lunes, 17 de octubre de 2011

Barcelona on the rocks


Vivimos tiempos de fundamentalismo en materia de corrección política, lo que provoca la sensación (a quienes escribimos, al menos) de tener siempre soplando en el cogote el aliento de algún fanático buscador de agravios. Lo digo porque es posible que haya quien interprete esta reseña como una apología o una frivolidad, opciones poco aconsejables cuando tratamos un tema tan grave como esa enfermedad llamada alcoholismo.
Nada hay de eso en mi intención, y menos en la de quienes, como los autores del libro que nos ocupa, se limitan a exponer con alegre naturalidad algo que pertenece al acervo de nuestra cultura local y que, en sus múltiples variantes y límites, ofrece genuinos motivos para llamar a la diversión y el buen rollo.
Si nos sentimos felices cuando toca ir al bar será por algo. El bar es el verdadero templo de nuestra vida cotidiana, o así lo veo yo. Unos amigos italianos me comentaban en cierta ocasión que los españoles necesitábamos pasar por el bar para cualquier cosa, que todos nuestros encuentros y eventos sociales iban invariablemente acompañados de bebida y comida. Quedar con alguien para prestarle o devolverle un libro, unos apuntes o una corbata; ver un partido de fútbol, jugar una partida de cartas, saludar a un conocido que está de paso por nuestra ciudad, cerrar un trato o un negocio, celebrar lo que sea. Incluso quedamos en un bar para decirle a nuestra pareja que la dejamos… Todo lo hacemos en el bar, en la tasca, en la taberna, en la bodega, en el pub, en el garito, con una taza de café o una caña de cerveza o un lingotazo o una ración de croquetas o un chocolate con churros encima de la mesa o de la barra.
Después de casi catorce años viviendo en Barcelona, todavía mucha gente me sigue preguntando si echo algo de menos de Madrid, la ciudad en la que viví anteriormente y durante casi treinta años. Siempre contesto que ambas ciudades —pese a que rivalidades deportivas y políticas quieran enfatizar lo contrario— se parecen bastante más de lo que se da a entender y por consiguiente muchos ciudadanos desinformados tienden a creer. Pero si tuviera que elegir un aspecto diferenciador que de verdad pueda afirmar que echo de menos, quizá sea aquello que he comenzado mencionando: el arraigo del bar en el paisaje de nuestro costumbrismo, algo que en Barcelona se aprecia en muy notable medida pero que, aun así, dista bastante de la forma en que se manifiesta en la capital madrileña.
No me limito a lo tópico y consabido (la tapa gratis, que es un lujazo, creedme), sino que amplío el catálogo a otros detalles como los mismos horarios, o las medidas estándar de las consumiciones (la caña de Madrid es pequeña porque lo raro es beber sólo una, mientras que la medida habitual aquí es la “mediana”, es decir, el tercio de litro, y sin tapa), o la curiosa costumbre de pagar por separado, que muchos madrileños interpretarían erróneamente como prueba irrefutable del tópico catalán por excelencia, o, por decir una más (y éste es un lamento puramente personal), que no haya churros y mucho menos porras en los bares a la hora de desayunar.
En fin, Fernando y Sergio me sabrán perdonar esta introducción autobiográfica que he creído necesaria, ya que de lo que quiero hablar en realidad es de Barcelona on the rocks, el libro que este verano han publicado Fernando Muñiz y Sergio Fidalgo y que tan bien está funcionando, repercusión mediática incluida.
Y me alegro de veras. Primero, por sus autores, y segundo, porque es un libro que ayuda a poner en tela de juicio justo lo que acabo de explicar unas líneas más arriba. ¿Es Barcelona una ciudad de bares, con cultura de bar, o son dichos bares simples paradas esporádicas y estandarizadas sin nada atractivo más allá del género a consumir?
Barcelona on the rocks se lee como un libro de relatos, porque no es la típica guía desabrida y funcional. Fernando y Sergio han llenado su libro de anécdotas y curiosidades, de historias peculiares, algunas contadas en primera persona por sus protagonistas (desde Ferrán Monegal, Jordi Costa o Pepe Colubi, hasta Kiko Amat, Carles Flavià o Miqui Puig), fotografías de rótulos singulares y otras sorpresas de variada índole.
Una obra contada desde dentro de la tasca, con su olor característico y su calor humano correspondiente, lo que le da al lector una visión que va más allá del menú del día y las especialidades de la casa. El fútbol, los comics, el flamenco o el porno, todo vale y todo cabe en este recorrido por una fauna barcelonesa prácticamente inédita para el grueso de los mortales, aparte de un guiño hacia aquellos ejemplares en peligro de extinción, como los bares del metro o los tugurios con cabezas de animales decorando sus paredes.
El mito de la taberna ha nacido. ¡Salud!

2 comentarios:

Palimp dijo...

Le había echado un ojo este verano, estaba apuntado en pendientes de compra, ahora le daré prioridad.

Y es que 'Bendito bar, nos acabó de amamantar...'

Anónimo dijo...

Si, los autores lo han hecho realmente bien.