miércoles, 29 de junio de 2011

Comer en paz


“Los restaurantes son para la gente de los 80 lo que eran los museos para la de los 60”. La frase no es mía; la dice Carrie Fisher en la película Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989).
Supongo que ni el director ni la guionista, Nora Ephron, pudieron llegar a imaginar que dicha sentencia no sólo seguiría vigente casi veinte años después, sino que incluso se radicalizaría hasta el extremo de haberse convertido en un hábito casi fundamentalista del ciudadano actual.
Ya comenté este asunto hace tiempo en la entrada titulada Sibaritas sucedáneos, pero hoy quisiera ampliar mi visión acercándome a las peligrosas consecuencias que puede acarrear en nuestra vida cotidiana (y también en nuestra salud) esta tendencia creciente hacia un odioso estereotipo de comensal que confunde la exigencia con la soberbia y la calidad con la perfección.
Para empezar, aclaro que me parece obvio que reclamemos un trato digno por parte de los camareros, y también que demandemos la máxima equivalencia entre lo que nos sirven en la mesa y lo que después nos cobrarán por ello.
Ahora bien, el peligro al que me refería nace del empeño de comportarnos como eminencias culinarias indistintamente, sea donde sea que comamos, lo mismo en una tasca de atmósfera cochinamente adhesiva que en un palacio del diseño vanguardista y la degustación minimalista.
Más allá de que podamos tener razón o no en nuestra protesta, recomiendo no montar el espectáculo ni adoptar la pose del tocacojones en ningún restaurante. Si el sitio no nos agrada, bastará con no volver a pisarlo; y si el agravio supera los límites de lo humanamente tolerable, mejor esperar al final, y una vez tragado todo (postre incluido) enzarzarnos en la disputa con el maître, cocinero o sirviente de turno.
La razón es bien sencilla. Siempre que veo a alguien montar la bronca en un restaurante no puedo evitar pensar en lo fácil que sería añadirle un tropezón de más a nuestro gazpacho, o removernos el puré prescindiendo de cucharones o cacillos, o disimular una flema en las natillas. Supongo que me explico.
No digo que traguemos con lo intolerable ni que nos volvamos masoquistas. Hablo sobre todo de esa exigencia un tanto impostada que tal vez hayamos adquirido por empacho (nunca mejor dicho) informativo, por ese auge que ha experimentado la gastronomía en los últimos tiempos y que la ha desmarcado del humilde sector de la hostelería para situarla en la esfera de las disciplinas artísticas.
Me preocupa observar más a menudo de lo que quisiera la incapacidad de determinadas personas para contextualizar debidamente sus almuerzos o cenas. Me jode sobre todo la actitud de aquél que sabemos que no puede permitirse comer a diario en según qué sitios, y se desahoga sentando cátedra gustativa en el bar del menú del día.
A veces comparto comidas o cenas con personas que saben de esto, aficionados a la cocina o la gastronomía en general, amantes del vino y eruditos del paladar. Lejos de sentirme como un cavernícola infiltrado entre aristócratas, los verdaderos sabios demuestran capacidad de adaptación al contexto, y de hecho, a menudo terminamos conversando acerca de excentricidades alimenticias traídas desde nuestros respectivos pueblos e infancias, y nos reímos con ganas, precisamente porque la comida es una cosa muy seria, y siempre me merecerá más respeto alguien capaz de reírse de lo importante que aquél que quiere hacerse el importante sólo porque no se ríe.

