miércoles, 22 de junio de 2011

Presunto


Ten amigos policías para esto. Me da envidia la gente cuyos amigos son directores de hoteles (vacaciones gratis), jefes de cocina (banquetes por la patilla) o directivos de equipos de fútbol (entradas a cero euros). No es que tener conocidos en las fuerzas de seguridad no pueda ser útil; el problema es que lo último que se me ocurriría en la vida es precisamente necesitarlos (como tener un contacto VIP en una funeraria, para entendernos).
Así que Basilio, el sargento Urdiales en el ámbito de la comisaría, me pidió que le hiciera un favor. No era difícil y hasta podría resultar divertido. “Necesito a un tío para una rueda de reconocimiento”. Pues bueno, ¿por qué no?
El caso es que tenía que ser alguien exento de cualquier peculiaridad visible. Un individuo estándar, un tipo del montón, en fin, yo mismo, para qué engañarnos. Sólo tendría que ponerme en fila (el segundo por la derecha, el cuarto por la izquierda), mirando de frente a un espejo que por el otro lado era un cristal transparente, junto a otros cuatro fulanos tan estereotípicos e insustanciales como un servidor. Todos vestidos de la misma manera. Americana negra, camisa de rayas, pantalón gris de pinzas, mocasines negros, hasta ahí todo tediosamente vulgar. Pero el funcionario al cargo del grupo nos añadió dos detalles aparentemente gratuitos y que sin duda formaban parte fundamental de la información aportada por los testigos (aquéllos que nos contemplaban como si fuéramos inquilinos de un zoológico desde el otro lado del cristal). Una gorra de visera (quizá debería decir de béisbol, pero ¿quién carajo juega a eso por estos pagos?) y una bolsa de plástico de Supermercados Pachanga que teníamos que portar en la mano izquierda. El contenido de dicha bolsa no quedaba a la vista, claro, pero no pude resistir la tentación de mirar. Estaba llena de hojas de periódico arrugadas, la mía al menos. Para hacer bulto. Nada más.
El trámite de la rueda de reconocimiento resulta un monumental coñazo si se vive desde el otro lado, allí plantados como maniquíes o, peor aún, como reos a punto de ser ajusticiados por un pelotón de fusilamiento.
Para entretenerme, empecé a cavilar yo mismo sobre cuál de los otros cuatro sería el verdadero sospechoso. Aposté por el tipo que tenía justo a mi derecha. Olía a choto destripado. Si le hubieran traído una pastilla de jabón habría pedido el manual de instrucciones. Por si eso fuera poco, su recurso para matar el aburrimiento fue canturrear sin descanso una horrenda canción bailonga del tipo “Ay qué rico mi amor, dale cadera sabrosa y sacude las penas chévere” (algo así, ya digo; mi memoria selectiva es incapaz de recordar la letra real). Si por mí fuera, treinta años sin fianza.
El agente nos avisó de que el teatrillo había concluido y nos invitó a abandonar el escaparate de sospechosos. Al salir, Basilio me pidió que le acompañara un momento. Me condujo a una especie de despacho diminuto, donde sólo había una mesa y dos sillas, aparte de una videocámara, con el pilotito rojo parpadeando, colgada de una pared de la habitación.
“Los tres testigos te han señalado a ti”, me dijo, en un tono solemne inédito para mí (lo más parecido que recordaba de mi amigo era lo pesado que se ponía cuando nos pasábamos de copas, la típica brasa del borracho con un brote sentimental transitorio, pero lo de entonces era diferente, iba en serio. Estábamos en una comisaría, por si alguien lo ha olvidado).
“Me estás vacilando”.
“Esto es muy serio (lo que yo decía), vamos a tener que retenerte”.
No podía creerlo. Ahora resultaba que mi pinta normal de hombre del montón era la peor credencial para defender mi presunción de inocencia.
“¿Y de qué se supone que soy culpable?”, pregunté, ya puestos.
“Bueno, a decir verdad, de nada”.
“Pero entonces, de los cinco que estábamos ahí… se supone que tenéis localizado al tipo…”.
“No es eso. Verás”. Antes de seguir hablando, Basilio se encaramó en una de las sillas y apagó la cámara. El piloto se volvió negro y el parpadeo cesó. “Hay un problema. Según el último estudio del CIS, los índices de delincuencia han aumentado en el presente año, al tiempo que han disminuido los porcentajes de detención de sospechosos. En consecuencia, el Ministerio del Interior ha aprobado una directriz que permite a las fuerzas de seguridad del Estado aplicar medidas preventivas, consistentes principalmente en la organización de ruedas de reconocimiento para detectar factores de riesgo”.
Tal como lo estaba contando, me recordaba a una reunión a la que asistí en cierta ocasión, organizada por una marca de teléfonos móviles, en la cual nos juntaron a siete u ocho personas alrededor de una mesa para que votáramos por el diseño que más nos gustara. Por el esfuerzo (sic) nos invitaron a un refresco y nos entregaron un vale de 20 euros para gastar en un centro comercial.
“Es decir”, continuó Basilio, “basándonos en la experiencia de casos anteriores, elegimos grupos de individuos que respondan al perfil Nunca lo hubiera dicho, parecía un tipo normal, siempre daba los buenos días en la escalera, que es el diagnóstico popular casi unánime que recibimos en los casos de asesinato en serie, crimen pasional, descuartizamiento, parricidio e infanticidio”.
“Pero yo no he hecho nada, Basilio, tío, no me jodas, que soy yo”.
“Ya, ya, si yo te creo”, me dijo, el muy cabrón, “pero mírate la pinta que llevas. Si es que das miedo de puro normal. Ponte un pendiente, aunque sea”.
En fin. Aquí sigo, encerrado. Basilio me ha dicho que serán sólo unos meses, hasta que salga publicado el próximo estudio del CIS. Eso sí, que se preparen mis vecinos. Voy a hacerles la vida imposible. A mí no me vuelven a pillar.

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