jueves, 27 de octubre de 2011

Ah...


“…no es sólo la superficie, por supuesto; se trata de ver más allá. ¿No te irrita la vulgaridad de los que le buscan el significado a todo? Qué horror. ¿Y este cuadro qué quiere decir? ¿Y esta escultura qué significa? Por el amor de Dios… hay que darles todo mascado. Necios. Ni idea de lo que es el arte, la creación en estado puro. Fíjate bien. No es la forma, el objeto, la cosa. Mira la textura, la composición, y ese goteo blanco que no está ahí por casualidad, ¿eh? El blanco… claro, el color del jugo de la vida. No es la pintura, ni el color, obviamente. Es la imagen del símbolo. Ahí es donde no llegan las mentes simples. Ellos ven salpicaduras blancas sobre maderas cruzadas, y nada más, pero nosotras sabemos mirar el alma de la obra, de su creador, eso es el arte. Fíjate en la sombra, cómo se proyecta sobre la pared. Tampoco es baladí, ¿verdad? Sí, seguro que está ahí porque no podría estar en otro sitio. No hace falta que lo digas, sé que tú lo ves igual que yo. Perdona… es que me troncho… cada vez que me acuerdo. Cuando estuve con ellas la semana pasada, aquí mismo, donde estás tú. ¿Pero esto qué es? No paraban de decirlo, delante de cada pieza. ¿Cómo que qué es? ¡Es una obra de arte! ¡No tiene que ser nada! ¿Te das cuenta? Necesitan reconocer una forma concreta, asociarla con un objeto conocido para que tenga sentido. Desconocen el significado de la palabra alegoría, o metáfora, o, sobre todo, libertad. ¿Te das cuenta? Esa es la diferencia entre nosotras y ellas. Que nosotras sabemos mirar, somos libres, no necesitamos que esto sea algo. Lo observamos y sentimos, nos dejamos seducir por lo intangible, por la fuerza de la simple composición y no por su definición oficial. ¿Recuerdas la exposición de la bienal de Hamburgo? Sí, eso es, la de… sí, Entrañas, creo que se llamaba así. A eso voy. ¿Sabes lo que veían? ¿Te lo imaginas?... Me da hasta vergüenza repetirlo. Veían vómitos. Tal cual. De acuerdo, sí, eran vómitos, en sentido literal. Pero esa no es la cuestión. Lo verdaderamente importante, en el arte, no es la materia prima, ¿no crees? Son las manos del artista que la transforma. Son incapaces de comprenderlo. Menos mal que puedo venir contigo aquí. No sé si soportaría otra visita con ellas. Qué vida más triste, ¿no te parece? Me refiero a lo triste que debe de ser el sentirse incapacitado para valorar algo como esto, esta composición aparentemente caótica y a la vez tan llena de matices, esa madera astillada, ese moteado blanco, esa sombra, todo, es de una espontaneidad poética, no sé, casi me deja… ¿Eh? ¿Sí? ¿Qué pasa?”
“Disculpe, señora”.
“¿Qué ocurre?”
“La escalera. Tenemos que llevárnosla para pintar el techo del descansillo”.
“Ah…”

¡Ah! El arte.

viernes, 21 de octubre de 2011

Greguerías peatonales


He mantenido innumerables conversaciones sobre el tan delicado asunto del terrorismo. Mi postura a este respecto, aparte del obvio rechazo hacia las prácticas violentas en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, siempre ha sido la de resignarme a la convicción de que, para que la violencia cese, habrá que renunciar obligatoriamente a una porción de justicia. Dicho así puede sonar a herejía, pero no es tan raro. No hace falta mirar muy atrás. La transición política de los años 70, el paso de la dictadura franquista a la monarquía juancarlista, fue posible, en parte, gracias a ciertas capitulaciones y necesarios “olvidos históricos”. Será por eso que me extraña tanto que los que claman al cielo y se rasgan su falsa piel de cordero cada vez que un ayuntamiento de izquierdas retira una estatua ecuestre o rebautiza una calle, sean justo los mismos que se muestran más reacios a palabras como negociación o acuerdo en materia terrorista. Intuyo que algunos de ellos no habrán pisado la cárcel en su día gracias precisamente a ello, a lo mismo que ahora les crispa. Que se lo hagan mirar.



