lunes, 30 de mayo de 2011

Agente de bolsa


Desde hace unas pocas semanas han empezado a cobrarme las bolsas en el supermercado. La excusa se apoya en supuestos argumentos ecologistas hábilmente pensados para frenar las hipotéticas protestas de clientes sorprendidos o incluso indignados (palabra de moda en estos momentos).
Frenar el impacto medioambiental, racionalizar la acumulación de residuos, ya sabéis, alambicadas vacuidades retóricas que suenan a ambiciosas obras de caridad y que esconden, en realidad, una maniobra financiera que les viene de perlas a los comerciantes en estos tiempos de bolsillo famélico y overbooking en el INEM.
Son dos céntimos. Desde luego que no es una fortuna, pero en mi rudimentaria mentalidad de consumidor la bolsa de plástico siempre se ha interpretado como un elemento intrínseco al servicio que presta la tienda. O sea, la bolsa no es un producto de los que están a la venta. Además, si queremos ponernos puntillosos, no deja de ser una forma de hacerles publicidad a los del supermercado mientras la paseas por la calle de la mano, o colgando de la muñeca, como hacían las madres de antes, con el monedero aprisionado bajo la axila y la rebequilla por los hombros.
Imaginemos que otros establecimientos toman nota y descubren que pueden sacar unos euros extra sin necesidad de subir directamente los precios de los artículos. Tiemblo al pensar en la posible desaparición de los servilleteros en los bares. “¿Quiere una servilleta?”, nos dirá el tabernero, “Pues un céntimo”. Teniendo en cuenta que los residuos que dejan determinados manjares de freiduría en nuestros dedos poseen la capacidad de desintegrar literalmente el papel, el presupuesto para servilletas podría conducirnos directamente a la ruina.
En los restaurante, lo mismo. Servilleta de papel, diez céntimos. De tela, cincuenta. No digamos ya si nos andamos con pijerías y chuflainas de sibarita, que si pan integral, vinagre y aceite, pimienta, mostaza, un cubito de hielo para el pacharán… Ya puestos, todo vale, porque todo lo que sea no consumir puede traducirse en ahorro y disminución de materia desechable.
Así que, desde hoy mismo, he decidido introducir en el bolsillo trasero de todos mis pantalones una bolsa de plástico bien dobladita, discreta, que no se note a simple vista (no soy una fashion victim, pero tampoco conviene pasarse de cutre), y así no me arriesgaré a tener que pagar dos céntimos por culpa de la improvisación.
Hasta he pensado en recopilar bolsas por ahí (en casa tengo varias, como todo el mundo) y plantarme en las inmediaciones de las tiendas cobrándolas a un céntimo. A lo mejor tengo éxito y todo. Como los del top manta, o el top bolsa, mejor dicho. No es Wall Street, pero es un nuevo enfoque del concepto “Agente de bolsa”.
Joder con la crisis.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Cita express


