jueves, 16 de junio de 2011

El poder del sustantivo


Esta vez no tenía por qué ser distinto. De nuevo, la saturación informativa y la exageración tan típica de estos tiempos en que tanto los medios como sus audiencias se comportan como incurables adictos a la crispación, ha provocado que tengamos otro adjetivo convertido en sustantivo y, lo que es peor, en comodín, en palabra de moda, en término recurrente, en eslogan oficioso de la actualidad.
Ahora todo el mundo es un “indignado”. Bueno, maticemos: no exactamente todo el mundo, sino todo aquél que pida, reivindique, proteste o sencillamente opine.
Ayer me entretuve en analizar el tratamiento que en diversos medios se les daba a tres sucesos conectados en lo aparente y superficial, y, en cierta manera, también en lo contextual, pero no necesariamente (tal como la mayoría de los medios insinuaban) emparentados por sus protagonistas y motivaciones.
Se hablaba, por un lado, del asedio, cerco o bloqueo del edificio del parlamento catalán en Barcelona (los de Intereconomía, cómo no, lo llamaban “secuestro”, y el delirante estilo de los cronistas desplazados al lugar casi recordaba a las míticas escenas del ínclito Butanito encaramado al techo de la unidad móvil durante el 23-F).
Por otra parte, se informaba de la concentración organizada en Madrid para impedir el desahucio de una familia que no podía pagar su hipoteca. Y, finalmente, se recordaban los incidentes ocurridos a principios de esta semana, también en la capital madrileña, cuando un grupo de personas avasalló e increpó al alcalde Ruiz-Gallardón en las inmediaciones de su propio domicilio.
La impresión que a uno le quedaba ojeando la prensa y echando un vistazo a los telediarios era que los tres sucesos formaban parte de una misma maniobra o estrategia, que estaban dirigidos y coordinados por los mismos responsables y respondían, por consiguiente, a idénticas causas o demandas.
¿La culpa? El empeño en utilizar la palabra “indignados” como sinónimo único e invariable de “manifestantes”.
Porque yendo al fondo del asunto, conociendo un poco más en detalle los tres sucesos, uno descubría la necesidad de comprenderlos de forma independiente. El primero de ellos, acontecido en Barcelona, era teóricamente obra de los autodenominados “indignados”, si bien, como hemos sabido posteriormente, las supuestas voces autorizadas de dicha plataforma han querido desmarcarse de esta acción concreta debido al cariz violento que terminó adoptando.
En el segundo caso, ya de entrada, debemos trasladarnos a 600 kilómetros, y no negaremos que la agitada concurrencia que se manifestaba en torno a la vivienda del barrio de Tetuán presentaba obvios síntomas de indignación, pero conviene dejar claro que la concentración fue convocada por una asociación llamada PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y que, aunque también es cierto que contó con el apoyo de Democracia Real Ya (el grupo que organizó el movimiento 15-M), la intervención de estos últimos responde más bien a un “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid” que a una cuestión específica de agenda. Hubo revuelo y movida, tensión y algún que otro palo, como en el suceso de Barcelona, sí, pero también como en los prolegómenos del partido de fútbol entre el Granada y el Elche que se jugó anoche, cuando una marabunta de aficionados indignados (uy, se me ha escapado el palabro) decidió fomentar el amor a sus colores apedreando el autocar del equipo rival.
Por último, la razón del incidente con Gallardón hay que buscarla en la negativa del ayuntamiento madrileño a ceder la plaza de Chueca para que se celebraran allí determinados festejos relacionados con el Día del Orgullo Gay. Y sí, es verdad, quienes rodearon e insultaron al alcalde estaban indignados, pero no por ello eran “los indignados”, o sea, los de siempre a partir de ahora, según la prensa.
Así pues, si uno no se toma la molestia de rascar un poco más allá y de ir cambiando de un periódico o de un canal a otro para contrastar la información, el mensaje que recibirá será el de que existe una relación directa e intencionada entre el helicóptero de Artur Mas, el escupitajo a Cayo Lara y los improperios contra Gallardón.
Por supuesto que los tres incidentes sirven para resumir la actualidad con un típico “Hay que ver cómo está todo” de tertulia con carajillo, pero diría que los medios de comunicación deberían basar sus contenidos en un trabajo más exhaustivo, que para arreglar el mundo durante la sobremesa ya nos bastamos solitos.

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