Será que nunca he tenido un Mac, ni un iPad, ni un iPod, ni un iPhone, ni un iNada. No sé, tal vez sea por eso; porque soy un simple y vulgar usuario de PC y de Windows (y tampoco esto significaría que Bill Gates estuviera presente en mis oraciones en caso de que fuera de los que rezan oraciones, que no es el caso).
El mundo entero se ha sentido necesitado de expresar su pena por el fallecimiento de Steve Jobs, y yo sin enterarme de que era casi obligatorio. No me refiero tan sólo a los medios de comunicación masivos; mis amigos y conocidos, a través de sus correos electrónicos y perfiles de redes sociales se han volcado en el pésame y la consternación, elevando al mencionado magnate de Apple a la categoría de leyenda. Que cada cual tenga los mitos que quiera, faltaría más. Pero mi olfato me chiva que los honores al fallecido, en el fondo, se rinden más por sus logros como empresario que por sus innegables virtudes profesionales o científicas. Por si acaso, me permito un breve apunte: hace unas tres semanas murió Wilson Greatbatch, el inventor del marcapasos, y yo me he enterado de chiripa (oyendo el fútbol por la radio, y no es broma). Supongo que existirán estadísticas, las cuales desconozco, sobre el número de vidas que se habrán salvado gracias al ingenio de este señor. Ponernos aquí a debatir si es mejor el iPad que el marcapasos sería simplón, absurdo y demagógico. Aun así, me apetecía decirlo.



Una muy peatonal, para acabar. La empresa de ferrocarriles urbanos de Cataluña (FGC) ha colocado recientemente unos carteles en sus dependencias (concretamente, en las paredes anexas a las escaleras mecánicas) en los que se nos ruega respeto a los usuarios que, por la razón que sea, no siempre nos pegamos al lado derecho de la mencionada escalera mecánica para dejar pasar a los que suben o bajan andando. Lo de echarse a un lado era, hasta ahora, una convención informal, una norma oficiosa. Estaré yo obsesionado, no lo sé. Me consta que algunos discrepáis conmigo en esto, porque no es la primera vez que saco el tema. Pero nadie me va a quitar la razón, y creo que hay un argumento irrebatible digno de Perogrullo: el sentido de inventar algo como la escalera mecánica está que en que la gente no tenga que caminar sobre ella. A partir de aquí, y asumiendo que pocos se atreverán a desmentir tan rotunda afirmación, me arriesgo a sugerir a la insigne compañía ferroviaria que su campaña tiene un error de enfoque de exactamente 180 grados. ¿No deberían haber dirigido el mensaje precisamente a los viajeros apresurados o atléticos que suben y bajan siempre andando, en vez de a los que desean darle a la escalera mecánica el uso para el cual fue creada? Señores viajeros: por respeto a las personas que utilizan las escaleras mecánicas, si van a subir o bajar andando, les rogamos utilicen las escaleras convencionales, las de piedra, de ladrillo o metálicas, las de toda la vida, las que no se mueven. Está chupado, coño.