El primer tipo va en camiseta de tirantes. Verde, como la pulpa de los kiwis; un tanto chillón, sí, aunque no le sienta mal del todo gracias al bronceado. Parece un gladiador, un estibador aceitoso, el cliente VIP de su gimnasio, sin duda alguna. A lo mejor es gay, ahora que lo pienso. Pero no. No estaría aquí de ser así. Enseguida se pone a hablar de sí mismo y menea sus bíceps de acá para allá. Los aspavientos favorecen la propagación de su aroma corporal, puro sobaco, sin conservantes ni desodorantes, primitivamente hediondo. Me imagino en la cama con él. Mejor dicho, lo imagino al terminar, triunfal, orgulloso, de pie junto al lecho y husmeando en su axila como parte del ritual, “Qué delicia oler a choto por la mañana”; sí, el coronel al mando ha clavado una nueva bandera, otra conquista más, una medalla más en la solapa (un tatuaje más en el pectoral, el abdominal, el isquiotibial, qué sé yo), “Huele… a victoria”. El Apocalipsis. Imposible. Ni hablar. Por suerte, se acaba el minuto y hay que dar paso al siguiente candidato.
Pelo lacio. Ni rubio ni moreno. El tipo de color al que denominamos “castaño” por eliminación, a falta de un adjetivo más preciso. Está demasiado delgado, para mi gusto. Camisa blanca vaporosa y remangada hasta los codos. Asoman dos antebrazos enjutos y pálidos como dos baguettes a medio cocer. Me da tiempo a contar al menos doce pulseras de tela enroscadas a la muñeca derecha. No están mal. Las hay de todos los colores, y ayudan a ponerle un matiz de alegría a su cuerpo crudo y escuálido. Porque la cara tampoco es el paradigma de la felicidad. Tiene ojeras de esas que vienen de regalo con el cordón umbilical. Las tuvo de bebé y las tendrá siempre, duerma o no duerma. Me revela su nombre, que parece un apodo para hacerse el interesante, y declama en un medio susurro que suena teatral pero que, dadas las apariencias, podría ser una llamada de atención sobre sus carencias vitamínicas: “Quisiera reencarnarme en hoja de árbol. Estoy harto de esta existencia prosaica y banal, de este mundo interesado y regido por la codicia de lo material. Anhelo la pureza de las plantas, la humildad con la que cumplen su misión de hacer el aire respirable y el paisaje más bello. Deseo una eternidad de rocío y clorofila, un cuerpo liviano mecido por la brisa y una vida sin más expectativa que la de formar parte de esa vida…”. Esto es más jodido de lo que me habían prometido. Cuesta mantener la compostura. En los quince segundos que ha durado la soflama seudo ecologista he tenido que aguantarme, sucesivamente y por este orden, la risa, las ganas de gritar, las ganas de levantarme y salir corriendo, y la tentación de estrangularlo. Pobre hombre.
Me juro que el siguiente es el último. Aquí está. No se ha quitado las gafas de sol, lo cual es siempre raro, pero más aún cuando no ha dejado de llover desde el martes pasado. Son de marca, vale, estoy impresionada, uy, que me desmayo (menudo cretino). Un tipo que viene a ligar y no muestra sus ojos lo está diciendo ya todo. Traje, corbata, camisa con sus iniciales bordadas (supongo; sólo faltaría que fueran las iniciales del amigo que se la ha prestado). Estoy convencida de que todo el vestuario es de marca, pero ni me molesto en averiguarlo. Ha mirado el reloj dos veces en menos de treinta segundos. Imagino que para que me fije también en que es un Rolex, o un Cartier, o sabe Dios. Aunque tampoco descarto que le hayan entrado las prisas. Es normal. No es que yo haya venido en chándal y sandalias de tacón cubano, pero mi idea de ir bien vestida no se corresponde con quién me patrocina, sino con lo que le sienta bien a mi figura. Son los diez segundos más largos de mi vida. Lógico, cuando se pasan en el más violento de los silencios. Adiós, Ray Charles.
No estoy obsesionada con ligar, que quede claro. Vine a esta feria patética porque me prometieron (Ainhoa, maldita) que era divertido. A cierta edad empieza a dar pereza (y vergüenza) ir por los bares exhibiéndose como mercancía en temporada de ofertas. Tampoco busco enamorarme porque eso no se busca. Sólo pretendía pasar un buen rato, conocer a un tipo interesante y darle un homenaje a mi cuerpo, que se lo merece después de cincuenta horas semanales de trabajo y otras esporádicas torturas como la dieta de la alcaparra y el pomelo. En fin. Siempre nos quedará Internet.

sábado, 21 de mayo de 2011

Jornada de reflexión

Seguro que soy el único que lo piensa, pero, por si acaso, pregunto: ¿alguien se cree el cuento de la jornada de reflexión? ¿Alguien piensa que el simple hecho de que un partido se salte la norma y se publicite hoy, sólo hoy y nada más que hoy, va a cambiar algo en la intención de voto de alguna persona?
Lo que yo creo es que el 80% de los votantes sabe ya a quién va a votar, no sólo mañana, sino durante el resto de su vida. Igualmente, es de esperar que el 20% restante, ese que quizá va variando su opción de unas elecciones a otras, tenga ya suficientemente claro, a tan sólo 24 horas de los comicios, por quién se decantará esta vez.
Así pues, me da que la jornada de reflexión es en realidad un día de descanso que se conceden ellos, los candidatos, para coger aire y fuerzas después del palizón de la campaña, y en previsión del ajetreado día que les espera mañana. Sin embargo, se nos vende como si fuera un día para nosotros, los ciudadanos, los votantes potenciales, para que meditemos bien nuestra elección.
Si por mí fuera, les propondría a los partidos políticos un trueque: que organicen hoy todos los debates, manifestaciones y mítines que quieran si, a cambio, me prometen que no volverán a hacer propaganda hasta quince días antes de las próximas elecciones.

jueves, 19 de mayo de 2011

El inútil veneno de la nostalgia


Parece claro que el Woody Allen del siglo veintiuno funciona más a base de inercia que de creatividad, y es algo —tal vez lo único— que pone de acuerdo tanto a seguidores como a detractores. Éstos últimos gustan de ensalzar el latiguillo despectivo que afirma que Allen hace siempre la misma película, una apreciación no del todo falsa pero que, igualmente, en caso de ser cierta, no tendría por qué suponer un problema (si lo hace mejor que nadie y, además, lo ha inventado él, ¿por qué no seguir fiel a su estilo?) .

