martes, 12 de julio de 2011

La siesta del villano



Decía Ullmann T. Meyer que “el único hombre fiable es un hombre dormido”, y razón no le faltaba, pues el sueño nos hace a todos mansos y vulnerables, inofensivos. El dictador, el ogro, el asesino y el pederasta siguen siendo los mismos monstruos mientras duermen, sí, pero limitados a pecar de pensamiento y no de obra; algo es algo.
El catedrático Lukas Holzhauer, en su obra de culto Lo que nunca sabré de mí, define el acto de dormir como “muerte sin putrefacción”, lo cual pone los pelos de punta y, pese a la radicalidad del símil, entronca con uno de los ejemplos más comunes de la debilidad humana frente al inapelable poderío de la muerte.
Colarse en el otro barrio parece que le purgue a uno, que lo limpie y lo despoje de todo antecedente sospechoso ganado en el transcurso de su vida. Con los muertos certificados así se cumple, cuando nada pueden ya objetar ni añadir, cuando la naturaleza verifica la fecha de caducidad y el tránsito se hace sólo con billete de ida, de repente todo se vuelven loas y nostalgias, vítores y homenajes. El post mortem equivale a la inocencia categórica que el individuo consciente sólo puede aspirar a gozar como presunta (y no en todas partes, además).
Pero hay quien cambia de barrio y parece haber ido sólo de visita. Y el impasse impone el dilema. ¿Qué hacer? ¿Prodigarse en alabanzas como si ya la hubiera palmado? ¿Ser prudentes y confiar en el regreso?
El profesor Neira, otrora ciudadano ejemplar y paladín contra la violencia machista, despertó y se convirtió en la némesis del superhéroe, vía PP, ¡Hola! y control de alcoholemia.
Ahora ha despertado el ex torero y ex folclórico consorte Ortega Cano, a quien se ha tratado con delicadeza informativa durante su incierto garbeo por el lado de más allá. Me pregunto qué habría pasado de haber podido comunicarse con el susodicho mientras se debatía entre quedarse o regresar. A lo mejor él mismo habría elegido no volver para ser el sucesor de Farruquito, que es más o menos lo que le espera.
Si Ortega hubiera fallecido junto a ese otro hombre anónimo que pagó su imprudencia, tal vez su memoria se habría ahorrado alguna que otra mancha.
Y es que, como ya apuntó Arsenio Urales, “el castigo es vivir”. Para algunos, no cabe duda.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida es siempre bella.

El último peatón dijo...

Bienvenido a mi blog, Roberto Benigni :)