miércoles, 22 de junio de 2011

Presunto


Ten amigos policías para esto. Me da envidia la gente cuyos amigos son directores de hoteles (vacaciones gratis), jefes de cocina (banquetes por la patilla) o directivos de equipos de fútbol (entradas a cero euros). No es que tener conocidos en las fuerzas de seguridad no pueda ser útil; el problema es que lo último que se me ocurriría en la vida es precisamente necesitarlos (como tener un contacto VIP en una funeraria, para entendernos).
Así que Basilio, el sargento Urdiales en el ámbito de la comisaría, me pidió que le hiciera un favor. No era difícil y hasta podría resultar divertido. “Necesito a un tío para una rueda de reconocimiento”. Pues bueno, ¿por qué no?
El caso es que tenía que ser alguien exento de cualquier peculiaridad visible. Un individuo estándar, un tipo del montón, en fin, yo mismo, para qué engañarnos. Sólo tendría que ponerme en fila (el segundo por la derecha, el cuarto por la izquierda), mirando de frente a un espejo que por el otro lado era un cristal transparente, junto a otros cuatro fulanos tan estereotípicos e insustanciales como un servidor. Todos vestidos de la misma manera. Americana negra, camisa de rayas, pantalón gris de pinzas, mocasines negros, hasta ahí todo tediosamente vulgar. Pero el funcionario al cargo del grupo nos añadió dos detalles aparentemente gratuitos y que sin duda formaban parte fundamental de la información aportada por los testigos (aquéllos que nos contemplaban como si fuéramos inquilinos de un zoológico desde el otro lado del cristal). Una gorra de visera (quizá debería decir de béisbol, pero ¿quién carajo juega a eso por estos pagos?) y una bolsa de plástico de Supermercados Pachanga que teníamos que portar en la mano izquierda. El contenido de dicha bolsa no quedaba a la vista, claro, pero no pude resistir la tentación de mirar. Estaba llena de hojas de periódico arrugadas, la mía al menos. Para hacer bulto. Nada más.
El trámite de la rueda de reconocimiento resulta un monumental coñazo si se vive desde el otro lado, allí plantados como maniquíes o, peor aún, como reos a punto de ser ajusticiados por un pelotón de fusilamiento.
Para entretenerme, empecé a cavilar yo mismo sobre cuál de los otros cuatro sería el verdadero sospechoso. Aposté por el tipo que tenía justo a mi derecha. Olía a choto destripado. Si le hubieran traído una pastilla de jabón habría pedido el manual de instrucciones. Por si eso fuera poco, su recurso para matar el aburrimiento fue canturrear sin descanso una horrenda canción bailonga del tipo “Ay qué rico mi amor, dale cadera sabrosa y sacude las penas chévere” (algo así, ya digo; mi memoria selectiva es incapaz de recordar la letra real). Si por mí fuera, treinta años sin fianza.
El agente nos avisó de que el teatrillo había concluido y nos invitó a abandonar el escaparate de sospechosos. Al salir, Basilio me pidió que le acompañara un momento. Me condujo a una especie de despacho diminuto, donde sólo había una mesa y dos sillas, aparte de una videocámara, con el pilotito rojo parpadeando, colgada de una pared de la habitación.
“Los tres testigos te han señalado a ti”, me dijo, en un tono solemne inédito para mí (lo más parecido que recordaba de mi amigo era lo pesado que se ponía cuando nos pasábamos de copas, la típica brasa del borracho con un brote sentimental transitorio, pero lo de entonces era diferente, iba en serio. Estábamos en una comisaría, por si alguien lo ha olvidado).
“Me estás vacilando”.
“Esto es muy serio (lo que yo decía), vamos a tener que retenerte”.
No podía creerlo. Ahora resultaba que mi pinta normal de hombre del montón era la peor credencial para defender mi presunción de inocencia.
“¿Y de qué se supone que soy culpable?”, pregunté, ya puestos.
“Bueno, a decir verdad, de nada”.
“Pero entonces, de los cinco que estábamos ahí… se supone que tenéis localizado al tipo…”.
“No es eso. Verás”. Antes de seguir hablando, Basilio se encaramó en una de las sillas y apagó la cámara. El piloto se volvió negro y el parpadeo cesó. “Hay un problema. Según el último estudio del CIS, los índices de delincuencia han aumentado en el presente año, al tiempo que han disminuido los porcentajes de detención de sospechosos. En consecuencia, el Ministerio del Interior ha aprobado una directriz que permite a las fuerzas de seguridad del Estado aplicar medidas preventivas, consistentes principalmente en la organización de ruedas de reconocimiento para detectar factores de riesgo”.
Tal como lo estaba contando, me recordaba a una reunión a la que asistí en cierta ocasión, organizada por una marca de teléfonos móviles, en la cual nos juntaron a siete u ocho personas alrededor de una mesa para que votáramos por el diseño que más nos gustara. Por el esfuerzo (sic) nos invitaron a un refresco y nos entregaron un vale de 20 euros para gastar en un centro comercial.
“Es decir”, continuó Basilio, “basándonos en la experiencia de casos anteriores, elegimos grupos de individuos que respondan al perfil Nunca lo hubiera dicho, parecía un tipo normal, siempre daba los buenos días en la escalera, que es el diagnóstico popular casi unánime que recibimos en los casos de asesinato en serie, crimen pasional, descuartizamiento, parricidio e infanticidio”.
“Pero yo no he hecho nada, Basilio, tío, no me jodas, que soy yo”.
“Ya, ya, si yo te creo”, me dijo, el muy cabrón, “pero mírate la pinta que llevas. Si es que das miedo de puro normal. Ponte un pendiente, aunque sea”.
En fin. Aquí sigo, encerrado. Basilio me ha dicho que serán sólo unos meses, hasta que salga publicado el próximo estudio del CIS. Eso sí, que se preparen mis vecinos. Voy a hacerles la vida imposible. A mí no me vuelven a pillar.