Es verdad que los temas en la filmografía del neoyorquino se repiten, más aún cuando desde hace lustros se ha comprometido tácitamente a no fallar a su cita anual, una película por año, pase lo que pase y caiga quien caiga. Esta circunstancia provoca esa sensación de continuidad y reiteración en su obra que, a quienes la detestan, les produce el rechazo de lo monótono y rutinario.
Pero me parece injusto desprestigiar por sistema y sin excepción los últimos títulos de Woody Allen, ya que, por mucho que conozcamos de memoria las claves de su cine, deberíamos siempre considerar cada película por separado, valorarla en sí misma y no necesariamente en comparación con las obras maestras del pasado.
Sin ir más lejos, Midnight in Paris, su último trabajo, incluye una interesante reflexión sobre esa tendencia tan humana y a la vez tan discutible de idealizar el pasado y desdeñar el presente como escenario para la genialidad; una teoría, como ya he dicho, aplicable al análisis de su propia obra. (No conviene desvelar el recurso de guión que se emplea para recalcar dicha idea, así que no ahondaré más en ella, aunque me parezca lo más destacable de la historia.) En esa idolatría sistemática de los artistas antiguos hay tanto de genuino reconocimiento como de esnobismo, y si algo ha caracterizado al Woody Allen de siempre (lo mismo al de los tiempos de Manhattan que al de los de Melinda & Melinda) es su ausencia de pudor para cachondearse de lo que tal vez él mismo es, un intelectual urbanita contemporáneo. En sus guiones nunca faltan las referencias literarias, musicales, mitológicas y artísticas en general, pero la diferencia respecto a determinados amantes de la pedantería y el didactismo que pululan por festivales y filmotecas es que el señor bajito de las gafas de pasta es lo mismo un idólatra romántico que un iconoclasta incorregible, un tipo capaz de burlarse de sí mismo y de sus manías, hasta el punto de haber conseguido una fusión entre su persona y su personaje casi imposible de descomponer.
A veces he pensado que, si le mostráramos a un espectador joven la filmografía de Allen con ciertas películas cambiadas de lugar en la cronología, tal vez no estuviera tan claro eso de que lo mejor está siempre antes del año 2000. Por ejemplo, si fecháramos en la última década títulos como Alice, September, Sombras y niebla, Interiores o Acordes y desacuerdos, y, al mismo tiempo, presentáramos como producciones del siglo veinte las estupendas Match point, Si la cosa funciona, Granujas de medio pelo, Un final made in Hollywood o Midnight in Paris, ¿se notaría realmente el trueque? Yo me atrevo a asegurar que no.
El pasado suele producir una ilusión de homogeneidad en nuestra memoria que es infiel a la secuencia real de los hechos vividos. Entre las celebradas Annie Hall, Manhattan, Zelig, La Rosa Púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan y Desmontando a Harry, Woody Allen, no lo olvidemos, dirigió obras puede que no tan brillantes, o de esas consideradas “menores” (a mí, que conste, no me parecen menores Balas sobre Broadway, Otra mujer, Broadway Danny Rose, Poderosa Afrodita o Celebrity), como gustan algunos de referirse a las más recientes.
En Midnight in Paris regresamos a la capital francesa y, como sucedía en Todos dicen I love you, el director introduce también el elemento surrealista, si bien en este caso no por medio de números musicales, sino de unos alucinados viajes al pasado como vía de escape para el protagonista, un artista asfixiado por las crisis en todos los ámbitos de su existencia, un prototipo inconfundible del universo de su autor y que, en otros tiempos, hubiera sido interpretado por el propio Allen (Owen Wilson se suma así a la nómina de alter egos iniciada por John Cusack y engordada de forma intermitente por actores y cómicos de todo tipo, desde Kenneth Branagh, Sean Penn o Javier Bardem hasta Larry David, Will Ferrell o Jason Biggs; quizá lo mejor del personaje de Wilson es que, aun reconociéndose el alma de su creador, huye de imitar los tics del modelo original, y lo cierto es que se agradece).
Aunque uno de los puntos fuertes de la película lo constituyen los encuentros ¿imaginarios? con ciertas celebridades artísticas (Dalí, Hemingway, Buñuel, Fitzgerald…), tampoco hace falta ser un erudito —yo no lo soy, os lo aseguro— para pillarles la gracia (tal vez, quien no conozca El ángel exterminador, de Buñuel, no alcance a entender la coña que se hace a su costa, pero esto también nos puede ocurrir con otro tipo de cine, aparentemente más accesible, cuando se bombardea al respetable con citas y guiños sobre tebeos manga, videojuegos, series de televisión o incluso marcas comerciales).
Por supuesto que, a estas alturas, quien haya renegado de Woody Allen en algún momento del pasado ya no tendrá posibilidad de reconciliación. Pero si entre quienes esto leéis hubiera algún fan mosqueado o reticente por culpa de los últimos titubeos del cineasta, desde aquí me atrevo a sugerirle que le dé una nueva oportunidad, porque Midnight in Paris quizá no sea La Rosa Púrpura de El Cairo, ni Balas sobre Broadway (con las que comparte aspectos narrativos y estéticos), ni sea posiblemente un film sorprendente en términos literales, pero creo que rescata al menos algunas de las señas de identidad de su autor, ésas que parecían haberse perdido o como mínimo entibiado en esta última etapa.
Resumiendo: ir a ver una de Woody Allen es hoy por hoy un puro ejercicio de complicidad. Como celebrar el aniversario de una pareja o, si se prefiere, la fiesta de cumpleaños de un buen amigo. Unas veces es más divertido que otras, ya lo sabemos. Y eso no impide que seamos fieles a la cita. Yo lo seguiré siendo, más aún cuando, como he leído, el hipocondríaco más famoso de Manhattan volverá a ponerse delante de la cámara en su próxima película.

