viernes, 10 de junio de 2011

Los amigos de Ludo

Más allá de los géneros tradicionales, la repetición de ciertos modelos estructurales y argumentales en el cine ha dado lugar a determinadas fórmulas que se reconocen ya como genéricas en sí mismas, independientemente de que en el fondo no dejen de ser comedias o dramas como los de toda la vida.
Es por ello que hablamos, por ejemplo, de películas de “vidas cruzadas” (Amores perros, Magnolia, Grand Canyon, Crash, Babel, o, por supuesto, Vidas cruzadas) o de spoof movies, películas paródicas que en una época no demasiado lejana se reconocían por llevar el apellido “como puedas” (en la traducción española, se entiende), y que en estos tiempos más anglófonos se caracterizan precisamente por incluir la palabra movie en su título.
Uno de estos modelos o subgéneros no oficiales sería el que podríamos denominar como “reunión de viejos amigos”, cuyo paradigma sería Reencuentro, de Lawrence Kasdan, y que ha cosechado otras notables obras como El declive del imperio americano, y su continuación, Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand; Los amigos de Peter, de Kenneth Branagh, Beautiful girls, de Ted Demme, o Remake, de Roger Gual.
Nostalgia, expiación, trapos sucios, viejas rencillas, hipocresía por interés, segundas oportunidades, platonismos crónicos, tensiones sexuales no resueltas, pérdida de valores, traición a los principios… De estas materias primas surgen las peripecias y conflictos narrados en dichas películas, y Pequeñas mentiras sin importancia, tercer trabajo como director del actor Guillaume Canet, no aparenta intención alguna de constituir una excepción a la regla.
Más liviana que los intelectuales filmes de Arcand, más cómica que la ligeramente desenfadada película de Branagh, y con unos personajes algo menos maduros que los del clásico de Kasdan, esta obra que ha alegrado las taquillas galas esta temporada posee una inusual condición híbrida susceptible de confundir a muchos espectadores potenciales.
Los alérgicos a la palabra “francesa” asociada al cine ni siquiera se la plantearán como opción. Pero, ojo, porque la película de Canet está más cerca del cine de masas que del cine de autor canónico, y por si alguno se ha incorporado tarde a esta bitácora, aclararé que para este peatón no hay buenos ni malos, o sea, que Hollywood es tan atractivo como el universo interior e incomprendido del artista más autosuficiente. Por ello, los del otro bando, los que rehuyen de la denominación “norteamericana” por sistema y creen que la matrícula europea garantiza un viaje cinéfilo profundo y transgresor, podrían ver igualmente truncadas sus expectativas.
Resumiendo: Pequeñas mentiras sin importancia es una historia interesante y cercana, apta para casi cualquiera, emocionante a veces e inspirada otras tantas, si bien combina sus virtudes con ciertas imperfecciones que le dejan a uno la sensación de que había material para una obra superior, casi redonda.
Adolece, en mi opinión, de un exceso sentimental en su tramo final y de una dudosa exaltación de determinados clichés románticos que quien esto escribe no comparte (la sublimación del amor platónico y la falsa heroicidad del desengañado incapaz de superar una ruptura, por ejemplo). Tampoco comulgo con el prototipo encarnado por el personaje llamado Jean Louis, aquél que viene a revelarnos que los individuos de ciudad somos todos unos egoístas, superficiales, desaprensivos, inmaduros y codiciosos, y necesitamos por tanto que alguien que vive en contacto directo con la naturaleza, alejado de los vicios y pecados metropolitanos, venga a iluminar nuestra corrupta existencia.
Detecto asimismo otra incongruencia en la extrema soledad del personaje de Ludo en el hospital (el cual se recupera tras un accidente mientras los demás disfrutan de sus vacaciones), ya que una escena crucial de la película nos vendrá a revelar después que en realidad no es para tanto, y por consiguiente su presunto abandono queda reducido a una argucia melodramática al servicio de la enseñanza moral que Canet parece querer ligar a su historia.
Tales defectos, insisto, restan de cara a considerar la posibilidad de la gran obra que no llega a ser, pero son minoría respecto al balance global. A destacar especialmente la escena de arranque, un plano secuencia digno de Brian de Palma y resuelto de manera contundente; también el trabajo de los actores (atención a los lagrimales de Marion Cotillard, capaces de erradicar la sequía en el Planeta Tierra con un par de disgustillos), que defienden unos personajes en su mayoría genuinos e imprevisibles, sobresaliendo el interpretado por François Cluzet (que recuerda a una especie de Dustin Hoffmann fracófono), y un equilibro bastante conseguido entre el drama y la comedia, en la línea de títulos más o menos emparentados, como C.R.A.Z.Y o El primer día del resto de tu vida.
Una agradable experiencia para pasar una tarde lluviosa dentro de una sala de cine. Eso sí, aliviad bien vuestras vejigas, porque son 156 minutos.

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