domingo, 21 de agosto de 2011

Peatón a la carta

Se supone que la existencia de una bitácora como ésta responde más al deseo individual de expresarse de su autor que a la noble intención de servir a las demandas de un hipotético plantel de lectores. Para bien o para mal, me veo incapaz de separar una cosa de la otra, y por eso, durante estos días de descanso y desconexión, me he preguntado si tal vez no sería buena idea sondearos a vosotros, transeúntes cibernéticos, acerca de lo que os gustaría ver aquí reflejado.


Por ello, pongo a vuestra disposición dos medios para que me hagáis llegar, si es vuestro deseo, sugerencias, demandas o desafíos; es decir, dos vías para que me propongáis temas o argumentos sobre los que escribir en este blog:

- La dirección de e-mail elultimopeaton@gmail.com

- El apartado de “Comentarios” de esta entrada (o de cualquier otra del blog, ya puestos).


Acepto el reto desde ya, y prometo dar respuesta a todas las peticiones (todo vale: ficción, opinión, crítica, lo que sea; y si algún cibernauta perverso me pide que escriba sobre cálculo infinitesimal o sobre la influencia de la curva de Hochner en la bajada del precio de la aceituna negra en los mercados emergentes, me buscaré la vida, palabra de peatón).

Asimismo, confirmo que respetaré el anonimato de los solicitantes salvo que ellos mismos me comuniquen el deseo expreso de ser nombrados como autores de la propuesta en cuestión.

Más allá de que esta iniciativa sea una manera de mantener viva la bitácora durante las vacaciones, espero estar en condiciones de prolongarla el tiempo que haga falta (mientras siga habiendo valientes que se atrevan a pisar esta acera, por mí encantado).

Buenas vacaciones a todos (incluidos a los que ya se os han terminado).

jueves, 4 de agosto de 2011

La ley de la inercia


A menudo me acuerdo de un programa de televisión de hace bastantes años, en el que un reportero sarcástico y sibilino abordaba a los transeúntes preguntándoles cosas como “¿Qué haría usted si su hijo le dijera que es heterosexual?”, o “¿Ha conducido alguna vez sobrio?”.
Era gracioso, pues los peatones encuestados solían sin excepción dar respuestas del tipo “Yo lo querría igual que si fuese normal, porque es mi hijo”, o “Jamás. Nunca bebo si tengo que ponerme al volante”.
Fijaos cómo todo el mundo creía oír “homosexual” cuando el reportero decía “heterosexual” y, en el otro caso, interpretaba “ebrio” cuando en realidad se había dicho “sobrio” (sobre lo de la palabra normal en el primero de los casos no voy a comentar nada, aunque sé que sería motivo para escribir un artículo monográfico sobre el particular).
Pasa con más frecuencia de lo que probablemente creemos. Reaccionamos, contestamos y actuamos movidos por la inercia de lo consabido y rutinario, sin prestar atención a lo que de verdad se nos pide o inquiere.
Mi estimado colega Yamandú Sabini bien lo sabe. Lleva desde tiempos inmemoriales pidiendo una Coca-Cola sin limón y los camareros se empeñan en traérsela sin hielo. Lo repito, por si no ha quedado claro (la ley de la inercia también se cumple cuando leemos): él dice “Una Coca-Cola sin limón”, y le sirven una botella o lata del susodicho refresco junto a un vaso vacío con una rodaja de limón en su interior. Es posible que, a lo largo de su vida, mi amigo haya pronunciado la frase “Había dicho sin limón, no sin hielo” muchas más veces que “Buenos días”, “Hola” o “Adiós”.
En agosto el censo de la ciudad se reduce ostensiblemente, y estoy seguro de que los dependientes, camareros y empleados de comercio en general se aburren igual que los guardas jurados el resto del año, así que ayer se me ocurrió un pasatiempo para animarles un poco la faena.
Primero fui al supermercado del barrio y le pregunté a uno de los chicos que deambulaba por sus pasillos haciendo ver (o anhelando la posibilidad, incluso) que ordenaba estanterías: “Por favor, ¿tenéis Coca-Cola descafeinada?” El chaval permaneció como diez segundos en una especie de trance fangoso, igual que si le hubiera hablado en húngaro. Por fin volvió en sí, y me aclaró: “Tenemos light, Zero, sin cafeína y también normal”. Lo que suponía. No obstante, quise asegurarme: “Vale. Entones sí la tenéis, ¿no?”. Esta vez entornó los ojos como si con ello los estuviera afilando: “No sé, mire por ahí. En el tercer pasillo”.
No me hizo falta mirar nada, claro está. La fórmula “sin cafeína” es sobradamente popular entre el gremio de la alimentación, pero cuando les cambias la morfología (“descafeinada”) pierden también la semántica (aunque sea idéntica), y el cliente se convierte en un extranjero hostil.
Me faltaba culminar el experimento, esta vez en sentido inverso. Fui a un bar (me costó encontrar uno abierto en estas fechas y a aquellas horas) y pedí amablemente (lo juro) un café sin cafeína. La mujer de detrás de la barra me miró como si fuera el Follonero o cualquier otro emisario de un programa de cámara oculta destinado a dejarla en ridículo delante de la humanidad entera. “¿Perdón?”, me espetó, antes de echar mano del garrote, la cachiporra, la barra de hierro o lo que fuese que guardara bajo el mostrador para espantar cacos y convencer a clientes remolones en el pago. “Un café sin cafeína, gracias”. Silencio de cuenta atrás. Tic, tac… Yo conté hasta trece, pero sin duda iba más acelerado de lo normal (era una cuenta atrás para despegar y salir pitando de allí si la cosa se ponía jodida de verdad). “Un descafeinado, ¿eh?”, dijo al fin, y sonó más a amenaza que a ofrecimiento (como la pregunta de un concurso en la que uno pierde millones de euros si falla). “Es lo que he dicho”. Y era verdad. Milagros del lenguaje.
El calor y el seudo experimento me habían dejado exhausto, así que cené poca cosa y me metí en la cama enseguida. Mientras cerraba los ojos me salió un “Yo también te quiero”, pese a que hace ya varios meses que duermo solo. La inercia.