domingo, 15 de mayo de 2011

El otro lado de la barra

El bar del talaverano tenía el don de la versatilidad. Por el día, tasca para cañas, tapeo, bocatas y raciones. Por la tarde, a partir de la sobremesa, santuario de timbas, tertulias de anisete y coñac o charlas banales de café con leche. Por la noche, los manteles recogidos, las vitrinas frigoríficas fuera del mostrador, la música más alta y las copas a diestro y siniestro. Había un periodo como de transición, entre las siete y las nueve, durante el cual convivían los remates del ocio vespertino con la carga de pilas para el inicio de una noche de farra.
Arrogancia a voz en grito, nudillos contundentes contra la tabla, telón grueso de humo, licores bebidos y transpirados... La última baza, el tercio decisivo de la partida solía apurarse cada tarde en la mesa que estaba junto a la máquina de tabaco y la torre de casetes, curiosa antigualla que, a falta de la clásica y elegante jukebox, el talaverano conservaba más como adorno que como muestrario de mercancía. En aquellas carátulas palidecidas aún se adivinaba la sonrisa crónica de El Fary, el estampado estival de las camisas de Georgie Dann, las peinetas surrealistas de Martirio, la grimosa cabellera de El Puma, el voluptuoso escaparate de la Jurado, símbolos del arte popular del siglo veinte ahora descoloridos e ignorados, hacinados en un expositor que era carne de chatarrero.
Sara se había largado hacía ya unos días, y ni siquiera me había atrevido aún a hacerlo público entre mis amigos. Tres horas de conversación apasionada sólo sirvieron para que ella me regalara una retahíla de elogios que ni la más dadivosa de las abuelas sería capaz de recopilar para referirse a su nieto favorito. Según palabras de Sara, yo reunía un muestrario de cualidades entre las que destacaban la sinceridad, la comprensión, la inteligencia, la honestidad, la sensibilidad, la ternura, la simpatía, la cordura, el sentido del humor, la responsabilidad, la solidaridad, la confianza, la complicidad, la tolerancia, y alguna otra más que soy incapaz de recordar. Pero se iba. Me dejaba porque cuando estaba conmigo ya no oía la llamada de la selva. Supongo que lo que escuchaba ahora era la llamada de la gripe, o algo por el estilo. El caso es que mi supuesto cargamento de virtudes pesaba menos en el cómputo de sus deseos que algo tan etéreo e irracional como la música de las feromonas.
La partida siempre echaba chispas. Cada uno de los jugadores, una vez agotada su particular galería de bravuconadas y plantes chulescos (verdadera esencia del juego), terminaba perdiendo a menudo los estribos con la emoción del resultado final, pero a pesar del escándalo nadie giraba la cabeza en dirección a la jarana. Cualquiera que frecuente los bares sabe que una partida de mus posee el mismo efecto transformador que el volante de un coche. Al contrario que los futbolistas, que siempre suelen pecar de falsa modestia con sus latiguillos tipo “lo importante es el equipo” o “he marcado cinco goles pero sólo soy uno más”, el jugador de mus es tajante e insolente al ser preguntado sobre su conocimiento del juego: “¿Al mus? No hay huevos a jugar conmigo”, “Yo no es que sepa jugar. Yo lo inventé”, “Para jugar conmigo tienes que enseñarme el carnet, chaval”. El talaverano, a pesar de su oficio, renegaba en general de los naipes. A menudo, incluso, divagaba sobre la naturaleza insana del juego de cartas más popular entre sus clientes:
—La gracia del mus, en realidad, no está en las cartas, que a menudo pasan a un segundo plano, por no decir siempre. Lo importante es el comportamiento, el grado de cinismo o prepotencia. Gana el más chulo, el más osado, el más temerario, no el que lleva mejores cartas, ni siquiera el mas afortunado en el azar. Fíjate lo que te digo: al mus se podría jugar directamente sin baraja. Escrutarse unos a otros y adivinarse el pensamiento, que es lo que hacen todos esos fantasmas durante horas cada tarde. “Tú llevas treinta y una, y tú no has pedido descarte pero vas de farol porque sé que llevas dos pitos”. Así son, como médiums de bodega, lo saben todo. Por