne compañía ferroviaria que su campaña tiene un error de enfoque de exactamente 180 grados. ¿No deberían haber dirigido el mensaje precisamente a los viajeros apresurados o atléticos que suben y bajan siempre andando, en vez de a los que desean darle a la escalera mecánica el uso para el cual fue creada? Señores viajeros: por respeto a las personas que utilizan las escaleras mecánicas, si van a subir o bajar andando, les rogamos utilicen las escaleras convencionales, las de piedra, de ladrillo o metálicas, las de toda la vida, las que no se mueven. Está chupado, coño.

6 comentarios:

Sherca dijo...

Me encanta tu bitácora y comparto, creo, una buena parte de tus opinione, así que lamento no poder discrepar y que nuestro hipotético diálogo, si se produjera, acabara siendo aburrido. Un cordial saludo desde La gastrocinemia, donde hablo de cine y de cocina y donde, si te apetece, puedes visitarme en http://gastrocinemia.blogspot.com/

Palimp dijo...

En lo de las escaleras no tienes razón, y lo sabes. Vagos, que sois unos vagos :)

C. Martín dijo...

Que lo de las escaleras lo digas tú, precisamente tú, que te has criado con la centenaria, y en este caso acertada, costumbre madritense...
También dice Perogrullo que el transporte público es barato y rápido y si no fuera porque ayudamos colándonos y subiendo deprisa la empresa no conseguiría sus propósitos XDDD

Anónimo dijo...

sencillamente lo óbvio es tan brillante

Anónimo dijo...

Algunos admiramos a Steve Jobs, porque cuando cayó supo levantarse, porque le dijeron no puedes y pudo y porque fue mucho más allá de lo esperado en tecnología siendo capaz de crear lo que nunca antes se había inventado.
Sus logros como empresario, nos dan igual, aunque si se hizo rico con eso,francamente,creemos que se lo merece para eso trabajó mucho y muy duro.

El último peatón dijo...

Sherca: Gracias. Pasaré por tu bitácora, que suena apetecible...

Palimp y C. Martín: Estoy pensando que podríamos montar la próxima B&L en los pasillos del metro, para liarla parda...

Amigos anónimos: Nada que objetar al esfuerzo y trabajo de Jobs. Sólo reflexiono respecto a las proporciones de ciertos impactos mediáticos, que, en mi opinión, no se corresponden literalmente con la relevancia de los personajes o sus creaciones.
Gracias por la visita y hasta la próxima.