jueves, 19 de mayo de 2011

El inútil veneno de la nostalgia


Parece claro que el Woody Allen del siglo veintiuno funciona más a base de inercia que de creatividad, y es algo —tal vez lo único— que pone de acuerdo tanto a seguidores como a detractores. Éstos últimos gustan de ensalzar el latiguillo despectivo que afirma que Allen hace siempre la misma película, una apreciación no del todo falsa pero que, igualmente, en caso de ser cierta, no tendría por qué suponer un problema (si lo hace mejor que nadie y, además, lo ha inventado él, ¿por qué no seguir fiel a su estilo?) .

Es verdad que los temas en la filmografía del neoyorquino se repiten, más aún cuando desde hace lustros se ha comprometido tácitamente a no fallar a su cita anual, una película por año, pase lo que pase y caiga quien caiga. Esta circunstancia provoca esa sensación de continuidad y reiteración en su obra que, a quienes la detestan, les produce el rechazo de lo monótono y rutinario.
Pero me parece injusto desprestigiar por sistema y sin excepción los últimos títulos de Woody Allen, ya que, por mucho que conozcamos de memoria las claves de su cine, deberíamos siempre considerar cada película por separado, valorarla en sí misma y no necesariamente en comparación con las obras maestras del pasado.
Sin ir más lejos, Midnight in Paris, su último trabajo, incluye una interesante reflexión sobre esa tendencia tan humana y a la vez tan discutible de idealizar el pasado y desdeñar el presente como escenario para la genialidad; una teoría, como ya he dicho, aplicable al análisis de su propia obra. (No conviene desvelar el recurso de guión que se emplea para recalcar dicha idea, así que no ahondaré más en ella, aunque me parezca lo más destacable de la historia.) En esa idolatría sistemática de los artistas antiguos hay tanto de genuino reconocimiento como de esnobismo, y si algo ha caracterizado al Woody Allen de siempre (lo mismo al de los tiempos de Manhattan que al de los de Melinda & Melinda) es su ausencia de pudor para cachondearse de lo que tal vez él mismo es, un intelectual urbanita contemporáneo. En sus guiones nunca faltan las referencias literarias, musicales, mitológicas y artísticas en general, pero la diferencia respecto a determinados amantes de la pedantería y el didactismo que pululan por festivales y filmotecas es que el señor bajito de las gafas de pasta es lo mismo un idólatra romántico que un iconoclasta incorregible, un tipo capaz de burlarse de sí mismo y de sus manías, hasta el punto de haber conseguido una fusión entre su persona y su personaje casi imposible de descomponer.
A veces he pensado que, si le mostráramos a un espectador joven la filmografía de Allen con ciertas películas cambiadas de lugar en la cronología, tal vez no estuviera tan claro eso de que lo mejor está siempre antes del año 2000. Por ejemplo, si fecháramos en la última década títulos como Alice, September, Sombras y niebla, Interiores o Acordes y desacuerdos, y, al mismo tiempo, presentáramos como producciones del siglo veinte las estupendas Match point, Si la cosa funciona, Granujas de medio pelo, Un final made in Hollywood o Midnight in Paris, ¿se notaría realmente el trueque? Yo me atrevo a asegurar que no.
El pasado suele producir una ilusión de homogeneidad en nuestra memoria que es infiel a la secuencia real de los hechos vividos. Entre las celebradas Annie Hall, Manhattan, Zelig, La Rosa Púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan y Desmontando a Harry, Woody Allen, no lo olvidemos, dirigió obras puede que no tan brillantes, o de esas consideradas “menores” (a mí, que conste, no me parecen menores Balas sobre Broadway, Otra mujer, Broadway Danny Rose, Poderosa Afrodita o Celebrity), como gustan algunos de referirse a las más recientes.
En Midnight in Paris regresamos a la capital francesa y, como sucedía en Todos dicen I love you, el director introduce también el elemento surrealista, si bien en este caso no por medio de números musicales, sino de unos alucinados viajes al pasado como vía de escape para el protagonista, un artista asfixiado por las crisis en todos los ámbitos de su existencia, un prototipo inconfundible del universo de su autor y que, en otros tiempos, hubiera sido interpretado por el propio Allen (Owen Wilson se suma así a la nómina de alter egos iniciada por John Cusack y engordada de forma intermitente por actores y cómicos de todo tipo, desde Kenneth Branagh, Sean Penn o Javier Bardem hasta Larry David, Will Ferrell o Jason Biggs; quizá lo mejor del personaje de Wilson es que, aun reconociéndose el alma de su creador, huye de imitar los tics del modelo original, y lo cierto es que se agradece).
Aunque uno de los puntos fuertes de la película lo constituyen los encuentros ¿imaginarios? con ciertas celebridades artísticas (Dalí, Hemingway, Buñuel, Fitzgerald…), tampoco hace falta ser un erudito —yo no lo soy, os lo aseguro— para pillarles la gracia (tal vez, quien no conozca El ángel exterminador, de Buñuel, no alcance a entender la coña que se hace a su costa, pero esto también nos puede ocurrir con otro tipo de cine, aparentemente más accesible, cuando se bombardea al respetable con citas y guiños sobre tebeos manga, videojuegos, series de televisión o incluso marcas comerciales).
Por supuesto que, a estas alturas, quien haya renegado de Woody Allen en algún momento del pasado ya no tendrá posibilidad de reconciliación. Pero si entre quienes esto leéis hubiera algún fan mosqueado o reticente por culpa de los últimos titubeos del cineasta, desde aquí me atrevo a sugerirle que le dé una nueva oportunidad, porque Midnight in Paris quizá no sea La Rosa Púrpura de El Cairo, ni Balas sobre Broadway (con las que comparte aspectos narrativos y estéticos), ni sea posiblemente un film sorprendente en términos literales, pero creo que rescata al menos algunas de las señas de identidad de su autor, ésas que parecían haberse perdido o como mínimo entibiado en esta última etapa.
Resumiendo: ir a ver una de Woody Allen es hoy por hoy un puro ejercicio de complicidad. Como celebrar el aniversario de una pareja o, si se prefiere, la fiesta de cumpleaños de un buen amigo. Unas veces es más divertido que otras, ya lo sabemos. Y eso no impide que seamos fieles a la cita. Yo lo seguiré siendo, más aún cuando, como he leído, el hipocondríaco más famoso de Manhattan volverá a ponerse delante de la cámara en su próxima película.