eso es el único juego en el que se admiten las señas, y a veces se muestran las cartas sin pudor y se dice eso de “juego con las de mi compañero”. ¿Qué sentido tiene un juego cuya gracia es la trampa en sí misma? Date cuenta de que nunca apuestan nada, ni siquiera se juegan las rondas, sólo el orgullo, y no hablo sólo del orgullo de tahur. Es el propio, el personal también. Ser un manta en el mus equivale a que te tomen por un pánfilo en tu vida real. Por eso, lo que más les jode a estos es que les gane una mujer, porque están tan enganchados con el juego que lo acaban extrapolando a la realidad, y perder con una mujer al mus es para ellos una forma de descubrir a un calzonazos. Lo de que griten tanto no me importa, esto es un bar, pero, a veces, de verdad, pienso que este juego tiene que ver con la posesión extrasensorial. Como lo oyes ¿Ves a aquel, al de gafas? Pues no sólo es que sea parco en palabras, sino que, cuando le da por hablar, lo hace en un tono tan bajo que casi hemos acabado por comunicarnos mediante señas. Yo ya sé lo que toma, así que tampoco necesitamos mucha conversación. Además, si tengo la música para los chavales, imagínate el volumen. Vamos, que ni lo ha intentado. Pues mírale ahora, ese músculo es el esternocleidomastoideo, yo lo aprendí en el colegio, pero habrá quien lo haya descubierto durante las partidas. Es increíble. Así que ya lo sabes, el mérito del mus está en ganar sin merecerlo, ganar un envite o un órdago sin cartas para ello, no es un juego noble. Y lo peor que le puedes decir a un jugador de mus al que acabas de ganar es que era la primera vez que jugabas, porque se agarrará a eso de la suerte del principiante, pero tú sabrás que por dentro está más jodido que en toda su vida. Seguramente renegará de su fe de musero, y apelará a las reglas del juego limpio y convencional, a las que constantemente desprecia e infravalora, y te dirá que con buena picha bien se jode, porque no le han entrado cartas, o que es mentira que seas novato, y bla bla bla, pero todo eso da igual, porque se supone que es el mejor y por eso no había huevos para enfrentarse a él, ¿no?
—Bueno. De todas formas, me das esa baraja, ¿vale?
—Vale, vale. El cliente manda.
Me fui hacia la mesa donde me esperaban ansiosos mis otros tres camaradas de timba. Quise poner a prueba la teoría del talaverano, y lancé así la fanfarronada que inauguraba oficialmente la partida:
—Vamos a ello. Y no quiero lloriqueos, ¿eh? —dije, guiñando un ojo al que sería mi compañero en aquella ocasión.
Lo que obtuve a cambio, como era de esperar y como bien sostenía el talaverano, fue una ráfaga avasalladora de fantasmadas verbales:
—Nos vais a durar menos que un plátano en un puticlub.
—Más vale que hayáis traído vaselina, almendritas.
—Os vamos a meter el as de bastos por donde amargan los pepinos.
Entonces lo vi todo claro. El talaverano tenía razón especialmente en una cosa: las cartas no eran necesarias. Eran una excusa barata y un adorno totalmente prescindible. Pero se equivocaba en algo: la cuestión no era discernir quién era el más chulo, sino demostrar quién era el más macho. No era el orgullo lo que estaba en juego, sino la virilidad misma. Los cuatro jugadores formábamos una congregación atávica de varones elementales, la patrulla de la testosterona letal, terapia de grupo. Por eso aguardaba yo con tanta ansiedad el inicio de la partida, aquel día más que ningún otro.
De repente perdí el interés por la partida. Mi compañero me miró como si ya hubiera empezado a notar la gran cachiporra de Heraclio Fournier invadiendo su retaguardia. Dejé el mazo de naipes sobre la mesa y me encaminé de nuevo hacia la barra, donde el talaverano, con la camisa remangada hasta el codo, como imagino debe dictar el libro de estilo de los taberneros, peroraba con un cliente mientras le explicaba el significado de los tatuajes que estampaban sus brazos.
—¿Qué me dices de la legendaria habilidad psicoanalista de los camareros? —dije, interrumpiendo la conversación.
—Que es absolutamente cierta —me respondió orgulloso el talaverano.
—Pues ponme un cubata. Y prepárate…