lunes, 17 de octubre de 2011

Barcelona on the rocks


Vivimos tiempos de fundamentalismo en materia de corrección política, lo que provoca la sensación (a quienes escribimos, al menos) de tener siempre soplando en el cogote el aliento de algún fanático buscador de agravios. Lo digo porque es posible que haya quien interprete esta reseña como una apología o una frivolidad, opciones poco aconsejables cuando tratamos un tema tan grave como esa enfermedad llamada alcoholismo.
Nada hay de eso en mi intención, y menos en la de quienes, como los autores del libro que nos ocupa, se limitan a exponer con alegre naturalidad algo que pertenece al acervo de nuestra cultura local y que, en sus múltiples variantes y límites, ofrece genuinos motivos para llamar a la diversión y el buen rollo.
Si nos sentimos felices cuando toca ir al bar será por algo. El bar es el verdadero templo de nuestra vida cotidiana, o así lo veo yo. Unos amigos italianos me comentaban en cierta ocasión que los españoles necesitábamos pasar por el bar para cualquier cosa, que todos nuestros encuentros y eventos sociales iban invariablemente acompañados de bebida y comida. Quedar con alguien para prestarle o devolverle un libro, unos apuntes o una corbata; ver un partido de fútbol, jugar una partida de cartas, saludar a un conocido que está de paso por nuestra ciudad, cerrar un trato o un negocio, celebrar lo que sea. Incluso quedamos en un bar para decirle a nuestra pareja que la dejamos… Todo lo hacemos en el bar, en la tasca, en la taberna, en la bodega, en el pub, en el garito, con una taza de café o una caña de cerveza o un lingotazo o una ración de croquetas o un chocolate con churros encima de la mesa o de la barra.
Después de casi catorce años viviendo en Barcelona, todavía mucha gente me sigue preguntando si echo algo de menos de Madrid, la ciudad en la que viví anteriormente y durante casi treinta años. Siempre contesto que ambas ciudades —pese a que rivalidades deportivas y políticas quieran enfatizar lo contrario— se parecen bastante más de lo que se da a entender y por consiguiente muchos ciudadanos desinformados tienden a creer. Pero si tuviera que elegir un aspecto diferenciador que de verdad pueda afirmar que echo de menos, quizá sea aquello que he comenzado mencionando: el arraigo del bar en el paisaje de nuestro costumbrismo, algo que en Barcelona se aprecia en muy notable medida pero que, aun así, dista bastante de la forma en que se manifiesta en la capital madrileña.
No me limito a lo tópico y consabido (la tapa gratis, que es un lujazo, creedme), sino que amplío el catálogo a otros detalles como los mismos horarios, o las medidas estándar de las consumiciones (la caña de Madrid es pequeña porque lo raro es beber sólo una, mientras que la medida habitual aquí es la “mediana”, es decir, el tercio de litro, y sin tapa), o la curiosa costumbre de pagar por separado, que muchos madrileños interpretarían erróneamente como prueba irrefutable del tópico catalán por excelencia, o, por decir una más (y éste es un lamento puramente personal), que no haya churros y mucho menos porras en los bares a la hora de desayunar.
En fin, Fernando y Sergio me sabrán perdonar esta introducción autobiográfica que he creído necesaria, ya que de lo que quiero hablar en realidad es de Barcelona on the rocks, el libro que este verano han publicado Fernando Muñiz y Sergio Fidalgo y que tan bien está funcionando, repercusión mediática incluida.
Y me alegro de veras. Primero, por sus autores, y segundo, porque es un libro que ayuda a poner en tela de juicio justo lo que acabo de explicar unas líneas más arriba. ¿Es Barcelona una ciudad de bares, con cultura de bar, o son dichos bares simples paradas esporádicas y estandarizadas sin nada atractivo más allá del género a consumir?
Barcelona on the rocks se lee como un libro de relatos, porque no es la típica guía desabrida y funcional. Fernando y Sergio han llenado su libro de anécdotas y curiosidades, de historias peculiares, algunas contadas en primera persona por sus protagonistas (desde Ferrán Monegal, Jordi Costa o Pepe Colubi, hasta Kiko Amat, Carles Flavià o Miqui Puig), fotografías de rótulos singulares y otras sorpresas de variada índole.
Una obra contada desde dentro de la tasca, con su olor característico y su calor humano correspondiente, lo que le da al lector una visión que va más allá del menú del día y las especialidades de la casa. El fútbol, los comics, el flamenco o el porno, todo vale y todo cabe en este recorrido por una fauna barcelonesa prácticamente inédita para el grueso de los mortales, aparte de un guiño hacia aquellos ejemplares en peligro de extinción, como los bares del metro o los tugurios con cabezas de animales decorando sus paredes.
El mito de la taberna ha nacido. ¡Salud!

