domingo, 15 de mayo de 2011

El otro lado de la barra

El bar del talaverano tenía el don de la versatilidad. Por el día, tasca para cañas, tapeo, bocatas y raciones. Por la tarde, a partir de la sobremesa, santuario de timbas, tertulias de anisete y coñac o charlas banales de café con leche. Por la noche, los manteles recogidos, las vitrinas frigoríficas fuera del mostrador, la música más alta y las copas a diestro y siniestro. Había un periodo como de transición, entre las siete y las nueve, durante el cual convivían los remates del ocio vespertino con la carga de pilas para el inicio de una noche de farra.
Arrogancia a voz en grito, nudillos contundentes contra la tabla, telón grueso de humo, licores bebidos y transpirados... La última baza, el tercio decisivo de la partida solía apurarse cada tarde en la mesa que estaba junto a la máquina de tabaco y la torre de casetes, curiosa antigualla que, a falta de la clásica y elegante jukebox, el talaverano conservaba más como adorno que como muestrario de mercancía. En aquellas carátulas palidecidas aún se adivinaba la sonrisa crónica de El Fary, el estampado estival de las camisas de Georgie Dann, las peinetas surrealistas de Martirio, la grimosa cabellera de El Puma, el voluptuoso escaparate de la Jurado, símbolos del arte popular del siglo veinte ahora descoloridos e ignorados, hacinados en un expositor que era carne de chatarrero.
Sara se había largado hacía ya unos días, y ni siquiera me había atrevido aún a hacerlo público entre mis amigos. Tres horas de conversación apasionada sólo sirvieron para que ella me regalara una retahíla de elogios que ni la más dadivosa de las abuelas sería capaz de recopilar para referirse a su nieto favorito. Según palabras de Sara, yo reunía un muestrario de cualidades entre las que destacaban la sinceridad, la comprensión, la inteligencia, la honestidad, la sensibilidad, la ternura, la simpatía, la cordura, el sentido del humor, la responsabilidad, la solidaridad, la confianza, la complicidad, la tolerancia, y alguna otra más que soy incapaz de recordar. Pero se iba. Me dejaba porque cuando estaba conmigo ya no oía la llamada de la selva. Supongo que lo que escuchaba ahora era la llamada de la gripe, o algo por el estilo. El caso es que mi supuesto cargamento de virtudes pesaba menos en el cómputo de sus deseos que algo tan etéreo e irracional como la música de las feromonas.
La partida siempre echaba chispas. Cada uno de los jugadores, una vez agotada su particular galería de bravuconadas y plantes chulescos (verdadera esencia del juego), terminaba perdiendo a menudo los estribos con la emoción del resultado final, pero a pesar del escándalo nadie giraba la cabeza en dirección a la jarana. Cualquiera que frecuente los bares sabe que una partida de mus posee el mismo efecto transformador que el volante de un coche. Al contrario que los futbolistas, que siempre suelen pecar de falsa modestia con sus latiguillos tipo “lo importante es el equipo” o “he marcado cinco goles pero sólo soy uno más”, el jugador de mus es tajante e insolente al ser preguntado sobre su conocimiento del juego: “¿Al mus? No hay huevos a jugar conmigo”, “Yo no es que sepa jugar. Yo lo inventé”, “Para jugar conmigo tienes que enseñarme el carnet, chaval”. El talaverano, a pesar de su oficio, renegaba en general de los naipes. A menudo, incluso, divagaba sobre la naturaleza insana del juego de cartas más popular entre sus clientes:
—La gracia del mus, en realidad, no está en las cartas, que a menudo pasan a un segundo plano, por no decir siempre. Lo importante es el comportamiento, el grado de cinismo o prepotencia. Gana el más chulo, el más osado, el más temerario, no el que lleva mejores cartas, ni siquiera el mas afortunado en el azar. Fíjate lo que te digo: al mus se podría jugar directamente sin baraja. Escrutarse unos a otros y adivinarse el pensamiento, que es lo que hacen todos esos fantasmas durante horas cada tarde. “Tú llevas treinta y una, y tú no has pedido descarte pero vas de farol porque sé que llevas dos pitos”. Así son, como médiums de bodega, lo saben todo. Por eso es el único juego en el que se admiten las señas, y a veces se muestran las cartas sin pudor y se dice eso de “juego con las de mi compañero”. ¿Qué sentido tiene un juego cuya gracia es la trampa en sí misma? Date cuenta de que nunca apuestan nada, ni siquiera se juegan las rondas, sólo el orgullo, y no hablo sólo del orgullo de tahur. Es el propio, el