jueves, 16 de junio de 2011

El poder del sustantivo


Esta vez no tenía por qué ser distinto. De nuevo, la saturación informativa y la exageración tan típica de estos tiempos en que tanto los medios como sus audiencias se comportan como incurables adictos a la crispación, ha provocado que tengamos otro adjetivo convertido en sustantivo y, lo que es peor, en comodín, en palabra de moda, en término recurrente, en eslogan oficioso de la actualidad.
Ahora todo el mundo es un “indignado”. Bueno, maticemos: no exactamente todo el mundo, sino todo aquél que pida, reivindique, proteste o sencillamente opine.
Ayer me entretuve en analizar el tratamiento que en diversos medios se les daba a tres sucesos conectados en lo aparente y superficial, y, en cierta manera, también en lo contextual, pero no necesariamente (tal como la mayoría de los medios insinuaban) emparentados por sus protagonistas y motivaciones.
Se hablaba, por un lado, del asedio, cerco o bloqueo del edificio del parlamento catalán en Barcelona (los de Intereconomía, cómo no, lo llamaban “secuestro”, y el delirante estilo de los cronistas desplazados al lugar casi recordaba a las míticas escenas del ínclito Butanito encaramado al techo de la unidad móvil durante el 23-F).
Por otra parte, se informaba de la concentración organizada en Madrid para impedir el desahucio de una familia que no podía pagar su hipoteca. Y, finalmente, se recordaban los incidentes ocurridos a principios de esta semana, también en la capital madrileña, cuando un grupo de personas avasalló e increpó al alcalde Ruiz-Gallardón en las inmediaciones de su propio domicilio.
La impresión que a uno le quedaba ojeando la prensa y echando un vistazo a los telediarios era que los tres sucesos formaban parte de una misma maniobra o estrategia, que estaban dirigidos y coordinados por los mismos responsables y respondían, por consiguiente, a idénticas causas o demandas.
¿La culpa? El empeño en utilizar la palabra “indignados” como sinónimo único e invariable de “manifestantes”.
Porque yendo al fondo del asunto, conociendo un poco más en detalle los tres sucesos, uno descubría la necesidad de comprenderlos de forma independiente. El primero de ellos, acontecido en Barcelona, era teóricamente obra de los autodenominados “indignados”, si bien, como hemos sabido posteriormente, las supuestas voces autorizadas de dicha plataforma han querido desmarcarse de esta acción concreta debido al cariz violento que terminó adoptando.
En el segundo caso, ya de entrada, debemos trasladarnos a 600 kilómetros, y no negaremos que la agitada concurrencia que se manifestaba en torno a la vivienda del barrio de Tetuán presentaba obvios síntomas de indignación, pero conviene dejar claro que la concentración fue convocada por una asociación llamada PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y que, aunque también es cierto que contó con el apoyo de Democracia Real Ya (el grupo que organizó el movimiento 15-M), la intervención de estos últimos responde más bien a un “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid” que a una cuestión específica de agenda. Hubo revuelo y movida, tensión y algún que otro palo, como en el suceso de Barcelona, sí, pero también como en los prolegómenos del partido de fútbol entre el Granada y el Elche que se jugó anoche, cuando una marabunta de aficionados indignados (uy, se me ha escapado el palabro) decidió fomentar el amor a sus colores apedreando el autocar del equipo rival.
Por último, la razón del incidente con Gallardón hay que buscarla en la negativa del ayuntamiento madrileño a ceder la plaza de Chueca para que se celebraran allí determinados festejos relacionados con el Día del Orgullo Gay. Y sí, es verdad, quienes rodearon e insultaron al alcalde estaban indignados, pero no por ello eran “los indignados”, o sea, los de siempre a partir de ahora, según la prensa.
Así pues, si uno no se toma la molestia de rascar un poco más allá y de ir cambiando de un periódico o de un canal a otro para contrastar la información, el mensaje que recibirá será el de que existe una relación directa e intencionada entre el helicóptero de Artur Mas, el escupitajo a Cayo Lara y los improperios contra Gallardón.
Por supuesto que los tres incidentes sirven para resumir la actualidad con un típico “Hay que ver cómo está todo” de tertulia con carajillo, pero diría que los medios de comunicación deberían basar sus contenidos en un trabajo más exhaustivo, que para arreglar el mundo durante la sobremesa ya nos bastamos solitos.

