martes, 19 de julio de 2011

Aproximaciones imposibles


Parece ser que existen forenses o expertos capaces de adivinar el sexo, la edad, la altura y hasta la hora en que falleció una persona con sólo analizar un cabello, un fragmento de hueso machacado o una gota de cualquier sustancia orgánica.
También hay peritos y especialistas que pueden determinar el momento preciso en que se produjo un incendio o una explosión, si el siniestro se originó en una u otra dependencia, si fue provocado o accidental, o si intervinieron agentes químicos o eléctricos, todo ello con la sola ayuda de una montaña de escombros o de ruinas chamuscadas.
A nadie le extrañará tampoco que un arqueólogo sepa calcular la época en que se realizó un grabado, se embalsamó un cadáver o se construyó una columna, aunque dicho momento histórico se remonte a miles de años antes de Cristo.
La ciencia lleva siglos resolviendo enigmas relacionados con el tiempo y el espacio. Hoy en día podemos conocer la distancia que nos separa de planetas a los que no ha viajado nadie y a los que nunca podremos viajar, estamos más o menos familiarizados con teorías sobre agujeros negros, estallidos de materia y universos paralelos, con conceptos como “año luz” o “barrera del sonido”; aspiramos, en definitiva, a la tan presuntuosa como fútil tarea de medir lo inabarcable, de ponerle límites al universo y fronteras al infinito.
Claro que, desde que la informática pasó a ser el organismo que rige el funcionamiento de la vida cotidiana, da la impresión de que sólo existe aquello que puede medirse, calcularse, cronometrarse, delimitarse, programarse.
Somos burocracia y estadística, contabilidad y aritmética.
¿Cabe la imperfección en un mundo tan controlado y exacto? Cabe; doy fe de ello.
Os invito a que os acerquéis a cualquier tienda en la que vendan películas en DVD (o a que consultéis vuestra propia colección, si es que la tenéis). Tomad una cualquiera y echadle un vistazo a la carátula posterior del estuche, allí donde suelen figurar los datos técnicos del filme. Concretamente, debéis prestar atención al texto que indica la duración de la película. Sí, así es. Parece increíble, pero normalmente os encontraréis con que pone “Duración aproximada: 95 (o 108, o 124) minutos”. ¿Aproximada?
Es cierto que hay otra variante, que viene a ser la misma, no obstante: “Duración: 95 (o 108, o 124) minutos aprox. ¿Aprox.?
¿Cómo que aprox.? ¿Cómo que aproximada?
Pero bueno, ¿tan difícil es calcular lo que dura una película? Mi reproductor de DVD, que no es de los más caros ni de los más modernos, tiene incorporado un reloj digital que va contando los segundos, minutos y horas mientras reproduce la película.
En algunas competiciones deportivas, como el atletismo, el ciclismo o el baloncesto, se pueden decidir los resultados por una centésima de segundo. Hay personas encargadas de medir dichas marcas, y cuentan para ello con la tecnología adecuada.
Eso por no hablar de la factura del teléfono. Cada mes me llega un listado en el que se detallan de forma exhaustiva todas las llamadas que he realizado, los números marcados y el tiempo exacto que estuve hablando o escuchando, con minutos y segundos.
Vamos, que no hay quien se trague que no exista un ser humano capaz de decirnos lo que dura una película, aunque ésta sea de Theo Angelopoulos (individuo que acostumbra a rodar solemnes pedanterías de más de tres horas, tan tediosas que acaban haciéndose más largas que una noche en urgencias).
Ahora entiendo por qué me llaman “raro” cuando voy al cine y quiero quedarme a leer los títulos de crédito hasta el final. Hay que joderse.