3 comentarios:

Julio dijo...

Envite aceptado (ése, el de arribeño), aunque más no sea por decirle que es un placer leerlo y que hace usted interesantes incluso temas que no me son muy cercanos. Calculo que este fin de semana cumpliré con la cita anual. La originalidad, opino, es un valor entre otros, no necesariamente uno que determine. Lo que sí me ha ocurrido últimamente con Allen, es que en ocasiones me he aburrido más de lo que solía (esto puede achacárseme a mí y me propio envejecimiento, más que al realizador) y en otras lo he pasado de maravillas, como en la última película. Algunos de los titulos, no solamente coincido en que son imperecederos, atemporales sino que, en lo personal, son paisajes esenciales de mi propia historia (Manhattan, Crimes and Misdemeanors, Shadows and Fog o Radio Days por ser muy breve). Un saludo. Disfrutando de la novela.

Anónimo dijo...

A mí personalmente me ha encantado la película.
Y aunque haya que mirar las cosas en su conjunto,opino,que es mejor no comparar esta última película con las demás.
Nunca he visto ninguna película de Woody Allen que pueda considerarse "mala", que te guste más o menos ya es otra historia.

T.M. dijo...

Ni más a tiempo este post, ya que esta misma noche voy a verla.
Y estoy segura que la disfrutaré
Saludos peatón