martes, 11 de octubre de 2011

Víctimas de la actualidad


No es que quiera dármelas de profeta ni nada parecido, pero ya dije allá por el mes de febrero que el follón monumental que se montó con el asunto Wikileaks (sí, sí, aquél que iba a desmoronar los cimientos del orden mundial y todo eso) pasaría de largo y terminaría soterrado bajo la aplastante sucesión de nuevas noticias e interminables escándalos.
Wikileaks es sólo un ejemplo más, un porcentaje mínimo del total de sucesos y acontecimientos que nos quitaban el sueño meses o aun días atrás y parecían destinados a alterar nuestro futuro, a cambiar nuestras vidas o a eso que algunos amantes de la hipérbole gratuita llaman “marcar una época”.
Hoy he oído en la radio que hace justo cinco meses del terremoto de Lorca, y que muchos de los habitantes damnificados continúan a la espera de sus respectivos arreglos e indemnizaciones; que pasada la avalancha de iniciativas solidarias en los días inmediatamente posteriores a la catástrofe nadie se acuerda ya ni de Lorca ni de Murcia ni de los terremotos en general.
Vienen elecciones y tal vez los voraces asesores de los candidatos estimen oportuno redirigir el foco hacia aquella parte del mapa, que los gestos humanitarios se multiplican por papeletas, o eso parece.
En fin, que si este peatón no hubiera sintonizado la emisora de radio en cuestión esta mañana, posiblemente no estaría hoy hablando de esto. Aunque sólo sea por quitarle un poco de naftalina a nuestra conciencia, dicho queda.

martes, 4 de octubre de 2011

Paseo por la cartelera (9)


El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat

Comienza la proyección y uno se asusta un poco, la verdad. Corremos el peligro de que todos los tics del cine de autor más afectado se abalancen contra el patio de butacas: planificación milimétrica (estilo cortometraje), planos fijos y primerísimos (con protagonismo para los objetos y los espacios tanto como para los humanos), abundante silencio y escaso diálogo (ruido sí; palabras, menos)… Pero no.
Enseguida, la historia arranca, avanza y se va nutriendo. Los protagonistas están vivos, y cómo. Pasamos entonces de manera progresiva y brillante a una peculiar versión en clave de comedia negra de cierto tipo de thrillers (De repente, un extraño o El cabo del miedo serían parientes más o menos cercanos) apoyados en la guerra psicológica entre dos personajes que mantienen un duelo tenso y vibrante, donde la amenaza se cuece en un guiso que combina ingredientes cómicos y trágicos.
Una visión mordaz sobre ese accidente geográfico conocido como vecindad en un mundo cada vez más asocial y desconfiado. Y, de regalo, un impagable rapapolvo (con mucha gracia y mala baba) al gafapastismo y la impostura alternativa.
Los actores se merecen todos los premios del mundo —especialmente Daniel Aráoz— y que su agenda esté completa para proyectos futuros.
La sorpresa del verano, junto a Un cuento chino, de Sebastián Borensztein. Sobresaliente.




