lunes, 6 de junio de 2011

En busca del tiempo perdido


El otro día animaban en un programa de radio a que los oyentes enviaran mensajes explicando cuál era su actividad favorita para perder el tiempo. Aclaro que la expresión “perder el tiempo” es literal, así lo pedían los locutores (no decían “pasar el rato” o “entretenerse”).
Ante tal sugerencia, uno se imagina una retahíla de variantes renovadas de las clásicas de siempre: mirar a las musarañas, marear la perdiz, pelar la pava, rascarse los huevos... Pero —oh, sorpresa—, resulta que la mayoría de los mensajes recibidos hablaban de aficiones o actividades lúdicas como ir al cine, al fútbol, jugar a los marcianitos o a las cartas, tomarse algo en una terraza, etcétera.
O sea, parece que se ha confundido “perder el tiempo” con “emplear el tiempo libre”, y el equívoco me parece lo suficientemente grave como para elevar mi humilde voz peatonal desde esta acera.
Porque, no os engañéis; no se trata de una confusión estrictamente lingüística. Hace ya tiempo que me voy dando cuenta de la falta de consideración que este mundo de competitividad y lucro instantáneo nos impone respecto a la idea del ocio o el tiempo libre.
Os remito a la entrada titulada Apología del ocio sedentario para no extenderme aquí sobre mi opinión acerca de este asunto.
Añadiré, eso sí, que si hay algo que nos hace perder el tiempo a diario no son los hobbys, las aficiones, los juegos o los pasatiempos, sino más bien todo lo contrario, es decir, las obligaciones. Enumeraré sólo una ínfima parte de ellas: los tiempos de espera en el metro, en las paradas del autobús o en el aeropuerto; las colas para renovar el carnet de identidad, entregar la declaración de la renta y otras insufribles burocracias; las crispadas y a menudo esperpénticas reuniones de comunidad de vecinos, las tediosas e interminables horas muertas en las salas de espera de ambulatorios u hospitales, las caravanas kilométricas de operaciones salida o retorno en puentes y temporadas de vacaciones... Y trabajar, claro. Tengamos en cuenta que no todo el mundo tiene la suerte de currar en una profesión vocacional o en una empresa que él mismo haya elegido. Nos hace falta el dinero para comer, vestirnos y pagar las facturas, pero no vayamos a creer por ello que sólo es tiempo aprovechado el empleado en sufrir, mientras que el que destinemos a pasarlo bien es tiempo malgastado. Que nadie os confunda, por favor.



P.D. Lo del título proustiano era sólo para tirarme un poco el pisto, ya veis. No obstante, le oí a cierto escritor afirmar una vez que una de sus mayores pérdidas de tiempo había sido, precisamente, intentar leer En busca del tiempo perdido. Yo no lo he leído, así que no puedo opinar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tic, tac...