viernes, 10 de junio de 2011

Los amigos de Ludo

Más allá de los géneros tradicionales, la repetición de ciertos modelos estructurales y argumentales en el cine ha dado lugar a determinadas fórmulas que se reconocen ya como genéricas en sí mismas, independientemente de que en el fondo no dejen de ser comedias o dramas como los de toda la vida.
Es por ello que hablamos, por ejemplo, de películas de “vidas cruzadas” (Amores perros, Magnolia, Grand Canyon, Crash, Babel, o, por supuesto, Vidas cruzadas) o de spoof movies, películas paródicas que en una época no demasiado lejana se reconocían por llevar el apellido “como puedas” (en la traducción española, se entiende), y que en estos tiempos más anglófonos se caracterizan precisamente por incluir la palabra movie en su título.
Uno de estos modelos o subgéneros no oficiales sería el que podríamos denominar como “reunión de viejos amigos”, cuyo paradigma sería Reencuentro, de Lawrence Kasdan, y que ha cosechado otras notables obras como El declive del imperio americano, y su continuación, Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand; Los amigos de Peter, de Kenneth Branagh, Beautiful girls, de Ted Demme, o Remake, de Roger Gual.
Nostalgia, expiación, trapos sucios, viejas rencillas, hipocresía por interés, segundas oportunidades, platonismos crónicos, tensiones sexuales no resueltas, pérdida de valores, traición a los principios… De estas materias primas surgen las peripecias y conflictos narrados en dichas películas, y Pequeñas mentiras sin importancia, tercer trabajo como director del actor Guillaume Canet, no aparenta intención alguna de constituir una excepción a la regla.
Más liviana que los intelectuales filmes de Arcand, más cómica que la ligeramente desenfadada película de Branagh, y con unos personajes algo menos maduros que los del clásico de Kasdan, esta obra que ha alegrado las taquillas galas esta temporada posee una inusual condición híbrida susceptible de confundir a muchos espectadores potenciales.
Los alérgicos a la palabra “francesa” asociada al cine ni siquiera se la plantearán como opción. Pero, ojo, porque la película de Canet está más cerca del cine de masas que del cine de autor canónico, y por si alguno se ha incorporado tarde a esta bitácora, aclararé que para este peatón no hay buenos ni malos, o sea, que Hollywood es tan atractivo como el universo interior e incomprendido del artista más autosuficiente. Por ello, los del otro bando, los que rehuyen de la denominación “norteamericana” por sistema y creen que la matrícula europea garantiza un viaje cinéfilo profundo y transgresor, podrían ver igualmente truncadas sus expectativas.
Resumiendo: Pequeñas mentiras sin importancia es una historia interesante y cercana, apta para casi cualquiera, emocionante a veces e inspirada otras tantas, si bien combina sus virtudes con ciertas imperfecciones que le dejan a uno la sensación de que había material para una obra superior, casi redonda.
Adolece, en mi opinión, de un exceso sentimental en su tramo final y de una dudosa exaltación de determinados clichés románticos que quien esto escribe no comparte (la sublimación del amor platónico y la falsa heroicidad del desengañado incapaz de superar una ruptura, por ejemplo). Tampoco comulgo con el prototipo encarnado por el personaje llamado Jean Louis, aquél que viene a revelarnos que los individuos de ciudad somos todos unos egoístas, superficiales, desaprensivos, inmaduros y codiciosos, y necesitamos por tanto que alguien que vive en contacto directo con la naturaleza, alejado de los vicios y pecados metropolitanos, venga a iluminar nuestra corrupta existencia.
Detecto asimismo otra incongruencia en la extrema soledad del personaje de Ludo en el hospital (el cual se recupera tras un accidente mientras los demás disfrutan de sus vacaciones), ya que una escena crucial de la película nos vendrá a revelar después que en realidad no es para tanto, y por consiguiente su presunto abandono queda reducido a una argucia melodramática al servicio de la enseñanza moral que Canet parece querer ligar a su historia.
Tales defectos, insisto, restan de cara a considerar la posibilidad de la gran obra que no llega a ser, pero son minoría respecto al balance global. A destacar especialmente la escena de arranque, un plano secuencia digno de Brian de Palma y resuelto de manera contundente; también el trabajo de los actores (atención a los lagrimales de Marion Cotillard, capaces de erradicar la sequía en el Planeta Tierra con un par de disgustillos), que defienden unos personajes en su mayoría genuinos e imprevisibles, sobresaliendo el interpretado por François Cluzet (que recuerda a una especie de Dustin Hoffmann fracófono), y un equilibro bastante conseguido entre el drama y la comedia, en la línea de títulos más o menos emparentados, como C.R.A.Z.Y o El primer día del resto de tu vida.
Una agradable experiencia para pasar una tarde lluviosa dentro de una sala de cine. Eso sí, aliviad bien vuestras vejigas, porque son 156 minutos.