martes, 12 de julio de 2011

La siesta del villano



Decía Ullmann T. Meyer que “el único hombre fiable es un hombre dormido”, y razón no le faltaba, pues el sueño nos hace a todos mansos y vulnerables, inofensivos. El dictador, el ogro, el asesino y el pederasta siguen siendo los mismos monstruos mientras duermen, sí, pero limitados a pecar de pensamiento y no de obra; algo es algo.
El catedrático Lukas Holzhauer, en su obra de culto Lo que nunca sabré de mí, define el acto de dormir como “muerte sin putrefacción”, lo cual pone los pelos de punta y, pese a la radicalidad del símil, entronca con uno de los ejemplos más comunes de la debilidad humana frente al inapelable poderío de la muerte.
Colarse en el otro barrio parece que le purgue a uno, que lo limpie y lo despoje de todo antecedente sospechoso ganado en el transcurso de su vida. Con los muertos certificados así se cumple, cuando nada pueden ya objetar ni añadir, cuando la naturaleza verifica la fecha de caducidad y el tránsito se hace sólo con billete de ida, de repente todo se vuelven loas y nostalgias, vítores y homenajes. El post mortem equivale a la inocencia categórica que el individuo consciente sólo puede aspirar a gozar como presunta (y no en todas partes, además).
Pero hay quien cambia de barrio y parece haber ido sólo de visita. Y el impasse impone el dilema. ¿Qué hacer? ¿Prodigarse en alabanzas como si ya la hubiera palmado? ¿Ser prudentes y confiar en el regreso?
El profesor Neira, otrora ciudadano ejemplar y paladín contra la violencia machista, despertó y se convirtió en la némesis del superhéroe, vía PP, ¡Hola! y control de alcoholemia.
Ahora ha despertado el ex torero y ex folclórico consorte Ortega Cano, a quien se ha tratado con delicadeza informativa durante su incierto garbeo por el lado de más allá. Me pregunto qué habría pasado de haber podido comunicarse con el susodicho mientras se debatía entre quedarse o regresar. A lo mejor él mismo habría elegido no volver para ser el sucesor de Farruquito, que es más o menos lo que le espera.
Si Ortega hubiera fallecido junto a ese otro hombre anónimo que pagó su imprudencia, tal vez su memoria se habría ahorrado alguna que otra mancha.
Y es que, como ya apuntó Arsenio Urales, “el castigo es vivir”. Para algunos, no cabe duda.

miércoles, 6 de julio de 2011

Suelo estrellado


Al principio de una calle de Santiago de Compostela hay un bar que se llama París, y al final de esa misma calle existe otro llamado Dakar. Entre medias de ambos, no sabría decir cuántos, pero podemos encontrar un número considerable de bares, restaurantes, tascas, tabernas y cafeterías.
La broma es obvia, pero no por ello exenta de astucia comercial. Dudo mucho que haya alguien vivo capaz de afirmar que logró completar la ruta Paris-Dakar de Santiago, aunque serán sin duda millones (entre los cuales se incluye este peatón) quienes lo hayan intentado al menos en una ocasión.
No es de bares de lo que quiero hablar hoy, si bien no se me ocurre mejor introducción para el tema a tratar.
El día 27 de junio se inauguró en Madrid un modesto (por tamaño, no por pretensiones y egos, que de esos sobran) paseo de la fama del cine español. O sea, un trasunto carpetovetónico y castizo de la acera de las estrellas de Hollywood.
En España hay profesionales del cine sobradamente reconocidos y admirados, premiados en festivales y con Oscars en sus vitrinas, directores taquilleros y actores carismáticos, todo lo que queramos, y sin embargo, el propio concepto “cine español” (como he repetido varias veces en esta bitácora) es de aquellos que suelen mencionarse acompañados de muecas, refunfuños y blasfemias.
Hay dos escollos principales que el séptimo arte ibérico no ha superado (ni lo hará nunca, a este paso), uno cultural y otro político.
Por mucho que los tópicos molesten y uno tienda por naturaleza (o en defensa propia) a renegar de los clichés impuestos por el turismo apresurado, no es el cine una disciplina artística que se asocie a nuestra cultura ancestral. Hubo un Buñuel y hay un Almodóvar, también hubo un Berlanga, y después vinieron los Saura, Garci, Trueba o Amenábar a reivindicar su cuota mínima, pero la tradición española está ligada a otras artes y folclores, así es la vida.
Y esto, insisto, por mucho que moleste el estereotipo de las castañuelas y los faralaes, de la paella y la sangría, no sólo influye en la percepción del forastero, sino que afecta, quizá con mucha mayor fuerza, en el sentimiento local. El lugar donde el cine español cuenta con más acérrimos detractores es precisamente España. Es un hecho. A veces con razón y a veces no, de acuerdo. Lo que no se puede negar es la pura realidad.
El otro factor de complicada superación es el político. Hará un par de años, me hice eco de unas palabras del director Jaime Rosales, que lo explicaba perfectamente:

“¿Por qué esa especial negatividad con el cine? ¿Por qué siempre tanta polémica? Me aventuro a dar una explicación. Aunque no sea una explicación del agrado de muchos. El motivo por el que el cine español es tan polémico es porque una parte importante del colectivo que lo representa se ha significado políticamente en exceso. En un país tradicionalmente muy dividido ideológicamente, por los motivos que de sobra nos son conocidos, eso equivale a perder la mitad del público potencial y la mitad de la opinión favorable dentro de los medios de comunicación”(…) “¿Qué pasaría si Zara o El Corte Inglés o Seat se significaran políticamente apoyando un partido? Lo mismo: perderían al 50% de su clientela potencial”.

Yo también estoy convencido de que las simpatías y antipatías políticas tienen mucho que ver en la percepción que buena parte del público tiene acerca del oficio cinematográfico. Es verdad que ellos mismos, los profesionales del séptimo arte, son a menudo quienes deciden alardear con estridencia sus compromisos ideológicos o directamente partidistas, pero sinceramente pienso que eso, a quienes nos sentamos ante la pantalla en nuestra butaca, debería resbalarnos (de hecho, no medimos por el mismo rasero cuando se trata de estrellas extranjeras, a quienes conocemos manías, escándalos y oscuros secretos, que sin embargo pasamos por alto a la hora de enfrentarnos a sus películas).
Así pues, no estoy muy seguro de que esta ocurrencia de habilitar un paseo de las estrellas en Madrid vaya a ser precisamente celebrada. Por desgracia, me atrevería más bien a pronosticar que pronto encontraremos tan ilustre acera acribillada de grafitis, meadas o quién sabe qué otras variedades de la expresión vejatoria. Los unos, porque no soportan a los titiriteros de la ceja; los otros, porque sólo conciben un cine atragantado de palomitas y decibelios; los de más allá, porque cualquier fruslería o pedantería dicha en malayo o en francés siempre les sonará a obra maestra; y el resto porque ni siquiera conoce lo que realmente se filma por estas tierras y sigue tomando como referente el Cine de Barrio de Carmen Sevilla.
En muchas ciudades españolas hay calles con nombres de pintores, de músicos, de escritores y hasta de políticos. Lo del cine resulta más complicado. Es como si en Suiza se plantearan un paseo de la fama de los futbolistas. Allí probablemente funcionaría uno con nombres de esquiadores, o de banqueros. Por eso, al conocer la noticia del paseo de la fama cinematográfica recién inaugurado, se me ocurrió que no era mala idea plantearse una calle temática dedicada a tal fin, pero en lugar de inmortalizar a sus protagonistas en simples baldosas (alardeando de un fetichismo autóctono que en realidad no existe), tal vez habría resultado más efectivo llenar dicha calle de bares —el Jamón Jamón, especialidad en tapas; el Torrente, fritanga a tutiplén; El Perro Andaluz, tapas exóticas del tipo hormigas, ojos cocidos, etc.; Los lunes al sol, “No querrás salir del bar para ir a trabajar”; el Perdita Durango, cocina mejicana muy picante; el Flores de otro mundo, platos sabrosones del caribe, miamol; el Moros y Cristianos, paella valenciana y turrones de Xixona…—, en fin, que nadie diga que no he avisado.