El árbol de la vida, de Terrence Malick

Cuando un director más o menos accesible al público (pongamos Ridley Scott, Alan Parker u Oliver Stone) demuestra un especial interés por la estética de sus imágenes y por acompañar éstas de una música de fondo pop o rock, la crítica suele tildar peyorativamente a su cine de “videoclip”. Si un autor de los considerados comprometidos, arriesgados o alternativos hace exactamente lo mismo, pero cambiando la música moderna por la clásica, su cine se califica (y venera) como “poema visual”.
He dicho varias veces aquí que huyo de la palabra poesía aplicada al cine como de la peste bubónica. No me fío. Y la carrera de Terrence Malick es un buen ejemplo de cómo el interés por sus películas puede decaer debido a su empeño en pasar progresivamente de la prosa cuidada al verso pedante.
Malas tierras y Días del cielo eran historias interesantes y bien rodadas, apreciables tanto en la superficie como en el interior. A La delgada línea roja le sobraba la voz en off lírica, pero no estaba nada mal. Con El nuevo mundo (imaginaos: una versión de Pocahontas en clave contemplativa y sesuda) se encendieron las alarmas.
El árbol de la vida adolece de los mismos delirios de grandeza que la sobrevalorada 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Es brillante en lo visual y espesa en lo narrativo. Es tan pretenciosa, tan cósmica, tan sinfónica, tan grandilocuente, tan espiritual, tan metafórica, tan simbólica, tan existencial, tan consciente de su propia ambición, que termina por recibirse como un auténtico adoquín, un apabullante sermón y un desconcertante ejercicio híbrido que tiene tanto de largometraje convencional como de documental de La 2. Confieso que a veces no sé si estoy oyendo a un aspirante a evangelista o a Jorge Bucay después de un carajillo en ayunas. Y eso que Brad Pitt, Jessica Chastain y el chaval Hunter McCracken se ganan bien el sueldo.
Obtuvo el premio gordo en Cannes y podría darles a Malick y Pitt sus respectivos Oscars, pero no os engañéis: estamos ante una película que encaja más con el esnobismo festivalero que con la fanfarria hollywoodiense.
Un aprobado muy justito, de esos de profesor cabrón (de los que te ponían un 4,9 para acojonarte).
 
 

No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu

Las mejores películas españolas del año, según mi opinión, son, curiosamente, thrillers, películas de misterio o intriga, policíacas o de miedo, es decir, de género. Ni la Guerra Civil ni los autores consagrados de siempre. Después de la divertida Carne de neón y la acojonante (en ambos sentidos) Secuestrados, viene la nueva de Enrique Urbizu, un hombre con dos méritos más que contrastados y que repite en esta ocasión para deleite de muchos, entre los que me incluyo.
El primero de ellos es su buen tino para manejar el thriller, ya apuntado en la pionera Todo por la pasta y confirmado con nota una década después en La caja 507.
En No habrá paz para los malvados asistimos a la odisea personal de un madero en decadencia, autodestructivo, lastrado por su pasado y desesperado por atar un cabo suelto que acabará conectado con otras tramas más ambiciosas o de mayor calado y que, sin embargo, a mí me interesan mucho menos. No obstante, el equilibrio compensa el total.
El segundo mérito de Urbizu es sacarle partido a un actor encasillado y defenestrado por la televisión, el cual sigue siendo para la mayoría popular “el tío de los yogures para cagar” o, en el mejor de los casos, “el tipo inexpresivo de una serie sobre periodistas”.
Hablo de Jose Coronado, claro. Aquí, como en la anterior película de Urbizu (La vida mancha) hace un papelón de esos que parecen destinados a saturar vitrinas (aunque luego se vaya de vacío o ni siquiera lo nominen, como le sucedió con La vida mancha, y también con La vida de nadie, de Eduard Cortés, un trabajo que merecía candidaturas, premios y reverencias y que nadie pareció dispuesto a reconocer). Puede que ahora llegue por fin su momento, y su Santos Trinidad se convierta en el equivalente al Antón Chigurgh de Bardem o el Malamadre de Tosar. Cualidades para ello, las tiene.
Decía Robert Mitchum que el oficio de actuar consistía sencillamente en aprenderse los diálogos y no chocar contra los muebles. Si esto lo hubiera afirmado Victor Mature, poco caso habríamos de hacerle, pero viniendo de Mitchum tiene su aquél.
Poco más parece hacer Coronado que estar ahí y hablar de vez en cuando, eso es cierto; pero no menos cierto es que la historia del cine está llena de actores de registro único y economía expresiva que terminaron convertidos en grandes profesionales y aun en mitos (recordemos a Bogart, a John Wayne o a Clint Eastwood). A Coronado le queda mucho para alcanzar ese estatus, y aun así, cuando un director le sabe sacar el jugo (y Urbizu es el número uno en eso), nos encontramos con alguien capaz de hacer creíble una historia de corrupción policial en el Madrid de la crisis y el pánico integrista sin que echemos de menos los suburbios neoyorquinos o la América profunda y fronteriza.
Sé que es imposible luchar contra los prejuicios, y me consta que muchos de vosotros los tenéis, respecto al cine español y sus actores en general, y seguramente respecto a Coronado en particular. Allá cada cual. Para mí, no hay duda: sobresaliente.