personal también. Ser un manta en el mus equivale a que te tomen por un pánfilo en tu vida real. Por eso, lo que más les jode a estos es que les gane una mujer, porque están tan enganchados con el juego que lo acaban extrapolando a la realidad, y perder con una mujer al mus es para ellos una forma de descubrir a un calzonazos. Lo de que griten tanto no me importa, esto es un bar, pero, a veces, de verdad, pienso que este juego tiene que ver con la posesión extrasensorial. Como lo oyes ¿Ves a aquel, al de gafas? Pues no sólo es que sea parco en palabras, sino que, cuando le da por hablar, lo hace en un tono tan bajo que casi hemos acabado por comunicarnos mediante señas. Yo ya sé lo que toma, así que tampoco necesitamos mucha conversación. Además, si tengo la música para los chavales, imagínate el volumen. Vamos, que ni lo ha intentado. Pues mírale ahora, ese músculo es el esternocleidomastoideo, yo lo aprendí en el colegio, pero habrá quien lo haya descubierto durante las partidas. Es increíble. Así que ya lo sabes, el mérito del mus está en ganar sin merecerlo, ganar un envite o un órdago sin cartas para ello, no es un juego noble. Y lo peor que le puedes decir a un jugador de mus al que acabas de ganar es que era la primera vez que jugabas, porque se agarrará a eso de la suerte del principiante, pero tú sabrás que por dentro está más jodido que en toda su vida. Seguramente renegará de su fe de musero, y apelará a las reglas del juego limpio y convencional, a las que constantemente desprecia e infravalora, y te dirá que con buena picha bien se jode, porque no le han entrado cartas, o que es mentira que seas novato, y bla bla bla, pero todo eso da igual, porque se supone que es el mejor y por eso no había huevos para enfrentarse a él, ¿no?
—Bueno. De todas formas, me das esa baraja, ¿vale?
—Vale, vale. El cliente manda.
Me fui hacia la mesa donde me esperaban ansiosos mis otros tres camaradas de timba. Quise poner a prueba la teoría del talaverano, y lancé así la fanfarronada que inauguraba oficialmente la partida:
—Vamos a ello. Y no quiero lloriqueos, ¿eh? —dije, guiñando un ojo al que sería mi compañero en aquella ocasión.
Lo que obtuve a cambio, como era de esperar y como bien sostenía el talaverano, fue una ráfaga avasalladora de fantasmadas verbales:
—Nos vais a durar menos que un plátano en un puticlub.
—Más vale que hayáis traído vaselina, almendritas.
—Os vamos a meter el as de bastos por donde amargan los pepinos.
Entonces lo vi todo claro. El talaverano tenía razón especialmente en una cosa: las cartas no eran necesarias. Eran una excusa barata y un adorno totalmente prescindible. Pero se equivocaba en algo: la cuestión no era discernir quién era el más chulo, sino demostrar quién era el más macho. No era el orgullo lo que estaba en juego, sino la virilidad misma. Los cuatro jugadores formábamos una congregación atávica de varones elementales, la patrulla de la testosterona letal, terapia de grupo. Por eso aguardaba yo con tanta ansiedad el inicio de la partida, aquel día más que ningún otro.
De repente perdí el interés por la partida. Mi compañero me miró como si ya hubiera empezado a notar la gran cachiporra de Heraclio Fournier invadiendo su retaguardia. Dejé el mazo de naipes sobre la mesa y me encaminé de nuevo hacia la barra, donde el talaverano, con la camisa remangada hasta el codo, como imagino debe dictar el libro de estilo de los taberneros, peroraba con un cliente mientras le explicaba el significado de los tatuajes que estampaban sus brazos.
—¿Qué me dices de la legendaria habilidad psicoanalista de los camareros? —dije, interrumpiendo la conversación.
—Que es absolutamente cierta —me respondió orgulloso el talaverano.
—Pues ponme un cubata. Y prepárate…

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Estupendo.Me ha gustado mucho.

Anónimo dijo...

Nacho, a mi tambien me ha gustado mucho,porque ademas me resulta todo muy familiar.El ambiente, quiero decir.Me trae recuerdos.
Aunque, leyendolo detenidamente tengo que decirte que espero que sea solo una historia y nada mas, porque si se basa en tu propia experiencia vaya plan. Mal plan, mejor dicho.
( Si no lo fuera, de veras lo siento por ti).

El último peatón dijo...

Es todo ficción. Fíjate que ni siquiera juego al mus...

Anónimo dijo...

Genial!!!!!!! ;)

Anónimo dijo...

Genial!!!!!!! ;)

Anónimo dijo...

Genial!!!!!!! ;)

Anónimo dijo...

Genial!!!!!!! ;)

El último peatón dijo...

¡Gracias (x4)! :)