miércoles, 25 de mayo de 2011

Cita express


El primer tipo va en camiseta de tirantes. Verde, como la pulpa de los kiwis; un tanto chillón, sí, aunque no le sienta mal del todo gracias al bronceado. Parece un gladiador, un estibador aceitoso, el cliente VIP de su gimnasio, sin duda alguna. A lo mejor es gay, ahora que lo pienso. Pero no. No estaría aquí de ser así. Enseguida se pone a hablar de sí mismo y menea sus bíceps de acá para allá. Los aspavientos favorecen la propagación de su aroma corporal, puro sobaco, sin conservantes ni desodorantes, primitivamente hediondo. Me imagino en la cama con él. Mejor dicho, lo imagino al terminar, triunfal, orgulloso, de pie junto al lecho y husmeando en su axila como parte del ritual, “Qué delicia oler a choto por la mañana”; sí, el coronel al mando ha clavado una nueva bandera, otra conquista más, una medalla más en la solapa (un tatuaje más en el pectoral, el abdominal, el isquiotibial, qué sé yo), “Huele… a victoria”. El Apocalipsis. Imposible. Ni hablar. Por suerte, se acaba el minuto y hay que dar paso al siguiente candidato.
Pelo lacio. Ni rubio ni moreno. El tipo de color al que denominamos “castaño” por eliminación, a falta de un adjetivo más preciso. Está demasiado delgado, para mi gusto. Camisa blanca vaporosa y remangada hasta los codos. Asoman dos antebrazos enjutos y pálidos como dos baguettes a medio cocer. Me da tiempo a contar al menos doce pulseras de tela enroscadas a la muñeca derecha. No están mal. Las hay de todos los colores, y ayudan a ponerle un matiz de alegría a su cuerpo crudo y escuálido. Porque la cara tampoco es el paradigma de la felicidad. Tiene ojeras de esas que vienen de regalo con el cordón umbilical. Las tuvo de bebé y las tendrá siempre, duerma o no duerma. Me revela su nombre, que parece un apodo para hacerse el interesante, y declama en un medio susurro que suena teatral pero que, dadas las apariencias, podría ser una llamada de atención sobre sus carencias vitamínicas: “Quisiera reencarnarme en hoja de árbol. Estoy harto de esta existencia prosaica y banal, de este mundo interesado y regido por la codicia de lo material. Anhelo la pureza de las plantas, la humildad con la que cumplen su misión de hacer el aire respirable y el paisaje más bello. Deseo una eternidad de rocío y clorofila, un cuerpo liviano mecido por la brisa y una vida sin más expectativa que la de formar parte de esa vida…”. Esto es más jodido de lo que me habían prometido. Cuesta mantener la compostura. En los quince segundos que ha durado la soflama seudo ecologista he tenido que aguantarme, sucesivamente y por este orden, la risa, las ganas de gritar, las ganas de levantarme y salir corriendo, y la tentación de estrangularlo. Pobre hombre.
Me juro que el siguiente es el último. Aquí está. No se ha quitado las gafas de sol, lo cual es siempre raro, pero más aún cuando no ha dejado de llover desde el martes pasado. Son de marca, vale, estoy impresionada, uy, que me desmayo (menudo cretino). Un tipo que viene a ligar y no muestra sus ojos lo está diciendo ya todo. Traje, corbata, camisa con sus iniciales bordadas (supongo; sólo faltaría que fueran las iniciales del amigo que se la ha prestado). Estoy convencida de que todo el vestuario es de marca, pero ni me molesto en averiguarlo. Ha mirado el reloj dos veces en menos de treinta segundos. Imagino que para que me fije también en que es un Rolex, o un Cartier, o sabe Dios. Aunque tampoco descarto que le hayan entrado las prisas. Es normal. No es que yo haya venido en chándal y sandalias de tacón cubano, pero mi idea de ir bien vestida no se corresponde con quién me patrocina, sino con lo que le sienta bien a mi figura. Son los diez segundos más largos de mi vida. Lógico, cuando se pasan en el más violento de los silencios. Adiós, Ray Charles.
No estoy obsesionada con ligar, que quede claro. Vine a esta feria patética porque me prometieron (Ainhoa, maldita) que era divertido. A cierta edad empieza a dar pereza (y vergüenza) ir por los bares exhibiéndose como mercancía en temporada de ofertas. Tampoco busco enamorarme porque eso no se busca. Sólo pretendía pasar un buen rato, conocer a un tipo interesante y darle un homenaje a mi cuerpo, que se lo merece después de cincuenta horas semanales de trabajo y otras esporádicas torturas como la dieta de la alcaparra y el pomelo. En fin. Siempre nos quedará Internet.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu constancia resulta digna de admiracion. Pero no se como lo haces, de donde sacas el tiempo? Hoy he trabajado muchisimo mas de lo normal. Diez horas. Y he tenido que hacer la compra e ir a ver a mi madre.Ahora tengo trabajo que hacer... Y lo que me queda de aqui al quince de julio.Estoy yo para actualizar el blog, si no puedo ni pensar con claridad(esto me recuerda que ya es la hora de ponerse a corregir. Cincuenta examenes. Casi nada )

Por cierto tu texto me ha gustado mucho. Escribes muy bien. Un saludo.

Autor dijo...

Se me ocurre una idea para quitarte el trabajo de los cincuenta exámenes por la vía rápida: se llama "aprobado general"...

Gracias por dedicar una parte de tu escaso tiempo a visitar esta página.

Anónimo dijo...

Lo del aprobado general explicaría porque algunos escriben como escriben al llegar a la universidad.(No sería muy ético por mi parte, pero las ganas no faltan, estoy hecha polvo)
Estoy corrigiendo exámenes de castellano.Voy por la mitad. Pues bien,escriben así: "ola ke tal.Yo vien".
Sin exagerar. Esto me lo ha puesto uno de ellos en una redacción.A ver ¿qué se supone que debo hacer?
Estoy que me subo por las paredes.
Llevo todo el año peleando con el tema.Es desesperante.
Con diez faltas graves estoy "obligada" a aprobarles, porque o lo hago así o no me aprueba ni el gato.Un niño, solo uno, me ha hecho una única falta.Y era una palabra difícil.
Me siento como si hubiera estado todo el año predicando en el desierto.
¿Debería ponerme a barrer las calles y dejarlo correr?A lo mejor....
A mí no me pasaban ni una.De hecho, en la universidad suspendieron a una compañera por las faltas.Y eso que no era de aquí y la supendieron por escribir mal en catalán.
En fin.
Tengo que decidir si les repito el examen o no. Una cosa son las faltas y otra que escriban como si se tratara de un chat( y encima cutre). Y mira que se lo tengo dicho.Pues nada. ¿Estarán sordos?
Desde octubre han mejorado,hay que admitirlo,(imagínate como estaban) pero....
Me parece que necesitan que alguien les de un buen susto.Lo que me fastidia es tener que ser yo.
Pero, en conciencia, tengo que hacer algo.Este año terminan la primaria, por el amor de Dios. Habrá que repetir el examen o bajarles puntos en la nota final.
Mañana lo comentaré con la jefe de estudios....
(No soy la única profesora que está así, no te creas, no soy yo,oigo este tipo de comentarios, todos los días y en todas las clases, pero el problema es queeso ya no me consuela).

Perdona la crisis existencial.Al menos, me ha sentado bien desahogarme.
Bueno, vuelvo al trabajo.