jueves, 5 de mayo de 2011

Pereza preelectoral

Cada vez queda menos para que haya elecciones de nuevo y ya me está entrando una pereza que ni os cuento.
Vaya gol que nos colaron en su día con lo de la precampaña, por cierto. Se supone, digo yo, que la campaña electoral es ya en sí misma una fase previa, un prolegómeno de la legislatura o mandato que se elige en las urnas. (De hecho, siendo estrictos, la duración real de la campaña electoral coincidiría con la vida misma en toda su extensión, con todos sus días laborables y festivos, pues la auténtica labor de persuasión y propaganda, la más efectiva, es la que nos vomitan a diario vía periódico, parte radiofónico o informativo televisado.)
Pero los insaciables políticos necesitaban más, claro está. Se les quedaba corto el periodo habitual de promoción propagandística y se sacaron de la manga otro tramo previo a lo previo, que en rizar el rizo y enredar la retórica no hay quien los gane.
Con ello, la otra parte interesada en el meollo —es decir, la prensa— no tardó en dar su aprobación a esta nueva estrategia, sumándose incondicionalmente a la misma y saturándonos con la artillería pesada de promesas y diatribas que caracteriza a toda campaña electoral con casi medio año de antelación.
Huelga decir que me aburren soberanamente las monsergas de los candidatos, pero de esto se puede escapar, por difícil que parezca. Uno puede huir de los medios de comunicación, intoxicados y manipulados más que nunca durante esta época previa a los comicios. Aún estamos a tiempo.
Pero de lo que resulta imposible evadirse es del ambiente cotidiano que se crea como consecuencia de esta avalancha de electoralismo glotón y lucrativo. Y es esto lo que más me fastidia.
Casi todo el mundo, como es natural, es simpatizante de algún partido. Yo, sin embargo, no comulgo con ningún catecismo político, y eso me coloca siempre en la incómoda posición de aparentar la ideología contraria de quien me habla.
Seguro que os pasa a otros tantos. Cada vez que alguien pretende defender a su político favorito ante mí, yo siempre tengo alguna objeción que hacerle, de lo cual mi interlocutor deduce que soy votante del enemigo. Cosa absurda, pues mis conjeturas o discrepancias siempre rezuman escepticismo y nunca proselitismo alguno, pero ya sabemos cómo es esto de defender los colores presidenciables, que en poco o nada se diferencia del forofismo futbolero.
Así que ahora las charlas entre amigos, las sobremesas de domingo, las tertulias de la hora del bocata, o sea, todo, o casi todo, será hablar de política. Mejor dicho, será hablar de educación, de economía, de seguridad, de urbanismo, etc., pero no desde la perspectiva individual de cada mente librepensadora, sino amparados en el marco de la defensa o el descrédito hacia uno u otro partido en liza.
Un coñazo.