lunes, 6 de junio de 2011

En busca del tiempo perdido


El otro día animaban en un programa de radio a que los oyentes enviaran mensajes explicando cuál era su actividad favorita para perder el tiempo. Aclaro que la expresión “perder el tiempo” es literal, así lo pedían los locutores (no decían “pasar el rato” o “entretenerse”).
Ante tal sugerencia, uno se imagina una retahíla de variantes renovadas de las clásicas de siempre: mirar a las musarañas, marear la perdiz, pelar la pava, rascarse los huevos... Pero —oh, sorpresa—, resulta que la mayoría de los mensajes recibidos hablaban de aficiones o actividades lúdicas como ir al cine, al fútbol, jugar a los marcianitos o a las cartas, tomarse algo en una terraza, etcétera.
O sea, parece que se ha confundido “perder el tiempo” con “emplear el tiempo libre”, y el equívoco me parece lo suficientemente grave como para elevar mi humilde voz peatonal desde esta acera.
Porque, no os engañéis; no se trata de una confusión estrictamente lingüística. Hace ya tiempo que me voy dando cuenta de la falta de consideración que este mundo de competitividad y lucro instantáneo nos impone respecto a la idea del ocio o el tiempo libre.
Os remito a la entrada titulada Apología del ocio sedentario para no extenderme aquí sobre mi opinión acerca de este asunto.
Añadiré, eso sí, que si hay algo que nos hace perder el tiempo a diario no son los hobbys, las aficiones, los juegos o los pasatiempos, sino más bien todo lo contrario, es decir, las obligaciones. Enumeraré sólo una ínfima parte de ellas: los tiempos de espera en el metro, en las paradas del autobús o en el aeropuerto; las colas para renovar el carnet de identidad, entregar la declaración de la renta y otras insufribles burocracias; las crispadas y a menudo esperpénticas reuniones de comunidad de vecinos, las tediosas e interminables horas muertas en las salas de espera de ambulatorios u hospitales, las caravanas kilométricas de operaciones salida o retorno en puentes y temporadas de vacaciones... Y trabajar, claro. Tengamos en cuenta que no todo el mundo tiene la suerte de currar en una profesión vocacional o en una empresa que él mismo haya elegido. Nos hace falta el dinero para comer, vestirnos y pagar las facturas, pero no vayamos a creer por ello que sólo es tiempo aprovechado el empleado en sufrir, mientras que el que destinemos a pasarlo bien es tiempo malgastado. Que nadie os confunda, por favor.



P.D. Lo del título proustiano era sólo para tirarme un poco el pisto, ya veis. No obstante, le oí a cierto escritor afirmar una vez que una de sus mayores pérdidas de tiempo había sido, precisamente, intentar leer En busca del tiempo perdido. Yo no lo he leído, así que no puedo opinar.