Con derecho a roce, de Will Gluck

El concepto “comedia romántica” sugiere una cualidad proporcional que, en la práctica, casi nunca se da. Suelen ser películas románticas y escasamente cómicas, con una composición del 70% de romanticismo frente al 30% de comedia, o aun del 80-20 en no pocas ocasiones.
A veces salen bien, con la proporción justa (ya no digo al 50%, pero sí un agradecido 60-40, como mínimo), y entonces nos encontramos con El apartamento, Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally o 500 días juntos.
Con derecho a roce se presenta como una película con intenciones de proporción e incluso con ánimo de ser iconoclasta. Aguanta el tipo durante aproximadamente media hora, y uno llega a pensar que hasta es posible el milagro.
Y no. Al final, la ironía se va edulcorando hasta perder su sabor auténtico, y lo que en un principio parecía una rebelión contra los clichés termina, como siempre, sucumbiendo a los imponderables de la platea de piñón fijo.
He mencionado Cuando Harry encontró a Sally, una estupenda comedia de Rob Reiner cuyo único punto flaco era precisamente esa cierta contradicción respecto a la tesis inicial que ponía en marcha la trama. Sus protagonistas discutían sobre si era posible la amistad entre un hombre y una mujer sin que el sexo terminara interfiriendo y convirtiendo, por tanto, la amistad en otra cosa.
En su título, Con derecho a roce lo deja todo bien claro, y uno ya sabe que seguirá sin hallar respuesta a lo que planteaban Billy Crystal y Meg Ryan en el filme de Reiner.
Al menos, Mila Kunis y Justin Timberlake tienen un puntito más canallesco que los habituales polloperas y barbies que habitan el universo de los fanáticos de San Valentín y los teóricos de la media naranja. Menos es nada. Un aprobado con cariño, pero sin derecho a roce.



La piel que habito, de Pedro Almodóvar

Respecto a las películas de Pedro Almodóvar se ha terminado estableciendo la dudosa obligación de recibirlas invariablemente de manera categórica, tajante, extrema. Un filme con el sello del manchego debe provocarnos por decreto orgasmo o náusea, trasladarnos al nirvana o al apocalipsis, descubrirnos el secreto de la felicidad eterna o emponzoñarnos de vergüenza ajena irreversible.
Un nuevo Almodóvar es (y eso lo entiendo) como un Real Madrid-Barça. Si eres aficionado, tienes que verlo, sean cuales sean tus colores. Aparte de esto, lo cierto es que el cine de Almodóvar siempre me ha interesado, aunque no siempre me haya convencido.
Me gustan más sus comedias que sus afectados melodramones, y el componente excéntrico (o petardo, o freak, o kitsch, o lo que sea) que introduce en todas sus obras, sean del género que sean y tengan el tono que tengan, casi nunca me chirría, prueba irrefutable de que tengo bastante asumido que, cuando he de enfrentarme a un Almodóvar, o entro en su mundo de pleno o no hay nada que hacer. También reconozco que, más allá de lo que me cuente, admiro su manera de filmar, su forma de componer cada plano y cada escena, su tratamiento de los objetos, del color, del vestuario y de los detalles pequeños.
De La piel que habito se han dicho barbaridades tanto para denostarla como para alabarla. Sinceramente, ni me parece una obra maestra imprescindible ni una bazofia eficaz contra el insomnio y el estreñimiento. No veo esa pieza sublime y profunda sobre la obsesión y la dualidad de la naturaleza humana que algunos han celebrado, ni tampoco creo que haya que meter en la cárcel a su director por algo que no haya hecho antes cientos de veces sin provocar tanto revuelo.
La vi, me interesó a ratos, a ratos un poco menos, me entretuve razonablemente, y ya está. Es Almodóvar, para bien y para mal. Aprobado.




Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua

Las películas policiacas de los 70 acostumbraban a ser viriles, ambiguas y crepusculares, por resumirlo en tres adjetivos. Este peatón creció amorrado a la pantalla viendo las películas de Lumet, Friedkin, Siegel o Carpenter, historias de inspectores y agentes de la ley duros, a veces expeditivos, convencidos de su deber pero, al mismo tiempo, aficionados a pisar la línea fronteriza e incluso a traspasarla. Uno podía distinguir a los buenos y a los malos en el contexto del filme, pero no siempre esa condición de héroe era extrapolable al cien por cien a la vida real.
Tenían esas películas una estética y un tratamiento de la violencia muy característicos, más cercanos al realismo que al espectáculo de acción.
Los policiacos actuales son más bien (y por seguir con el triple epíteto) canallas, frenéticos y truculentos. La influencia lógica de autores como Tarantino o los hermanos Coen ha volteado las bases del género, hasta el punto de que tal vez sería más correcto denominarlo criminal o delictivo, en lugar de policiaco, ya que hoy por hoy suelen ser los gangsters los héroes de la función.
Me encantan Tarantino y los Coen, y he disfrutado mucho con el trabajo de directores modernos como Guy Ritchie o Wayne Kramer. Sin embargo, echo de menos el estilo setentero del thriller.
Por suerte, sigue habiendo quien opta por la excepción a las tendencias, y gracias a ello se van rodando obras como La noche es nuestra (James Gray), Cuestión de honor (Gavin O’Connor) o Trainning day (Antoine Fuqua).
Precisamente Fuqua regresa ahora al ámbito de su mejor película, y aunque quizá no alcance el mismo nivel, Los amos de Brooklyn es un oasis nostálgico que deleitará a los espectadores como un servidor y enervará seguramente a esos cinéfilos que esgrimen como norma inquebrantable la huida despavorida de todo lo que huela a genuinamente norteamericano (eso sí: si alguien piensa que ésta es una película como las de Steven Segal, Vin Diesel o Jason Statham, mejor que no lo diga en voz alta, porque hará el ridículo).
El reparto ayuda a hacer atractiva la visita al cine (o la descarga ilegal, que ahora hay que matizarlo todo para que no lo llamen a uno desfasado o delincuente de la SGAE), destacando el papel de Ethan Hawke y a un Richard Gere que, como demostró en Asuntos sucios —otro buen policiaco de Mike Figgis—, supera mejor sus limitaciones pistola en ristre que luciendo palmito de galán. Un notable muy alto.



Somewhere, de Sofia Coppola

Sofia Coppola parece instalada (como Terrence Malick, por cierto) en la peligrosa atalaya de la solemnidad contemplativa. Desde su privilegiada posición (¿debería decir “pose”? nos observa a los vulgares humanos que acudimos a las salas de cine en busca de una narración tradicional, de que nos cuenten historias de personas a las que les pasan cosas. Qué ordinariez, debe de pensar la hija del gran Francis.
Y así es Somewhere, un ejercicio de minimalismo fundamentalista y exasperante a ratos, con secuencias ejemplares en el retrato de la soledad y el vacío existencial, y con pasajes interminables y alargados hasta lo humanamente insoportable por santo capricho de la directora.
No me parece mal la idea de contar el reverso tedioso y deprimente de un actor de éxito que mata literalmente (asesina, incluso) el tiempo que le queda entre fiestas, entrevistas y otros glamurosos compromisos a base de puterío decadente, lingotazos y abulia 100% genuina. Le salió bien a Coppola la experiencia similar en Lost in translation (de largo, su mejor película), pero en este caso se le ha ido la mano hasta resultar pedante y aburrida durante una buena parte del metraje. Lo mejor, la parte central, en la que el protagonista se ve obligado a cuidar de su hija. Esto le salva del suspenso. Así que sólo un aprobadito, Sofia, por lista.