miércoles, 6 de julio de 2011

Suelo estrellado


Al principio de una calle de Santiago de Compostela hay un bar que se llama París, y al final de esa misma calle existe otro llamado Dakar. Entre medias de ambos, no sabría decir cuántos, pero podemos encontrar un número considerable de bares, restaurantes, tascas, tabernas y cafeterías.
La broma es obvia, pero no por ello exenta de astucia comercial. Dudo mucho que haya alguien vivo capaz de afirmar que logró completar la ruta Paris-Dakar de Santiago, aunque serán sin duda millones (entre los cuales se incluye este peatón) quienes lo hayan intentado al menos en una ocasión.
No es de bares de lo que quiero hablar hoy, si bien no se me ocurre mejor introducción para el tema a tratar.
El día 27 de junio se inauguró en Madrid un modesto (por tamaño, no por pretensiones y egos, que de esos sobran) paseo de la fama del cine español. O sea, un trasunto carpetovetónico y castizo de la acera de las estrellas de Hollywood.
En España hay profesionales del cine sobradamente reconocidos y admirados, premiados en festivales y con Oscars en sus vitrinas, directores taquilleros y actores carismáticos, todo lo que queramos, y sin embargo, el propio concepto “cine español” (como he repetido varias veces en esta bitácora) es de aquellos que suelen mencionarse acompañados de muecas, refunfuños y blasfemias.
Hay dos escollos principales que el séptimo arte ibérico no ha superado (ni lo hará nunca, a este paso), uno cultural y otro político.
Por mucho que los tópicos molesten y uno tienda por naturaleza (o en defensa propia) a renegar de los clichés impuestos por el turismo apresurado, no es el cine una disciplina artística que se asocie a nuestra cultura ancestral. Hubo un Buñuel y hay un Almodóvar, también hubo un Berlanga, y después vinieron los Saura, Garci, Trueba o Amenábar a reivindicar su cuota mínima, pero la tradición española está ligada a otras artes y folclores, así es la vida.
Y esto, insisto, por mucho que moleste el estereotipo de las castañuelas y los faralaes, de la paella y la sangría, no sólo influye en la percepción del forastero, sino que afecta, quizá con mucha mayor fuerza, en el sentimiento local. El lugar donde el cine español cuenta con más acérrimos detractores es precisamente España. Es un hecho. A veces con razón y a veces no, de acuerdo. Lo que no se puede negar es la pura realidad.
El otro factor de complicada superación es el político. Hará un par de años, me hice eco de unas palabras del director Jaime Rosales, que lo explicaba perfectamente:

“¿Por qué esa especial negatividad con el cine? ¿Por qué siempre tanta polémica? Me aventuro a dar una explicación. Aunque no sea una explicación del agrado de muchos. El motivo por el que el cine español es tan polémico es porque una parte importante del colectivo que lo representa se ha significado políticamente en exceso. En un país tradicionalmente muy dividido ideológicamente, por los motivos que de sobra nos son conocidos, eso equivale a perder la mitad del público potencial y la mitad de la opinión favorable dentro de los medios de comunicación”(…) “¿Qué pasaría si Zara o El Corte Inglés o Seat se significaran políticamente apoyando un partido? Lo mismo: perderían al 50% de su clientela potencial”.

Yo también estoy convencido de que las simpatías y antipatías políticas tienen mucho que ver en la percepción que buena parte del público tiene acerca del oficio cinematográfico. Es verdad que ellos mismos, los profesionales del séptimo arte, son a menudo quienes deciden alardear con estridencia sus compromisos ideológicos o directamente partidistas, pero sinceramente pienso que eso, a quienes nos sentamos ante la pantalla en nuestra butaca, debería resbalarnos (de hecho, no medimos por el mismo rasero cuando se trata de estrellas extranjeras, a quienes conocemos manías, escándalos y oscuros secretos, que sin embargo pasamos por alto a la hora de enfrentarnos a sus películas).
Así pues, no estoy muy seguro de que esta ocurrencia de habilitar un paseo de las estrellas en Madrid vaya a ser precisamente celebrada. Por desgracia, me atrevería más bien a pronosticar que pronto encontraremos tan ilustre acera acribillada de grafitis, meadas o quién sabe qué otras variedades de la expresión vejatoria. Los unos, porque no soportan a los titiriteros de la ceja; los otros, porque sólo conciben un cine atragantado de palomitas y decibelios; los de más allá, porque cualquier fruslería o pedantería dicha en malayo o en francés siempre les sonará a obra maestra; y el resto porque ni siquiera conoce lo que realmente se filma por estas tierras y sigue tomando como referente el Cine de Barrio de Carmen Sevilla.
En muchas ciudades españolas hay calles con nombres de pintores, de músicos, de escritores y hasta de políticos. Lo del cine resulta más complicado. Es como si en Suiza se plantearan un paseo de la fama de los futbolistas. Allí probablemente funcionaría uno con nombres de esquiadores, o de banqueros. Por eso, al conocer la noticia del paseo de la fama cinematográfica recién inaugurado, se me ocurrió que no era mala idea plantearse una calle temática dedicada a tal fin, pero en lugar de inmortalizar a sus protagonistas en simples baldosas (alardeando de un fetichismo autóctono que en realidad no existe), tal vez habría resultado más efectivo llenar dicha calle de bares —el Jamón Jamón, especialidad en tapas; el Torrente, fritanga a tutiplén; El Perro Andaluz, tapas exóticas del tipo hormigas, ojos cocidos, etc.; Los lunes al sol, “No querrás salir del bar para ir a trabajar”; el Perdita Durango, cocina mejicana muy picante; el Flores de otro mundo, platos sabrosones del caribe, miamol; el Moros y Cristianos, paella valenciana y turrones de Xixona…—, en fin, que nadie diga que no he avisado.

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